
Ha regresado el calor,
con su implacable rigor,
abrasando sin clemencia
campos, cuerpos y conciencia.
Las noches se vuelven largas,
hechas de insomnios y cargas,
de vueltas sobre la almohada
hasta llegada la alborada.
Salir durante el día
parece pura osadía,
pues el sol, desde su altura,
dicta sentencia y tortura.
Todo muere al mediodía,
todo pierde su energía,
y quien desafía el momento
se entrega al desfallecimiento.
Son las cosas de este sur,
que quizá no entiendas tú,
porque no existe explicación
para semejante sensación.
No voy siquiera a contarlo,
ni tampoco a razonarlo,
porque el calor verdadero
solo lo entiende quien lo ha sufrido entero.
Lo sabrás cuando el cansancio
te robe fuerza y espacio,
cuando el cuerpo te abandone
y el sudor te aprisione.
Cuando sientas desfallecer
sin apenas comprender
cómo el aire sigue ardiendo
mientras sigues resistiendo.
Allá en tu comarca fría,
con frecuencia todavía,
se desprecia al que se para
cuando el verano dispara.
Se les llama indolentes,
perezosos e inconscientes,
sin saber cuánto castiga
el sol cuando hostiga.
Ven aquí por un verano,
camina por este llano,
y verás cómo el ardor
enseña pronto su lección.
Quien ha venido lo sabe,
quien lo ha sufrido no evade
la verdad de este castigo
que aquí camina conmigo.
Por eso busca la sombra,
mientras el cielo se asombra,
y deja pasar la jornada
tras la persiana cerrada.
Que cuando el fuego devora
cada minuto y cada hora,
la mayor sabiduría
es esperar a que caiga el día.