
Bellezas dignas de añorar,
que regresan al soñar,
llenando con su presencia
los vacíos de la ausencia.
Rostros de rara armonía,
dueños de una luz serena,
que iluminan la porfía
de cualquier alma condena.
Sonrisas casi imposibles,
difíciles de imaginar,
como destellos visibles
sobre un lejano altar.
Y ojos que parecen soles
cuando comienzan a brillar,
encendiendo los faroles
de quien los llega a mirar.
Figuras de carne y sueño,
etéreas y terrenales,
capaces de hacer pequeño
el peso de tantos males.
Quien las contempla se pierde
en silenciosa emoción,
y en su interior siente y arde
la llama de la ilusión.
Quisiera estar a su lado,
compartir su claridad,
pero el camino trazado
impone otra realidad.
Las veo desde la distancia,
como quien mira el mar,
con mezcla de fascinancia
y de imposible alcanzar.
Viven en otros salones,
en otros círculos quizás,
donde nacen relaciones
que no suelen mirar atrás.
Y uno aprende a contemplar
sin exigir ni poseer,
porque también es amar
aquello que no puede ser.
Así permanecen ellas,
lejanas en el confín,
como inalcanzables estrellas
brillando lejos de mí.
Y aunque nunca llegarán
a formar parte de mi historia,
sus recuerdos quedarán
habitándome la memoria.