
Canciones, ligeras canciones,
que no despiertan pasiones;
no conmueven corazones,
ni estremecen emociones.
No alteran los fieles latidos,
ni despiertan los sentidos;
son melodías olvidadas,
por el silencio sepultadas.
Desesperadas armonías,
que se apagan noche y día;
nadie escucha su lamento,
ni comparte su tormento.
Corazones hechos de hielo,
sin esperanza ni consuelo;
ya no conocen la ternura,
solo el frío y la amargura.
Son tan solo quebrantamientos,
de apagados sentimientos;
emociones sin alegría,
presas de la melancolía.
Y el penado continúa,
bajo una sombra que lo acuna;
arrastrando su agonía,
sin hallar la luz del día.
Se refugia en callejones,
huyendo de las canciones;
como si cada compás
le hiriera una vez más.
Y el dolor nunca se aleja,
solo le deja una queja;
crece mudo en su interior,
alimentando su dolor.
Aquel ser que fue olvidado,
por el mundo abandonado;
ya no encontró otra salida,
cansado de cargar la vida.
Nada parece importar,
ni el mañana ni el lugar;
cuando la esperanza se agota,
hasta el alma queda rota.
Queda tan solo el silencio,
testigo del sufrimiento;
y un eco, triste y profundo,
que se pierde por el mundo.