
Agua para el viejo llano,
agua y no más secarral,
que bastante tiene el humano
con su destino fatal.
No quiero tener que llorar
para encontrar humedad,
ni ver la tierra implorar
un poco de caridad.
La llanura se resquebraja
bajo el peso del calor,
y su esperanza se desgaja
consumida por el ardor.
La humedad ya se ha marchado,
se perdió por el camino,
y el campo queda abrasado
bajo un sol cruel y divino.
Va en el aire un lamento,
una queja sin final,
como si todo sufrimiento
fuera parte del jornal.
¿Y qué importa lo que venga?
¿Quién lo puede remediar?
La estación seguirá terca
con su forma de castigar.
La tierra se agostará,
como siempre sucediera,
y el terrón se volverá
más duro que una cantera.
Piedras donde hubo sembrado,
polvo donde hubo verdor,
campos tristes y agotados
derrotados por el calor.
Tal vez, cuando el verano
abandone su sitial,
llegue la lluvia a la mano
de algún viento otoñal.
Pero entonces nos preguntamos
con amarga sinceridad:
si los campos salvaremos
o será tarde ya.
Si hará brotar los huertos
con renovado vigor,
o solo mojará a muertos
que olvidó el tiempo y el sol.
Y al final, ¿qué más da?,
dice el hombre de esta tierra,
si la suerte decidirá
quién prospera y quién se entierra.
Es nuestra antigua condena,
quizá injusta, quizá no,
pero forma ya la escena
que la vida nos dejó.
Mi tierra siempre fue así:
mirar arriba y esperar,
ver si el cielo quiere al fin
sobre los surcos llorar.
Y seguir, aunque el sendero
parezca próximo al fin,
porque nunca hubo otro fuero
para quien nació aquí.
No solemos quejarnos mucho,
ni pedir explicación,
porque sabemos que el mundo
rara vez presta atención.
Y así seguimos mirando
las alturas sin hablar,
con el alma preguntando
cuándo volverá a llover.