
Un día tejido en silencios,
quizá roto por el latido
del reloj y sus anuncios,
sobre el muro envejecido.
Su tic tac lento y constante
hiere el alma adormecida,
en el recinto asfixiante
de una estancia consumida.
Tal vez fue muro y encierro,
tal vez tumba disfrazada,
donde el tiempo deja el hierro
de su huella abandonada.
Es el ritmo de los días
que se niegan a morir,
melodías sombrías
que no cesan de insistir.
Y el silencio doloroso,
como un huésped persistente,
va dejando polvoroso
cada objeto indiferente.
Las repisas fatigadas,
viejas, tristes y vencidas,
guardan horas olvidadas
de remotas otras vidas.
No parece haber quien quede
de aquel mundo ya ausente,
ni una voz que aún recuerde
lo que fue antiguamente.
Por rendijas mal cerradas,
entre tablas remendadas,
entran luces apagadas
sobre sombras desgastadas.
Y el silencio va creciendo
como un lúgubre lamento,
alimentándose lento
de fragmentos de pensamiento.
Las arañas derrotadas,
casi exhaustas de existir,
tejen redes deshiladas
sin motivo para huir.
Sus caminos enlazados
dibujan círculos concéntricos,
en rincones olvidados,
solitarios y excéntricos.
Esperando que una mosca
cruce el hilo tembloroso,
y en la trampa que le embosca
halle un fin silencioso.
Con su último movimiento,
con su último forcejeo,
se desprende de su aliento
sin encontrar un deseo.
Y al llegar la madrugada,
cuando expira la jornada,
todo vuelve a quedar callado,
sin decir jamás ya nada.