99 TURISMO
─ ¿Que vas a hacer el resto de la semana?
─Nada, más bien menos que nada.
Le responde a Luis, Nieves.
─Como sabes, he aprobado.
─Sí, lo sé, pero por los pelos, supongo que eso, para ti, está bien.
─ ¿Para mí?, ─se señala Nieves─, para cualquiera.
─Para mí no, pude ser médico porque mi hermano no lo fue, porque mi padre casi revienta, por mil cosas, para mí el aprobado raspado era un suspenso de los de cárcel.
─Ya me han refregado mil veces, que soy la hija de una Robledo y de un puerco hijo de mecánico.
Luis sonríe…
Quizás poco a poco le cueste menos hacerlo.
─Sí, querida Nieves, pero tenemos que organizarnos.
─Sí, esto no está mal, entre los indígenas, pero si, el piso es coqueto, ¿quién lo ha decorado?, tu no.
─Paloma.
─Se le nota, pobre mujer.
─ ¿Por qué dices eso?
─Nada, cosas mías, pero que me gusta un montón, es alguien especial, no tiene maldad, es una meapilas, más meapilas que tú.
Nueva sonrisa de Luis.
Se puede acostumbrar.
─Sin bromas, Nieves, sabes la historia, ¿te crees ya que intenté casi todo para que volvieras, y que tu abuelo lo impidió?
─Supongo que sí.
─En ese caso, si quieres vivir aquí, tienes que respetar unas normas, sabiendo que estamos solos, que tú eres menor de edad, y aunque no lo fueras, eres mi hija, y que el hecho de que ha sucedido un milagro, no me va a hacer cejar en mis deberes, así que hay que obedecer.
─Si, al principio me costará, después entre que te engañe y que cambie algo, pues si, viviremos más o menos bien.
─Qué poca vergüenza tienes.
─Sí, querido padre.
Se sienta al lado, sobre el apoyabrazos del sillón,
– No sé cómo comportarme.
─ ¿Qué quieres decir?
─Quiero abrazarte.
─No te cortes.
Nieves lo hace.
─ ¿A qué viene esto?
Nieves se encoge de hombros.
─Tus abuelos…
Nuevo encogimiento de hombros.
─Como si fuera una extraña que tiene que agradecer que le den cama y comida.
Luis calla.
E estómago se le retuerce.
─Lo siento, Nieves, no sabes cómo lo siento, pero…
─Lo sé, y si no lo sabía, me he enterado, mi abuelo, es como decirlo, un hijo de la gran puta.
Luis siente que el bocado del estómago se le afloja.
Casi sonríe.
Por suerte, su hija tiene muchos más genes de su madre que de él.
─ ¿Y tú abuela?
─Una puta, a la que no le entraría ni un marinero borracho pagándole una pasta.
─Vaya boca que tienes.
─Papá.
Se despega, lo mira.
– ¿Tú crees que un colegio de pago, es para mejor educación?
─Supongo, soy del público.
─Pues es lo mismo, la morralla la misma o peor, pero la separan de los tiesos, solo eso, las monjas son malas como animales de esos que se lo comen todo, que aprovechan cualquier oportunidad para hacer daño, y que solo sirven para lamerle el culo a los que tienen pasta.
─Así es la vida aquí fuera también, Nieves, todo va para abajo.
─Sí, la mierda, no te cortes, Papá, que no me he criado en un convento, no, me he criado en algo duro, solitario y cruel, eso sí, con dinero, con ropa de marca, con la mejor comida, pero solo eso.
Se vuelve a abrazar con fuerza.
-Tengo que recuperar el tiempo perdido.
─No te cortas.
─No, papá, no me corto, puedo perder el tiempo recriminándote, haciéndote pagar porque no lo has hecho mejor, más tiempo, mil cosas, no, perdería lo que más he echado de menos, no te perdono, dejo la culpa flotando por si me hace falta usarla, necesito mimos, muchos mimos.
Luis la mira, la salvaje de su hija llora, ahora el que aprieta es el.
─Pues nada, querida hija mía, disponga de su padre como quiera.
─Lo primero, tiré la ropa que me compraron los abuelos, olía a tristeza, a dolor.
─Me parece bien.
─Sí, pero en bragas no puedo salir a la calle.
─Porque no quieres, serías un espectáculo antes de que te detuviera la policía.
─Ja, ja…, hablemos en serio, necesito pasta para ropa.
─ ¿De la cara?
─No, en este desierto cantaría, no, de la buena, pero sin pasarme.
─De acuerdo.
─Solo hay un problema, no tengo olfato, gusto, como para no tener, que es lo que se lleva por aquí.
─Y…
─Necesito que venga Paloma, pídeselo tú.
─ ¿Por qué yo?
─Porque yo estoy vista, la chiquilla se quedó conmigo la primera noche, la ahogue en lágrimas, no durmió, es una bendita.
─Y que lo digas, hecho, pero con una condición.
─Hecha está, ¿cuál?
─Que le compres ropa a ella también, apenas si pude comprarle algo la última vez que me echó una mano…, aunque eso es casi todos los días, sí, me paso con ella.
Nieves piensa que se pasa con la chica…
Menos en lo que la chica quiere que se pase.
─No te preocupes, eso está hecho, ¿se puede quedar a dormir conmigo?, no tengo amigas, no tengo a nadie…, ─lo mira, sonríe─, aparte de ti, así que es mi único sostén femenino con la que pudo hablar de cuando me entra la tristeza, el dolor del período…
─Vale, vale, esta es su segunda casa, no estoy acostumbrado, aunque tu madre era como tú.
─ ¿Sí?, cuéntame.
Luis sonríe.
─Tu madre era, como si aquí hubiera caído un platillo volante, y un ser superior hubiera bajado de él, y enamorado al hijo de un mecánico.
─Sigue, es interesante, me suena el argumento, pero parece que está bien, sigue, sigue.
─Pues bien, encontraron un nido de amor, en el lugar donde te encuentras…
Nieves duerme plácidamente.
Mientras, Luis nota como se le duerme un cachete del culo.
Sonríe.
Es su hija.
Que ha vuelto como si no pasara nada.
Después del dolor.
De la soledad.
Del miedo que ha tenido que pasar.
Respira fuerte.
Mira al techo.
Le da gracias a dios, porque haya vuelto.
Y también porque sea como su madre.
Dura como el pedernal, y lista como una ardilla.
Lo que le falta a él.
Y sin darse cuenta, también se queda dormido.
100 MÁS VISITAS
Visi está cansada.
Tiene que seguir haciendo escaleras.
El sueldo está bien.
Pero ella puede con más.
Lo importante es que la niña lo tiene todo cubierto.
Sonríe, pero se le corta rápidamente.
Que la vida es muy puta.
Suspira mientras que lava los platos.
Pocos platos del padre…
Que ahora también hay una hija.
Que ha llegado solo con las bragas…
Sonríe de nuevo.
Como si no tuvieran dinero.
Que la niña ha estado desde que se la quitaron, viviendo con los abuelos.
Que tienen un pastizal.
Cosas de los ricos, que ella nunca entenderá.
Así que prefiere trabajar con San Luis como lo llaman.
Que, a fin de cuentas.
Cree que aún le queda grasa en las manos.
Buena gente, inocente, pero buena gente.
Llaman a la puerta.
Se dejan abierta la de abajo y un día se va a colar lo que no tiene que entrar.
Aunque piensa, mientras camina a abrir, que, si el bicho quiere entrar, una cancelilla de nada no lo va a impedir.
Mira por la mirilla.
Es una señora mayor.
Seguro que una vecina que quiere algo
Suspira, se podía ir a la mierda, que no está el horno para bollos.
Abre.
Sonrisa de las de no me lo toques.
─Sí, ¿qué quería?
─ ¿Es usted la que cuida de Luis?
─Sí, ¿sucede algo?
─No, ¿puedo entrar?
─Va a ser que no, esta no es mi casa, y si Don Luis no autoriza, pues que me tiene que pasar por encima, y vieja y todo, es complicado.
La mujer sonríe.
Visi le responde con la misma sonrisa cínica.
La de ya quisieras tú, pero se está alargando.
Está loca por terminar.
Ni comer, un coscón, que hay más sueño que hambre.
─Soy la madre de Luis, no traigo el carnet de madre.
─Pase usted, haber empezado por ahí.
─No se preocupe, tampoco vengo tanto, solo, que me enterado que mi nieta está aquí.
─Sí, vino hace un par de días, muy suelta, pero buena gente, asegura mi hija, y muy guapa, pero, pase usted.
Teresa entra, la casa está muy bien, se sienta en el sillón.
─ ¿Quiere que le traiga algo?
─ ¿Hay cafelillo?
Visi asiente.
─Uno, si no es molestia, y siéntese conmigo, que quiero hablar con usted.
Dos minutos.
El café humea, mientras con una sonrisa neutra mira a Visi.
─Señora, ¿qué quería decirme?
─No soy señora, soy Teresa.
─Bien, bueno es saberlo, pero pregunto de nuevo, que tengo muchas cosas que hacer, ¿qué quiere?, Teresa.
Nueva sonrisa.
Es dura la Visi, sí.
Una mujer que cría a una niña sola y limpiando escaleras.
Necesita serlo.
─Conozco a Paloma, a su hija.
─No lo sabía.
─ ¿No le contó que la vi, que tuvimos una conversación?, como decirlo, interesante.
─No.
Mueve la cabeza.
– No me la ha contado, eso no me gusta, no tenemos secretos, pero ya tiene derecho, además no me preocupa, es un alma de dios, demasiado buena gente para lo que nos rodea.
─Y que usted lo diga, Visi, que usted lo diga, el caso, es que, ─se interrumpe un momento─, ¿seguro que no le ha comentado nada?
Visi niega con la cabeza.
Teresa más que suspirar, respira fuerte.
Tenía en la cabeza cosas metidas, pero no hay nada.
Si no miente, son personas simples.
Aunque la simpleza no quiere suponer que sea bondad.
─El caso, es que hablé con su hija, de mi hijo.
─ ¿De Don Luis?
Teresa asiente.
─Sí, de mi hijo, de que su hija está enamorada de él, como si fuera tonta.
La cara de Visi cambia.
Teresa sonríe.
─No, no es lo que piensa, creo que es la mejor mujer que podría estar con él.
─ ¿Qué quiere decir?
─Mi hijo, es un triste viudo, será el mejor médico, pero la vida se le acabó cuando murió su mujer, cuando se llevaron a su hija, creo que lo sabe.
Visi asiente.
─El caso, es que, salvo el dinero, no es una bicoca, triste, acabado, no ha terminado aún de enterrar a su mujer, ─suspira─, un problema para cualquier mujer, eso fue lo que le dije a su hija, pero ella quiere.
─ Y si quiere, ¿qué sucede?
La cara de Visi.
Es la de una tigresa.
─Pues que, si lo quiere, que, si puedo, se lo colocaré en una bandeja con una manzana en la boca.
Visi cambia.
Se tapa la boca.
Se ríe.
Teresa también.
─Una niña preciosa, inteligente, religiosa, buena de casi tonta, ¿dónde va a encontrar a alguien mejor?, ¿no cree eso, Visi?
─Sí.
Asiente.
-Pero él es un médico de los mejores, ella una estudiante que el quitó de fregar escaleras, ¿qué va a pensar la gente?
─Eso se acaba con un par de nietos.
Visi la mira.
No entiende nada.
─Si mujer, ─le toma la mano─, mi Luis, más abandonado que los almendros de la vía, que su hija le da vida, mil veces bendita, ¿que lo quiere?, otras mil más, ¿qué le hace niños?, cien mil más, ¿cuántas bendiciones más quiere?
─Pero, la gente…
─Que jodan a la gente, que la jodan, lo que me dolió cuando lo parí, que tenía más cabeza que el cabezón de su hermano, ¿quién va a tener cojones de decirme algo de él?
Visi la mira…
Sigue sin saber…
─Sí, es lo que pienso, Visi, ¿qué me dice?
─Que mi hija puede ser una desgraciada.
Mira una de los portarretratos.
-Ella, la que murió, pesa mucho, ¿hay sitio para los vivos?
─Supongo que no será fácil, pero es un hombre, con más de treinta, pero hombre, su hija una preciosidad, sabe lo que es la naturaleza.
Bebe del café que ya está frío.
– ¿Qué me responde?
─No sé qué decirle.
─ ¿Quiere que juguemos este juego, o me olvido, y que se lo coma una médica estirada o alguien más imbécil aún?
Visi sonríe.
Le cae bien la Teresa.
Que tiene que ser de pata dura.
Asiente con la cabeza.
─Que sea lo que dios quiera, Teresa.
─Mejor, lo que queramos nosotras.
Visi sonríe.
Si, le cae bien.
101 UNA COMIDA EN CASA
Nieves mira a la familia de su tío.
Señala a Ernesto.
─Te conozco, ─después a Isabel─, a ti también, ─mira a las primas─, no os recuerdo, pero tú debes de ser Teresa, que tenías más mala leche que una gata romana.
La chica la mira con cara de asco.
Nieves se fija en el look de poligonera.
Camisa que no le tapa el ombligo que lleva el obligatorio piercing.
Una coleta en una melena.
Que, seguro que no es rubia, aunque lo parezca.
El resto es digno de estudio, pero calla.
Una figura que se le abraza, la conoce, es la abuela Teresa.
─Madre mía, eres una mujer.
─ ¿Que esperabas?, abuela, ¿una burra con purgaciones?
Teresa la mira seriamente.
─Que hija de la gran puta, con perdón de tu madre, que estás hecha.
─Sí, abuela.
La vuelve a abrazar.
─Vamos a la mesa, que está todo preparado.
La abuela mira a sus primas.
Un movimiento de cabeza y se van directas a la mesa.
─Padre, que control tiene la abuela.
─ ¿No lo recuerdas?
─Apenas, no sé, retazos, solo eso.
Una buena comida.
Recuerdos.
Una Nieves que solo escucha.
Cuando terminan, se van al cuarto de la abuela con las primas, obligatorio.
─Luis, ¿cómo te va con ella?, ─pregunta Isabel.
─Dura como su madre, todo un carácter.
─Y que lo digas, ─sonríe la abuela─, y con la boca de su abuelo, que nivel, con purgaciones.
Ernesto sonríe.
Recuerda a su padre.
─Es verdad, la que nos liaba, Luis, con esa boca que tenía, ─asiente Ernesto─, pero va a ser difícil de criar, está muy suelta, demasiado inteligente, siempre he dicho que eso es un problema.
─Porque te lo han contado, que tú, ─sonríe Isabel─, de eso, en las películas.
─ ¿Y en la cama?, leona.
─Por eso te escapas, ─sonríe Isabel─, si no…, ─mira a Luis─, si necesitas ayuda, ya sabes.
─Sé, pero de momento solo quiero disfrutar de algo que hace pocos días, era un sueño.
─ ¿Como el puto abogado, maldito sea, ha consentido?, ─pregunta la Abuela.
─Una amiga, que es jueza, lo ha pillado mal, madre.
─Bendita sea, ¿quién es?
─La que sea, madre, el caso es que está aquí.
─Pero, es menor de edad, ─insiste la abuela─, y si…
Luis la coge de la mano.
─Déjalo mamá, ya habrá tiempo de llorar, hoy es otro día.
─Sí, hijo mío, si, que alegría, mis cuatro nietas, tu, ─mira a Isabel─, que te coja el bestia y te haga un par de varones, que se va a caer la casa con tanta raja.
─Sí, que me voy a dejar yo, que tiene en el pito para hacer nenas, Luis, ─lo mira─, ¿y tú?, un ratito conmigo siempre es bueno.
─Cuando mate a mi hermano, no te preocupes, que tampoco.
─Luis, ya sin bromas, ¿tú le has dado dinero a tu hermano?, ─pregunta Isabel─, quiero decir, más del que te saca normalmente.
Luis pone cara de asombro, se señala.
─ ¿Yo?, no, quizás se esté vendiendo como fabricante de niñas.
─Vaya con los hermanitos, tu, bestia, ¿cuánto te ha dado Luis?
─Nada, cariño, nada de nada, te lo diría si fuera cierto, ─mira a Luis─, ¿a qué no me has dado nada?
Luis niega.
─Ni te voy a dar, que estoy canino.
─ ¿Te hace falta?, Isabel, ─pregunta Teresa.
─No Teresa, es que, en estos días, el taller parece una mina de oro, tanto que quiere que deje el trabajo y me quede con las niñas, ─sonríe─, y una mierda.
Se oyen unos gritos.
Ambos hermanos salen corriendo.
Cuando llegan el espectáculo es serio.
Nieves está siendo golpeada por las tres hermanas, mientras se defiende como puede.
En un momento se las quitan de encima.
Luis la mira.
Le han mordido en la cara.
Tiene un ojo que se pondrá morado.
Le levanta la camisa, tiene un golpe en el costado.
─Joder, estáis locas, ─mira a las tres sobrinas─, ¿las tres?
Ninguna dice nada.
Despeinadas y con cara de malvadas.
La miran con odio, Ernesto coge a Teresa.
─ ¿Que ha pasado?
─Nada, papá, que se cree que es alguien, es una puerca, que no la quieren ni los puercos de sus abuelos.
La bofetada la tira de espaldas.
Ha sido Isabel que parecía que no había llegado.
─Coged la ropa, puercas, que sois unas puercas, estáis castigadas hasta que se me olvide, danzando.
Las niñas se retiran.
─Lo siento, ─le dice Ernesto─, no sé…
─Déjalo, ─le responde Luis─, cosas de niñas, con el tiempo…
─Se pondrá la cosa peor, ─reniega Teresa─, Isabel, que las tienes muy sueltas.
─Abuela… ─le contesta Isabel de malas maneras.
─ ¿Qué, me vas a comer?, ─la abuela se enfrenta a ella con los brazos en jarra.
─Vámonos Ernesto, vámonos que…
Isabel da la vuelta y se marchan.
Ernesto se encoge de hombros.
─Anda guapa, siéntate, que te voy a limpiar la cara, que te cure tu padre, traeré los aperos.
Luis le mira la cara, después el costado.
─Pegan fuerte.
─No, pero son tres, que las mire su puta madre cuando lleguen a su cochiquera, yo he cobrado, pero ellas se han llevado más.
─No seas así, ─le pide Luis.
─ ¿Dejo que me maten?, vieron la ropa, y ya empezaron, ¿tengo yo la culpa?, después, que, si era guapa, rubia, que yo era rubio sucio, que esto que lo otro, atacando, entonces le respondí, ─sonríe.
─ ¿Que le dijiste?
─Rubias de bote, chocho negrote.
Se oye una carcajada, algo que se cae.
Es Teresa que se está partiendo de risa y ha dejado caer lo que traía.
─Después empezaron con los abuelos, no sé quién se lo ha contado, pero el que lo haya hecho es un hijo de puta.
Teresa le acaricia la cabeza.
─Eres una Monforte, dura como una piedra, el problema, es que ellas también, te salva la mezcla de tu madre. Que cosas dices, ¿por qué no te habrás callado tú?
Nieves levanta la cara.
─ ¿Tú me has visto callada alguna vez?
La abuela niega.
─Pues eso.
Teresa mira a Luis.
Sonríe y asiente.
Suspira.
Sabe lo que le queda que pasar.
Es demasiado parecida a su madre.
Le encanta…
Despeinada, mordida, golpeada, pero no asustada.
Así era la Nieves madre.
Así es la Nieves hija.
102 SORPRESA
Luis espera en el bar de siempre en el centro, frente a los grandes almacenes.
Le han cambiado el nombre, los propietarios son distintos, pero nada cambia.
Todo continúa con el ritmo de una ciudad, grande, pero que no deja de ser provinciana.
Y el bar es el abrevadero de los de oficina, de los negocios turbios, de los tratantes de ganado, aunque sean animales de metal, de los buitres de las subastas.
Los peores animales, que allí abundan, y sobre todo del paso de tórtolas para los de pico fino.
De los de brazo levantado, que todos quieren que los vean.
Lo de siempre, que nada ha cambiado.
Mil años han pasado, y seguro que los romanos.
Sin variar mucho el sitio.
Tenían las mismas costumbres.
El café no es malo, pero si escaso hasta la estupidez.
Como si fuera un tiro en la boca.
Que son económicos en todo, menos a la hora de cobrar.
Camareros como los leones.
Molestarlos lo menos posible, que todos muerden.
Salvo la excepción que mira a sus compañeros y mueve la cabeza.
Consciente de que en esa selva de egos cordobeses va a durar lo que un chicle a la puerta de un colegio…
Pero de los públicos, que es menos tiempo.
Un cigarro donde no se puede.
Pero Luis, conocedor de la leyes y costumbres, hace como el de al lado, que parece una chimenea.
Que hay leyes que no es que sean estupideces.
Es que son contra la misma vida.
Que también es dañina.
Como casi todo lo que es bueno o gusta en la vida.
La figura imponente de la norteña, no pasa desapercibida.
Nadie tiene el coño suficiente como para presentarse, bajando de un enorme alemán negro.
Con un abrigo más que blanco, níveo.
Tan bonito que da pena que lo gaste un cuerpo.
Hasta que se lo ves a Helga.
Que parece que ha nacido con él.
Sonrisa de la mujer de hielo.
Que algo quiere.
No pregunta.
Se sienta.
Sonrisa de nuevo.
No es que quiera algo.
Es que espera ser obedecida.
Como si no quedara otra opción.
Posiblemente así lo sea.
En este caso, si es a lo que viene.
Ha venido por nada.
─Buenos días, Herr Monforte.
─Buenos días, Helga, ¿cómo está su padre?
─Bien, recuerdos le manda desde nuestra helada casa.
─Gracias, sigo su salud, sé que está bien, lo demás es cortesía, ¿que la trae a esta soleada tierra en la que el abrigo que encandila se dejó en los armarios hace semanas?
Helga sonríe.
La observa.
No hay una sola línea fuera de su sitio.
No la han maquillado, la han recreado como diosa de la antigüedad nórdica, como princesa guerrera.
¿Lo peor?
Lo sabe, sabe usarlo.
Es consciente del poder sobre los hombres.
Y como las mismas diosas, no duda en usarlo.
Luis sonríe.
Sabe que ella sabe que lo sabe.
Es un juego que se juega desde el momento en que la primera mujer tuvo conciencia del poder que ejercía sobre el macho bestia y salvaje.
─ ¿Que la trae por aquí?
─ ¿Me va a decir que no lo sabe?
─Yo nunca sé nada, por lo menos de lo que no es mío, otra cosa es mi imaginación, a la que no le hago caso, te hace perder demasiado tiempo.
Sonrisa asesina.
─Siempre le digo a mis amigos, que conocí a alguien del sur, que es más que los del norte.
─Sí, Helga, los del sur no tenemos abuela, vosotros tenéis más que padres.
Pone cara de extrañeza.
─Que no os hace falta nadie, que os ensalzáis vosotros mismos.
La mujer asiente.
─Vuestro idioma es complicado, ¿necesitaré aprenderlo?
Luis se encoge de hombros.
─Solo somos unos lerdos hombres del sur, no merece la pena, señora de las nieves.
─Me gusta el nombre.
─No más rodeos, Helga, ¿a qué ha venido?
─Lo sabe bien, pero no le demos más vueltas, me gustan algunas, pero no navegar en círculos, el motivo de que dejara el hospital.
─ ¿No lo sabe?
─Sí, lo sé.
─En ese caso, ¿cuál es la pregunta?
─ ¿Podría volver?
─No, cuando me echan de un sitio, por salud, mental y física, no me lo vuelvo a plantear nunca.
─ ¿De ninguna manera?
─Sí, así es, de ninguna de las maneras.
─Me he desplazado kilómetros de mi ruta, en una agenda tan cargada que me cuesta llevarla, y he venido hasta aquí, ¿se da cuenta del valor que tiene?
─Ahora que me he ido, quizás sí, que me echaron como un perro, en su momento me lo definió aún más claro.
─No le echaron, terminó su contrato.
─Sí, cierto, si me quedo, me destruyen poco a poco los mercachifles de dirección de su centro, así que sí, me fui, diez segundos antes de que me echaran, y si, sé que el experimento fue un fracaso, lo sé, porque los que no se quisieron operar, posiblemente ya los habré operado en el nuevo hospital, imagino, no llevo la cuenta, pero algunos nombres, más que eso, sus expedientes, me son conocidos.
La mujer lo mira, la sonrisa ha desaparecido.
─Pida.
─No, ─Luis niega con la cabeza─, cuando operé a su padre, creo que le dejé claro que el dinero no es mi motor principal, lo son mis pacientes, si después del mejor de los cuidados hay dinero, me parece bien, pero primero lo primero.
─Pues pida.
─No necesito nada, en el nuevo hospital me lo han dado todo, incluso un sueldo, unos premios por objetivos que no creía que me pudieran ser dados, supongo que eso también me hace pensar que donde estaba era solo un mercado de esclavos, quizás como en el que estoy, pero más rata.
─Supongo que eso quiere decir que no volverá.
─Efectivamente.
─ ¿Sabe que Maestre ha desaparecido con todo su bagaje?
─ ¿Quiere decir con su yerno?
La mujer asiente.
─Eso no es importante.
─Contaría de nuevo con el equipo que creó.
─No, lo único bueno de que me echaran, fue saber que, salvo excepción, no podía confiar en nadie.
─Habla de Galante y de su secretaria.
Luis asiente.
─Los traeríamos también, las condiciones serían mucho mejores para todos…
Luis la interrumpe levantando la palma de la mano frente a ella.
─Sé que no es cosa suya, es demasiado buena negociadora, sabe que no va a conseguir nada, me ha estudiado como una rana abierta en canal bajo el microscopio, así que debe de ser todo instrucciones de su padre.
La mujer no contesta, no sonríe, continúa con una bella cara de póker.
─Dígale a su padre, que estaré pendiente de él, que no lo descuidaré, que, si me necesita, que cuente conmigo, que seré su cirujano si así lo desea, que se despreocupe, los hospitales pueden cambiar, pero mis pacientes, siempre tienen el mismo cirujano, por supuesto, si ellos lo desean así.
─ ¿Lo que dice es cierto?
─Como que ha amanecido esta mañana.
─Bien, y sepa que Maestre pagará en el infierno de los abandonados, sus ínfulas de grandeza, sus intentos de hacerse rico con el trabajo de los demás, el que no sabe su sitio, acaba en ningún lado.
─Sí, pero no es mi problema, ahora por lo menos.
─No confíe, Monforte, los hospitales son solo un negocio, de cuerpos destruidos, de los que se saca más, debido a la desesperación, al dolor, a mil cosas, pero solo un negocio, un consejo, no se cierre a nada, mañana le puedo hacer falta.
─Querida Helga, se equivoca en una cosa.
Sonrisa sibilina de no puede ser.
─No crea que para mí operar es algo imprescindible, cada vez más, me doy cuenta de que no solo no soy necesario, sino que quizá el que no opere, sea hasta bueno, posiblemente acabe en una facultad, clases magistrales si alguien las quiere, no sé, demasiada responsabilidad, como hoy, que me amenazan ofreciéndome todo lo que querría.
Sonrisa de Luis, cansada sonrisa.
-No, querida Helga, el torpe médico cordobés, de ese sur profundo, quizás deje de operar, me canso, no de mi profesión, sino de lo que la rodea, demasiada suciedad, demasiados egos, demasiados intereses espurios, ─suspira─, si, demasiado que está y que no debía de estar.
La mujer lo mira, sonríe, se levanta.
─Estaremos en contacto.
Luis se quiere levantar.
Pero antes de que pueda hacerlo.
Helga se mueve hacia el magnífico coche alemán, que misteriosamente está a apenas unos metros de donde han hablado.
Ve como se monta y se van.
Sabiendo que ningún prepotente soporta no conseguir lo que quiere.
Levanta la mano.
Otro mínimo café.
Necesitará, quizás dos docenas.
Pero durante media hora, no tiene nada que hacer.
Después hospital.
Mesa de operaciones.
Y algún desgraciado que entra con la esperanza de que el miserable matasano andaluz le salve la vida.
Por muy de lejos que venga.
Sonríe.
Mira a la chica preciosa que orgullosa camina por el centro de la ciudad.
Es magnífica.
De una belleza hasta casi terrible.
En un lugar en el que a las mujeres se les cae la cara de guapas.
Vuelve a sonreír.
Si, es un paso de tórtolas, de maravillosas tórtolas.
Pronto vendrá el calor.
Pronto.
Si, pronto.
103 INOPINADAMENTE
Luis entra en el cuarto de su hija.
Ve como estudian afanosamente, su hija y Paloma.
─No molesto, me marcho.
Las dos lo miran.
Como reafirmando que es lo mejor que puede hacer.
Entra en la cocina.
Toma un zumo.
Llena un vaso de hielo, y se deja caer en el sofá.
Como todos los días.
Este ha sido pesado.
Pesado como una vaca en brazos.
No enciende la tele, para escuchar estupideces…
Una pequeña serenata[1], es mejor para el alma.
Te calma el clamor que surge de un cuerpo cansado…
De una mente saqueada por vándalos que solo quieren la mágica solución a sus problemas.
Por supuesto, sin estrujar la suya.
Nota como se sientan en el sofá.
Oye respirar fuerte.
Casi resoplar un caballo, es Paloma.
─ ¿Que hacéis?, ¿estudiar?
─Como lo sabes, tu hija me ha pedido que estudie con ella, esta mañana me la he pasado en la biblio, no tenía ninguna asignatura, ahora con ella.
─ ¿Cómo está?
─Es de las de aprobado.
─Lo sé.
─Lo que no sabes, es que no estudiaba para no darles una alegría a los abuelos, a los que odia con sana inquina.
Luis sonríe.
Expresiva si es.
Aunque no quiera.
─Así que piensas que es lista.
─Nadie con la boca de Nieves puede ser estúpida, te puede llenar de insultos bien estudiados casi sin esfuerzo, más bien, diría que lo que le cuesta esfuerzo, es que no salgan.
Luis sonríe.
─Buena definición, ¿y tú?
─Una gilipollas que lucha por quitarme el número uno, además no es de aquí, esto es feudo de catetos, ella de Madrid, que se vuelva.
─Bien dicho, ¿lo conseguirás?
─En eso estoy, que me duele el cerebro.
─No tiene…
─Lo sé, lo sé, lo he estudiado en anatomía, el cerebro no duele, supongo que el de los demás, el mío, si, y como.
─Si mi hija te entorpece, dímelo.
─No, al contrario, me hace estar más tiempo estudiando.
─ ¿No te interrumpe?
─De vez en cuando, está oxidada, no ha prestado atención y algunas cosas, pues que no las sabe.
─ ¿Qué es lo que quiere conseguir?
─Merecerte.
Luis abre los ojos.
Vuelve la cabeza.
La mira.
─ ¿Sabe que, con estar aquí, es suficiente?
─Sí.
Paloma lo mira, tiene los ojos más verdes que de costumbre, está bien, son los únicos ojos que pueden decir cómo está el que los lleva.
-Ella lo sabe, pero no, quiere ser como tú, siempre lo ha querido, pero pensado que la abandonaste…
─Sí que eres lista, ¿seguro que tienes veinte años?
─Casi veintiuno.
─Sí, que vieja eres, el Parkinson.
Paloma le quita el vaso de refresco.
Se lo bebe del tirón.
─Ahora te traigo uno, ahora.
Le echa las piernas sobre las suyas.
─Cómo voy a poder…
─Nieves, ─grita Paloma─, tráete refrescos, que tu padre y yo estamos muy viejos.
Dos minutos después, una despeinada Nieves que los mira.
─ ¿Tengo que comprar gomitas?
Luis la mira sin entender lo que dice.
Después, cuando lo pilla, mueve la cabeza.
─No, Papá, si a mí me parece bien.
Desaparece.
Ellos permanecen en silencio.
Vuelve con los refrescos.
Se sienta enfrente.
─Palomita, ¿cómo me ves en los exámenes?, ─le pregunta.
─Bien, ─le responde esta.
─ ¿Como para poder sacar la nota de corte de Medicina?
Paloma mueve la cabeza.
─Tu expediente, según me has dicho, es regular, necesitas este año y el que viene la perfección, la selectividad diez o diez y medio, y después, que la nota de corte no sea una locura.
─Eso, tu dame ánimos.
─Yo no miento a las personas que quiero.
Nieves sonríe.
─Ves, Papi, me la comía, mi Paloma, que me cuida como si fuera su propia hija.
Paloma se pone colorada como un tomate.
Mientras que Nieves sonríe con el refresco en la boca.
Nada de vaso, que cansa.
Sin darse cuenta, Luis le ha masajeado los pies a Paloma que no ha contestado a su hija.
La mira.
Duerme como un ángel.
Después mira a su hija que se encoge de hombros.
Echa la cabeza hacia atrás.
Sí, todo está bien.
Y piensa en cómo cambian las cosas, para bien o para mal.
Y le da las gracias a ese dios esquivo por los pocos momentos en que se siente bien.
104 RUMBO DE COLISIÓN
Luis camina hacia casa.
Se le ha hecho tarde, como siempre.
Además, el coche no lo ha cogido en la mañana.
Y ahora, cuando el sol se ha ido, se echa de menos.
Nunca pasa nada.
Pero lo que fue no hace tanto lugar de naves industriales, la mayoría abandonadas.
Se ha convertido en algo cuando menos tenebroso.
Y eso consigue que el cuerpo enerve el vello como si fuera un animal que teme por su vida.
El calor no termina de llegar.
Y si durante el día se puede estar bien.
Cuando aparece la oscuridad, nada es lo mismo.
Se mete en el cuerpo de una manera que no es agradable.
Se para, enciende un cigarro.
Está nervioso.
No sabe por qué.
Pero se promete que no volverá a dejar que el coche se quede en casa.
Que ahora, con el motor cambiado está muy bien.
Y en todo caso puede coger un taxi.
Sonríe.
Pensando que es un rata con el dinero.
─ ¿No nos vas a decir de que te ríes, medicucho?
A Luis se le encoge la tráquea.
Por la definición es que no se trata de un asalto salvaje.
Si no de algo premeditado, van a por él, está claro, muy claro.
─No te preocupes, doctorcito.
Casi no puede ver al que habla.
Lo que si ve, son las dos figuras que a la mala luz de una farola se perfilan como algo a lo que tenerle miedo.
Y lo tiene.
Quiere correr, pero sabe que lo atraparían.
Así que solo se queda mirando como si fuera estúpido.
Temblando.
Casi con ganas de orinarse encima.
Pero que no sepa defenderse no significa que sea cobarde.
Solo se arrepiente de no haber sido más precavido.
Conoce a su exsuegro.
Que lo que le ha hecho no le ha gustado.
¿Podría imaginar que actuaría de otra manera?
No, seguro que no.
Así que, si lo joden, es por estúpido, no porque no sepa defenderse.
─No te preocupes, doctorcito, solo me han pedido que te machaque esas manitas, ¿es que te la cascas mucho?
Una sonrisa de desprecio
─No, es que el que me manda, dice que ganas dinerito con esas manitas, y quiere que te mueras de hambre, que sepas que al que roba, se le cortan las manitas, pero no te las vamos a cortar, te las vamos a dejar de tal forma que querrás que te las hubiéramos cortado, que tú sabrás de operar, pero nosotros de hacer daño, más.
Nota como se acercan, cierra los puños.
Quizás no sirva de nada.
Pero que, si sobrevive.
Que piense que por lo menos no se quedó quieto para que lo mataran como un cordero.
─ ¿Ya estamos de nuevo aquí?
Es una voz más grave.
– Joder, ¿es que no os cansáis?, a vosotros mismos, o a otros perros que mandaron, les hice unas advertencias cortantes, así que el que siga con las tonterías, este que lo es, le corta lo que os sobre, que, seguro que es mucho, que de pellejo como la de un viejo, llenos estáis.
─ ¿Quién eres tú?, so tío mierda.
Es la voz de anterior.
─ Somos tres, te vamos a cortar los huevecillos, después le vamos a quitar unos dedos al médico, para que no nos pueda señalar.
Sonríe, se ha hecho gracia, se cree gracioso.
─Pues nada, a la faena.
Y Garri piensa que de los descuidos come el lobo.
Nada pasaba.
Dejó que se quitaran de en medio los que vigilaban.
Y así le va la faena.
Que las ratas salen a la calle haciendo fiesta en vista de que no se ve al gato.
El que habla se acerca.
Pero sabe que es solo una estratagema.
Son los dos gorilas de los lados los que van a ir a por él.
Abre la navaja.
Que brilla a la luz de la luna como el colmillo de una gran fiera.
Y es lo que es.
Salta a un lado.
Pilla de improviso a uno de los que querían coparlo.
Es en la barriga.
Huele a excremento, a porquería.
Sabe que quizás lo ha llevado a tener que cagar en bolsa.
Sonríe a pesar de que parece ser presa.
Pero lo que es, es lo que es.
Lo más importante, es que uno de menos.
De tres a dos, va diferencia.
Pero el otro gorila que creía más lento.
Salta, se la clava.
No es mucho.
Ha parado con la mano.
Pero sangra, mucho.
Por la barriga.
También la mano con la que ha parado el hierro.
E instintivamente, la suya, su colmillo, que se dispara.
No raja, pincha, en el pecho, con maldad.
Ya no es herir, es matar.
Y si no mata, casi.
El tipo cae al suelo.
Chilla como lo que es, una perra.
Pero casi no oye el cantineo, “me has matado”
No le interesa.
Era lo que buscaba.
Sonríe a pesar del dolor.
Que no ha esperado ni a enfriarse.
El que hablaba, que saca huevos de donde sea y se arranca.
Otra en la barriga, más profunda, más malvada, más mala.
Pero se descuida.
Y es faena lo que se hace de continuo.
Ni pensar.
La navaja entra en la barriga y sin querer, queriendo, tira para arriba.
Sale de todo, y el tipo asustado, se mira lo que sale.
Se echa hacia atrás, sorprendido, si no anda listo, se morirá.
Se mira la barriga, dos pinchazos.
Tiene mucha sangre, pero más le sale.
Siente como alguien le aprieta la barriga.
Ve como un saquito se aplasta contra ella.
─Corre a un centro sanitario, si no te desangras, todo irá bien, ─aprieta el torniquete que le ha hecho con su propio saquito, mira al hombre─, ¿por qué Garri, por qué?
─Te lo debo, mira a los que están chillando, si no estarías como ellos.
─ ¿Y tú?
─Soy duro como el cuerno de un cura, ─sonríe, o lo intenta, llama por el móvil.
Se sienta en el suelo, se aprieta el saquito que era amarillo claro, ahora es rojo.
─Bicho, a los de las naves del hospital, con un matasanos, me han pegado dos pinchos, escucha, ─solo habla─, porque no habéis tenido los cojones de seguir con lo que os ordené. Como no vengas, mejor que me muera, hijo de puta, que te saco las tripas por las orejas, ─cuelga.
Despacio mira Luis.
─Vete, estos irán al hospital, ellos que son los malos, al hospital. Que mal hecha está la vida, ─sonríe─, hostia, como duele, pero no me voy a quejar como esas mariconas, vete, que la policía coge a quien quiere que lo cojan.
─ ¿Y tú?
─Yo sé más que los que salen en la tele, tira, fuera, nadie dirá nada, ellos porque no les interesa, yo, porque me habré ido a un médico, o a tomar por el culo, que me da igual.
─Gracias.
─Piérdete.
Luis camina rápido.
No lleva nada que le cubra el pecho.
Corre de lugar oscuro en lugar oscuro.
No por nada, por todo.
La locura.
Y siente como si el mundo hubiera cambiado en solo un segundo.
105 PAISAJE DESPUÉS DE LA BATALLA
Luis regresa del hospital.
Mira a todos lados.
Por supuesto, ha ido en coche.
Tardará mucho tiempo en que vuelva a hacerlo andando.
Además, le ha dado la paliza a su hija.
Después lo hará con Paloma.
Sobre seguridad, sin contar lo que…
Es oscurecer, que no ha aguantado tanto.
No por casualidad, si no por miedo.
El que nace después de la cogida.
Aunque solo haya sido un revolcón.
Y piensa en cómo estará Garri.
Aunque sabe que ese es duro como las piedras.
Se sienta en lo de Conchi.
Paco que lo mira.
Levanta la mano.
Quiere que se le acerque.
Habla con todo el mundo.
De todo sabe.
Y aparte de ser un ludópata hijo de puta, también es el pregonero del barrio.
─Sí, ¿qué querías?
─ ¿Anoche pasó algo por aquí?
─ ¿Que es algo?, ─pone cara de extrañeza.
─Es que desde el piso oí gritos extraños, alguien pidiendo ayuda.
─Pues no te tomes las pastillas, que te hacen oír lo que no se ha dicho.
Sonríe con suficiencia Paco.
No sabe hacerlo de otra forma.
─Ponme una cola con algo de pizcar.
Paco asiente.
Ni una palabra más.
Sabe que cualquier cosa que diga, será tergiversada, manipulada, expandida o comprimida…
Antes de contarla a cualquiera que se pare a preguntar o, aunque no se pare.
La cola esta fría.
La tarde agradable.
Es cuando no cambiaría la ciudad por nada.
Todo nace nuevo.
Como si viniera del averno que ha sido el invierno.
Frio como la vida de un muerto, antes de convertirse en ardiente infierno que lo secará todo.
Pero esos momentos.
Los de florecer.
Donde el agua lo protagoniza todo.
No en lluvia que ya cayó, sino en madre de bondades.
Hay que vivirlos, que contarlos, y por muchas letras que se empleen, nunca son suficientes para definir mínimamente las sensaciones que produce.
Una Paloma que sonríe.
Viene con un compañero.
Un muchacho tan bien criado como ella.
Un tipo guapo, alto y delgado, que también lleva liada en el brazo la bata─medalla que quieren que los diferencien del resto de los mortales.
Es el primer signo de que los médicos comienzan a alejarse del resto de los humanos.
Sonríe.
Se alegra de que la chica esté con muchachos de su edad.
Siente algo de pena.
Pero sabía que era imposible.
Y ahora se alegra de que todo esté en su sitio.
Suspira.
Si, la noche es magnífica.
Pero sin saber por qué, se ha vuelto un poco más áspera.
Pasan de largo.
Nada dice.
Solo debe de hablar con el vaso teñido de oscuro de una cola mentirosa.
Que quiere ser y no puede.
─Luis.
Levanta la cabeza.
Es Paloma que lo saluda.
Ya casi rebasado el rango de visibilidad.
Luis responde con una sonrisa.
Ve como se despide del muchacho.
Con diligencia, más bien con prisa, se acerca a él, caldeando.
─Que vieja estoy, eso sí, todo el día con el culo aplastado, que cansancio de facultad, de carrera, de catedráticos…
─Quéjate cuando tengas un rato.
─Si algún día vas a la facultad a dar algo, lo que sea, una clase magistral, una enseñanza, a tomar café, no seas plasta, que es lo más fácil, el cerebro se desconecta, y comienzas a vagar por otros mundos, ─asiente con la cabeza.
─Lo sé, lo he vivido, aún sigo con ello, por cierto, ¿qué decías?
Paloma sonríe.
─Que malo eres, todo porque eres el mejor cirujano, bah…, eso lo es cualquiera, cuando salga del MIR solo servirás para coser mis calcetines.
─Ya no se cosen, Paloma.
─Serán los tuyos, yo continúo en economía de guerra.
─ ¿Te hace falta más dinero?
─No, ─niega con la cabeza─, no me hace falta, gastaré cuando sea mío, cuando lo gane yo, y aún faltan dos años mínimo, eso sí salgo y me presento al MIR del tirón, que será difícil hacerlo, más que hacerlo, que apruebe, ¿cómo lo hiciste tú?
─Fácil, una hija pequeña, mi mujer que me mantenía, lo de MIR es dinero, me comía los libros, terminé la carrera y ya estaba preparado para el examen, y plaza directa donde estudias, en el universitario.
─Joder, que suerte.
─Sí, suerte, aun me duelen los codos, tengo una enfermedad terminal, inflamación de codos, es decir de húmero, cubito y radio, los tres.
─ ¿Terminal?, ─sonríe con la pregunta Paloma.
─Sí, que no termino de quitármela.
─No te veo estudiar.
─Pues sí, ─asiente Luis─, siempre estás estudiando, y lo malo es cuando se publican en otros idiomas que no conoces. Con la maldad del idioma chino, que muchos publican en inglés, pero como te interese el artículo y sea solo en chino, ─mueve la cabeza─, los traductores son para matarlos, el caso, es que si, mientras estés con la bata que llevas como bandera o la azul…
─La bata azul…, ─Paloma suspira─, ¿qué se siente al llevarla?
Luis sonríe.
─Frio.
─ ¿De la responsabilidad?
─No, hija mía, que es muy corta, que no tiene mangas, que vas a fumarte un cigarro, y la neumonía en invierno, asegurada, son riesgos del oficio, que es considerado, por el uniforme, de alto riesgo.
─Qué cosas tienes, ─le golpea el brazo─, ojalá…
Luis levanta la mano.
─Tienes posibilidades, me han pasado un vídeo de las prácticas con cadáveres, si, tienes pulso, si, tienes inteligencia, si, serás una gran cirujana.
─ ¿Cómo lo consigues?
─Cosas de trabajar de guardia de seguridad, no te jode, Paloma, que parece que te han dado en la cabeza.
Paloma sonríe.
─Entonces, ¿valgo?
Luis se encoge de hombros.
─Te queda mucho, pero sigue durante muchos años, aguanta lo que te echen, que es mucho, y ni, aun así, te puedo prometer que lo conseguirás.
─Pues seguiré amargándome la vida, que remedio, que además tengo que devolverte la pasta que te cuesto.
─Esa está olvidado, estás cumpliendo la promesa que me hiciste.
─ ¿La de la número uno?
Luis asiente.
─Y trabajo que cuesta, pero no importa, estaba prometido, pero el dinero es otra cosa.
─Otra cosa, Paloma, ten cuidado, un amigo policía, ─miente─, me ha dicho que aquí está la cosa caliente, que hay asaltos con arma blanca, por gente que ha venido en los últimos tiempos.
─Madre mía, encima de pobres, jodidos.
─Así que dile al muchacho que venía contigo, que te acompañe, o coge un taxi, por el dinero no te preocupes, yo te subvenciono.
─La facultad está aquí al lado.
─De día, si, de noche, son muchos kilómetros en tierra de animales.
Paloma calla, lo mira.
─ ¿El muchacho que me acompaña?, ─sonríe.
Luis asiente con la cabeza.
─Sí, parece apañado.
─Sí, y también que le gustas tú más que yo, seguro, es de ambigüedad pronunciada.
─ ¿Homo?
Paloma asiente.
─Y aunque no lo fuera, además sabes que el único hombre en mi vida, me está pagando la carrera.
─No seas tonta.
─Es cierto, tan cierto como que para Paloma Torralbo Alarcón, no existe otro hombre que no sea el ilustre cirujano San Luis Monforte Mínguez.
Luis la mira y mueve la cabeza.
─Mira que eres cabezona.
─Eso no lo sabes bien, insigne cirujano.
Luis la mira.
Por primera vez, tiene un brillo distinto.
Suspira.
Está loco, loco como una cabra.
106 VISIONES
Guiomar mira desde el pasillo de los dos edificios que dominan la terraza.
Es difícil, casi imposible, que alguien pueda verlos.
Más que nada, porque la maleza forma una tupida red a la altura de los hombros de Ambrosio.
─Mira, Niña, esa es la chica que te está quitando lo que has defendido con uñas y dientes.
─No seas idiota, hoy soy su señoría.
─Cuando me pides que trabaje de lo que no tengo que hacerlo, eres la Niña, ¿lo entiendes?
─Sí, viejo saco de huesos.
Ambrosio sonríe.
Enciende un cigarro.
─Estamos al aire libre, Niña, no me jodas, que estás mejor que yo.
─No, estoy mal, tengo el corazón mal.
─Como excusa cansa.
Mira al médico.
– Mira, llega la niña, la que has salvado de la quema, la que ha vuelto con su padre, la que puede ser tu hija.
─No, sabes que no, este no es mi camino.
─Pues para no serlo bien que te recreas en él, y lo más triste, es que yo tengo que traerte.
─ ¿Tanto te molesta?
─Me molesta que estés golimbreando[2], cuando…
─ ¿Cuándo qué?
─Cuando tenías que estar allí sentada, ¿quién ha hecho más por él que tú?
Guiomar calla.
Piensa en lo que ve.
Siente una tristeza que sabe que le costará dominar.
Lo único cierto, es que la deuda con el que le ha alargado la vida, está cada vez más cerca de pagarse.
O ella lo estima así.
No le gusta deberle nada a nadie.
Menos al que está tomando una maldita cola en un barrio de tercera.
Suspira, ¿o no es solo eso?
No lo sabe, no lo quiere saber.
─ ¿Nos vamos?, Niña.
─Sí, Ambrosio, y saliendo de este maldito barrio, soy su señoría, o te jodo.
Ambrosio sonríe.
No le gusta cuando es la Dama de las Camelias[3].
Pero cuando se convierte en una auténtica hija de la gran puta, se siente bien.
Tan bien como cuando le preguntó porque no era su padre.
Vuelve a sonreír.
─Niña, que he aparcado mal el coche.
─Ve a por él.
─No, niña, vamos los dos, sabes, que estar aquí sola, un bombón como tú, no es bueno.
Guiomar sonríe.
─Puto Ambrosio.
─Sí, Niña, el puto Ambrosio de siempre.
Nieves sale del cuarto.
Se despereza delante de Luis.
─Hola padre, no te he oído, ¿llevas mucho tiempo aquí?
─Una media hora, no he querido molestar, ¿durmiendo o estudiando?
─Lo último, lo de dormir cuando terminen los exámenes, que es pronto, ¿puedo preguntarte algo?
─Claro, dispara.
─ ¿Tenemos dinero?
Luis asiente.
─ ¿Mucho?
Vuelve a asentir.
─Pero eso no significa que vivamos como si el dinero no importara, importa, y más que eso, nos definiría, solo seríamos dinero, si nos basáramos solo en eso.
─Si pensara lo que dices, me hubiera quedado con los abuelos, tienen más que tú, por mucho que tengas.
─Sí, supongo que sí, ─le responde Luis─, pero vamos, que no me interesa, yo el poco o mucho que tengo, lo he conseguido salvando vidas, ellos…, ─sonríe─, ¿sabes cómo es tu abuelo?
─Sí, supongo que sí, un abogado malvado.
─Se ha hecho rico comprando y vendiendo jueces para gente de la droga, de la prostitución, de la trata de blancas, no sé, no entiendo, sé que es un derecho, pero hasta el límite en que lo lleva tu abuelo…
Nieves lo mira.
─ ¿Que has aprendido estando con ellos?
─Lo que es estar sola, cuando hay gente a tu alrededor.
─Ven, siéntate conmigo.
Nieves se echa sobre él.
─ ¿Me vas abandonar de nuevo?
─No.
─Ya lo hiciste.
─No, pero me vencieron, era joven, tu madre muerta, destrozado, sin dinero, sin poder…
Mira al techo.
-Tus abuelos hicieron conmigo lo que quisieron, ellos si lo tenían, y te llevaron por…
Una triste sonrisa.
-No lo sé, te lo juro, yo no tengo esa clase de maldad, no permitieron que te vieran, ni tu abuela Teresa, ni a mi padre, que se murió sin saber de ti, eso no se lo perdonaré nunca, como a mí mismo.
─Déjate de historias, anciano, júrame que nunca me dejarás.
─Ni por todo el oro del mundo.
─Me vale.
─Así que espero que estés más confiada, más tranquila, porque me ha dicho Paloma que empollas para sacar nota para Medicina.
─Sí, pero lo tengo crudo, años de no hacer nada.
─ ¿Quieres que te ayude?
─ ¿Como?
─Usando mis influencias, que algunas tengo.
─ ¿Cometer un delito por tu hija?
Luis asiente.
─Me parece bien, pero espero que no tengas que hacerlo, tengo el culo plano, un culo precioso.
─Que además eres como tu madre, con el punto flojo.
─El que quiere la flor, quiere las hojitas de alrededor.
─Sí, supongo que sí, soy feliz, aunque me coma tus pestes.
─Una pregunta, anciano.
─Pregunta.
─ ¿Paloma?
─ ¿Qué pasa con ella?
─ ¿A ti te gusta, la quieres, la odias, la…?, lo que sea.
─ ¿Por qué lo preguntas?
─Para quitárselo de la cabeza, que la chiquilla es tan tonta, que es capaz de morir siendo virgen, esperando que tu des algún signo de que sabes que ella está viva.
─La vida no es tan sencilla, bruja.
─Si lo es, te gusta o no te gusta.
─Claro que me gusta.
─Atácale.
─No, soy viejo, viudo, sigo queriendo a tu madre, tú has venido a mi casa, no te va a criar una cría como tú, dirían que es una aventurera que busca el dinero, es demasiado joven, demasiado guapa, lista y buena, yo soy solo eso, alguien amargado que pasó el tiempo en el que…
─Pero que chorradas dices, no eres viejo, eres un maduro atractivo, eso sí, con mucha pasta, una eminencia, eso que se lleva Paloma a la buchaca[4], si dicen que digan, a mí me suda, en cuanto a que me va a criar, creo que sería al revés, la criaría yo.
─Sí, eres mucho más madura de lo que pareces, gracias a dios, por eso parece que me perdonas.
─No eres tan listo, pero sí, me gusta la chica, para ti sería algo positivo, para ella, algo increíble, llénala de hijos, eso sí, después de casarte, que con esa no te comes una rosca, anciano, que tiene el bollo prieto hasta que te cases.
─Como debe de ser, y, ¿qué es eso, de “bollo prieto” …?, ese tipo de expresiones no puedes decirlas.
─Me cortaré un poco de decir las verdades de la forma en la que entenderlas sea más fácil, hablábamos también de que tienes mucha pasta, mi paga, que no tengo, no hablo de subirla, sino de crearla, por supuesto partiendo de unos mínimos.
─ ¿Cuánto serían esos mínimos?
─Teniendo en cuenta la inflación, la subida de los precios, que es aún más alta, cien euros.
─ ¿Al mes?
─Semanales, ¿dónde vives, padre?
─Aquí, en el barrio, con ese dinero, me compro un piso cada tres meses.
─Ni aquí padre, ¿en cuánto has pensado?
─No sé, veinte semanales.
─ ¿Que tú tienes dinero?, será porque no gastas nada, que rata eres, progenitor, ni hablar, otra cifra.
─Cincuenta.
─Una subida apreciable, ochenta.
─Sesenta y empiezo a tirar para abajo.
Nieves se le abraza.
─Como te quiero, con treinta me hubiera conformado esto es un desierto, la ropa la regalan.
─Pues los cien los hubiera pagado sin problemas.
─Volvemos a la negociación, padre.
─ ¿Veinticinco?
─No, padre, un trato es un trato.
Luis sonríe, si, se está bien con una hija que creía perdida, además le sale a cuenta, pero ya aprenderá.
Nieves lo mira.
Está tiernito.
Le ha dejado que gane.
Pero que no se acostumbre.
Es capaz de sacarle agua a una piedra, pero es su padre, lo que quiere es a él, no su dinero.
Sonríe.
Si, se está bien con un padre que nunca hubiera esperado que fuera así.
Si, se está bien, muy bien.
107 BUENAS NOTICIAS
Luis está en el bar de Conchi.
Lleva un buen rato.
Estaba…, está cansado.
Pero ahora, con la sombra, casi en la penumbra de un oscurecer magnífico, con una cola en una mano, un cigarro en la otra, se está perfectamente.
Podría dormirse y completarlo, pero no es eso.
Espera a su hija y a Paloma, que han quedado, terminados los exámenes, en ir a comprar ropa para Nieves.
Que al final también comprará para Paloma.
Esas son sus órdenes, cuando realmente hará lo que le dé la gana, como su madre.
Y le gusta…
Dentro de un orden.
Pero sí.
Está bien que tenga carácter.
Solo espera que no salga el lado salvaje.
Aunque parece que no es lo que está sucediendo.
Las ve venir, riéndose.
Dándose con las bolsas de las que vienen cargadas.
También ve que está bien que estén juntas, y si…
Pero se niega con la cabeza.
No, no puede ser.
El caso, es que una chica que estaba a punto de dejar la carrera, ahí está, dándole sopa con honda a todos los pijos de padres ricos.
Y una niña abandonada, ahora es alguien que sí, que merece la pena, que sonríe, que parece que es feliz.
Si, la vida algunas veces da cosas buenas.
Solo espera que dure.
O por lo menos que la caída no sea muy dura.
Sonríe con tristeza al pensar en cómo la vida lo ha transformado en alguien pesimista, casi negro.
Se sientan como si hubieran ido al Everest.
Dos colas que caen del tirón, después vendrán más.
Ni lo tienen en cuenta.
Como si no existiera, se ríen con sus bromas privadas que comentan tan bajo que entenderlas sería padecer una inflamación crónica del oído.
─Paloma, ¿no me tienes nada que decir?, ─le pregunta Luis.
La chica lo mira, mueve la cabeza negándolo.
─No, que yo sepa no.
─ ¿Y las notas?
─Aún no han salido, si las supiera…, ─sonríe─, quizás te lo hubiera comentado.
Luis le pone delante de la cara el móvil.
─ ¿Qué es?
Se acerca, lo mira con atención.
─No me jodas.
Luis asiente.
─Sí, querida, son tus notas, asignatura por asignatura, con el cómputo total por puntos, si, la primera, pero por los pelos, ─mueve la cabeza─, no sé qué…
Paloma le coge la mano, y grita casi.
─La primera, la primera, que no lo tenía claro, que alegría, que alegría, pero, ¿cómo…?
─Recuerda que sigo trabajando de guardia de seguridad.
La chica se echa hacia atrás.
Se deja caer todo lo larga que es.
─Madre mía, lo he conseguido, que hay dos elementos que me siguen en cola, pero, aunque sea por décimas, por milésimas, lo he conseguido, ─mira a Luis, sonríe─, un trato es un trato.
Nieves se le abraza.
Paloma la besa.
─Pequeña, que sepas que estás abrazando a la más insigne de las cirujanas del mundo mundial.
─Ya será menos, foca.
─Sí, y tú, pez globo.
Ambas ríen, Luis las mira con satisfacción.
─Querida Nieves.
─Dígame, anciano.
─Me ha llegado un correo de unas monjas facinerosas.
─Las putas monjas.
─Esa boca.
─Sí, que es mentira.
Luis mueve el móvil.
Se oye pitar el móvil de Nieves que lo toma.
Lo mira y pone cara de sorpresa.
─La leche, un nueve con veinticinco, increíble, si.
Mira de nuevo.
-Nieves Monforte.
Se toca el pecho con un dedo.
-Sí, es la nena, pedazo de notas.
─Sí, para en el primer trimestre una media de cinco con cuarenta, no está mal, ─asiente Luis─, enhorabuena.
─Anciano, ─sonríe con maldad Nieves─, me he ganado, nos hemos ganado un regalo fastuoso digno de las mil y una noches.
─Sí, más o menos tres años de soledad.
─Mira el anciano, Paloma, lee cosas que no son de rajar a las personas.
Paloma sonríe, le toma de la cara.
─Anda, bruja pez globo, no aprietes, yo no quiero nada.
─No seas mentirosa, tú quieres algo, pero no quieres pedirlo, sácale la pasta al anciano, tiene mucha, pero es un rata.
Luis las mira.
─ ¿Qué queréis?
─Ves, ─comenta a Paloma Nieves─, podemos sacarle lo que queramos, yo una moto.
─Ni loco, pide otra cosa, y lo pensaré, un día te voy a llevar a urgencias, a las del universitario, que son las más concurridas, para que veas lo que le pasa a un cuerpo al que ha revolcado un coche, al que ha destruido un camión, un quitamiedos…
─ ¿Así tienes que ser de malo?, hubiera bastado, con, “querida hija mía que tu padre no sufra”, no te hubiera hecho caso tampoco, pero me vale, estoy pensando, lo del regalo no caduca.
─No, no caduca, y tú, Paloma, ¿qué quieres?
─Nada, Luis, estoy satisfecha con haber cumplido mi promesa…
─Déjate de romances, que te lo mereces, algo caro, que no haya que pagar a plazos, pide por esa boca.
─No quiero abusar.
─Pide, y te diré si abusas.
─No lo sé, ─comenta Paloma con mirada abstraída.
─Cuando lo sepas me lo dices, tu, bruja de las Nieves, ¿qué me dices?
─Me pido tiempo como Paloma, la tonta de goma.
─ ¿Otra cola?, pez globo.
Nieves asiente.
─Pedazo de palo que te hemos pegado en la tarjeta, ─señala las bolsas─, hay tapaculos para parar a un regimiento.
─No me importa, te lo descontaré de la paga y tan contento.
─Sí, pues no voy a ver dinero en meses, más bien en años.
Luis las mira.
Siguen con sus bromas.
Si, se está bien en el barrio olvidado a la hora en que la oscuridad toma el control de las luces.
Sentados en la tierra regada.
Con una cola en una mano, y en la otra un cigarro.
108 INCORPORACIONES
─A la paz de dios.
Luis levanta la vista, es el padre Eusebio que lo mira con una sonrisa.
─Que, ¿a pegar la gorra?, cura guerrillero.
─Como lo sabes, rajapersonas.
─Siéntate, querrás cenar.
─Supongo que sí, ─mira a las dos mujeres.
─A ti, Nieves, te veo poco, se me ha olvidado tu cara, no apareces por la iglesia así te lo mande el médico, que en este caso es tu padre, ¿no te manda?
Nieves niega con la cabeza.
─No, ya sabe, padre, que él, es meapilas, pero de segunda, la de primera, es la que tengo al lado, la que acaba de terminar el curso como primera de la clase.
Eusebio, sonríe.
─Enhorabuena, no vienes ya tanto por la iglesia, ─señala las bolsas─, me alegro de que os llevéis bien, el que paga es el médico, eso está bien, también, siempre que no escatimes con la iglesia.
─ ¿Tienes alguna queja?, chantajista con sotana, ─pregunta Luis.
─No, ─niega con la cabeza─, de momento no, pero han surgido…
─No me cuentes historias, que cada vez que hablas me cuesta el dinero.
─Como tiene que ser, ─sonríe el sacerdote─, que la cosa esta cada vez peor.
─Haré lo que pueda, ─responde Luis.
─Paloma, ─pregunta Eusebio─, ¿cómo está tu madre?
─Mucho mejor, Luis, que es un santo, hace que esté tranquila, paga todos los meses a su hora, creo que es el único español que lo hace.
─Y que lo digas, Paloma, en cuanto a ti, Nieves, ¿lo de confesar…?
─No tengo pecados, padre, no salgo, solo estoy con esta, que es un muermo, mi padre un santo, ¿qué quiere que le diga?, ganas de pecar, si, ¿oportunidades?, ninguna, solo la cola, que es un vicio.
Eusebio sonríe, mira a Luis.
─No te queda nada que pasar, se te ha metido un bicho en casa.
─Y que lo digas, pero es lo que hay, así que cenemos, que el imbécil de Luis, como siempre, es el que paga.
─Amén, ─es la última palabra de Eusebio, que sonríe con malicia.
Alfredo se sienta después de haberse servido un buen pelotazo de whiskey de la mejor calidad.
Cincuenta años, que a fin de cuentas son menos que los que tiene.
─Padre, ¿cómo has dejado que el matasanos se la lleve?
─Pareces tonto, Junior, nos hubiera jodido la jueza esa, la que te gusta tanto.
─No me gusta, padre, es que está buena, ─sonríe─, que pedazo de tía, pero que hija de puta.
─Sí, el caso, es que la niña que apenas aprobaba, ahora es la numero uno de la clase, ─mira a su esposa─, ¿eso cómo nos deja?, Adela.
─Como si la hubiéramos tratado como a una chacha, ─bebe de otro vaso de whiskey─, le gusta tanto como a su marido, nunca lo hará en público, pero en privado…, ¿qué me quieres decir con eso?
─Nada, que no me gusta perder ni en los entrenamientos, la hemos cuidado como si fuera nuestra hija, nunca nos ha prestado atención, ─sonríe─, como su madre, el caso, es que se va con el padre y todo perfecto, como si…
─Te repites, padre, ¿qué vas a hacer?, ─le pregunta Junior.
─No sé, pero no me gusta que el mecánico…
─Sí, padre, no te eternices, ─sonríe de nuevo su hijo─, ¿qué vas a hacer?, es fácil la pregunta.
Alfredo sonríe.
─Supongo que el nivel de vida que tienen está bien, sigue con las dos manos, el caso es que la niña es menor de edad, sigue siéndolo, de tal manera que en casos de…, vuelva a su casa… ─sonríe con maldad.
─ ¿Que pretendes?, Alfredo, ¿secuestrarla?, la juez es una hija de puta, se irá a por ti con todo, es ganas de jugar con el diablo, ─le advierte su esposa.
─Querida, ¿dejo que se rían de nosotros, incluso la imbécil de tu nieta, a la que hemos cuidado durante tantos años?
─No es eso, querido, solo que lo pienses bien.
─Mientras actúan o no actúan, ─vuelve a sonreír con maldad─, la niña a un colegio de Suiza, después que busquen, entre una y otra, la niña recuperara la lucidez, y si no lo hace, ─nueva sonrisa─, mala suerte.
Junior sonríe.
─Sí, siempre la niña se ha parecido a su madre, la que no quería vernos ni en pintura, ahora que la eduquen bien en Suiza, sería hacerle un favor, que nunca sabría cómo pagarnos.
─Efectivamente, Junior, ─sonríe Adela─, efectivamente, nunca sabría cómo agradecérnoslo, que es necesario meter cordura en esa cabeza, tan dura como una piedra.
Alfredo levanta el vaso.
─Por los viajes a países que están lejos de aquí.
La esposa y su hijo levantan la copa.
Son bastantes similares, no como Nieves, a la que nunca comprendieron.
Mucho menos a su hija, de la que piensan que solo ha vivido del cuento.
Y que con el carácter que tiene, combativo, no llegará a ningún lado.
Todo es para el bien de la niña, para ellos es tan fácil creerlo…
109 NOTICIAS PARA LUCIANO
─Dime Ladilla, que no has venido a verme por gusto.
Garri sonríe, está sentado en una de las esquinas, del “Coloso”, el bar donde la mugre es patrimonio del local, la clientela con más antecedentes que el que mató a su abuela, y con caras de gente que en los pasquines salen como quieren.
─Nada.
Ssiempre comienza a hablar así, es pequeño, delgado y nervioso.
– Que me enteré de que tenías cuitas con un médico.
Se retuerce las manos, Garri le impone, es uno de los grandes de la ciudad, si le caes bien, bueno, si lo haces mal, respiraderos en la barriga.
– Y que me he enterado de algo que te puede interesar.
Luciano lo mira, sonríe.
Con la sonrisa que asusta.
Levanta la mano.
─Dos carajillos, ─mira a Ladilla─, ¿está bueno?
Ladilla, Francisco Luis en su casa, hace ya muchos años, asiente.
El pelotazo lo es en toda la boca.
Apenas se ha vaciado hay otro, que Luciano sabe lo que dar para que los nervios desaparezcan…
Y para que la boca se afloje, que a fin de cuentas es de seguro, no del sanitario, sino del de continuar con vida.
─ ¿Qué es eso que me querías decir…, de que médico?
─De ese que le llaman San Luis.
─ ¿Que sabes tú de eso, como no sea con las tripas abiertas de par en par?
─ ¿Conoces al Rituales?
Luciano asiente, lo conoce.
Antes de cualquier faena, reza y hace rezar a los suyos como si fueran cómicos sacerdotes de una religión que más que dar la vida, la quita.
─Pues que el otro día, estaba en un reservado, en lo de la Carlota, y lo que pasa, aunque no quieras, que me quedé con la oreja pegada, que era interesante lo que decían.
Sonríe con la mínima cara que tiene, él, quizás le pidió a dios cuerpo, pero de seguro que no se lo dieron.
Es una birria de persona.
─ ¿Y qué es lo que oíste que vienes aquí, que no es lo tuyo, a decírmelo?
─Es algo importante, Garri, ─sonríe de nuevo─, algo que espero….
─Sabes que no tengo alma, pero se pagar lo que me interesa, si es bueno, cobrarás, si es mentira, más, pero de lo que no es bueno.
─Lo sé, lo sé.
─Pues suelta, coño, que me vas a tener la mañana como un niño tonto.
─Sí.
Más restregar de manos.
– Que el Rituales, hablaba con los suyos, de que le han encargado el secuestro de una niña, de la hija del que llaman San Luis, que decían que era médico, que había que tener cuidado, que era llevarla hasta un país de afuera, para quitarla de en medio, vamos, lo que viene siendo el secuestro de una niña.
Ladilla mira a Garri, que no ha variado la expresión de la cara.
─ ¿Sabes cuándo será?
─Tiene que estar en ese país, dentro de ocho días, así que imagina, ¿oí que día era?, no, pero con saber que son ocho días…
─Sí, no hace falta ser muy listo, que será de aquí, a dentro de un rato.
─ ¿Es bueno lo que te he dicho?
Garri asiente de nuevo.
─ ¿Quién estaba con el Rituales?
─Dos de los suyos, Poyaque y el Manolillo, otro más, pero que no conozco.
─Esos son los más duros que tiene, gente de pistola, no de navaja, son buenos los hijos de puta, no se han rozado conmigo, que saben que me quedo con el pellejo, pero, ─sonríe, con su malvada sonrisa─, quizás ha llegado el momento, ─mira a Ladilla─, ¿dijeron algo de quien es el que paga?
Ladilla asiente.
─Pues dímelo, coño, ¿te tengo que rajar para que salga?, ─se está empezando a enfadar.
─Sí, dijeron que era el que los sacaba del trullo.
Garri sonríe más ampliamente.
Es como si le hubieran dado la solución a un mapa que estaba seguro donde terminaba.
Y se pregunta, él, que es malo, como puede haber gente peor que él.
Que parezca que no son malos.
Suspira.
Él no es tan inteligente, pero si sabe de lo suyo.
Junta unos billetes de cien euros.
Las cosas van bien.
Lo que es respeto, al final se transforma en dinero.
Se lo alarga a Ladilla, que lo coge con las manos como garfios, sonríe.
─Ladilla, si sabes más…
─Como un cohete, ─nueva sonrisa─, como un cohete.
─Piérdete, que tengo cosas que hacer.
Ladilla asiente.
Dos segundos después no queda ni el olor, que no es poco, del que tiene un nombre apropiado a su carácter.
Luciano levanta el móvil.
─Momi.
─Sí, jefe, ¿qué pasa?
─Te voy a dar un nombre, una dirección, tú lo conoces, pero lo que quiero, es que ya, sin dormir, sin cagar si es necesario, dos días pegado, tu o de confianza, que te lo juegas por lo militar, hasta cuando echa un quiqui, por lo que veas, por lo que te cuenten, sin levantar la liebre, que sabes cómo se hace, santos y milagros, ¿lo tienes?
─Cogido del cuello.
─Ahí va, el nombre, la dirección, ─se la dice.
─Joder, ¿es para algo bueno o malo?
─ ¿Que te importa?
─Es que le tengo querencia.
─ ¿De querer cornar?
─Sí, jefe, de empitonarlo y que salga por el otro lado.
─Pues eso, que vas a disfrutar.
─Me alegro de que no sea para alegrarlo.
─Déjate de historias, no me jodas.
El teléfono se desconecta.
Se queda con él en la mano, mientras mira afuera.
El día es esplendoroso.
De los de salir a caminar, a dar vueltas con una mujer, de joder en el campo.
Sonríe con tristeza.
Pero se ha convertido, como los siguientes, en días de cacería, donde puedes hacer muchas cosas, solo una no puedes, que es dejar que se escape la pieza a cobrar.
Deja el teléfono en la mesa.
Levanta la mano.
Dos segundos después un sol y sombra esta frente a él, cae de un trago, otro más, está acostumbrado.
El hígado no lo tocó el último asunto.
Y es como un cojín de los grandes.
Unas cuantas copas no le harán nada.
Solo que el día transcurrirá como si fuera de pago.
Suspira.
Si, como si fuera de pago.
110 COSAS DE MÉDICOS
Visi sabe que lo que le pasa no es bueno.
Y sabiendo que Luis está en un hospital, ella al público.
Pero no al de la ciudad, al de uno de los pueblos limítrofes, donde está empadronada.
No Paloma, que nació en la ciudad.
Ella sí está, como dice, encabronada en el de pueblo.
Cosas de la desidia, de no ponerse mala nunca, de tener la genética del campo, de la fuerza, del que se pone malo que se muera.
Que antes, mejor morir que gastar cuartos para el médico, eso es así, y los genes no cambian en un rato.
La habitación blanca, la mesa blanca, todo bien.
Si no fuera porque el edificio es antiguo, y tiene las esquineras con humedad, de la vieja, de la que tiene dermatosis de porquería.
Que lo de ser de pueblo, no es de gastar dineros, sino de seguir funcionando, lavando la cara un ratillo, para seguir tirando.
Que tampoco la clientela es demasiado mirada con el aspecto del animal, si lleva el arado al paso.
─Visitación, la cosa es grave, ¿de verdad no tiene a nadie a quién acudir?
Visitación niega con la cabeza.
─Una hija, estudia en Madrid, Medicina, ─sonríe mientras miente─, está la cosa como para molestarla, que tiene buenas notas.
─Pero ahora está con vacaciones.
─Ella nunca tiene, aprovecha la oportunidad, está terminando…, o casi, así que estudia para la residencia.
─ ¿El MIR?
Visitación asiente.
─A pesar de todo, la enfermedad…
─El cáncer.
─Sí, eso, el cáncer.
─Lo que les cuesta hablar de eso, a fin de cuentas, ustedes no lo tienen, lo tenemos los pacientes.
─Sí, pero algunos pacientes no les gusta, intentamos…
─No me importa, ¿cuánto me queda?
─Poco, un mes, semanas, ha durado mucho más de lo que daban las previsiones, en fin, ¿cómo son los dolores?
─Terribles, pero las pastillas ayudan, ─sonríe con pena─, estoy acostumbrada al dolor, a estar sin fuerzas menos, pero hago el paripé y todo perfecto.
─No puede trabajar como está.
─ ¿No puedo o no debo?, como se nota que es funcionario, si fuera autónomo, le aseguro que podía fregar sin manos, correr sin piernas, la fuerza que da el no saber si ese mes comes.
El doctor la mira con pena.
Es de las mujeres que no saben nada de feminismo, de empoderamientos…
Pero es la fuerte, la que parió a los grandes hombres, que también morirán como ella, sin quejarse, dándolo todo.
Su madre era así, se la recuerda, suspira, nada puede hacer, rellena una receta.
─Es lo más fuerte que hay, no se la enseñe a nadie, es droga, de la de la calle, ─sonríe con pena─, no sentirá nada, no obstante, venga si no puede soportar el dolor, no sé qué decirle, pero es su voluntad, ha firmado el papel, ─se encoge de hombros.
─Usted ha hecho todo lo que ha podido, ─sonríe─, le coge una mano, es usted buena gente, me ha ayudado a morir, que también llega, y cuando se está solo, sin nadie que acompañe…, ─sonríe, más bien una mueca─, ya sabe.
El medico asiente.
Visi se levanta y se marcha, con las pocas fuerzas que le quedan.
Sabe que de un mes nada, le echa todos los cojones que tiene solo para levantarse.
El viaje de apenas veinte kilómetros en un moderno autobús, una epopeya, ¿un mes…?
No, días, pero callada que está más mona.
Que la niña siga, pero, ¿después?…
Y el cuello se le cierra, que será de ella, sabe que…
Para cerca de la casa.
Camina despacio por la calle.
Ve la iglesia, que lejos está, y mueve el cuerpo que se queja constantemente, como una niña pequeña.
Y huele el olor de la muerte en ella, pero no es miedo, es quejarse, como decir con lo que he sido, y mírame, hediendo a muerta, a mí que no me ha dolido nunca nada, que me he lavado cuando se te congelaba lo que la fría agua tocaba.
Suspira, se para unos segundos, quizás algo más, que no puede con el enteco cuerpo que se le está anquilosando.
Que siempre fue delgada, pero porque se contenía.
Ahora no hace falta.
No hay control.
No hay ganas.
Come por comer, porque es necesario…
Se lo quita de cabeza, el último esfuerzo.
La sacristía, llama.
Un sonido que no logra interpretar, pero que supone que es un “pase” de los de toda la vida.
Entra, allí el moreno sacerdote que le sonríe con esa cara que, si no hubiera tanta luz, podría parecer la de alguien que da miedo, del bueno, del de pago.
─Con su permiso, padre, que estoy medio muerta.
─Siéntese, Visitación, ─sonríe─, que alegría, usted que no viene por aquí nunca.
─Las cosas de un padre republicano, al que colgaron debajo de un almezo, mientras que los que tiraban de la cuerda rezaban, ─una triste sonrisa─, ya sabe, que no se le coge cariño.
─Pues Paloma…
─Déjalo cura, ─la cara le cambia a dura─, déjalo, Paloma es una alegría, la bendición, que ese que adoras, me dio.
─Sí, supongo, ─la mira, más bien la estudia durante unos segundos─, vamos a dejarnos de historias, Visitación, ¿qué te pasa, que quieres?, que vienes a agachar la cabeza a donde no has ido nunca.
Visitación sonríe.
─Eres cura, pero también de los que las han visto canutas, sabes que el de arriba tiene tarea, mil de arena, una de cal…, con algo bueno, rodeado de maldad, siempre es así, ¿lo sabes?
─Sí, supongo que el de arriba de vez en cuando tira demasiado de la cuerda.
─Y los que estamos con ella al cuello, se nos estiraza hasta que sacamos la lengua.
─Sí, supongo, ¿qué quieres decir?
─A mí la lengua me llega ya a los zapatos, me queda poco de estar en este moridero.
─Explícate mejor.
─Cáncer, pero ya no en etapas, metástasis, de la buena, de la que no se sale, de la que pasó hace tanto tiempo que no se explican cómo estoy viva, yo no lo sé, lo único que sé ahora, es que me ha llegado la hora, sin duda, mi cuerpo, que conozco desde siempre, me dice que me quedan días, ─respira con dificultades─, el autobús me ha dejado a cincuenta metros, ha sido una subida a una montaña muy alta.
Eusebio la mira, sin saber que decir.
─Lo siento, ¿qué quieres?, supongo que no has venido a decírselo a un cura, que no somos de tu agrado.
─Sabes que nunca he interferido con Paloma, no me hacía gracia que estuviera aquí, rodeada de cuervos, ─sonríe─, pero, el caso, la habéis tratado bien, le conseguiste lo del médico, o yo, ¿qué más da?, el caso es que continúa con una carrera imparable hacia el mejor lugar al sol, salvo que me voy, que no podré estar como el halcón en la rama, vigilándola, que se quedará sola, que no está criada del todo, que de buena es tonta.
Levanta la cabeza mira al cura con mirada aviesa.
– ¿Sigo contándote?
El cura niega con la cabeza.
─ ¿Qué quieres que haga?
─Por supuesto, que no la dejes sola, que la ayudes, pero eso no evitará que con lo guapa que es, en un lugar de ricos, intenten seducirla, tirarla al barro, sabes cómo funciona la vida.
─Por desgracia Visi, la conozco.
─Por eso te pido que ayudes, que hagas que se case con Luis, con San Luis, está enamorada de él como si fuera lo que es, una niña. Él es mayor, con la cabeza sensata, con una muerta en ella, pero la juventud de Paloma lo volverá como un calcetín, ¿cómo lo ves?
El cura asiente.
─Por mí, perfecto, se lo dije hace ya tiempo, pero piensa que es viudo, viejo, cansado…, ¿qué puedo hacer?
─No lo sé, cura, no lo sé, pero ayúdala, no la dejes sola.
─No, nunca, mientras yo pueda, lo estará.
─ ¿Y si te marchas de aquí, que sucederá?
─Tienes razón, no puedo llevármela, ¿qué hago?
─Que se case, júrame que harás todo lo posible porque se case con el médico.
─No puedo jurarte eso.
─Si puedes, que no quieres también, ¿no tienes cojones?, Cura, que me parece que mataste al diablo más que lo abandonaste.
Eusebio la mira.
Es la cara que tenía cuando mandaba en los hombres.
Cuando las bromas costaban sangre.
Cuando hablar más alto, era ganas de tener la última palabra.
Y la mujer, la que se muere, con la fuerza de los que no quieren dejar nada atrás habla, más bien grita, suspira.
─Sí, se casará con el médico, se casará.
─Y si no se casa…
Eusebio mueve la cabeza.
─No aprietes más…
Visitación se ríe.
─Mira que me gusta veros sufrir como el papel sellado, no pasaría nada, si lo has intentado todo y no has podido, no pasa nada, cuervo.
Eusebio sonríe.
Después mira al que está clavado en la cruz que parece levantar la cabeza sacar un brazo y recriminarle por prometer lo que no debe.
Cuando recoge el brazo, ve como sonríe, respira fuerte, lo que haya de ser, será, pero con un empujoncito…
111 ULTIMAS VOLUNTADES
─Dime madre, te veo cansada.
Visi la mira.
Sonríe con las pocas fuerzas que tiene.
─Cariño, no estoy bien, es más, estoy en las últimas.
Paloma sonríe.
Su madre tiene un humor negro que algunas veces le dan ganas de matarla.
─Sí, hasta Luis me ha dicho que lo tienes abandonado, que si ha hecho algo.
Visi intenta sonreír, pero no puede.
─Que buena gente es, ¿cómo vas con él?
─ ¿Qué quieres decir?
─ ¿Te hace caso como mujer?
─No el que yo quisiera, pero…
─ ¿Y la niña?
Paloma sonríe.
─Una pedorra, mamá, pero adorable, dentro de que es un escorpión de los malos, sí, me cae bien.
─Me alegro, el caso, es que no estoy bien.
─ ¿Llamo al médico?
─No, tengo a la mejor del mundo.
Le aprieta las manos.
-Pero creo que tengo que hablar contigo.
─ ¿De qué?
─ ¿Y si me voy?
─ ¿Adónde, madre?
─Mira que eres tonta, que si me muero.
─Cállate, que tienes ese humor que te mataba.
─No es broma.
─Pues me voy a la última planta y me tiro.
─Dos veces, bonita, que la altura…, en serio.
─No quiero pensar en eso.
─Por favor, hazme ese favor.
─No sé, depende de Luis, si me sigue pagando la carrera, que no sé, no quiero abusar.
─Abusa, abusa, cuando ejerzas, le pagas el doble, pero termina.
─No sé si podré, se me cae la cara de vergüenza.
─ ¿Y de que estás colada por él, sigues así?
Paloma asiente.
─Pues a por él.
─No pienso hacer la guarra.
─No he dicho eso.
Le da una torta en el brazo que ni suena, no tiene fuerza.
─ ¿Qué quieres que haga?
─Que te cases con él.
─Me lo tendrá que pedir.
Una sonrisa de compromiso.
─Qué más quisiera.
─ ¿Si te lo pide?
─Me muero de felicidad.
─Pues prométeme, que, si te lo pide, aceptarás.
─ ¿Que sabes, madre, que yo no sé?
─No sé nada, salvo que la vida…
Visi cierra los ojos.
─Madre.
Paloma la zamarrea.
Algo no va bien.
Es casi médica, pero no, es su madre.
No está enferma.
Nunca lo está.
– Madre.
Continua.
Le coloca dos dedos en la carótida.
Nada.
Es imposible.
Los dedos en la nariz, como hace mil años.
Menos.
Le falta el espejo, pero no es necesario, sabe que se ha muerto.
Sin saber porque, sin darse cuenta, toma el teléfono.
Llama, no sabe ni que lo tiene en la mano.
─ ¿Luis?
─Dime, guapa, ¿qué quieres?
─ ¿Puedes venir?
─ ¿Adonde?
─A casa, mi madre ha muerto, no sé qué hacer.
─Tranquila, guapa, tranquila, ahora mismo voy.
Está en su casa, acaba de llegar.
Entra en el dormitorio de Nieves.
─Niña, la madre de Paloma acaba de morir, pide comida si tienes hambre, no le abras a nadie…
─ ¿De verdad…?
─Sí, cariño, sí.
─No la dejes sola, es demasiado buena, que no se rompa.
Luis asiente y sale disparado.
La puerta está abierta, entra.
En el sofá, una Paloma que en silencio llora.
Las lágrimas le caen por la cara.
No se mueve.
Solo tiene las manos cogidas de la madre, que está a su lado.
Que, salvo el color, parece que duerme plácidamente.
Luis la toma de los hombros.
La levanta, la deja en el sillón de una plaza.
La chica solo lo mira.
─Luis, estoy sola, sola.
─No, no estás sola, no te preocupes.
Toma el teléfono y llama a una ambulancia con médico.
Indicándoles que es un fallecimiento.
Quiere que emitan el certificado allí…
No más historias, conoce el paño.
Diez minutos con las manos de Paloma cogidas, que descansa la cabeza en su pecho.
Pero que no habla, solo llora.
Médicos, sanitarios, certificar, ponen distancia.
Es una barriada humilde.
Ellos van allí como salvadores, hasta que Luis los pone en su sitio.
Después, todo miel sobre hojuelas.
Luis levanta a Paloma, cuando todos se han ido.
─Dúchate, ponte ropa oscura.
─ ¿Por qué?, no es importante.
─Hazme caso, vamos al tanatorio, después las misas, después, ya sabes…
─No, no sé.
─Yo, si, lávate a conciencia, no sabes cuándo tendrás otra ducha, te refrescará, quedan días duros.
Paloma lo coge de las manos.
Los ojos que lo miran son grandes.
Tan grandes que parece que no le cogen en la cara.
─No me dejes sola.
Luis niega.
─Me tendrían que matar.
Paloma se abraza a él.
Es un largo instante.
Después se mete en su cuarto.
Luis abre la ventana, se sienta en el sillón, enciende un cigarro.
Paloma sale.
A pesar de la oscuridad de sus ropas, refulge como una moneda de oro.
Se da cuenta, de que no es indiferente.
La chica lo coge de las manos.
─ ¿Dónde vamos?, Luis.
─Al tanatorio, hay que arreglar papeles.
─No sé…, sí, lo haré.
─ No es necesario, lo haré yo.
Paloma va a uno de los cajones, saca unos papeles.
─El seguro de defunción, como lo he odiado toda la vida, pero aquí está.
─ ¿Enterramiento o cremación?
─Lo último, al final se convenció.
No puede contenerse.
Llora como si se estuviera muriendo.
Luis la agarra, se echa sobre su pecho un buen rato hasta que se recupera.
Amanece.
Luis permanece a su lado.
Paloma se encoge sobre él, que no se mueve.
─ ¿Que va a ser de mí?, Luis.
─No te preocupes, no pasará nada, cuidaré de ti.
Continúa llorando.
─ ¿No tienes familia?
─Supongo que sí, pero nunca la he conocido, mi madre no tenía hermanos, mi padre, fue repudiado por la familia, que es del norte, ¿qué quieres que le haga?, más sola que la una.
─No, nos tienes a nosotros, a Nieves y a mí, verás lo que tarda el mico en llegar.
─Pues que no se quede, que esto no es para una niña.
─ ¿Y qué hace?, está de vacaciones.
Paloma lo mira, es la imagen de una dolorosa de refulgentes ojos azules.
─No lo sé, pero esto, ─mira alrededor─, es un lugar de dolor, no sé para qué hemos cogido esta habitación, no vendrá nadie.
─Vamos a desayunar, te hace falta, después, todo será más duro.
─No creo, ─intenta sonreír─, casi nadie vendrá.
─No lo sabes, a desayunar.
Luis la arrastra hasta la cafetería que está abriendo sus puertas.
Conoce el movimiento de la muerte.
Ya lo ha vivido…
Y salvo excepciones, no ha variado con el tiempo.
No como el resto de la sociedad.
Suspira.
Si, la vida cambia…
La muerte tiende a continuar igual.
Luis mira la cama de Nieves.
Allí descansa la chica acurrucada en su hija, que es más pequeña, pero da igual.
El caso es que descansa.
Sale a la terraza.
Fuma como un descosido.
Ha sido duro.
Por suerte para los recuerdos de Paloma fueron muchos de sus compañeros, de sus amigos, de gente del barrio, lo suficiente como para hacerle pensar que era alguien valorada.
En el entierro, unos faltaron, otros se añadieron, bien, suficiente, más que eso.
El caso es que puede dormir, aun sabiendo…
Mejor dicho, si saber que será de su futuro.
Mientras que Luis echa volutas de humo.
Sintiendo que su cabeza parece un remolino.
112 CONVERSACIONES EN MEDIO DE LA NOCHE
Luis mira por el ventanal.
Apenas son las cuatro de la mañana.
Ni dos horas ha aguantado en la cama.
Cogió el sueño a pesar del tinitus, de que lo vuelve loco…
Pero apenas unas horas después, pocas, los ojos como platos.
Más tarde, una manzana, nunca fuma con el estómago vacío.
Así que después de comerla, el cigarro, el sempiterno cigarro.
Signo de que es de carácter flojo, o que…
¿Qué más da?
El caso es que allí está.
Viendo como la noche lo tapa todo.
Incluso las farolas que quieren llevarle la contraria.
─ ¿Puedo acompañarte?
No se vuelve, sabe que es Paloma.
─ ¿Qué haces que no estás dormida?
─Como tú, supongo, ¿me das un cigarro?
─No, no te lo doy, ¿quieres un vaso de leche?
Luis mira a la muchacha.
Incluso recién levantada es guapa.
Más bien, se le cae la cara de guapa.
Ve como asiente.
Un momento después tiene el vaso en la mano.
─ ¿Qué te pasa, Paloma?
La chica se encoge de hombros.
─ ¿La cama que es pequeña y mi hija no te deja dormir?
─No, no es eso, bendita Nieves que me deja que esté con ella.
─Sí, Paloma, no es por decir nada, pero en casa de un viudo…
Paloma sonríe.
─ ¿Con el peligro que tienes?
Luis sonríe.
Paloma sabe cómo decir las cosas sin ofender.
─Eso lo sabes tú, pero el que lo vea desde afuera…
─Pues que mire lo que quiera, me da igual.
─Eres joven, no tienes por qué echarte la fama que la maldad de la gente…
─ ¿Me vas a echar de tu casa?
─No seas ridícula, no por mí, ─sonríe Luis─, ¿tú has visto la mala leche que tiene mi hija?
─Es un caramelo, incomprendido, con una boca que ahí se queda, que gracias a dios está cambiando sus hábitos de higiene, que está volviendo a ser una gran estudiante, ¿qué más quieres?
Luis sonríe.
Le da una calada al cigarro.
─ ¿Sigues con el tinitus?
Luis asiente.
─Sí, es mi condena, salió porque le dio la gana, moriré con él, la ciencia avanza, el tinitus se lo pasa todo por el arco del triunfo, pero eso no es importante, ¿qué vas a hacer con tu vida?, Paloma.
─No sé, es que…
─Por supuesto.
Corta Luis, que se imagina que va a decir.
─Cuenta con el dinero que tienes asignado.
─No quiero aprovecharme…
─No me jodas, perdona, ya sabes de dónde le viene a mi hija la boca que tiene, el caso, que termines la carrera, después en el MIR coges pasta, haces lo que te dé la gana, mi casa tiene las puertas abiertas si necesitas algo, ¿lo tienes claro?
Paloma asiente.
─ ¿Crees que aprobaré el MIR?
─Si no aflojas, sí.
─ ¿Y si me toca lejos, si no puedo llegar a quedarme aquí?
─Pues nada, alquilas un piso cerca de donde te toque, te ayudaré, después la mejor cirujana, y a devolver la pasta con intereses, me dedicaré a vivir de las rentas.
Paloma lo mira.
─ ¿Cómo te lo podré agradecer…?
─Salva tantas vidas como puedas, eso se lo debemos a los demás, si alguien estudia la carrera, que son la mayoría, para ser alguien, para ganar dinero, no son médicos, solo son…,
Mueve las manos.
– Ni sé que son, pero no seas de esos, todos los médicos somos unos imbéciles, no seas de esos, no seas dios, solo alguien que ayuda a los demás.
─Te lo juro.
─Vaya con los novios, que no dejáis dormir a nadie.
Nieves se echa todo lo grande que es sobre Paloma.
─Mira que eres pegajosa, ─le suelta Paloma.
─Lo que tú digas, pero no me dejes sola, me he acostumbrado a que estés conmigo, no me digas que te vas a una casa solitaria, fría, abandonada, que te he oído, teniéndome a mí, que digo los tacos más cariñosos al este de Cantarranas[5].
Paloma sonríe, le coge la cara.
─Mi niña, que la voy a tener que matar un día, eso sí, con cariño.
─ ¿Que hacéis despiertos?
Nieves se despereza sin vergüenza ninguna.
─Tu padre que no puede dormir, yo que tampoco, ya sabes.
─No, no sé, no me lo expliques, me voy a la cama, dormid, aprovechad.
Nieves se levanta, se marcha.
─ ¿Que hará en esta vida?, Paloma.
─Lo que quiera, es inteligente, con carácter, si no se tuerce…
─Sí, pero yo no sé cómo hacerlo.
─Es más lista que tú, ─le responde Paloma─, que yo, no te preocupes, ¿qué haces mañana?, quiero decir hoy, ─señala la oscuridad de la noche.
─Operar, el nuevo equipo va bien, faltan cosas, pero ya sabes, la repetición es la llave de la maestría.
─Y que lo digas, pero aburre.
─Pues cuando tengas que tirar de un equipo, me lo cuentas, es difícil manejar a las personas.
─Pero, el alma de la operación eres tú.
Luis enciende otro cigarro.
─Sí, lo que tú digas, pero ya sabes, o sabrás que puedo hacer lo que quiera, pero solo, no.
Niega con la cabeza.
─Necesito a gente que me cubra, que este pendiente, que…
Sonríe.
─Mil cosas, que al final son cuestión de práctica, y tú.
La mira.
─ ¿Qué vas a hacer mañana?
También señala la oscura ventana.
─Mejor dicho, hoy.
─No sé, iré a casa, limpiaré, tengo que empezar a quedarme allí.
─ ¿Sola como la una?, no es necesario, ya sabes que Nieves te quiere con locura.
─Ya lo sé, pero de todas maneras sigo sola, ─suspira─, mi pobre madre…
─Sí, más sola, pero no sola, estamos nosotros.
─Lo sé, pero…
─Sí, cuando los padres se van…
─ ¿Una pregunta?
─Dime, ─le responde Luis.
─ ¿Quién te va a limpiar la casa?
─No lo sé, ya buscaré a alguien.
─ ¿Te importa que me haga cargo?, aún no han empezado las clases, me gustaría, ─miente─, por Nieves.
─No quiero aprovecharme…
─ ¿De la que le pagas la carrera?, no me cuentes cuentos, Luis.
─Inténtalo, pero sin cargarte, no doy mucha faena, pero ya sabes, soy un poquito puerco.
─ ¿Un poquito?, Luis.
─Es que me tengo cariño.
─Se nota.
113 UN ENCUENTRO CASUAL
Alfredo sale del club.
Ha sido una noche memorable.
La chica un caramelito…
Si es menor de edad, a él le da igual, el no pide el carnet de identidad.
Sonríe.
La vida que es una puerca, no debería, pero…
Están tan apretadas…
Sobre todo, cuando son menores.
Se siente de nuevo caliente, con lo viejo que es.
Nueva sonrisa, pero de lujuria.
Se siente como el viejo macho que aún puede, pero se contiene.
Un suspiro.
Si, la noche es genial.
Unas buenas rayitas, una buena niña, unos buenos whiskeys y a casa como si no hubiera pasado nada.
A aguantar al viejo loro que es su mujer.
─Lorenzo, ¿dónde está el coche?
Mira por la campa.
Casi no hay ya vehículos donde está.
A la entrada, sí.
Pero el resto, con la llegada de la madrugada ha desaparecido.
Y es extraño, Lorenzo es cumplidor.
Por lo que le paga, no tiene más remedio.
Suspira, como el gilipollas le joda la noche, lo capa.
─ ¿Qué pasa?, señorito, ─es una voz que no conoce.
Alfredo se da la vuelta.
Es un tipo corpulento con un cigarro en la boca.
Que, con chulería, sonríe.
Conoce el paño.
Está cansado de sacar de la cárcel a gente como él.
Y más peligrosos que él.
Se ha equivocado de persona si lo que quiere es asustarlo…
O sacarle la pasta.
Además.
En el aparcamiento de un local de uno de sus mejores clientes.
Es que hay imbéciles en todos lados.
Antes de responder, sonríe.
─ ¿Qué coño quieres, sabes quién soy?
─Sí, el puto Robledo, el abogado chorizo y sinvergüenza.
La cara le cambia a Alfredo.
Ruega porque aparezca Lorenzo.
─ ¿Buscas a tu niño?
Le pregunta el tipo con una sonrisa que da miedo.
Alfredo no contesta.
─Momi, ¿qué ha pasado?
─Jefe, que el tipo ese, el que decía que protegía al puerco del abogado, que se seguía creyendo que de cerca una pistola vale más que una navaja, se lo he explicado, pero se le ha partido el corazón, ─una sonrisa hueca─, si, ha sido eso, no se levanta, supongo que estará cansado, pues se va a poner perdido con la sangre que está soltando.
─ ¿Qué queréis?, tengo mucho dinero, os puedo dar…
Garri niega con la cabeza.
─No es eso, Alfredito, que no te enteras, que has metido la pata al final. Mientras yo no he estado, has podido putear al matasanos como lo llamas, de la forma que has querido, pero he llegado yo, te he roto los juguetitos que mandaste a joder al médico, si, los rompí yo, pero sigues, ahora buscando gente para joder al médico, y a tu nieta, ─Garri mueve la cabeza─, eso no está bien.
─ ¿Qué quieres que te diga, que no lo haré?
─No, Alfredito, sé que lo harás, eres así, naciste alacrán, morirás lo mismo, así que sabes que es lo que hay que hacer contigo.
─Si me haces daño, muchos de los que ayudo…
─Eso no es problema, soy el Garri, mis asuntos son siempre de sangre, seguro que has oído hablar de mí, en mi negocio, se mata a los que me pagan por matar, porque han robado entre chorizos, porque quieren ir de listos…, mil cosas, pero cuando quieren algo bien hecho, soy yo el que lo hace, así que nadie quiere problemas con el Garri, contigo se puede salir de la cárcel, conmigo, no se sale nunca, ¿entiendes?
─Pero…
─No te preocupes, es rápido, Momi, los honores, ─Garri saca una navaja enorme, la abre, se la entrega al que lo acompaña─, hazle los honores.
El tal Momi.
Su nombre real es Jerónimo.
Sonríe.
Su hermano se comió doce años en el talego por una acusación falsa que montó el abogado para quitarle una pena de dos años a uno de sus clientes.
No lo resistió.
La droga lo mató.
Así que sonríe.
Más cuando siente como la hoja se clava en el corazón…
La cara de extrañeza, y la sapiencia de la muerte.
No es una pelea por algo, donde se raja.
La navaja es algo que, si se sabe utilizar, mata mejor que cualquier otra cosa.
Más la Bonita, la del jefe, cuidada como una virgen.
Que no lo es.
Que tiene más sangre encima que una batalla, que mil batallas.
Y disfruta al sentir como cala, sin oposición, a través de la ropa…
De la carne.
De todo…
Y entra hasta romperle el corazón.
Nota como se afloja, se separa.
Deja caer el cuerpo.
─Mira que es guarro lo de matar con cercanía, Momi, ─le señala la ropa.
─Sí, jefe, pero cuando es personal, lo que se disfruta.
─Eso sí, ¿todo controlado?
─Sí, jefe.
─Termina, tengo que hacer un recado, a la mañana en lo de mi hermano.
─ ¿La Bonita?
─Llévala, y cámbiate, que pareces un matarife.
─Llevo ropa en el coche.
─Pues eso.
Luis entra en su despacho.
Otra noche de dormir.
No mal, terriblemente.
Al final se acostumbrará o se morirá.
Ahora mismo con el cansancio.
Todo le da exactamente igual.
Además, el coche pega tirones, le ha costado arrancar.
Desde la bronca de las niñas, no pisa el taller de su hermano.
No le apetece, es orgulloso.
Su hermano no lo llama, él tampoco.
Hay un par de talleres cerca.
Lo llevará a uno de ellos.
Al final, nada es importante ni esencial.
Cuelga la cazadora en la percha.
Se deja caer en el sillón, como siempre.
El día que se rompa, se mata.
Pero no piensa cambiar.
Un salto, alguien enfrente de él.
El susto aminora, aunque no demasiado.
Conoce al que tiene enfrente.
─Buenas noches. Luis.
─ ¿Qué quieres?, Garri.
─ ¿Ya no soy Luciano?
─No, eso se fue hace tanto tiempo.
─Sí, el día que maté a tu mujer.
La cara de Luis cambia.
─Sí, lo pagué, ocho años, menos por buena conducta, ya sabes, los chorizos, que somos listos para todo lo malo, hasta para no cumplir, pero el caso no es ese.
─Si te crees que estás perdonado porque me salvaste el otro día…
Garri niega con la cabeza.
─No, sé que no tengo perdón, sé que no fue mi intención, venían a por mí, era joven, inexperto, me volví loco, cogí el coche, salí a lo que daba, que era mucho, tu mujer iba al trabajo, muerta, al instante, como si hubiera querido, pero no fue así, lo cierto es que murió, que te dejó viudo, pero lo peor, es que dejó sin madre a tu hija, y más, a ti destruido, a tu hija en manos de unos auténticos hijos de la gran puta, si lo hubiera sabido…, ─respira fuerte─, pero eso no sirve de nada.
─ ¿Qué quieres?
─Nada, solo explicarte lo que ha pasado.
─No me interesa, lárgate.
─No, te interesa, ─su sonrisa que da miedo, y mucho.
─Pues habla, que me está ensuciando el despacho tu presencia.
Garri asiente con la cabeza.
─Bien, te explico, la vez que paré a los que iban a por ti, no es la única, antes también te libré de otra, la de nuestra amiga Inma, la del barrio, ya sabes, quería que te rompieran algo, las manos no, su marido, que no querías operarlo, y sabes, eso es algo que deberme, pero lo más importante ha sucedido esta noche.
─ ¿Alguien que quería hacerme daño?
─Cómo eres, Luis, no te das cuenta de que todo está lleno de gente malvada, de gente como yo, que, por un dinero, por un querer, te cambia la vida en un segundo, ¿a quién se le ocurre joder a un puerco como tu suegro?, que tiene las manos en la mierda, que sabe de lo peor de lo peor de esta jodida ciudad.
─ ¿Que quiere, matarme?
─Sí, supongo, pero no de un navajazo, había contratado gente para que secuestraran a tu hija, que la llevaran a un internado en Suiza, mientras te enterabas o no, podías traerla o no, un par de años, lo suficiente como para que fuera una mayor de edad, amargada, sola, es un auténtico hijo de puta, quiero decir, ─una nueva sonrisa─, era.
─ ¿Qué le has hecho?
─Lo que tú no tendrías estómago, ni aun por tu hija, perro muerto no muerde.
─ ¿Lo has matado?
Garri asiente.
─Sé que no podré estar en paz contigo nunca, pero digamos que algo he adelantado, más que nada por mi madre, yo no tengo alma casi, duermo bien, siempre que mato a alguien, pero tu apareces de vez en cuando, tu mujer también, así que espero que me dejéis tranquilo, y cuidado, estás, estamos rodeados de la compañía de las sombras, de gente como yo, que camina a tu lado, al lado de los que se creen seguros, y todo lo que tienen, desaparece en un segundo, según nuestra voluntad, recuérdalo, me marcho, no me importa lo que pienses, soy un asesino, lo sé, pero a ti te he hecho un favor que nunca sabrás lo importante que ha sido.
Luis ve como Luciano Garrido.
El Garri.
Uno de los asesinos de asesinos sale por la puerta.
Piensa si ha matado a su suegro.
Se encoge instintivamente de hombros.
Que así sea.
Él no ha ordenado nada.
Pero su vida es ahora un poco más segura, y la de su hija.
Sí, es cierto que se enterará.
Enciende un cigarro, si saltan los detectores de humo le da igual.
Abre la ventana.
Es una planta altísima.
El aire entra a presión casi.
Si, el día se ha vuelto más luminoso.
Un puerco se ha ido.
Sonríe.
Piensa que es malvado, aunque sabe que solo es humano.
Momi espera en la puerta de talleres Garrido.
La fragua del hermano del Garri.
Este lo ve llegar, como se baja del coche.
─ ¿Está abierto, ha llegado mi hermano?
Momi asiente, entran.
─Hola Luciano, ─es su hermano Federico─, ¿qué te trae por aquí?
No son cariñosos, ni cercanos.
Solo que salieron del mismo sitio.
Con caracteres parecidos…
Tan solo que la vida los llevó por derroteros diferentes.
─Dame la Bonita, Momi.
El hombre le da la larga navaja.
─Fede, quémala, que tiene historia.
─ ¿Fundirla?, ─responde mientras la coge.
─Eso mismo, que tiene ADN de un puñado de hijos de puta.
─Es una pena.
─Hazlo, ¿algún problema?
─Ninguno.
─Traemos ropa…
─Lo mismo, dile al Momi que lo eche en el fogón, ahí se funde todo, es carbón, echará humo. Tan temprano nadie se dará cuenta, y con el acero de la navaja, te haré otra.
─Sí, pero con otra forma, que la forma de la que estás fundiendo, aparece en la mitad de las comisarías.
─ ¿Cuándo vas a parar?, ─le pregunta su hermano.
─Cuando me enseñen a hacer otra cosa.
Federico sonríe, le cae bien su hermano, hace lo que le sale de los huevos, y eso es importante.
─Pues si no quieres más, lárgate, que no quiero que esto huela a madera.
─Ni yo, cuídate.
Federico mira cómo se marcha.
Le da al fuelle, tiene que fundir, lo hará ahora, no le gusta tener algo que tiene más historia que…
114 DESPEDIDA Y CIERRE
Luis toma café en el centro.
A su lado, Nieves que hace lo propio con chocolate, y dos platos de churros.
No tiene conocimiento con ellos, se está poniendo de morirse.
─ ¿No sientes pena por el abuelo?
Nieves para de comer, lo mira.
─ ¿Es en serio?, ¿después de lo que me he enterado que hizo y porque lo hizo?
─No, supongo que no.
─Además, ¿has visto como me ha mirado la abuela?, la vez que lo ha hecho, ─sonríe, ─ que puerca, que se muera, y mi tío, y mis primos…
─No seas así.
─Me han tratado siempre, como si fuera una desgraciada, una recogida, no se acercaban a mí, ni para pegarme, que hijos de p…
─Déjalo, que te subes y te cuesta bajar, como a tu madre.
─Bendita sea, ─continúa comiendo churros.
Luis mira la iglesia de San Hipólito.
El ultimo parecer de su suegro.
Una de las iglesias más antiguas de la ciudad, donde yacen enterrados reyes de España.
¿Qué más hubiera podido pedir?
─Por cierto, ─ Nieves se detiene de comer, mientras se limpia la boca sucia de chocolate y aceite de los churros─, ¿qué pasa con Paloma?
─ ¿Qué quieres que pase?
─Desde luego, o eres tonto, o muy listo.
─ ¿Qué quieres decirme?, Nieves.
─Sola, abandonada en el quicio o tanta desgracia es vicio, buena gente, guapa, preciosa, diría, cristiana, te quiere como loca, y tú con la cara de no enterarse de nada.
─ ¿Qué quieres que haga?
─ ¿Te gusta?
Luis para unos segundos, asiente con la cabeza.
─Claro.
─Pues, ¿qué haces que no le atacas?
─Que, ¿qué la meta en la vida de un viejo aburrido?
─Al que tiene en un pedestal.
─Sí, pero, ¿y tu madre?
─Deja a la pobre, que está muerta.
─Si tienes razón, pero…
─Mira que tienes excusas, la siguiente es que me tienes a mí, puesta como impedimento.
Luis la mira asintiendo.
─No digas tonterías, me gustaría que terminara de criarme, así la criaría también a ella, impidiendo que el sátiro de mi padre fuera a por ella…
─No seas así, sabes que…
─Eres un hombre, nada de novia, que te conozco, anillo, de los de pasta.
─ ¿Estás loca, casarnos?
Nieves asiente con la cabeza.
Luis calla.
─Ya no es tan extraño, verdad, anciano, una tía como ella, lista, médico ya mismo, que te ama con locura, que te puede dar la vida que te falta, una madre a mí, ¿qué fallo tiene, que no seas tú?
─Sí, supongo que sí.
─ ¿Que vas a hacer, indeciso padre?
─No sé.
─Pues cuando lo pienses, se puede haber convertido en imposible, piénsalo bien, pero no mucho tiempo, ¿puedo pedir más churros?
─Sí, polilla, que eres una polilla.
Luis se queda pensativo, mientras enciende el cigarro, que aun siendo temprano, no sabe qué número hace, además de que le da igual.
Nieves se ha quedado en casa estudiando.
Empieza en una semana, se lo toma en serio, como Paloma, que está en la biblioteca de la facultad.
Y él está en lo de Conchi.
No hay casi nadie.
Es de los últimos coletazos de un buen tiempo que termina como todo.
Dejando paso al mal tiempo, no solo atmosférico, sino al del trabajo a destajo, de los problemas, de las peticiones, de los días interminables…
Lo de siempre, así que…
Y le cuesta trabajo.
Ve la figura de Paloma.
Nota como las pulsaciones se disparan.
Y piensa como puede ser así.
Se enfrenta a una operación de las complicadas, sin que el pulso se le altere, pero hoy…
─ ¿Me puedo sentar?, ─le pide con una sonrisa.
Serio, Luis le señala la silla de al lado.
─Que serio estás, ¿pasa algo malo?
─No, no es eso, quería hablar contigo.
─ ¿Ha pasado algo malo?
─No, mujer, no.
─Es que con esa cara…
─No tengo otra, Paloma.
─Pues dime.
─El caso, es que quería hablar contigo…
─Ya lo has dicho.
─ ¿Puedes no interrumpirme?
─Tienes razón, continúa.
─El caso, es que llevo dándole vueltas a la cabeza, sobre ti, sobre nosotros.
La cara de Paloma se pone colorada como si tuviera calentura.
─El caso, es que sabes que soy un viudo con su mujer muerta rondando en la cabeza, con una hija que tiene tarea, serio, amargado, cansado, demasiado cuadriculado, con el tiempo justo para poder prestarle atención a alguien como tú, pero me gustaría, que…
─No sigas, si solo es lástima, porque…
─No seas tonta, si no me gustaras, no me movería, creo que conoces lo que me cuesta cambiar mi vida, pero te veo, y quiero cambiarla, no sé cómo será el futuro, sé de la sombra de mi mujer, no te lo voy a ocultar, lo ogro que soy, pero sí, me gustas.
Paloma agacha la cabeza.
─ ¿Y eso quiere decir?
─Levanta la cabeza.
Paloma lo hace, Luis tiene en la mano un anillo en el que la piedra es enorme, no entiende, pero lo sabe, como si lo llevara en los genes.
─ ¿Te quieres casar conmigo?
Paloma se levanta.
Luis se sorprende.
Cree que ha perdido.
Pero Paloma se coloca de rodillas, paralelo a él, y le coge la cabeza con las manos.
Lo besa, le aprieta tanto que siente el sabor de la sangre.
Le da igual, es calor humano, certeza de que lo acompañará.
Si, la tarde se ha puesto perfecta.
Paloma retira la cabeza, le pone la mano, Luis le coloca el anillo.
─ ¿Cuándo?
─Cuando quieras.
─Lo más rápido posible.
─No hay prisa, Paloma.
─Para ti, quizás, yo soy una mujer, quiero, ya sabes, ─sonríe─, te deseo.
─Qué mala eres, ─sonríe Luis, que siente como el hombre que lleva dentro de enerva─, si, supongo que tendremos que casarnos rápido, ¿cómo se lo decimos a Nieves?
─Ya lo sabe, vio el anillo ayer, me llamó por teléfono, solo esperaba que no fuera para otra o un regalo de amistad o lo que fuera, ─se mira el anillo─, señora de Monforte.
─Sí, de San Luis.
─Gracias.
─ ¿Por qué, Paloma?
─Si no te conociera, con la muerte de mi madre me hubiera quedado sola, sin ti, ─le aprieta la mano─, no sé, no quiero saber.
─Pues olvídalo, ya sabes, me sigues debiendo lo que te he dado de la carrera.
─Sí, que te voy a sacar hasta los higadillos.
─Tú no eres así.
─Pero Nieves sí, tenemos un acuerdo de comisiones del dinero que te saque.
─No me extraña lo más mínimo, ─Luis mira alrededor, todo se ha ido llenado de gente, Paloma levanta las manos y con los dedos de una mano, señala el anillo en la otra, sonríe, algunos aplauden.
FIN
[1] La Serenata n.º 13 para cuerdas en sol mayor, más conocida como Eine kleine Nachtmusik (Una pequeña tonada nocturna, Una pequeña serenata o Pequeña serenata nocturna), K. 525 es una de las composiciones más populares de Wolfgang Amadeus Mozart y de la música clásica en sí. Está fechada en Viena el 10 de agosto de 1787, coincidiendo con la composición de la ópera Don Giovanni. Sin embargo, no se sabe para quién ni por qué la compuso Mozart.
[2] Popularmente, golimbrear es sinónimo de curiosear, olisquear, investigar lo que te rodea.
[3] La Dama de las Camelias es una novela que muestra el sacrificio y el amor. Tanto Marguerite como Armand sacrifican algo para amar al otro. Marguerite deja su vida llena de placeres y dinero, Armand deja de lado sus celos por la vida pasada de Marguerite.
[4] Bolsa, bolsillo. En Colombia, Cuba, Bolsa de la tronera de la mesa de billar.
[5] Arroyo de Córdoba.