
La noche, cuando paseo,
se despliega ante mis ojos,
como un antiguo trofeo
de secretos y despojos.
Es mi extraño territorio,
mi escenario habitual,
donde descubro el reverso
de la máscara social.
Allí prosperan los miedos,
las trampas y la traición,
los silencios más oscuros
y la vieja corrupción.
Entre esquinas y callejas,
entre sombras al acecho,
se deslizan las sospechas
por debajo de los techos.
Es el reino escondido
de quien huye de sí mismo,
de quien vive perseguido
por su propio oscurantismo.
Los callejones retuercen
sus perfiles bajo el frío,
y las tinieblas parecen
tener voluntad y brío.
Hay cazadores ocultos
esperando una ocasión,
buscando entre los incautos
una fácil rendición.
Y la presa, distraída,
camina sin sospechar
que la suerte de la huida
a veces suele fallar.
Los animales nocturnos
se apartan de los mortales,
con sus hábitos taciturnos
y sus rituales ancestrales.
Mientras otros, más humanos,
acechan desde el vacío,
extendiendo ya las manos
sobre algún destino frío.
Nadie escucha los rumores
que la oscuridad encierra,
ni los ecos interiores
que bajo las luces medran.
Pero yo sigo mirando,
sin buscar explicación,
observando y escuchando
el rumor de la función.
A veces creo entreverlos
ocultándose al pasar,
como si quisieran vernos
sin dejarse descubrir jamás.
No persigo sus senderos,
ni pretendo averiguar
los motivos verdaderos
que los llevan a actuar.
Porque sé que cada sombra
tiene su propio lugar,
y que el misterio se nombra
solo cuando quiere hablar.
Así continúo esperando
bajo el cielo de la ciudad,
mientras algo va acercando
su silenciosa verdad.
Y la noche, lentamente,
guarda aún su realidad:
algo avanza entre la gente,
aún oculto en la oscuridad.