
Espero que arranque el ordenador,
mientras observo a mi alrededor,
rodeado de útiles y enseres
que acompañan mis quehaceres.
Bolígrafos, lápices y plumas,
todo cuanto la escritura suma,
descansa sobre la mesa igual
como un pequeño arsenal.
Y aunque termino escribiendo
en la pantalla que estoy viendo,
porque corrige mis errores
y alivia algunos temores,
al final, he de confesar,
que prefiero la tinta usar,
pues encuentro en su trayecto
algo más vivo y directo.
Me gusta la estilográfica,
su presencia casi mágica,
y sentir sobre el papel
cómo se refleja mi ser.
Escuchar el leve rasgado
del pensamiento liberado,
como si cada trazo fuera
la apertura de una frontera.
Ya no parece un trabajo,
ni una carga que arrastro abajo,
sino una puerta que se abre
a lo que dentro de mí arde.
Cada línea que aparece
hace que el ánimo crezca,
y con cada nueva palabra
siento que la vida me abraza.
Me siento entonces más vivo,
más despierto, más activo,
siguiendo el azar del momento
y la corriente del sentimiento.
Así nace mi poesía,
la compañera de cada día,
la que escribo por placer,
sin necesidad de convencer.
No importa quién la lea,
ni siquiera si alguien la desea;
su valor está en el instante
que la vuelve emocionante.
Por eso uso el ordenador,
y reconozco su valor,
pero al final de la jornada,
cuando el alma queda calmada,
es la pluma quien me llama,
la que mantiene viva la llama,
y entre tinta, papel y emoción,
encuentro mi mejor versión.