
Caminos de montañas,
Que el cielo arañan,
Quiero vivir donde casi,
El aire no alcanza,
Donde el frio te mata,
Donde el invierno no pasa,
En los caminos de cabras,
Que calladas aguardan,
A que pase por el collado,
Por la torrontera,
Por la rambla y la corredera,
Miro mis botas manchadas,
Mis piernas cansadas,
Y no me atormenta nada,
La pena se fue con el dolor,
La ciudad se quedó lo peor,
Y ahora miro el infinito azul,
El que me enseñaste tú,
Y lleno el aire de mis pulmones,
Que está lleno de ensoñaciones,
Cerca de la vieja mina,
Donde las golondrinas,
Han colgado sus nidos,
Y se ha ido y venido,
Con su velocidad halconera,
Queda con la cabeza fuera,
Mirándome con esa ceguera,
Con la que miran,
Los que no conocen,
Y la mañana se abre,
Las nubes suben,
Y las mentes dudan,
Ante la visión,
Del enorme acantilado,
Del que el fondo no se puede ver,
Y sigo caminando,
Hasta el fuego que me está esperando,
Y al que parece que no llego,
Miro a lontananza y nada veo,
Me desespero,
Pero sigo mi paseo,
Seguro que no yerro,
Pero comienza a anochecer,
Y la vida parece desaparecer,
Pero continuo en mi hacer,
El solitario camino,
Donde nada se puede ver,
Mirando a todos lados,
Como si me fuera a detener,
Pero sigo caminando,
Y cuando menos lo espero,
Un abierto albero,
Donde centellea una candela,
Y me saludan al entrar,
Y olvido que dudé de llegar,
Aquí estoy ya,
Ahora, supongo, descansar.