72 SUGERENCIAS
─Usted me dirá, Maestre, que es que lo que desea.
Una sonrisa.
A Luis no le gusta.
Es el nuevo director.
No trató con el cuándo se incorporó.
Quizás sea un gestor magnífico.
Como médico no pasa ni el aprobado.
Que tampoco hizo mucho, ni el MIR siquiera.
Pero es el director.
─Como usted sabrá, las operaciones en el exterior, están aumentando.
─ ¿Las de todos los médicos?, no sabe cómo me alegro, ─sonríe con doble intención.
─No, no.
Levanta la mano desde detrás de la gran mesa de despacho.
─Quiero decir las suyas.
─Es una lástima, hubiera que querido que todos los cirujanos tuvieran…
Más sonrisa.
─Pero, ¿qué le vamos a hacer?, por lo menos a mí me sonríe la suerte.
Maestre lo mira.
Sabe que es listo.
Pero ahora también ha descubierto que es taimado.
El aspecto no es todo.
Algunas veces como en la presente…
Nada.
─El caso, es que me gustaría que se llevara a Ramírez como ayudante, tengo mucha más confianza en él que en Márquez, además Ramírez tiene una trayectoria…
Sonrisa amplia.
─ ¿Qué opina?
─Me he cogido con Márquez, de tal manera que no tengo que pensar en nada más que en lo que tengo delante, Márquez lo controla todo, sabe de mis carencias, que son muchas y las suple de una forma en la que hasta ahora no tengo queja, como con el resto del equipo, todo va bien, ¿Por qué la idea del cambio?
─Es una sugerencia, que me complacería profundamente, se lo agradecería, ─nueva sonrisa─, la trayectoria de Ramírez es fulgurante.
─Sí, he oído hablar de él, he visto alguna que otra operación, así que, si según su opinión es una estrella en ascenso, que salga a operar, que me sustituya.
Sonrisa beatifica de Luis.
─Así me quito el tener que salir fuera de operar, que además no está en mi contrato.
─No.
El director levanta la mano.
-Sería para que Ramírez aprendiera…
─Para que al final ocupara mi puesto, todos los caminos llevan al mismo sitio, así que dejémonos de formalidades, mi contrato, tal como lo firmé con el anterior director, concluye en poco tiempo, pero la avaricia no lo lleva a ver que lo único que quiero es que el paciente se salve, usted ha visto los pagos al hospital a mi persona, y los quiere para su yerno.
Luis asiente.
─Sé que es su yerno, pues nada, aproveche, yo me marcho del hospital, se queda con todo, la jugada perfecta.
Maestre lo mira serio.
─Nadie es insustituible.
─Ni usted tampoco.
Luis mira el móvil.
─Si, dentro de dieciséis días termina el contrato con este hospital, nada que deber a nadie, ni ustedes ni a mí, así que…
Comienza a hablar al móvil.
─Reunidos don Arturo Maestre, Director del Centro Hospitalario, y Luis Monforte, médico del mismo, acuerdan de motu proprio, la cesación del contrato referido a la fecha de término del mismo…
Coloca el móvil en dirección al director, este calla.
Luis sonríe.
─Maestre, ¿le ha comido la lengua el gato?, estoy cansado, no quiero encima de todo, nepotismo; que su yerno se lo gane, si vale, perfecto, pero le falta mucho, quizás mil años, si puede, que lo haga, mientras el paciente se salve.
Luis mueve la cabeza.
─Todo es perfecto, así que ya sabe, el contrato se finiquita ahora, a pesar de que quiere que no aparezca su voz en la grabación, mañana, tendrá un burofax de mis abogados con los mismos términos que yo sí he hablado.
Luis desconecta el móvil.
-Ya no estoy grabando, ¿algo que decir?
─No creo que sea la postura adecuada, fuimos el único hospital…
─No, fue el antiguo director, Velarde, que, gracias a la insistencia de un amigo mutuo, aceptó darme una oportunidad que yo he devuelto de mil formas y maneras, a usted…
Luis mueve la cabeza.
-Nada que agradecerle, será un magnífico gestor, acabará mil veces más rico que yo, no lo dudo, pero este que lo es, no le da más dinero a ganar.
Respira con fuerza.
-Supongo que algún hospital me querrá para algo, aunque sea para limpiar las letrinas, y, es cierto, se me olvidaba, que tengo excedencia como titular cirujano en la pública, menos dinero, pero también, menos problemas.
Maestre lo mira.
─ ¿Son sus últimas palabras?
─Ha sonado a epitafio, pues que lo sea, a partir de pasado mañana, dejo de operar, esos dos días son pacientes con la operación concertada, ¿el resto?, que se pongan en contacto conmigo los médicos que se harán cargo de los siguientes pacientes, los pondré al día de cualquier cosa que necesiten sobre los mismos.
Maestre se calla, no responde.
Luis se levanta y se marcha.
Cuando llega a su despacho, Mariana que le pregunta.
─ ¿Que quería el gordo?
Se refiere a Maestre, que pesa siete veces lo recomendado por cualquier nutricionista.
─Que me marcho, Mariana, me comunicaba que me despiden.
Mariana esboza una sonrisa.
─Venga ya, están contigo en el hospital…
La mujer se fija en la cara.
─ ¿No es broma?
Luis niega.
─El puerco de Maestre quería que en mi equipo entrara Ramírez, quitando a Márquez, después desaparecería el resto, al final tú, Galante…, me quedaría en sus manos, y él se lo llevaría todo, no soy imbécil, aunque lo parezca, se ha encontrado con el estúpido de Monforte, y quiere ordeñarlo al máximo, no me parece mal, pero me ha hecho daño en una teta, eso no se lo perdono, aunque sepa que solo soy una mísera vaca.
─Y yo…, ¿qué hago?
─Quédate, vente conmigo…, no lo sé, me estoy planteando dejar de operar, estoy cansado de todo lo que rodea a un quirófano, de los egos, de los miserias, de los ladrones, de los impostores…
Sonríe con pena.
─No, no es lo mío, sí, creo que voy a dejarlo.
─ ¿Y qué vas a hacer?, tu sin operar, no aguantarás mucho.
─Te sorprendería, llevo demasiado tiempo con demasiada presión, nada merece la pena, ahora…
Suspira.
─El cerdo de Maestre, me ha hecho ver que tampoco importa a quien salvo y como, y porque…, así que solo que soy…
– ¿Qué soy, Mariana?
La mujer calla, nunca había visto a su jefe de esa manera.
73 CONSULTAS
─ ¿Qué haces por aquí, más problemas?
Luis mira al cura.
Sonríe con poca gana.
─Lo de siempre, Eusebio.
─ ¿Los que se van?
─Y los muertos de algunos.
Mira a la sacristía.
─Con perdón, pero es cierto.
Eusebio sonríe también.
─Estás en la picota, algo gordo.
─Lo de siempre, los ladrones, que se esconden, o salen a la vista, el caso, es que me voy del hospital, quizás deje de operar para siempre.
─ ¿Y qué vas a hacer?, ¿sabes hacer otra cosa?
Luis se encoge de hombros.
─Así que el dinero se acabará.
─Al poco tiempo, cura, tus sablazos son dolorosos, otro motivo más para no ganar dinero.
─Eso nunca, ese, ─señala a la cruz─, no lo permitirá.
─Lo permite todo, para él solo somos…
Mira a Eusebio, sonríe.
– ¿Qué somos, querido padre?
─ ¿Vamos a empezar con la dialéctica?, ¿así estamos?
─Y peor.
─Por cierto, ─intenta cambia de palo─, ¿has hablado con el obispo?
Luis asiente.
─Por teléfono, hemos quedado en comer cuando podamos, es decir, el que no quiera, tiene todas las excusas del mundo.
─ ¿Sobre mí?
─Creo que salió algo, ─mira a Eusebio a la cara─, no creo que fuera importante, ¿qué ha sucedido?
─Nada, pero el inminente traslado, ha sido suspendido sine die[1].
─Qué suerte, ─Luis sonríe─, no sabes cómo me alegro.
Eusebio mueve la cabeza.
─Qué poca vergüenza tienes.
─Desde que me junto contigo, sacerdote de cuestionables orígenes.
─Sí, es cierto, pero has cambiado, te veo mejor, ¿la ropa?
─Supongo, y la comida, y mil cosas más, la madre de Paloma que me ha adoptado.
─Te hacía falta, ¿y Paloma?
─Bien, cumpliendo su promesa.
─Si no operas, ¿podrás cumplir la tuya?
─Sí, guardo algo en el sombrero, no mucho.
─ ¿Suficiente como para seguir con la ayuda a la iglesia?
─Sabes que no, soy pobre.
─Y con muy poca vergüenza, señor cirujano.
─Todo se pega.
─Paloma, ¿qué piensas de ella?
Luis afirma levemente con la cabeza, frunce los labios.
─Sí, es buena, inteligente, lista, llegará lejos.
Ahora el que mueve la cabeza es Eusebio.
─Eres un idiota, la niña se muere por ti.
Luis lo mira con una medio sonrisa.
─No seas iluso, Eusebio, soy viudo, viejo, cansado, además…
─Pon más excusas, di que lo que tienes realmente es miedo.
─Además, también miedo, si, correcto, no estoy en el ruedo.
─Da igual, tienes que salir, asignaturas pendientes.
─Si lo sé no vengo.
─Eso suelen decir los clientes, agradecidos o no, el caso, ¿no te gusta Paloma?
─Es una niña, Eusebio.
─Joven, guapa, cristiana, inteligente…, ¿algo más?
─Sí, no es Nieves.
─Nieves ya no será, no puedes estar solo.
─Si puedo.
─No debes, dale una oportunidad.
Luis niega con la cabeza.
─No, esa niña necesita estar con gente de su edad que se divierta…
─Sí, que se eche un novio, que la desvirgue, los cubatas, los porritos, lo que viene detrás.
Eusebio niega con la cabeza.
─No Luis, es cristiana, de las que ya no hay, pobre, pero cristiana.
─ ¿Por qué has metido lo de pobre?
─Por si…, ─sonríe─, no, déjalo, dale una oportunidad.
─No.
─ ¿Lo pensarás al menos?
─No lo sé.
─Pregúntaselo al de la cruz, aun tienes cosas que hacer, y solo no es forma de estar.
─ ¿Y tú?
─Yo tengo al de la cruz, menudo es, entretenido como un escaparate de juguetes.
─Cada vez eres más andaluz.
─ ¿Eso es malo?
Luis lo mira, se encoge de hombros.
74 NOVEDADES
Luis oye los pasos.
Sonríe.
Es la comidilla del hospital.
Todos hablan sobre su salida del mismo.
Cosa que nadie se esperaba.
Pero que al final parece cierta.
─No me lo podía creer. Hasta que no me lo ha confirmado Mariana, no he sabido que era cierto.
Luis conoce la voz de Galante.
Le da una calada al cigarro.
Si el helicóptero viniera en ese momento.
Seguro que creería que estaba en Londres.
Lleva tres, y sin bajar, por primera vez en sus años en el hospital.
─Pues sí, ¿quieres un cigarro?
─Ganas me da, pero no, sigo férreamente en la abstinencia, cuéntame lo que ha sucedido.
─ ¿Lo de Maestre?
─Eso lo sabe todo el mundo, lo que no sabemos los pobres lacayos, es como has tomado la decisión.
Luis mira a Galante.
Se le nota preocupado.
Es quizás, nunca estará seguro.
Que es el único amigo en el maldito hospital.
─Maestre es tan listo, más bien se cree que es listo, que se le ven los cuernos y el rabo.
─ ¿Lo del yerno?
Luis asiente.
Nueva calada.
─El chaval promete, pero no es de las grandes ligas, yo tampoco lo soy, el caso, que se me pegará, que cogerá caché, para después de haber destruido el equipo, quedarse con el tema de las operaciones en el extranjero.
─De las que siempre hablas pestes.
─Por supuesto, pero que me tomen por gilipollas, va a ser que no, que parezca idiota no significa que me metas un dedo en la boca y no te lo muerda.
─En ese caso, ¿no hay vuelta atrás?
Luis lo mira.
Vuelve a negar con la cabeza.
─Lo siento Galante, formábamos un buen equipo, pero parece que la ambición es mala consejera, sobre todo para aquellos que no consiguen lo que buscan por su propio esfuerzo.
─ ¿Que vas a hacer?
─No lo sé.
Nuevo cigarro.
─Supongo que un período sabático, me lo merezco, después la pública, donde me manden, o alguna oferta de trabajo que me interese.
─ ¿No tenías en Alemania, en Inglaterra…?
─Sí, pero, Galante, ¿has estado en Inglaterra?
─Sí, claro.
─ ¿Viviendo?
─No, ¿por qué lo dices?
─Aquí, tenemos un extra que no pueden pagar en ningún lado, el terminar el trabajo y tomarte una cerveza con un clima maravilloso, con una gente que no da más por culo porque no puede, pero que se le coge cariño, ¿y las tortillas de patatas, los flamenquines, los rabos de toro…, tengo que continuar?
─No.
Galante suspira.
─Puestas las cosas así…, es difícil marcharse, no obstante, si te estableces, dímelo, si pudiera me iría contigo.
─Sabes que conmigo nada de nada.
─ ¿Sabes que soy…?
Luis asiente.
─ ¿No te importa?
Luis niega.
─Pero, eres católico, de los de misa, de ayuda a la parroquia…
─Pero no gilipollas, tú eres como eres, y lo más importante, eres buena persona, eso es lo transcendental, el resto es accesorio.
Galante sonríe.
─ ¿Tanto se me nota?
─No, Galante, pero conmigo si, alguna compañera me lo comenta.
─Lo siento.
─No te preocupes, ─nueva calada─, nada es importante, amigo Galante.
─Eso es cierto, ¿qué haces aquí?
─Pasar el tiempo, ya he dado la información de mis pacientes, algunos lo han tomado mal, se han cancelado casi todas las operaciones.
Una enorme calada al cigarrillo.
-Solo las perentorias continúan, pero sin esfuerzo, que se jodan, no los pacientes, el hospital, que perderá el dinero de enfermos que vienen aquí pagando fortunas para que los opere el cateto cordobés.
Galante sonríe.
─No sabía que tuvieras tan mala leche.
─No es eso, Galante, es que me los han tocado, después de tanto tiempo…, ─sonrisa─, todo está bien, si me meto en algún laberinto, te llamo, no eres el único.
─ ¿Mariana?
Luis asiente.
─ ¿Márquez?
Luis vuelve a asentir.
─Y alguno que otro más, ya sabes, formábamos un buen equipo.
Luis mira a la lejanía.
– Sin la cabeza, todo se va a la mierda, ¿o crees tú que el siguiente equipo no será el del yernísimo?
─Sí.
Ahora el que sonríe es Galante.
─No me cabe ninguna duda.
Ambos callan, y miran las calles que comienzan a llenarse de gente.
─La ciudad despierta, Doctor Monforte.
─Sí, pero hoy, francamente, me da igual, que la pele quien le toque. Luis Monforte, gilipollas federado, piensa estar tocándose los propios hasta que se le queden pelados.
Galante sonríe.
Sabe que nada de lo que quiere hacer, lo hará al final.
Pero por lo menos a los perros se les permite ladrar a la luna.
75 OTRO NUEVO COMIENZO
Luis mira el camino del parque.
La temperatura es buena.
El día fresco, pero sin pasarse.
Hay poca gente.
Bien, todo bien.
Las condiciones perfectas, pero duda.
¿Por qué duda?
Porque hace años que no lo hace.
Así que ha intentado arrancar varias veces.
Pero le cuesta trabajo.
Se mira las zapatillas.
Cada una tiene los cordones de un color.
Se le ha roto una de ellas, de no ponérsela.
Y lo que ha encontrado ha sido negro, en unas zapatillas blancas.
Que además tienen algo de años.
Las suelas, son de haber pisado mil caminos de mil parques distintos.
Sonríe.
Hace tanto tiempo…
Un paso.
El siguiente.
Otro más.
Si, parece que la cosa va bien.
Cien metros…
Doscientos.
Algo que se rebela en el interior.
Son demasiados años.
El flato, ese viejo conocido hace acto de presencia.
No recordaba lo que llegaba a doler.
Se apoya en un árbol.
Intenta recuperar el aliento, pero le cuesta.
No son muchos años.
Pero si los suficientes para aun conservar una forma que se olvidó hace esos mismos años.
Se recupera.
Aun es joven, pero andando.
Apenas si levanta alguno de los pies de vez en cuando.
Un banco, la salvación.
Se deja caer en él, más que se sienta.
Se siente profundamente decepcionado.
Incluso sabiéndolo, pero, con lo cabezón que es, seguro que consigue…
Aunque solo sean doscientos metros…
Suspira fuerte.
Mira al cielo.
─No sabía que corrías.
Baja la cabeza.
Una esplendorosa Paloma vestida de yogur de fresa.
Que le sonríe con los colores de las mejillas subidos.
Parece una muñeca rusa.
─Sí, lo intento, pero estoy viejo, desentrenado, caído, desmoronado, ya me ves, sombra de lo que fui.
La chica continúa haciendo puntas.
─ ¿Te vas a quedar ahí?
Luis asiente con la cabeza.
─Me quedan dos vueltas, si me esperas, dejo que me invites a desayunar.
─ ¿Y la Facultad?
─Siempre desayuno, soy humana, el tiempo está controlado, como todo, ya no friego escaleras gracias a don Luis, solo hago running, como dicen los idiotas de la facultad, correr como un perro con la lengua fuera, para que no se me ponga el culo carpeta.
Luis sonríe.
La frescura de la chica le hace gracia, hace tanto tiempo que no…
─Te vas a enfriar, yo estoy muerto, pero tú no, da las vueltas, te espero.
─ ¿Seguro?
─Seguro, me tendrás que ayudar a levantarme, no puedo huir.
Nueva sonrisa.
Ve como se aleja la chica, que va en un cuerpo que parece que…
Sonríe con pena.
No, muerto no está.
Frunce los labios, mientras ve cómo pasan los colgados de la forma física, de los del mantenimiento, de los del que me vean, de los de lo mismo ligo…
Sonríe de nuevo.
Quizás pensando que ha creado uno nuevo.
El de los viudos reventados, que han descubierto que la belleza aun los pone como una moto.
Otra sonrisa más mientras se dobla.
Se había olvidado del flato, pero el flato, que tiene buena memoria, no.
Son jeringos, aplastantes, magníficos, grandes, compensados en su maldad.
Maravillas de los jeringueros que no churreros, que la gente confunde.
Y el que hagan de todo, no significa que lo principal, que el lustre, no venga del jeringo, patrimonio universal, por lo menos para los cordobeses.
─Madre mía como están.
Es Paloma que está haciendo una escabechina.
─Te vas a poner como una foca.
Le comenta de broma Luis.
─Tengo el metabolismo de un buitre, mi madre se asombra, el día que no como, se pone como loca, cree que me voy a morir.
─ ¿Y sucede a menudo?
Paloma piensa mientras mastica.
─Hace como ocho o diez años, mi primer período, no sé, un día sin ganas de comer, casi me lleva al hospital, pero para que me ingresaran en la UCI.
Luis la mira.
Sudada, colorada como un tomate, con los labios llenos del aceite de los jeringos…
Es una belleza natural.
Lo de afinarla en la esteticien, fue un fallo imperdonable.
Ahora está aún más atractiva.
Aunque siga sin cuidarse.
─ ¿Quieres más?
─Sí, pero me tengo que ir a clase, tengo el estómago, que… ─sonríe─, ya sabes.
─No, no sé.
─Que vamos, que tengo tendencia a…
Luis se encoge de hombros.
─Que soy una pedorra, y si hago un círculo a mi alrededor, pues eso, que me hago fama, y no quiero.
─ ¿Que ha pasado con el gilipollas de Pozo?
─ ¿Cómo te has enterado?
─Esto es una casa de… perdona, pero lo es, al momento hay alguien que, sin querer decirlo, te lo suelta todo con pelos y señales. Lo siento si alguien piensa que estamos liados, podría ser tu padre, pero la gente es como es, si no quieres acercarte a mí, lo entiendo, querrás que los chicos se acerquen, eres joven y bonita.
Paloma lo mira, no sabe si es tonto, o que se lo hace.
─Luis, ─suspira─, te lo voy a decir, te voy a decir lo que sabes, me gustas, más que eso, eres el hombre con el que me gustaría formar una familia, no soy de las de cama fácil, ni me gusta la juerga, ni las locuras, soy tranquila, creo que inteligente, centrada, religiosa, y estoy enamorada del hombre que me paga la carrera, ─ sonríe─, es lamentable, ¿no es cierto?
Luis no dice nada.
─Sí, no hace falta que digas nada, solo soy una niña a tus ojos, una estudiante que has salvado de tener que dejar la carrera que la mantiene viva y cuerda, solo eso, lo sé, ─sonrisa de pena─, lo sé.
─No es eso, como sabes, soy viudo, triste, acabado, no puedo permitir que nadie entre en mi vida, cuando está llena de alguien que se marchó, sé que es una estupidez, pero me siento así, ¿qué me atraes?, claro que sí, eres un bombón, lista, sensata, con los pies en el suelo, si, eres el epítome de la buena mujer, pero no te puedo hacer daño, soy tóxico, no tengo la escala de valores bien puesta, no sería nada de tu agrado.
─También que soy pobre como una rata.
─Sí, supongo que los hijos de mecánico estamos en un pedestal, arriba, ─levanta el brazo─, en las alturas.
Paloma sonríe.
─Dame una oportunidad.
─ ¿Qué quieres?
─Que no huyas, que pueda sentarme contigo, el roce hace el cariño, déjame que me roce hasta que te gaste esa forma de pensar.
Luis la mira.
─Sí, pero sigue tu vida, eres demasiado bella, alegre, bonita, como para quedarte quieta por alguien como yo, eres de las escasas, casi no quedan mujeres como tú, has feliz a un hombre que se lo merezca.
─Eso lo decido yo, y he decidido que eres tú.
Luis se encoge de hombros.
─Ya te he advertido, Paloma, no te quejes de …
─Calla, Luis, déjame que disfrute, aunque sea de tus anuncios.
Luis sonríe.
Si, al final, solo tendrá anuncios, como las cadenas de televisión privadas.
76 EL ASALTO
Ella es así, no puede evitarlo.
Primero no hacer lo que la tía buena quiere.
No tiene ni idea de lo que busca conseguir.
Posiblemente, nada bueno.
Así que información que no sea de la misma fuente.
Y como de vergüenza anda corta, se dirige como si fuera un buldócer hacia la mesa.
Sin pedir explicaciones ni nada, se sienta.
La chica la mira.
─No te mosquees, que he roto con mi novio, y allí está, con cara de lo que es, un gilipollas, un momento, solo eso, que se le quite la tontería, y no me volverás a ver, hasta te puedo invitar a una cerveza.
─Tú no puedes tomar cerveza, ¿tienes dieciocho?
─Como si en este barrio pidieran el carnet.
Paloma sonríe, una pija que va sobrada.
─Piérdete, que te hostie el novio.
Sabe que todo es mentira.
─Estoy esperando al mío.
─Sí, supongo.
Sabe que le han metido una nueva explicación ante la junta, contactos en todos lados, así que, por ese motivo, tranquila.
─ ¿Y qué hace tu novio?
─Es médico.
─Esos ganan una pasta.
─Me da igual, si tuviera que mantenerlo, me daría igual.
─ ¿Tanto ganas?, ─pregunta Nieves.
─No, soy estudiante, pero algún día, ganaré dinero, lo mantendría.
─Así que en la cama…
Paloma sonríe.
─Tú estás muy suelta, el que quiera mi cama, con un anillo en la mano, y los papeles firmados en la vicaría, después de la boda.
─Sí que eres antigua, ¿eres una meapilas?
─Supongo que sí, y me parece que tú vas por libre.
─Mayormente, no te tienes que creer todo lo que te digan, que parece que la menor de edad eres tú, quizás por eso el médico esté contigo, que le gusten las nenucas.
Paloma sonríe.
Pero le están dando ganas de partirle la cara.
Y eso que la conoce.
No deja de darle vueltas.
La ha visto, mil veces…
Pero no sabe dónde.
─ ¿Y si es médico, como vive en este barrio de porquería?
─Te voy a dar una hostia, que te va liberar de todos los pecados.
─Vaya con la meapilas.
─Es viudo, aún no ha superado la muerte de su esposa.
─ ¿Y tú quieres meterte en la cama?, pues no ha cambiado la iglesia desde que fui a misa la última vez, que no sabía ni hablar, pero lo entendía todo.
─Es complicado, lárgate, tu novio se habrá ligado a otra y ha ganado en el cambio, por muy puta y mala que sea.
─Seguro que sí.
Paloma sabe dónde la ha visto.
─Nieves, ¿por qué no me preguntas directamente por tu padre?
La cara de la niña cambia.
Está a punto de levantarse…
Pero no lo hace, solo sonríe, la mira…
─Así que eres lista, ¿dónde me has visto?
─Eres igual que tu madre, hay mil fotos en la casa de tu padre.
─Así que allí es donde…
─Pero, que puerca eres, no, hija mía, mi madre es la que cuida a tu padre, solo eso, yo la ayudo cuando puedo, que está muy vieja.
─Ya, voy yo y me lo creo.
─ ¿Crees que me importa?
Nieves suspira.
La fuente de información se ha acabado.
─Pregunta, no miento, no tengo necesidad…, Nieves.
─ ¿Cómo está?
─Un poco mejor, hemos conseguido que cambie la casa, toda menos tu cuarto, está como cuando te fuiste.
─No me fui, me llevaron.
─Lo sé, fue famoso en el barrio, aquí es como los pueblos pequeños, se sabe todo de todo el mundo.
─ ¿Y qué piensan de mi padre?
─ ¿Sabes cómo lo llaman?
─Alguien me intentó decir eso, dímelo tú, amante sin sexo de mi progenitor penco.
Paloma sonríe de nuevo.
─San Luis.
─ ¿Hace milagros?
Paloma asiente con la cabeza.
─Podríamos decir que sí, ayuda a los pobres, opera gratis, subvenciona a medio barrio, mil le deben favores, otros mil le deben más, y el resto, agradecer que haya nacido una persona como él.
─Vaya con la Paloma, que estás que no cagas con mi padre.
─Qué poca vergüenza tienes.
─Ya sabes, los colegios de pago.
─No, no lo sé, soy del público, y mírame, en medicina.
─Eso es fácil.
─ ¿Con la nota de corte que tiene?
Nieves se queda mirándola.
─ ¿No sabes lo que es?
Nieves niega con la cabeza.
─Una media entre tu curricular en el colegio, con la nota que sacas en selectividad, eso es la nota de corte, te da puntos. Para entrar en medicina, es casi imposible, de diez mil que quieren, lo mismo entramos veinte, no sé los porcentajes, pero que te equivocas en lo más mínimo, y fuera, se acabó.
Nieves piensa que a ella no la limita nadie.
Tendrá que estudiar.
No porque quiera ser médico, sino porque la opción no exista.
Sacará una nota de corte de la hostia.
─ ¿Tu cual sacaste?
─Fui la número dos, me quedé aquí, en mi casa, suerte.
─Así que eres lista, creo que tendré una madrastra gilipollas.
─No, contigo no cargo, quiero a tu padre sin cargas, tú eres una muy pesada.
─Vale, lo que tú digas, ¿puedes no decirle a mi padre que he estado aquí?
─ ¿Por qué?
─Porque no se lo merece, si no sabes eso, es que no conoces a mi padre, lista, y me voy, paga las colas, que para eso tendrás, que le sacarás al viejo hasta el hígado.
Paloma ve como se marcha.
Otro problema que resolver.
Piensa que para ella la vida siempre ha sido un cúmulo de problemas a superar.
Así que adelante, que no se diga.
77 OBSERVACIÓN DE LA NATURALEZA
Nieves hace como que se va.
Pero encuentra en uno de los soportales, sucios y abandonados, un lugar desde el que poder ver sin ser vista.
Quiere saber cómo es la vida del que la trajo al mundo y después la dejó en el infierno.
Tiene demasiadas preguntas, y muy pocas respuestas.
Todo el mundo habla, pero al final, no dicen nada.
Retazos, pero no realidades.
Y está cansada de dar vueltas a una noria, como si fuera un asno cansado de todo o tonto del culo.
La tipa, la querida, la guarra que quiere comerse a su padre tiene un gran problema.
Le cae bien.
Parece buena gente, educada, fuerte, y lo peor…
Guapa, que se le cae la cara de lo guapa que es.
Y que eso el viejo, seguro que no se da cuenta.
Aunque tenga dos mil años, que los tiene.
Mira alrededor.
Todo abandonado.
Cerca suya, cartones de alguien que pasa las noches allí.
Pintadas por todos lados, como si pagaran por hacerlas.
Un parque que está más abandonado que áfrica.
Bancos rotos.
Luces que brillarán cuando algún día las cambien, y poco tiempo.
El mobiliario urbano es motivo de tiro, que no da más.
Y por supuesto, en un parque como aquel, la hierba está intentando comerse las aceras.
Dentro, pocas briznas de una hierba que no quiere, que no puede crecer.
Y el olor, es de lo peor, como si se mezclara la grasa de una comida de mala calidad, con los destrozos.
Grandes destrozos de una entrada triunfal en uno de los cuartos de baño.
Que seguro que serán tazas turcas.
Respira fuerte.
No se imagina como puede vivir allí su padre.
Diciendo de él lo que dicen.
En un barrio que no es extrarradio.
Es que es otra ciudad.
Que ni siquiera está dentro de la ciudad en la que ella vive.
Dos mundos distintos.
La espera no es larga.
Lo ve llegar, como siempre, discreto a pesar de lo alto que es.
Cazadora clásica, ni de cuero siquiera.
Pantalones vaqueros.
Parece que menos gastados, como si hubiera comprado algunos, que dicen que le cuesta soltar la pasta por mucha que tenga.
Ella es reflejo de que no quiso gastarse ni un euro por conservarla.
Y va el cabrito y cuando lo saluda la pelleja, sonríe y se sienta.
A partir de ahí, romperle el alma sin saberlo.
¿Cómo es posible que con la vida que le ha dado, se ría como si no hubiera hecho nada malo?
Lo odia.
Como lo odia.
Y se da cuenta de que su cara está mojada, muy mojada, no sabía que podía llorar tanto, de hecho, piensa, y cree, que no ha llorado así…
Desde que tiene recuerdos, que es mucho tiempo.
Y maldice al hombre que la hace llorar, que supone que no será el último, aunque los motivos varíen.
Sale del barrio.
Quizás un poco asustada.
Las pintas son cuando menos difíciles de ver.
Las miradas si dan miedo, como si se la fueran a comer.
Incluso las niñas, que la miran con cara de asco.
Se da cuenta de que el uniforme escolar…
De ir con el allí, es como declarar la guerra.
Como si fuera a reírse de ellas.
Pero ya es tarde, allí está, se acercan varias, se para, aprieta los puños, a alguna le va a dar una hostia…
Pero pasan a su lado, solo risas, pronunciación barriobajera, y un olor a mocita vieja que tira de espaldas, y sonríe, como ella misma.
¿Será rebeldía o guarrería?
Le da igual, al final, todos somos iguales, piensa.
Sobre todo, porque ya ha llegado a una zona civilizada.
Llama a un taxi, y cuando realmente está lejos del barrio de su padre, respira aliviada.
Sin saber porque, pero sabiéndolo, ella no pertenece allí, ella…
Mira a través de la ventana.
La realidad le ha dado una bofetada con fuerza y con las dos manos.
78 CORRIENDO
Luis ve como lo pasa.
Sonríe.
Aun quiere que le dé el flato.
Pero ya lleva corriendo mucho tiempo, incluso ahora, cuando el calor sube, se siente bien destruyéndose un cuerpo que no tiene veinte años.
Y que, a pesar de todo, aún tiene la fortaleza de querer hacer más.
Empujón y sube.
Las piernas responden, no las ha forzado demasiado.
Corre con ella, pero no todos los días.
Los que corre con Paloma, son de dejarse vencer.
Los que está solo, de reventar…
De probarse que el infarto aún está lejos…
Que el flato se olvidó y que el que tuvo, retuvo.
La pasa.
Inmediatamente, como no podía ser menos.
Se acerca a él, lo pasa sonriendo.
Como si fuera fácil, que sabe que no lo es.
Llevan ya tiempo corriendo.
Él, de velocidad, regular, pero de lo que es resistencia, más que un sapo en una junquera.
Continúa, la adelanta.
Nuevo sprint de la muchacha.
La deja, se coloca al rebufo.
Permite que ella lleve la voz cantante.
Unos metros, no muchos, doscientos, trescientos.
Se para poco a poco.
Caldea, agacha el pecho.
─Que mamón eres, lo siento, pero es verdad, no me gusta decir las cosas así, ─habla entrecortadamente─, estabas esperando para destruirme.
─Tengo mil años más que tú, ¿cómo puedes imaginar tales cosas?, aunque sean verdad.
Paloma ríe.
Comienza a caminar.
─ ¿El flato?, ─sonríe Luis.
─No, fallo general multiorgánico.
─Como se nota que le pegas a la facultad.
─Es pequeña y se deja, miento, es grande, y cabrona.
─ ¿Que te sucede?
─Estoy asustada, Luis.
Lo mira con ojos a punto de llorar.
─ ¿Y si fallo, y si no sirvo?, mi madre, tu, Eusebio, los que habéis confiado en mí, ¿qué hago?, -llora.
Luis le echa la mano por el hombro.
─No seas niña, es solo un bache, he pasado mil mientras estudiaba.
─ ¿Tu?, ─lo mira con asombro.
─Sí, yo, carrera larga, difícil, profesores que juzgan sexualmente, que te ponen la nota que le sale de los cojones o del propio, compañeros que son hienas, competitivos, desagradables, malvados, ambiente de presión, mil cosas. Se ven cuando te sientas en casa, miras a la pared y todo es negro, ¿sabes lo único bueno que tiene?
Paloma niega con la cabeza.
─Que, si aguantas un tiempo, pasas, no te voy a decir que sea un camino de rosas, pero lo superas, más tú, que eres la mejor estudiante, que me cuentan que progresas que da miedo.
─Venga ya, ¿quién te va a contar eso?
─Sí, es que yo soy médico.
Paloma sonríe.
─ ¿Eso te han dicho?
Luis asiente.
─ ¿De verdad?
Luis vuelve a asentir.
─Habrá que aguantar, pero para eso necesito muchos jeringos, ¿me acompañas para invitarme?, que este mes estoy canina.
─ ¿Cuándo no lo estarás?
─Supongo que cuando nos casemos, ¿ganas mucha pasta?
─Sí, pero me gasto menos que un chupe de plomo.
Paloma sonríe.
Es como una persona normal, que se convierte en ser mitológico cuando le colocan una bata blanca.
La tiene encandilada.
Suspira.
¿Podrá?
Siente escalofríos.
No quiere nada que no sea lo que tiene, no planeado, pero si deseado.
Con todas sus fuerzas.
79 LA INESPERADA VISITA
Luis va a entrar en su casa.
La entrada general está abierta.
Siempre dicen que la van a reparar, pero al final nada.
Siempre es lo mismo.
Suspira.
En la próxima reunión de vecinos, volverá a pedirlo.
Todos dirán que sí.
El Administrador que no hay dinero.
Y vuelta a la rueca, que no saca hilo.
Sube por las escaleras.
El sitio del ascensor está en la estructura.
Al final, para abaratar los pisos no se colocó.
Ahora, con la economía de los que allí viven, imposible pensar en eso.
¿Si no pueden con una cerradura, con algo cien o mil veces más caro, podrán?
Sabe que no.
Va a meter la llave, cuando nota a alguien en sus espaldas.
Es mal barrio, nunca le han atracado.
Pero siempre hay una primera vez.
─No te asustes, Luichi.
Solo con el nombre ya lo sabe todo.
Agradece que la llave esté metida.
En otro caso, se hubiera dado la vuelta.
No hubiera podido meterla.
─Hola madre, ─no se da la vuelta.
─ ¿Puedo entrar?
─Claro, mamá.
Luis abre la puerta y se retira.
Su madre entra.
─Me sorprende que no sea una cochiquera absoluta. Conociéndote, ¿quién ha conseguido que al final vivas como un ser humano?
─Visitación, una señora mayor que me ayuda con la casa.
─ ¿Que lo hace todo en la casa?, ─le pregunta la madre.
Luis asiente.
─ ¿Por qué te fuiste de casa el otro día?, mejor dicho, la única vez que has ido en muchos años.
Luis se sienta enfrente de ella.
Agacha la cabeza.
Duele.
─Madre, he destruido tantas cosas, que no sé cómo podrías perdonarme, tu nieta, padre, la decepción, el dolor, no sé, es difícil poner las cuentas a cero.
─Si fuéramos extraños, quizás, o, mejor dicho, seguro, pero soy tu madre, te tuve muchos meses en mi vientre, después te eche con el pedazo de cabeza que tienes, eso sí que duele, ¿crees que no te perdonaría?
─No lo sé, madre.
─Esto está bien, ¿puedo husmear?
─Claro, mamá, es tu casa, la conoces.
─ ¿No me acompañas?
─No, si no te importa.
La mujer niega con la cabeza y se pierde en el pequeño piso, como si fuera el palacio de un príncipe.
Unos minutos después la mujer vuelve.
─Sí, la que te ha ayudado tiene la cabeza en su sitio. Si, lo necesario, sin locuras, una persona sensata, me gusta esa mujer, ¿me has dicho que se llama?
─Visitación, Visi.
─Pues eso, me gusta, ─mira a Luis─, te veo mejor de aspecto, ¿también te cocina?
Luis vuelve a asentir.
─Me gusta que estés bien alimentado, me molesta que no sea yo la que lo haga, ¿no te gustaba lo que cocinaba?
─No es eso, tú lo sabes, después de la crisis…
─ ¿Crisis?, una mierda, caíste tan profundo que no se te llegaba a ver.
─Pues eso, me das la razón, ¿cómo voy a volver como si no hubiera pasado nada?
Teresa lo mira.
─Que capullo eres, siempre lo has sido, ¿tú te crees que a tu padre le importó que no fueras al entierro?, el será feliz ahora arriba viendo que te has mejorado.
─ ¿Seguro?, mamá.
─ ¿Conocías a tu padre?
Luis asiente con la cabeza.
─Pues ahí tienes la respuesta.
─ ¿Y ahora, madre?
─Ahora a seguir caminando, ¿qué sabes de tu hija?
A Luis se le viene el mundo encima, niega con la cabeza.
─ ¿Nada?
Vuelve a negar.
─Malditos hijos de puta, como se aprovecharon de todo, ¿vas a luchar?
─He perdido tantas veces, que ahora, años después, si sale de allí, ¿no será peor?
─Supongo, pero que lo decida ella, ¿eres un Monforte, o un maricón de playa?
Luis sonríe.
─Lo que tú digas, mamá.
─Así me gusta, querría que por lo menos conociera a sus primas.
─Estaría bien, madre.
─ ¿Qué podemos hacer?
─Ahora mismo, nada.
─ ¿Por qué?
─He dejado el hospital.
─Y, ¿no tienes dinero?
Luis asiente.
─Sí, mucho, pero lo que busca el tribunal es que el progenitor que pida la custodia tenga un trabajo bien remunerado.
─ ¿No puedes encontrar otro hospital?
─Sí, pero en el quinto pino.
─ ¿Como de lejos?
─Alemania, Inglaterra, los más cercanos.
La madre de Luis suspira.
─Lo dejamos en suspenso, este domingo a casa, a comer con todos, sé que ves a tus sobrinas, y que le sacas las castañas del fuego al torpe de tu hermano, ¿algún problema?
─Ninguno, en absoluto, Doña Teresa.
La mujer sonríe.
Se levanta.
Cuando Luis lo hace, se abraza a él.
─Pero que imbécil eres.
Luis llora.
El abrazo se vuelve eterno…
y se lleva las trazas de nubes grises.
Por lo menos en ese momento, que ya es bastante.
80 OPORTUNIDADES
Luis espera en el bar cerca de los grandes almacenes.
Es el renovado.
El que conocía, desapareció, quedando todo allí, menos el nombre.
Y el café, que queriendo ser superior, se queda corto, sabe a americano.
Que, si son odiosos en todo, en el café bordan lo repulsivo.
Suspira.
Todo lleno de gente.
Ya mismo las vacaciones de verano.
En la ciudad a más de cuarenta todo se congela.
El calor en la ciudad tiene ese extraño poder, pararlo todo.
Salvo que quieras aparecer en los periódicos víctima de un fatal ataque de calor.
Que solo puede conocer el calor que hace, el que viva en Córdoba.
Los demás, los de oídas, eso, que se queden como oyentes.
Y que le den gracias al dios en el que crean, por vivir alejados.
Dos enchaquetados, se les huele a distancia.
Son los individuos con los que ha quedado.
─ ¿Don Luis Monforte?.
Pregunta el de mejor aspecto, cuarenta años, engominado, traje impecable, zapatos de lujo, moreno y deportista, el epítome del hombre de actualidad en la calle.
Se levanta.
─Sí, soy yo, ¿Usted…?
─Emiliano Valer, a su disposición, abogado del grupo Medicinaleris, y mi compañero Augusto Trover, jefe de contratación de nuestro Grupo.
Luis le da la mano.
Es más gordo, con cara de risueño que ni siquiera las gafas de sol le hacen cambiar el aspecto.
Por lo demás, anodino, uno de los miles de hombres de uniforme de corbata que deambulan por cualquier ciudad moderna.
─Siéntense por favor, ¿que desean?
Luis levanta la mano y ordena los pedidos.
Dos cafés con leche, es lo que más se pide,
Y lo cobran en consonancia a varias veces el valor de otros lugares.
Cosas de tomarse un café en el centro.
─Ustedes me dirán.
El sonrosado saca de un maletín un dosier a todo color que le entrega a Luis.
─Léalo por favor, ─le pide con una sonrisa.
Luis lee.
Todo bien vendido, muchos hospitales, mucha pasta, seguro.
Una cadena extranjera.
Con capital de cualquiera que quiera ganar dinero con la enfermedad ajena.
Que, en la sociedad moderna.
El dinero nunca coge olor de la forma de obtenerlo.
Termina.
─Muy bonito, los conocía, ¿es el nuevo hospital que están construyendo?
Habla el más cuidado, Emiliano.
Le cuesta trabajo seguir los nombres.
─Si, ya está a medio funcionamiento, como puede observar usted que vive aquí, la ciudad necesita más centros hospitalarios.
Luis piensa que necesita más públicos.
Pero él no es economista, ni político, ni inversor.
─Supongo que sí, ¿por eso estamos hablando?
─Por supuesto.
Asiente con la cabeza, levemente, es comedido con todo, hasta con sus movimientos, alguien difícil de coger en un fallo.
─ La mitad, como le decía, está operativa, el resto estará terminado después del verano, cuatro meses.
─Unos plazos muy cortos para una obra de esa envergadura, sé de hospitales, y sé que son difíciles de construir.
─Y más de equipar, pero tenemos el mejor elemento para conseguirlo, el dinero, con ello, se corre mucho, el ser humano es así, dando más dinero, todo corre a más velocidad.
─Sí, lo sé.
─No es su caso, creo que no le importa el dinero.
─Mal empezamos, si vienen a verme, y lo primero que comentan es que me van a pagar poco.
─No es eso, ─sonríe el tal Emiliano─, es una expresión, sabemos de sus obras de caridad, de que para usted lo primero son los pacientes, solo eso.
─Bien, pues ustedes me dicen.
─Le ofrecemos el puesto de jefe de Cirugía.
Luis piensa un momento.
─ ¿Mucha labor gerencial?
─ ¿Gerencial?, ─pregunta el tale Emiliano.
─ ¿Muchos papeles?
─Sí, supongo que sí, pero tendría ayudantes, muchos.
─ ¿Seguiría operando?
─Menos, pero sí.
─Supongo que no quieren perder al médico viajero.
Emiliano sonríe, el médico tiene más tarea de la que le habían dicho.
─Sí, es una faceta que haría que el renombre de nuestro grupo fuera más estelar, su fama le precede.
─Y el dinero que se obtiene, pero estoy cansado, el hospital obtiene todo, para el que opera, nada, o muy poco.
─Con nosotros no es así, el documento que le entreguemos con su salario más las condiciones específicas, no guarda secretos, estúdielo con sus abogados, no queremos problemas, solo que la empresa esté satisfecha, y para eso, siendo inteligentes, el primero que tiene que estar satisfecho es usted.
─Sí, supongo que hablar es barato, el resto…, ─Luis sonríe─, ¿en cuanto a mi equipo?
─El que desee, siempre que pueda conseguirlo.
─ ¿Podría traer a los míos?
─Si, por supuesto.
─ ¿Las condiciones?
─Las mismas o mejores, por supuesto, las instalaciones, mejores, más nuevas, aparatos más modernos, formas de trabajar más eficientes.
─Si es así, está bien, ¿mi sueldo, mis comisiones?
El sonrosado saca otra carpeta que entrega a Luis.
Este la lee.
Se queda sorprendido.
El sueldo es cuatro veces lo que ganaba, y las comisiones por extranjero se multiplican.
Increíble.
No sabía que alguien podía ganar tanto dinero.
─ ¿Qué le parece?
La sonrisa de Emiliano, es la de un ganador.
Sabe de seres humanos, sabe que ha picado.
─ ¿Conocen toda mi historia, mis blancos y mis negros?
─Por supuesto, ─nueva sonrisa─, por supuesto, por nosotros todo bien, ¿qué me dice?
─Me gusta, no le voy a mentir, usted es más listo que yo, pero necesito comprobar algunas cosas, y por supuesto que lo lean mis abogados.
─Si no lo hubiera dicho, se lo hubiéramos recomendado nosotros, las contrataciones especiales, son eso…, especiales, no se parecen ni unas con otras, ¿cuándo podemos esperar su respuesta?
─Unos días.
─Esperaremos en la ciudad.
─ ¿No lo harán por mí?
─En gran parte, pero también hay otras situaciones.
─ ¿Cuándo empezaría?, ─pregunta Luis.
─Ayer, ─nueva sonrisa─, cuando pudiera, pero si es lo más rápido posible, se lo agradeceríamos, de su puesto, jerárquicamente, dependen muchas de las contrataciones que estamos posponiendo, para no llenar los puestos de las personas que usted no designaría.
─Me parece inteligente.
─Le dejamos que lo piense.
Ambos hombres se levantan.
Luis también.
Les da la mano, se despiden.
Lo dejan con la cabeza más liada que la pata de un romano.
Pero a pesar de todo.
Sonríe.
Se queda pensando en todo.
En cómo organizar.
En como dejarlo todo.
En como cambiaría la vida económicamente, de prestigio.
Pero más que eso, de poder ayudar a gente.
Sigue sonriendo.
A pesar de que sabe que lo que tiene en la mano.
Son proyectos que no serán realidad, aunque si se acercan un poco, serán buenos.
81 CONSULTAS
Luis espera de nuevo.
Aunque esta vez es en un reservado en el centro.
Esperando a lo que fue su equipo, y a algunos más.
La excusa es invitarlos a comer.
Quizás alguno se imagine que es para lo que es.
No le importa.
Es comunicarlo.
Si tiene que crear un nuevo equipo quirúrgico, lo hará.
Tardará más, pero solo eso.
Siempre se encuentra a alguien que sustituya a otro.
Nadie es insustituible.
Van llegando.
Cada uno con su historia.
También falta alguien, que llama excusándose.
Siempre a última hora.
A ese, nada le interesa de lo que él diga.
Haciéndolo así, no hay oportunidad de que lo obliguen a ir.
Es como lo de me han comido los deberes el perro, cuando no tienes.
A pesar de las faltas, sonríe.
La comida buena.
Siempre lo es en el restaurante, considerado uno de los mejores de la ciudad.
Así no te equivocas.
La sobremesa magnífica.
Es un reservado, nadie molesta.
Los licores corren por todos los asientos.
En un lugar donde se fuma.
Donde está prohibidísimo.
Pero hay clientes y clientes.
─Ahora.
Todos se callan cuando Luis comienza a hablar.
─ Es cuando os tengo que comunicar algo. Como habréis esperado algunos de los que estáis, que o me conocéis mejor, o que sois más listos que el hambre.
Enciende un cigarro.
─Sé que algunos no han venido, no sé el motivo, pero supongo que no querían saber nada del que se ha largado.
Mira a todos lados, silencio, parece que tiene razón.
─El caso, es que me han ofrecido un puesto importante, el de jefe de cirugía en el nuevo hospital.
─ ¿En el monstruo que construyen al lado del Universitario?, ─pregunta Magdalena, su ayudante quirúrgica.
Luis asiente.
─El mismo, con el poder de controlar todo el departamento de cirugía del hospital, que tiene casi el triple de quirófanos que en el que estáis ahora mismo.
El silencio de una larga calada al cigarrillo.
– Además, he estado allí. Impresionante. Se han dejado el dinero a manos llenas, señal de que vienen con ilusión de hacer dinero, y eso a pesar de su inmundicia, es bueno para nosotros, médicos, que, a fin del cabo, solo somos simples asalariados.
La mayoría sonríe.
Se creen dioses en la tierra.
Los conoce.
También que le da igual mientras trabajen bien y no hagan el estúpido.
─Por ello, os he reunido aquí, para saber quiénes, si hay alguno de vosotros, que quisiera unirse a mi nuevo equipo quirúrgico allí. Además de las demás bondades que pueda hacer en mi nuevo puesto, donde tengo más poder, me han prometido que será mínimo el diez por ciento de subida para cualquiera de vosotros, eso es el comienzo de la negociación, ¿qué me decís?
Se miran unos a otros.
No dicen nada.
Nadie rompe el hielo.
Es como si les hubiera echado un jarro de agua fría.
Parece que incluso los que lo han imaginado, no se lo creían.
Pero ahí lo tienen.
Luis sonríe después de darle la última calada al cigarro que está apagando.
─Yo, si me dan condiciones, me voy contigo, Luis, ─es Mariana, su ayudante de enfermería.
Luis vuelve a sonreír.
─La primera, bienvenida, si te dan lo que quieres, no lo hagáis por compromiso, el que quiera, sé que la mayoría estáis hechos al hospital donde trabajáis, si no hay nadie más…
Galante, educado hasta el final, levanta la mano.
Luis sonríe.
─El más aplicado de la clase, ¿qué quiere decir?
─ ¿Cuentas conmigo?
─Claro, Galante.
─Pues sigue contando, no me gusta donde estoy, el yernísimo es un gilipollas que asegura que sabe más que yo. No confío en él, como supongo que él no confía en mí, así que si me dan solo ese diez por ciento, me largo.
─Bienvenido, amigo.
Galante sonríe.
Luis mira a todos lados, pero nadie más.
─Déjalo Luis, ─es Galante─, Márquez sigue en su puesto, como los demás, el yernísimo los joderá a todos, las equivocaciones se las comerán ellos, pero la vida es así, más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer.
─Lo entiendo,
Luis está decepcionado, pero intenta no parecerlo.
─ Lo entiendo, cambiar siempre es un problema, así que…
Levanta la copa.
─ Por el futuro.
Sonríe de nuevo.
─Donde sea que nos pille.
Las copas se levantan.
En la mayoría de los casos, sin ganas, sin fuerza.
Es compromiso, solo eso.
Salvo los que se van, que tienen más fuerza…
Pero mucho más nerviosismo.
La nave zarpa, y solo quedarán dos marineros de los que hicieron viajes con él.
Luis suspira.
No esperaba lo que ha pasado.
Pero, como siempre, le da más valor del que tienen a los que tiene cerca.
Es lo que hay.
82 HISTORIAS
Luis desayuna con Paloma.
Que como siempre, parece un náufrago de años.
Comiendo los jeringos como si los fueran a prohibir.
─No creo que pueda correr, por lo menos con la asiduidad con la que lo hago ahora.
Paloma levanta la cara, con los labios llenos de aceite.
─ ¿Estás enfermo?, con lo que te gusta.
─Sí, me gusta, pero no es eso, me incorporo, posiblemente, al hospital nuevo que están construyendo al lado del universitario.
─No me jodas, va a ser un monstruo, con lo más moderno, ¿te ha contratado?
Luis asiente con la cabeza.
─ ¿De qué?
─En mantenimiento, torpe.
Paloma sonríe.
─Ya sé que de cirujano, pero, ¿con salidas al extranjero y eso?
─Si, además de Jefe de Cirugía.
─Toma ya.
Es cara de asombro de Paloma.
-Jefe de Cirugía, pedazo de puesto, el que más manda en los quirófanos.
Luis asiente.
─Pero aún no lo tengo claro, me han ofrecido una plaza en un hospital de Berlín, uno nuevo también, más costoso incluso que el que están haciendo, más pasta, más tranquilidad, más nivel, más eficiencia…
─Más a tomar por el culo, ─la cara de Paloma cambia.
─Tú lo has dicho, frio el ambiente, el personal, nieve, austeridad, sin colores, eso sí, a las alemanas le gustan los mediterráneos.
─Sí, con la cara de moro que tú tienes.
Luis sonríe.
─Lo he pensado, y me quedo aquí, demasiado lo que perdería, no lo podría sustituir con dinero.
─ ¿Tanta diferencia hay?
Luis asiente.
─Una locura.
─ ¿Y si me voy de secretaria tuya y me das la diferencia?
Luis la mira.
─ ¿Con el frio que hace?
─Una buena calefacción…
─Como se nota que no has estado allí, cuando ven el sol, lloran como niños pequeños.
Paloma sonríe, después le cambia la cara.
─Entonces, estarás más liado que la cabeza de una loca.
─Como lo sabes, hasta que organice lo que no existe, va a ser una locura, y eso si no me equivoco escogiendo mi equipo, los demás equipos…
─ ¿Vas a seguir operando?
─Sí, más que nada, porque me han contratado por el tema de las operaciones en el extranjero, que dejan dinero al hospital, pero más fama.
─Eso está bien, lástima ser una pobre estudiante, que además la están jodiendo en anatomía patológica, me suspendieron en el primer trimestre, a ver si la recupero, sería un baldón en mi expediente.
─ ¿Quién es el catedrático?
─Jordano.
La cara le cambia a Luis.
─ ¿Raúl Jordano?
Paloma asiente.
─ ¿Lo conoces?
─Claro que lo conozco, así como sé el porqué del suspenso.
─No me jodas.
─Sí, el torpe de Jordano quería ser cirujano y no valía ni para carnicero, tuvo que cambiar en medio del MIR, supongo que no me lo ha perdonado, y quiere pagarlo contigo.
─ ¿Qué pasó?
─Me lo pusieron de compañero, yo como ayudante, a la tercera, propuse que no quería ser compañero suyo, me lo quitaron, a partir de ahí, otro compañero que también lo repudió, al final cambió de especialidad, complicado, pero tenía padrinos, a pesar de todo, supongo que ha recalado en la facultad, porque no habría nadie que lo quisiera, no vale para nada.
─Sí, pues a mí me ha jodido.
─No te preocupes, tengo la kriptonita del hijo de puta del Jordano, tendrá muchos enchufes, pero yo tengo algo que…, ─sonríe─, ya verás.
Paloma lo mira.
─Entonces, ¿no soy un topo?
─Si lo eres, pero intentaré salvarte de ti misma.
─Que gracioso eres.
Levanta el brazo.
─Otro plato más, te voy a arruinar.
─Sí, invertir en el culo tan gordo que se te está poniendo, no creo que esté bien.
─Te odio.
─Es mentira.
Paloma sonríe.
─Es una buena inversión, sobre todo para una buena estudiante tener unos mofletes tan gordos, amortiguación se llama.
Paloma levanta un jeringo.
Mientras Luis se tapa con los brazos la cara.
El objetivo seguro del lanzamiento del jeringo.
83 HISTORIAS QUE CONTAR, SI ES NECESARIO
Luis entra en el cuartillo de la azotea.
Cada uno de los vecinos tenía derecho a un trozo de suelo para edificar un pequeño lugar donde guardar cosas.
Solo tres lo han hecho.
Los otros dos, están abandonados.
Uno de ellos con la puerta abierta.
Pues los robos se disparan continuamente en el barrio.
Solo queda incólume el suyo.
Que defiende con mucho acero, hormigón armado.
Y que la gente sabe que en algún momento le puede hacer falta que le eche un cable, más que a ellos, a sus familias.
Así que permanece en perfecto estado como puede comprobar.
Lo abre.
Tiene algo de humedad.
Como todo lo que permanece a la intemperie.
Que le cae el agua como si fuera castigo.
Y que no esta tan impermeabilizado como gustaría.
Además de que el agua en las alturas, entra desde todos los ángulos.
Cajas, más cajas.
Sobre todo, libros, de investigación, de conocimiento, de la carrera,
Cientos de los que no quiere desprenderse.
Al final, en cajas de la ignifugas, anti humedad, las grabaciones de las operaciones que ha tenido en toda su vida.
Siempre pedía una copia al de informática.
Para tener la colección, que aún ahora sigue aumentando.
Pronto habrá otra caja con más.
Permanece abajo porque no está llena aún.
Organizado como es, la encuentra rápido.
Es un disco pequeño, con un terabyte de capacidad.
Donde se pueden almacenar muchas operaciones.
Espera que esté bien.
En aquellos tiempos, que no tenía mucho dinero, compraba los discos duros reparados.
Solían estar bien, y eran mucho más baratos.
Aunque algunos tuvieran sectores inaccesibles que, si estaban controlados, no daban ningún problema.
Saca el disco.
Deja las cajas como estaban.
Solo cambia de lugar la que tenía el disco que ha sacado.
Cuando haga la copia, volverá a ocupar su lugar, el disco y la caja.
Sabe que no es interesante para nadie la colección…
Pero el disfruta con tenerla.
─Buenos días, ¿podría hablar con el Doctor Jordano?
─ ¿Ha pedido cita con el Catedrático?
─No, soy un compañero de facultad, dígale que Luis Monforte quiere saludarlo, más bien dígale, que necesito informarle de algo que es de sumo interés para él.
─El asunto es…
─Que le repita lo que le he dicho.
─No sé si podrá.
─Si no puede, pues me marcharé, y que el asunto al que he venido salga sin el conocimiento de uno de sus protagonistas.
Luis sonríe, se da la vuelta, y se sienta en uno de los sillones.
Saca la Tablet, y comienza a leer una revista inglesa de cirugía.
Un artículo que tenía ganas de leer, y no encontraba tiempo.
Ahora lo tiene.
Seguro.
Media hora.
Sabe que tiene que cocerse.
El que se cree más poderoso, hace sufrir, rebaja al que cree más débil.
Es la ley de la selva.
Que en los médicos es de la más salvaje que se pueda pensar.
Pues se supone que son personas con grandes empatías.
Y más bien, son personas con miles de antipatías.
─Señor Monforte, ─es la chica de recepción, me dice Don Raúl que puede pasar.
Nueva sonrisa.
Apaga despacio la Tablet.
Coge el maletín y entra en el despacho.
Un Raúl más viejo, mucho más.
Envejece rápido.
Por supuesto, con su bata blanca…
Vaya a ser que lo confundan con alguien normal.
Engominado, gafas de diseño, y una sonrisa más que destacable.
Casi de desencajarse la mandíbula.
─El bueno de Monforte, ¿qué te trae por aquí?
─ ¿No me esperabas?
Le ofrece la silla frente a su gran mesa de despacho.
─No sé qué quieres decir.
─Torralbo.
─ ¿Torralbo?, ─hace como que piensa.
─La conoces, piensa un poco más.
─ ¿La de mi clase?
Luis asiente.
─ ¿Que sucede con ella?, ─nueva sonrisa.
─ ¿Todas matrículas y le dejas la asignatura?, es extraño, ¿no te parece?
─Que revise el examen conmigo, ningún inconveniente.
─En todo caso sería mejor la junta, ¿no es cierto?, Raulito, ─la cara le cambia.
─No estabas parado, pues quédate quieto.
─No, lo estaba, dejé ese hospital, ahora soy el jefe de cirugía del nuevo, del monstruo de aquí al lado.
─Qué suerte, me alegro.
─ ¿Que va a pasar con Torralbo?
─Pues, ─sonrisa amplia─, que tercero se le va a hacer complicado.
─No creo, ─Luis abre el maletín, saca una Tablet, la toca, comienza a oírse voces.
─ Pero, ¿qué haces?
“─Lo siento, Monforte, lo siento.
─Has perforado la vena, ¿te lo quieres cargar?, que te pasa, ¿te debe dinero?
─No, perdona, arréglalo.
─Te denuncio, que estás borracho, o te has metido algo, voy a pedir que te hagan pruebas…”
Luis corta la comunicación, la cara de Jordano ha cambiado, la prepotencia ha desaparecido, ahora solo la cara de póker que denota más de lo que quiere ocultar.
─Tú me dices, Raulito.
─ ¿Cómo es que tienes eso?
─Eso y todas las operaciones que hiciste conmigo, no he traído las mejores, en una de ellas lloras.
─No, ─sonríe─, es mentira.
─No, uno de los compañeros grabó, cuando de rodillas me pedías que no te denunciara, cosa que no hice y me lo pagas atacando a personas que estimo.
─ ¿A tu querida?
─Lo que tu pienses con tu cabeza de cerdo, no me importa, ¿qué va a suceder?
─Nada, aprobada.
─Con buena nota, la mejor.
Jordano asiente.
─Dedícate a escribir libritos, sé que estás muy orgulloso de eso, porque de médico solo para enseñar, que ni para eso, que es lo que me han dicho los que han estado en tu cátedra. Que pena de comida la que se gasta en que estés vivo, ─mueve la cabeza─, esta semana…, la siguiente, la Junta del Colegio de Médicos…, cuanto antes se saca la basura, mejor.
Luis se levanta.
Sale de la habitación.
Sonríe a la secretaria y se marcha.
Sabe que se la jugará si puede.
De todas maneras, lo hubiera hecho.
Tan solo que ahora sabe, que, si hace algo que no le guste.
El infierno caerá sobre su pobre cabeza.
Ahora respira con más facilidad.
Si, es bueno poner las cosas en su sitio.
84 ALFA Y BETA
Guiomar se sienta en la silla que le ofrece Alberto Serrano, del Juzgado de Familia.
Una institución en la ciudad.
Cualquiera que lo conozca tiene conocimiento de que es corrupto como las putas de la ribera.
─Usted me dirá, Jueza, es un placer tener en la ciudad a alguien con tanto peso específico.
─Supongo que sí.
─ ¿Y qué le trae a este modesto juzgado?, aquí no hay casos penales, solo, ya sabe, problemas familiares, desagradables, pero raramente regados en sangre.
El viejo Juez sonríe, se cree que es algo así como un galán maduro.
Realmente es un viejo verde del que huyen las mujeres instintivamente.
Incluso las niñas…
Por si acaso.
─Era para comentar un asunto relativo a una pieza que me trae uno de los fiscales, en el cual, creo que puede aportar información para que el caso, sea lo mejor juzgado.
─Podría haber mandado a cualquiera de su juzgado, encantado de que venga a vernos, pero ya sabe, usted tiene el tiempo justo, vale demasiado, ─nueva sonrisa─, ¿y de que se trata en concreto?
─De una patria potestad.
─De esos miles, ─sonrisa más amplia─, es casi que lo más.
─Es de hace unos seis o siete años.
─Con ese arco tan amplio será difícil que lo encuentre, quiero decir, que mi gente lo encuentre, ─quiere resaltar que él también tiene mando.
─No.
Sonrisa.
La primera de Guiomar.
─Seguro que lo recuerda.
─ ¿Y por qué sería?
─Por la misma razón que yo he venido aquí.
Guimar esboza una sonrisa. Solo eso.
-Me interesa personalmente, y mucho, no como para recusarme, pero si para tener un interés más que notable en que la justicia se restablezca.
─Bien, perfecto, ¿podría decirme el nombre del menor, o de los solicitantes?
─Por supuesto, Nieves Monforte Robledo.
La cara le cambia al juez.
Sabe quién es.
Claro que lo sabe.
Lo que no se imagina es porque la puta de la jueza viene a tocarle los innombrables.
Cuando él tiene peso específico en la ciudad.
─ ¿Monforte…?, no me suena.
─Sí, la nieta de su amigo Alfredo Robledo.
─ ¿Qué quiere decir con amigo?
─Que hicieron la carrera juntos, que su esposa es prima de la suya, que van de vacaciones juntos, mil motivos para excusarse, pero no, usted juzga, ¿sabe cómo se llama lo que ha hecho?
EL juez va a contestar, pero Guiomar no lo deja.
─Prevaricación, dictar una sentencia a sabiendas de que es injusta, por si lo ha olvidado, este es un claro ejemplo del nombre que he sacado, prevaricación.
─Es muy grave lo que dice.
─Más grave, es separar a un hijo de sus padres.
─No, ─sonríe─, el padre estaba destruido.
─Sí, pero los abuelos paternos, no, también reclamaron la custodia, ni aparecen en la sentencia. Por supuesto, de derechos de visita, nada, incluso los abuelos paternos que no la ven desde entonces, así como su padre, que ahora es un reputado cirujano, y se le deniega de continuo el derecho a verla, incluso con orden de alejamiento.
La cara del juez cambia.
─ ¿Cómo podemos arreglar esto?
─Una investigación, y que caigan las cabezas de los que han cometido delitos.
─Es decir, quiere que me manden fuera de la judicatura.
─Realmente se lo merece, aunque muchos hay, pero eso no es excusa. El caso, ahora le pregunto yo, ¿qué puede hacer para revertir, en lo que se pueda, la injusticia que provocó su sentencia?
El juez piensa.
─ ¿Que quiere?
─No me importa como lo consiga, pero quiero que la patria potestad, retorne al que tendría que tenerla, a Monforte. Eso apaciguaría los vientos que rondan este juzgado, después, tendríamos que hablar de más cosas.
─ ¿Qué cosas?
─Primero, lo primero, después lo siguiente.
─No sabe quién es el abuelo.
─Si lo sé, alguien que poco a poco se ha ido comiendo medio colegio de abogados, que se ha hecho rico con la defensa de lo peorcito de la ciudad, y de lo más depravado, eso le da poder, mucho, pero ante una ley inexorable, la que viene de Madrid.
Guiomar mueve la cabeza.
─ Mal asunto, una larga batalla legal, puede acabar con alguien en la cárcel.
─ ¿Me está amenazando?
─No, le estoy asegurando lo que sucederá, tiene tres días.
─ ¿Para qué?
─Para devolverle la patria potestad.
─Es imposible…
─Medidas cautelares, mejor defensa, invéntese lo que quiera, pero le doy eso, setenta y dos horas, después…
Guiomar sonríe sádicamente.
─Me dedicaré a lo que más me gusta, impartir justicia, pero de la de verdad, de la que habla de la vida y libertad de las personas, y no le robo más tiempo.
Sonrisa extraña.
─ Señoría, que tenga buen día.
Guiomar se marcha.
Mientras el juez se queda pensando en lo estúpido que fue ayudando al puerco de Alfredo.
Que con nada que consiguió lo que quería, lo borró de la lista de amigos, de beneficiados.
Apenas unos días en la playa.
No, no se merece nada.
Menos, que él vaya a la cárcel.
Sonríe.
No, piensa, no, eso no puede suceder nunca…
Es un juez.
85 ENCUENTROS
Luis camina hacia casa.
Ha estado haciendo de todo.
El papeleo que era mucho.
Primero en el nuevo hospital.
Después en hacienda.
Más tarde con sus abogados.
La entrega de los contratos.
La recomendación de ellos…
Mil cosas.
Trae la cabeza como un bombo.
Pero sabe que cuanto más alto vuelas.
Más te va disparar hacienda, que no conoce de nada que no sea llevarse lo que pueda, como buena carroñera que es, y sonríe.
El taxi lo deja dos calles antes de la suya.
Quiere unos falafeles[2], que han abierto una tienda.
Algunos de ellos le encantan, lo mismo que hay otros que no puede ni oler, pero así es la vida, para gustos…
Colores.
Es una buena tarde.
El frio se ha ido.
La primavera comienza a hacer de las suyas.
Aún no han cambiado la hora, y es de noche.
Apenas si ha corrido el día y llega la noche.
Piensa en las ganas que tiene de que sean las ocho de la tarde y continúe el día.
Que allí, en su tierra, la tierra de los milagros…
Es posible.
Garri ve a Luis.
Y también ve a los que llevan parados muchas horas.
Mirando como los halcones hacia el lugar por donde llega la paloma.
Se lo dijo el Chino, que no es nadie.
Pero que está como el mono.
Sonríe, son su extraña forma de hacerlo.
Por la cuenta que le trae.
Que si se le escapa una lo capa.
Y eso no es algo que entre en una conversación.
Sino una dolorosa realidad para el que falla en sus encargos.
El siguiente fallo…
Es el regalo de una bonita capa de tierra en algún lugar escondido.
Sonríe de nuevo, pensado a donde ha llegado.
Y la idea le surge.
Ha llegado al agujero más profundo del pozo más hondo que se pueda imaginar un ser humano,
Y sonríe otra vez más.
Eso hace que le resalte la chirla que le hace el labio extraño.
Recuerdo de lugares en los que estar encerrado, no es lo peor que te puede pasar.
Luis se acerca a su casa.
Va a entrar, cuando alguien se le coloca de frente.
Es alto, delgado y con gafas de sol en una noche que no tiene ni luna.
El caso es que lo ha asustado.
─Don Alfredo que quiere hablar con usted.
Luis se para.
Lo mira de nuevo, e intenta seguir su camino.
Pero el hombre lo coge del brazo, con fuerza.
Con demasiada para la pinta que tiene.
Es una zarpa.
El tipo sonríe.
─ ¿Nos acompaña por las buenas o por las malas?
Luis va a decir algo.
─Bien, bien, bien.
Se oye decir desde la cercana línea de setos.
─ Así que aquí tenemos a los nuevos amos del barrio. Penco, ¿tú te habías enterado?
─No.
Es otra voz, chulesca, más que la anterior.
─ Es que nos tienen abandonados.
Luis ve como se acerca un tipo grande, de rasgos agitanados.
Que lleva a un personaje con una pistola en la nuca.
Detrás otro, que sujetan dos hombres, tiene la cara morada.
─Bicho, ¿qué hacemos con los dos pajaritos que hemos cazado?
Comenta el que amenaza la nuca.
─Nada, nada, solo vamos a tener una conversación, de esas cortitas, que terminan algunas veces como un tiro, con rapidez, y sonidos.
Sonríe, se le notan dos mellas.
A Luis le da más miedo que el que lo ha parado.
Se acerca al que lo tenía sujeto por el brazo.
─Así que tú te quieres llevar a Don Luis, a saber, ¿con qué historia?
El tipo no contesta.
Solo mira con chulería al que lo amenaza.
El golpe con la culata de una pistola que no se veía es terrible.
El individuo sale disparado unos metros.
Se queda en el suelo.
Parece que le ha roto la mandíbula.
La mirada ya ha desaparecido.
─Mira, soy el Bicho, ─sonríe─, me llaman así porque lo arreglo todo dialogando con el que me enfrento, pero de cuerpo presente, no me gusta que me lleven la contraria, si vuelvo a ver por aquí a alguien que amenace a don Luis, ─sonríe con maldad─, ni vuestros muertos os encuentran, ¿queda claro?
El de la mandíbula rota asiente.
Por la comisura de la boca, sale cada vez más sangre.
Se levanta.
Cuando pasa por Luis se oye.
─Si Alfredo quiere algo de mí, que venga él, yo no voy a ningún lado.
Ni interrumpe su movimiento.
En apenas unos segundos han desaparecido.
El que se ha llamado Bicho, se acerca.
─Don Luis, ¿cómo está?
─Bien, pero, ¿por qué…?
El tipo se encoge de hombros.
─Son cosas que se hacen, algún día, quizás, supongo que sabrá por qué. Hoy solo que se ha escapado, así que ponga cuidado, que esos vuelven, son de los caros, y son como las bujías, se queman y se ponen nuevas, porque hay dinero para cambiarlas.
Luis asiente.
Sabe de las formas de su suegro.
─Puedo pagaros…
─No, Don Luis, cuídese, le echaremos un ojo, pero dios cuida al que se cuida, ─sonríe, inclina la cabeza─, espero que no tengamos que intervenir de nuevo, o que podamos hacerlo a tiempo, solo una cosa más.
─Dígame.
─Que uno crea que no tiene enemigos, no lo hace cierto.
Luis sonríe mientras asiente.
Ve como se alejan.
Hablando de algo que es intrascendente.
Como si solo se hubieran tomado unas cervezas.
Ambrosio mira desde la esquina opuesta.
Si, alguien no quiere bien al médico.
Pero alguien, a su vez, quiere que nada le suceda.
Interesante, es lo que piensa.
Cuando se lo comunique a Guiomar, a la niña, ¿qué pensará?
Se lo imagina.
Pero lo que sabe, es que el médico no tiene ni puta idea de todo lo que se mueve a su alrededor.
Se encoge de hombros.
No le gustaría estar en el pellejo del eminente cirujano, ni por todo el oro del mundo.
Los que lo buscan, más bien uno que lo busca, es malo con una enfermedad terminal.
86 REUNIÓN
─ ¿Que me traes, que tan rápido ha tenido que ser?, ─pregunta Alfredo Robledo.
─ Supongo que recuerdas la patria potestad de tu nieta, ─le indica el Juez Serrano.
─Claro, es asunto particular, no del despacho, ¿algún problema?
Serrano asiente con la cabeza.
─Pues explícalo, coño, que hay que sacarte las palabras con unas pinzas.
Serrano sonríe a pesar de que también le atañe.
Más que al puerco de Robledo.
Por ello, le gusta verlo retorcerse un poco.
Le gustaría que se retorciese más, como él ha tenido que hacerlo.
A pesar de todo, es un buen comienzo.
─ ¿Conoces a la nueva Juez?
El viejo Robledo sonríe.
A su lado, al que llaman Junior, se relame.
─Yo sí, padre, está de buena que se rompe.
─Yo también lo sé, Junior, ─le replica el padre─, y he oído que más que estar buena es una hija de la gran puta, ─mira a Serrano─, ¿qué coño tiene que ver la puerca esa con nosotros?
─Ni idea, ─contesta el juez─, pero que levanta el caso, que me incoa un expediente, que me puede mandar al paro, con los papeles negros, y a ti, supón que, si a mí me pasa algo, tu vienes conmigo, de la manita.
─ ¿Me amenazas, Antonio?
─No Alfredo, te cuento, no he tomado ninguna determinación, pero me quedan dos días para tomarla, si no lo hago, ella me denuncia en cinco minutos, ya sabes la fuerza que tiene un juez de lo penal, y más ella, que tiene ese pedigrí.
Alfredo Robledo echa la cabeza atrás.
Piensa en como el mierda de su yerno ha levantado cabeza.
Y como ahora tiene gente que le ayuda…
Maldice a todo.
Pero no le quitarán a la niña.
No, no es porque la quiera…
Es porque es su nieta.
Él no ama, posee, y Nieves es suya.
Sonríe.
Lo destruirá, lentamente o con rapidez…
Depende de lo que le apetezca en ese momento.
─ ¿De qué te ríes?, padre.
─De que tu cuñado es un imbécil, que tiene gente que le ayude, y que maldita sea la idea que hizo que se levantara después de haber caído tan bajo.
Nadie habla.
─ ¿Qué hacemos?, ─pregunta el juez de nuevo.
─Tranquilo, Antonio, de esto me encargo yo, no llegará la sangre al rio, apuesta por ello.
─Supongo que será así, si no lo es…
─ ¿Me vas a joder?
─Sabes que no, así como creo que sabes que no pienso permitir que me echen de la judicatura, algo puedo inventar, siempre se puede inventar algo cuando tienes poder, y yo tengo, menos que tú, pero…
─No me jodas, Antonio, no me jodas.
El juez los mira y piensa en que le pasó por la cabeza, como para querer ayudar al mongólico que tiene enfrente.
Alfredo Robledo ve como se levanta el juez.
Que es ignorante de que tiene un dosier que puede enterrarlo, pero en la cárcel.
Es corrupto hasta la médula.
Además de aprovechar de su cargo para violar a las madres, a las niñas.
Sonríe de nuevo.
No se entera de con quien está.
No solo puede ir a la cárcel.
Esas niñas tienen padres, esas mujeres maridos…,
Vuelve a sonreír.
Si, no llegará la sangre al rio…
Por lo menos la suya, no.
87 OSCURIDAD
Luis se mete en la cama.
Apenas si ha comido, un sándwich de los de poca enjundia, de menos preparación.
Un vaso de leche…
Y por supuesto, un tranquilizante.
Su suegro es un animal.
Lo sabía.
Pero, ¿hasta el punto de mandarle matones a su casa?
Eso no lo esperaba, es más…
¿De qué quiere hablarle?
¿Ejecutarlo?, quizás.
Más no le puede quitar.
Se llevó lo que más quería, ahora…
Ya le da igual.
Pero lo que lo tiene intranquilo ha sido la aparición de los que lo han salvado.
¿Quiénes son?
Y más importante.
¿Qué buscan?
Respira con dificultad.
Le está entrando un ataque de ansiedad.
Vuelve a la cocina.
Una bolsa de papel.
Respira a través de ella.
Tiene que esperar a que el tranquilizante haga efecto.
Pero, mientras tanto…
De vuelta a la cama.
El tinitus que lo vuelve loco.
Es lo que le faltaba.
Será por el stress, más bien por el miedo.
Él no es de las fuerzas especiales.
Su hermano tampoco, y era una bestia.
Cualquiera de los que le han parado, le podían haber conseguido un traje de madera sin despeinarse.
Vuelve la ansiedad, el miedo…
El tinitus que sube su volumen.
Como si quisiera ser parte de lo que parece un todo, y no sabe si lo es.
Mira al techo, que ahora si es blanco.
Refleja la poca luz que entra entre las rendijas de la persiana.
Se sienta en la cama, un cigarro, es el número…
Muchos, no puede dejarlo, pero, además, no es el momento.
Y recuerda la película “Aterriza como puedas” …
No es un buen momento…
Sonríe.
Una tontería de película.
Pero algunas frases se quedaron en el anecdotario popular…
Una calada que parece que va a obligarlo a que se cambie de calzoncillos.
Seguro que le ha llegado…
Sigue con el razonamiento.
Más bien con los miles que le rondan la cabeza y que no sabe dónde colocar para que tengan sentido
¿Por qué ahora?
Se encoge de hombros.
No ha cambiado nada.
Después de reclamar la custodia durante cuatro años, lo dejó.
Más que nada por la niña, a fin de cuentas…
Y se percata de que se ha portado como un cobarde.
Y sí, lo es.
Nueva calada de las culeras.
Las venas del cigarro se muestran en todo su esplendor.
Enciende uno nuevo con el que está medio consumido.
El sonido del tinitus, que hijo de puta, es suyo.
Pero podía darle algún día de descanso, que no es caso.
Ya no se va con nada, se acostumbrará, ahora mismo no.
Tiene esa esperanza, lo único bueno, es que cuando opera, desaparece…
O él no le presta atención, imbuido en la responsabilidad de lo que hace.
Abre la persiana.
Una figura que cruza el parque, solo una, y le echa cojones.
No es que roben mucho por allí.
Pero es que no hay nadie.
Es como ir con una salchicha en el cuello en una perrera con los peores perros sueltos.
Música, piensa, música.
De nuevo a la carpeta de música, como si le fuera a servir de algo.
Sabe que, de poco, pero menos da una piedra.
Schubert, la sinfonía inacabada.
Pega con el momento.
Mañana no tiene que operar, solo conocer a los que formarán su equipo.
Acción que hará con ojeras, seguro.
Saldrá con la cara de un oso panda gigante.
La idea le saca una sonrisa.
Apaga el cigarro.
La sinfonía comienza.
Se echa hacia atrás.
Sin darse cuenta, se queda dormido.
88 LUCIANO
Llama al timbre.
No le tiene miedo a nada, a nadie…
Bueno, si, a la persona que estará detrás de la puerta, que es la única que le da miedo.
Ha peleado con lo peor de la calle, de la cárcel, y peleará en el infierno.
Donde no le cabe duda de que lo hará, hasta que no pueda más.
Sonríe con la sonrisa que hiela la sangre de los que la ven, y que es producto de una pelea a navaja cuando apenas levantaba un metro del suelo.
Suspira, lo que tiene que hacerse, hay que hacerlo.
Y no echarle tiempo en pensar que podía haber sido de otra forma.
Si has tenido huevos para hacerlo, te comes lo que has hecho.
Llama.
Segundos de silencio, de miedo, ¿por qué no?
Pasos que se acercan.
Se retira de la mirilla, por si acaso.
Quizás viéndolo no abran.
No quiere, se pega más a la pared, es grande, debe de hacerlo.
La puerta se abre.
Menuda, con un moño de siempre, vestida de negro, para no variar, y eso que su padre murió antes de los calendarios.
Pero la Toñi es así, Antonia, su madre.
Una cara de sorpresa, una mano en la boca, se recompone, sabe de dónde viene la sangre fría que tiene.
De la mujer que tiene enfrente.
Serena, lo mira, más que ello, lo estudia.
Unos segundos que parecen años, al final la palabra, de vida o de muerte, pero más al sur.
─Pasa, ¿o te vas a quedar a vivir en el descansillo?
Sonrisa que no sale.
Ganas de abrazar que se contienen.
Vuelta a cuando no tenía pelos abajo.
No sonríe.
Pero entra en una casa que no esperaba volver a ver.
Se sienta en el viejo sofá de sky, el mismo sobre el que se echaba para ver las películas en la tele que tenía una esquina rota.
Que solo daba colores por esa parte.
Sin forma, caprichosos, y sigue allí.
Agacha la cabeza.
Nota como lo cogen de la mano.
─ ¿Sabes que sigo siendo tu madre, hagas lo que hagas?
Luciano asiente con la cabeza.
Despacio, ampulosamente.
No solo lo sabe, sino que era lo que esperaba, aunque la duda, se comió imperios.
─ ¿Cómo es que estás aquí, te quedaban…?
─Años, madre, pero, buena conducta, beneficios penitenciarios, mil cosas, hasta en la cárcel hay que buscarse la vida, tener amigos, de los que pueden hacer cosas por ti, pero de las de verdad, que de boca andan todos que dan miedo.
Levanta la cabeza.
Sonríe con la cara de perro, como le decía su madre.
─No has cambiado, solo estás más viejo, más grande, más fuerte.
─Pocas cosas se pueden hacer cuando estás en la trena, me he machacado el cuerpo, siempre es bueno, sobre todo para animales como yo.
─ ¿Que vas a hacer?
Se encoge de hombros.
─ ¿De qué vas a comer?, aquí siempre tienes el plato, poco más, pero los vecinos…
─No te preocupes, madre, tengo dinero, tengo donde vivir, eso no es problema.
─ ¿Cuál es el problema?
Luciano agacha la cabeza, no la levanta.
─Lo sabes bien, madre, ¿me perdonas?
─Mírame, ─le levanta la cabeza.
Luciano la mira.
Sabe la mala leche contenida de su madre.
Es la misma que le devora el alma.
Con él puede, con su madre no…
Hubiera querido, pero no…
─ ¿Tienes los santos cojones de venir a mí, a pedirme perdón?, a mí no me has hecho nada, ve al que se lo hiciste y pídele el perdón que no mereces, además, con lo animal que eres, ¿qué te importa que alguien te perdone o no, siempre has hecho lo que te ha dado la gana, has venido cambiado?
─No, madre, no, sé que, si él no me perdona, tu no me perdonas, yo no me perdono, y sería…
─Peor de lo que eres, ─la mujer mueve la cabeza─, no, no serías peor, serías tú, siempre serías tú, tan solo que, haciendo más mal, tú siempre puedes hacer más mal, lo sé, te he parido.
Silencio.
Luciano mira a la madre.
─ ¿Que hago madre, ponerme delante suya y pedirle perdón?
─Eso es lo fácil, que te hostie, que te pegue un tiro, que llore…, más dolor, ¿eso es perdón?
Mueve la cabeza negando.
─No, eso es tranquilidad para ti, no.
Mueve de nuevo la cabeza.
─ Gánatelo.
─ ¿Como, madre?
─Protégelo desde las sombras, que nada le roce, evítale que los demás le hagan daño, si lo haces bien, tu alma, si aún la tienes, sabrá que te han perdonado, sino…
Luciano la mira.
La madre se levanta.
─ ¿No le vas a dar un abrazo a tu puta madre?
Luciano sonríe.
Esa si es la Toñi que conoce.
Que todo el barrio teme.
Barriobajera, con una lengua viperina, que se remanga al cuarto de vuelta.
Si, esa es su madre.
Creía que se había perdido.
Que el mismo la había destruido.
Pero no, es como las viejas pistolas.
Cuidado con ella, que oxidada y todo, dispara…
Y a mala leche.
89 GALANTE
Luis lo ve, es algo extraño.
¿Qué hace Galante en el bar de un barrio empobrecido?
Es la pregunta del millón que se hace cualquiera.
No le falta de nada.
Seguro que la ropa, toda es de ese año, cara como una hipoteca, sin que haya la más mínima mácula en toda ella.
Se sienta, sonrisa de Galante.
─ ¿Qué haces por estos lares?
─Intentar hablar contigo, ¿miras el móvil?
─ ¿Francamente?
Galante afirma con la cabeza.
Luis niega con la suya.
Ambos sonríen.
─ ¿Qué quieres que te ha hecho venir aquí, con el asco que te damos los pobres?
─ Saber.
─ ¿Qué quieres saber?
─Donde me estoy metiendo.
Luis lo mira, suspira, no era obligatorio.
─Galante, lo has escogido tú.
─Sí, siguiéndote a ti.
─No lo dudo, pero no me puedes hacer responsable, haberte quedado en el antiguo hospital, eras bien considerado.
─Aquello era, ahora más, una casa de putas…, y cabrones.
Luis sonríe.
Es raro que Galante utilice ese lenguaje.
─ ¿Así estás de quemado?
─Sí, estoy fuera de uno, y en el que voy…
─ ¿Que sucede?
─El contrato, lo firmé, ¿Qué está pasando?
Luis coge el móvil, habla con una persona, pero bajito
Galante no se entera de nada.
Un sonido en el móvil de Galante, que lo mira.
─Es la confirmación de mi incorporación al nuevo hospital, ¿Que ha sucedido?
─Nada, cosas mías, quería que optaras por un puesto de más responsabilidad, pero para tu tranquilidad, ahí tienes la confirmación con todo lo que te ofrecieron, me he cuidado de ello, ¿estás más tranquilo?
─Sí, ya sabes que soy un poco histérico.
─Sí, un poco, seguro, eres una vieja en una orgía.
Galante sonríe.
Las comparaciones de Luis siempre le sorprenden.
A pesar de que la mayoría no las entiende.
─Así que este es tu barrio.
─Años después de miles de operaciones te dignas venir, sí, es mi barrio.
─Un poco cutre.
─ ¿Solo un poco?
─No, la verdad, muy cutre.
─Pero se vive bien, no es necesario todo lo que puedes tener, solo lo que necesites.
─Que profundo, ¿qué es, que te quita el sueldo hacienda?
Luis sonríe de nuevo.
─No, tú que vas a lo último, no lo entenderías, con la ropa que llevas, come una familia un año, no lo entenderías.
Niega con la cabeza.
– Somos esferas independientes, no se ve, no existe, solo eso, yo me crie aquí, los conozco, este barrio y otros incluso más cochambrosos. Aún no se me ha quitado el olor a comida grasienta, a bar de los de serrín, de los de jamones colgando. Si, Galante, sigo siendo el hijo de un mecánico, ¿tu padre es Registrador de la Propiedad?
─Sí, lo sabes.
─Por eso nunca lo entenderás, no sabes lo que es no llegar a final de mes, que el banco no te de lo que necesitas para continuar comiendo, que tengas que pedir prestado a los tiburones, que te saquen las tripas por veinte euros, que… mil cosas, que son el diario de estos lugares, no tanto, sé que exagero, pero solo en el tiempo, al final suelen suceder, tan solo que no de seguido.
─ ¿Por qué no te mudas?, sé lo que ganas.
─No.
Luis se encoge de hombros.
─Aquí estoy bien, la gente es amable, me saludan, casi todos, el piso es cómodo, no sé porque tengo que mudarme.
─Tus pacientes no saben que vives como un dependiente de cualquier almacén, si lo supieran…
─Pues que no aparezcan, me da igual, menos problemas, yo no he llamado a nadie.
─Que chulo eres.
─Supongo que sí, ─suspira─, estoy cansado, he estado a punto de colgar los guantes.
─ ¿La decepción del equipo?
─Una de las muchas razones.
─Sí, son unos perros.
─No, Galante, el miedo es libre, yo no tengo ataduras, si me quedo sin trabajo, en este barrio solo me dirán, “otro más al club”, no tengo que pagar una pasta por el coche, por la hipoteca, por los colegios ingleses, por mil cosas que no necesito, ellos no, tienen su vida, necesitan seguir alimentándola, no los culpo, pero la decepción, sí, aun sabiendo lo que te he dicho, no por sabido, es consentido, como se decía antiguamente.
Galante lo mira.
─ ¿No me vas a invitar a nada?
─Aquí lo que se come es duro como una piedra, con sus triglicéridos, sus grasas malas, arterioesclerosis de la buena, ¿qué me dices?
─Estoy de comer adecuadamente hasta más para allá, así que pide, si hay que morir, que se muere uno.
─Pues nada, a reventar.
Luis levanta la mano.
─Paco, dos churrascos con mucha salsa y unas patatas a la brava con mala leche.
El llamado asiente con la cabeza.
Solo sirve para eso, y para jugarse el dinero que gana su mujer.
Pero si lo llevan bien…,
Más sabe el loco en su casa, que el cuerdo en la ajena.
Mira a Galante, y piensa que si se ha equivocado…,
Sonríe, no pasa nada, nunca pasa nada.
90 DÍA DE LOCOS
Levanta las piernas y las coloca sobre la mesa.
Está destruido.
Mira a su alrededor.
Le dieron un despacho magnífico, y los huecos que le dejaron, están como se los dieron.
Como si fuera la boca de un viejo desdentado.
Suspira.
El proceso de selección de su equipo, no solo es laborioso, sino complicado.
Mariana recibe mil llamadas, preguntando por él, intentando que la selección se mueva de uno a otro.
El resto de los equipos…
Más o menos.
Los jefes parecen buenos, los equipos reflejarán la calidad de los mismos, pero el suyo…
Respira fuerte de nuevo.
Llaman a la puerta, Mariana se ha ido, la criatura tiene derecho, que el día es largo, el de ella más.
Que él sea un agonía, sí, pero ella tiene hijos que cuidar, aparte de el mismo.
Y que le están dando por todos lados.
Con la intención de caerle bien…
Lo que sea, pero que la tienen agobiada.
Un cansado…
─Pase.
Ni se molesta en bajar los pies.
Una sonriente cara que asoma por la puerta.
─Una pobre estudiante de medicina que viene a ver al nuevo Director Quirúrgico.
─No me muevo, preciosa, estoy roto, ¿qué haces por aquí?
─Que me pilla cerca, vi las luces encendidas…
Nueva sonrisa.
─ Es mentira, me moría por ver el despacho de un médico de los de verdad.
─Pues mira.
Luis señala los estantes vacíos.
─ ¿Ni los has tocado?
Luis niega con la cabeza.
─Ni loco, me voy a morir, que palizas.
─ ¿Me puedo sentar?
Luis asiente.
─Como si te quieres echar en el sofá, ─lo señala─, yo, es que no me llega la fuerza.
Paloma se sienta.
Es lo único bello que ha visto en todo el día.
La chica lo mira.
─ ¿Tan fuerte es?
─Como un camión cargado de plomo.
─ ¿Los equipos?
Luis asiente de nuevo.
─Los de los demás, malo, el mío, imposible.
─ ¿No tienes candidatos?
─De sobra, todo el mundo quiere.
─Es que eres muy bueno.
─Y la pasta que se cobra, ¿tienes idea, bonita?
Paloma niega con la cabeza.
─Me gustaría decírtelo, más que nada, porque te comerías los libros.
─ ¿Tanto?
Luis vuelve a asentir.
─No tengo ganas de terminar el MIR.
─No te queda, guapa, sudar tinta como los calamares.
─Lo sé, no me importa, pero eso de que me mantengas…
─No me importa, te lo he explicado, gano algo más, no, mucho más del salario mínimo.
─Sí, con este despacho, el de tu ayudante ya es, pero este, ─lo mira─, madre mía, pueden correr caballos, y al lado el despacho de reuniones, ¿puedo verlo?
Luis lo señala con la mano en plano.
Dos minutos después vuelve.
─Ni pasta que tiene que costar la mesa, ¿cuántos?
─Doce jefes de equipo, algún directivo, alguno de los jefes, y si sobra sitio, yo mismo.
─Joder, lo que me gustaría estar ahí algún día.
─Eres joven, no sabes lo que quieres, para ocuparlo tienes que hacer demasiadas cosas.
Paloma lo mira.
─Es que eres un monstruo.
─Sí, de feo.
─No, eres guapo, más que eso, atractivo.
─Sí, el Don Juan de los quirófanos.
Paloma sonríe.
Luis se da cuenta de que es más bonita que guapa.
Mal asunto, se le cambia la cara.
─ ¿Qué te pasa, Luis?
─Nada, hija mía, un bajón de glucosa, supongo, la vejez.
─Te invito a una tapa.
─ ¿Una tapa?
─ ¿Sabes qué día es hoy?
Luis niega con la cabeza.
─Último día del mes, más tiesa que una regla de titanio.
Luis baja las piernas.
─Para variar, pago yo.
─Menos mal.
Paloma menea la cabeza.
─ Que tengo un hambre.
─Como para mantenerte.
─Es lo que haces, pero aún no te has dado cuenta.
Luis se para, la chica se da la vuelta.
─ ¿Estoy buena?
─Qué poca vergüenza, que puedo ser tu padre.
─Pero, gracias a dios, no lo eres.
91 ASALTO
Paloma camina camino a casa.
Está reventada, ha sido un día duro.
Además, lleva la bata para tirarla.
La remendada, la de las prácticas.
La que la mayoría de sus compañeros llevan bien visible.
Para que se sepa que son estudiantes.
Sonríe, pensando en lo imbéciles que son los seres humanos.
Incluida ella.
Que se siente más cuando lo coloca como si fuera un parachoques sobre sus brazos.
Alguien que se le pone delante.
Es una mujer mayor, arreglada, pero sin más.
Cara nervuda, no de mala leche, pero sí de las de tener en cuenta.
No se parece a su madre, pero sabe que es su madre en otro cuerpo.
La universal, la que te riñe como nadie más puede hacer.
Se intenta echar a un lado.
Pero como si fuera una jugadora de rugby, la placa.
Paloma sonríe, sabe que más se consigue con una sonrisa que dando un codazo.
Aunque algunas veces…
─ ¿Que desea?, señora.
Sonrisa aún más amplia, el segundo placaje denota experiencia.
Y sobre todo persistencia.
Nota que no se va a escapar por un movimiento de cintura.
─ ¿Tu eres Paloma?
─Si señora, ─otra sonrisa más, no le cuestan, pero ahora sí.
─Ven conmigo, tenemos que hablar.
─ ¿Y usted quién es?
─Alguien que te interesa conocer, ¿te parece bien en el bar de la chica esa que el marido se juega hasta lo que no tiene?
─Sí, ─asiente Paloma─, en lo de Concha.
─Ese mismo.
La mujer camina como un barco con el timón trabado.
La quilla lo rompe todo.
Ni mira que la siga.
Solo que Paloma sabe que es mejor hacerlo, que encontrarse en el lado malo de la señora que avanza impertérrita.
La silla, la mesa.
Antes de que levante Paloma la mano.
Ya lo ha hecho la señora.
Contundente.
Hasta Paco se rinde ante la superioridad de la señora.
Una cola, fría como si fuera invierno.
Más fría que en la mirada de la señora.
Que la estudia más que la mira.
Silencio, incómodo, de los de esperar que acaben.
Sabiendo que este tiempo es tarde o nunca.
─Así que tú eres la Paloma de la que me han hablado.
─ ¿Bien o mal?
Se atreve a decir en voz tan baja que cree que no la ha oído.
Pero sí, es un podenco con las orejas afiladas.
─No sé, me han contado que eres una meapilas, de las de la iglesia, que fregabas escaleras, que ahora te mantiene un tipo con pasta, no sé qué pensar.
Paloma se yergue.
─Vete a la mierda, que a mí me mantiene el mejor hombre del mundo, que soy católica, entera, vieja, si, entera, de las que no quedan, y sí, soy una meapilas, mejor que una putilla, de esas hay muchas.
Intenta levantarse.
Una mano de hierro lo impide.
La señora mayor sonríe.
Paloma piensa que quizás sea para matarla de una vez por todas.
─Sí, tienes carácter, me gustas.
Paloma se queda a cuadros, ¿de qué va la historia?
─Tu madre es Visi, trabajadora, como tú. Tu pobre padre uno con los cojones prietos, ─nueva sonrisa─, que no está, como mi Ernesto, ─suspira─, que pocos quedan ya de esos, pero no te subas a la parra, rubia, que no he venido a comerte, he venido a conocerte, las futuras suegras somos así.
A Paloma se le suben todos los colores.
De la piel, blanca, casi sonrosada de las mejillas, no queda nada.
Solo un rojo que sube de temperatura a segundos vista.
─ ¿Usted es?
─Sí, hija mía, la madre del torpe de Luis, de tu Luis.
─Señora, que yo…
─Cállate mocosa, que tengo más trienios que el tito Paco.
Paloma agacha la cabeza.
─Sí, se te ve que bebes los vientos por el pánfilo de mi hijo, que aún sigue en los tiempos de luto, por una mujer que fue buena, muy buena, pero que se murió, y no lo entiende, pero es lo que hay, juegas en un campo con todas las de perder, ¿qué piensas?
─Nada, señora…
─Teresa, coño, que se me olvida decir cómo me llamo, al final acabaría siendo la esa, continúa.
─Pues que Luis es demasiado, el mejor médico, un hombre que es para los demás, que ayuda, que salva, que sana, que no hace mal a nadie…
─Sí, eso es una parte, lo es, pero lo que queda es un viudo, apático, olvidado, apocado en lo personal, que llora ausencias, la de su mujer, que murió, su hija que le robaron, y solo revienta por los demás, por pagar una deuda que el mismo cada día hace más grande.
Paloma mira a la mujer, a Teresa.
Sí que sabe de su hijo.
Y eso que conoce que no se ven…
─Pues sí, niña, quieres al gran hombre, al viejo que te saca quince años.
Paloma no levanta la cabeza, pero la mueve de arriba abajo, afirmando.
─Bueno es saberlo, sigo preguntando, pero, ¿quererlo de esos de amor eterno, de que me maten antes que olvidarlo…, de los de las películas esas de que van y se mueren si no están juntos?
Paloma vuelve a asentir sin levantar la cabeza.
─ ¿Que dice tu madre?
─Que perderé mi vida esperando que me mire como mujer.
Teresa sonríe.
─Tu madre es como yo, nos llevaremos como dos gatos con un ratón a compartir, mírame.
Paloma levanta la cabeza.
Tiene dos regueros de humedad en la cara.
Teresa saca el pañuelo, le limpia las lágrimas.
Después moja una punta, y le quita lo que queda, como su madre.
─Con lo guapa que eres, madre mía. Eres espectacular, quiero nietos, no veo a mi nieta Nieves, pero si te ayudo, ¿cómo se llamará tu primera hija?
─Teresa.
Teresa sonríe.
─Es que, ─continúa Paloma─, el nombre de mi madre…
─Sí, bonita, tiene cojones, Visitación, ni pagando.
Paloma sonríe de nuevo.
─Sonríes y se te ilumina la cara, ¿tu fregando escaleras?, no, tú la doctora Paloma, que se le cae la cara de guapa, ahora a la faena, que nos queda el concepto, ¿estás de acuerdo en que te ayude a que te lleves a la cama al penco de mi hijo?
─No, la cama, no.
─Es verdad, que eres una meapilas, sí, que se case contigo, pero cuando se te caliente el bollo, la iglesia, seguro que se va a la mierda, ─Teresa sonríe─, que la vida es muy perra, un gustito, y nueve meses jodida, es decir, te joden del todo, ─suspira─, pero merece la pena, y eso que he criado dos varones, más burros que…, ─sonríe de nuevo─, se me va la pinza, que te cases o lo que sea, más que nada, que lo saques del pozo en el que está metido con una muerta.
─Da miedo cuando lo dice así, Doña Teresa.
─Esa era mi madre, yo soy Teresa, tu suegra, a la que tendrás que limpiar el culo cuando no pueda limpiármelo yo.
Paloma sonríe, le cae bien la mujer, es como Luis, pero salvaje.
─Lo que tú digas…, Teresa.
─Bien, lo primero es el roce, que hace el cariño, ¿cómo andas de vergüenza?
La mira bien.
─ Con los colores que te han salido, seguro que demasiada.
Suspira.
─ Niña, que hay echarle poca vergüenza para que el bicho se agache, ¿estás dispuesta?
Paloma asiente.
Teresa la coge de la cara.
─Anda que, si yo hubiera tenido una cara como esta, me hubiera casado con mi Ernesto…, sí, me hubiera casado, pero le hubiera hecho pasar…, nada, pero que tienes una cara por la que los hombres matan o mueren, ─suspira─, que le vamos a hacer, de Celestina.
─Muchas gracias, Teresa.
─Cuando estés preñada me lo cuentas, ahora a comenzar el camino que te lleva a que des a luz a mis nietos.
Nuevos colores, como una amapola.
─Anda, que no me queda nada que pasar.
Paloma levanta la roja cara y sonríe.
92 EL COCHE NEGRO
Nieves sale del colegio.
Ha sido como todos los días.
Una mierda, con todas las letras, dicho en voz alta, y se despide de las pencas.
Amigas que no lo son.
Pero que a la vez son necesarias si no quiere luchar contra toda la clase.
Así son las congregaciones de personas.
Más bien de puercas que hay en su colegio.
Donde el dinero, el poder, la posición social lo marca todo.
Lo único bueno que han hecho por ella los cerdos de sus abuelos, es darle el estatus de nieta de hijos de puta.
Sonríe.
Sí, eso es ella, el residuo de quemar unos viejos hijos de puta.
Levanta la cabeza después de intentarse colocar la coleta, que al final queda peor de lo que estaba.
Reconoce, que será muchas cosas, pero lo que es coqueta, es que no le sale de dentro.
Le da igual, si algún día alguno de los del pito se le acerca, pasará el quinario si quiere estar con ella.
Se le va la pinza, y ve el coche, lo conoce.
Es el enorme, el de la juez tía buena.
Que al bajar la ventanilla ofrece la pinta de lo que es una tipa guapa como le da la gana.
Se acerca.
─ ¿Otra visita a los monumentos?
─Supongo que sí, Nieves, ¿me acompañas?
─Que educación, como se nota que no eres de aquí.
Da la vuelta, y se mete en el coche.
─ ¿Traes tu ropa?
Nieves asiente.
─Cámbiate.
─ ¿Para qué me vea el rubio el que conduce?
Guiomar sonríe, toca un botón, una pantalla de separación de vidrio oscuro se levanta.
─Ya no nos ve nadie, y yo no soy lesbiana.
─Eso es lo que dices, que lo de ser adolescente está caro con los guarros.
─Anda, que no voy a ver nada que no veo por las mañanas al despertarme.
─Sí, pero apretado como la mano de un albañil.
Guiomar mira a la ventana mientras Nieves se cambia.
Sabe que todo es defensa, es atacar para defender.
Cuando mira de nuevo.
La niña ha cambiado, ahora a pesar de los vaqueros, de la camisa a la última moda, es la misma.
Tan solo que parece de otra forma, la del envoltorio.
─ ¿Y ahora qué?
─Vas a conocer a alguien que conoce a tu padre, que te puede informar…, si quiere.
─ ¿Y si no quiere?
Guiomar se encoge de hombros.
─Joder, que ayuda la de la jueza.
Paran delante de una iglesia pequeña, moderna, de las pocas que hay.
Las normales tienen más años que matusalén.
Nieves mira a Guiomar.
─ ¿Ahora que, me van a bautizar de nuevo?
Guiomar la mira.
─Sí, puedes entrar, dentro un cura, se llama Eusebio, es borde, desagradable, duro, pero un auténtico perro de los de Cristo.
─Joder, vaya elementos los que tengo que conocer.
─Sí, pero por lo menos, vestida de una forma que no denote que eres de un colegio pijo, que parece querer reírse de los pobres.
─Vale, lo he pillado.
Va a coger la mochila.
─No, te esperamos aquí.
─ ¿Y si pegamos la hebra?
─Cenaré aquí, dormiré aquí, ─sonríe Guiomar─, soy funcionaria, a fin de cuentas, no gasto nada que sea mío, ¿lo entiendes?
─Sí, que te mueves menos que una talega de rasillas.
─Que lista eres.
Nieves sale del coche y entra en la pequeña iglesia.
Que cambia el fulgor de la tarde del sur, por una penumbra alimentada por vidrieras y velas de las de pago.
Que la iglesia se une a la realidad en lo malo, que sabe que el dinero es el amo de todo.
Se queda de pie, mirando el púlpito, pobre donde los haya.
Un cristo que sufre, como todos, una triste leyenda, la de siempre, y algunas hornacinas en los laterales.
Nada que no sea, estoy aquí por los que me rodean, no quiero nada, y doy todo lo que tengo.
O eso tenía que ser, que los del centro, los curas, son unos puercos que pillan de todo y no sueltan ni pedos.
Sonríe al pensarlo.
─ ¿Eres nueva?, sé que eres nueva, ¿quién eres?
Nieves se gira.
Un cura moreno, de los de sudaca, como los llaman los compañeros, que ella también.
Pero no le gusta.
La cara fuerte, sólida, los brazos grandes, unas manos del mismo tamaño, XXXLL, de los que han sido, quizás ya no, pero en sus tiempos…
─Solo vengo aquí, ¿hay que dar el pasaporte, esto es otro país?
El cura sonríe.
─Sí, no eres de aquí, aunque lo de borde, me suena a este barrio, la ropa no.
─ ¿Por qué?, son vaqueros, una camisa…
─Con esos vaqueros, con lo que valen, te visto yo media clase de un colegio.
─Tampoco es eso, pero, ¿qué pasa, tengo que comprar de mercadillo?
─Aquí sí, tu si puedes hacer otra cosa, hazla, pero no me vendas la moto, tu cara me suena.
─La tuya, cura, no.
─Supongo, ¿qué quieres?
─ ¿Tu eres Eusebio?
─Sí, el padre Eusebio, ¿qué quieres?, te vuelvo a preguntar.
─Tú conoces a mi padre.
─No lo sé, ¿si me dices quién es?
─Luis.
Eusebio sonríe.
─ ¿Conoces a muchos Luises?, ─pregunta Nieves.
El cura le pide con la mano que le acompañe, cuando llega a una hornacina con un santo la señala.
Nieves mira.
─Sí, San Luis.
─Mírale la cara.
─Coño, es el viejo.
─Esa boca.
─ ¿San Luis?
─Así lo llama alguna gente.
─ ¿Y por qué San Luis?
─Puede hacer lo que quiera, es un genio, pero aquí está, penando por lo que le hizo a una hija que abandonó.
─ ¿Esa soy yo?
─Claro, Nieves.
─ ¿Sabes de mí?
─Me tiene aburrido, que hartón de Nieves, ven, siéntate, no hay nadie, ya no quedan católicos practicantes.
─Supongo, es que aburrís a las moscas.
─Sí, ¿qué quieres saber?
─Tengo solo una pregunta.
─Pues hazla.
─Una amiga, me asegura que puedo volver con mi padre, no sé qué hacer, tú que eres cura, que no conoces a mis abuelos, dime, aconséjame, ¿qué hago?
─ ¿Cómo son tus abuelos?
─Si son más malos, no nacen, se hubieran comido a los bisas.
Eusebio asiente.
─Escoger entre unos abuelos malvados, que se aprovecharon de alguien que el amor llevó al infierno, y que al final salió de él, infierno al que contribuyeron ellos, y una persona, buena, amable, inteligente, dura, pero sabía, no sé cuál escogería.
─ ¿Tú estás enamorado de mi padre?
─No, pero es un buen amigo, al que le saco la pasta con facilidad.
Nieves sonríe.
─Si yo vuelvo con mi padre, será menos pasta, soy especialista.
─Todas las mujeres, pero no me importaría, os merecéis los dos, eres como tu padre, pero con la maldad, con la picardía, mejor dicho, de tu madre.
─ ¿La conociste?
Eusebio asiente.
─Poco tiempo, lo que si conocí, fue la caída en picado de tu padre, de una pareja que daba gusto verla, a alguien que se refugió en el alcohol, al que el dolor casi mata del todo. Triste, tan triste que no le encontrabas explicación, un gran médico convertido en una piltrafa. Ayudé lo que pude, pero todo iba de mal en peor, hasta que un día, un año después, cuando voy a su casa, a llevarle comida, me lo encuentro afeitado, con traje, las manos temblorosas, delgado como una cadáver y tan blanco como uno, que me dice, “ni una gota más, tengo que luchar por mi hija”, era creyente, desde aquel día, supe que dios estaba al lado de todos, y se levantó, pero tu abuelo es malvado, una hiena, casi lo devora, no sé si te quiere, pero como tu padre, no.
─Pero me quedé abandonada…
─Y tu padre muerto, pasó de ser la mitad de la perfección con tu madre, a la unidad de nada, ¿quién puede soportar eso?
Nieves calla.
─Mira que charlas, cura, simplificando, ¿qué hago?
─Tu padre, sin duda, pero si lo vas a apoyar…, si lo vas a joder, ─el cura se persigna─, no vengas, que ya está mucha gente intentándolo.
Nieves lo mira.
─De todas maneras, haré lo que me dé la gana.
─Que ilusa eres, joven Nieves, no harás lo que quieras, harás lo que te dicte el corazón, y así conocerás quién eres realmente, lejos del borroso espejo de tus abuelos.
─Sí que eres listo, ─lo señala─, eres muy listo, a saber, quién eras cuando te vestías de colorines.
Eusebio sonríe.
─Siempre de negro, gallega, siempre.
Nieves sonríe.
Ha visto muchas telenovelas sudamericanas.
Se levanta, y se despide con la mano.
Sale de la iglesia, se monta en el coche.
Nada más hacerlo, Guiomar le pregunta.
─ ¿Cuál es la respuesta?
Nieves suspira.
Mira a ningún sitio.
─Con mi padre, aunque sea saltar de la sartén al fuego, este calienta más.
Guiomar sonríe.
Asiente levemente con la cabeza.
─De acuerdo, Ambrosio, vamos a dejar a la pasajera en su casa.
─Si señora.
Nieves mira como el coche se mueve.
Pero su cabeza está en otro sitio.
En algún lugar que no conoce…
Ni de oídas.
93 SU SEÑORÍA
─Su señoría, el letrado Robledo pide audiencia.
Guiomar sonríe.
─ ¿Está en la lista de peticiones?
─No, su señoría.
─ ¿Sabes que le trae por aquí?
─No, lo siento.
─ ¿Le has preguntado?
─Sí, me ha respondido que es algo personal.
─ ¿Que le has dicho sobre eso?
─Que aquí los asuntos personales no tienen cabida.
Guiomar asiente con la cabeza.
─Bien dicho, ¿qué te ha respondido?
─Que también era acerca de un asunto penal.
Una sonrisa más amplia de Guiomar.
Remedios, su secretaria judicial no se lo cree.
No sonríe nunca.
─ ¿Cómo andamos de tiempo?
─Mal, su señoría, he preparado las sentencias, en los puntos que acordó, pero aún queda…
Guiomar levanta la mano.
─No te preocupes, ¿cuándo tengo que estar en la sala?
Remedios mira el reloj.
Después comprueba con el que tiene la jueza allí, que no falla nunca.
─Una hora, pero tiene que preparar…
─Lo sé, lo sé, terminaré lo que queda, diez minutos antes lo pasas.
─ ¿Alguna excepción?, señoría.
─Que se esté muriendo, en ese caso llamas a los sanitarios, y que no me molesten.
Ahora la que sonríe es Remedios.
Que ha comprendido porque la llaman la bruja del norte.
Que solo hace parada allí para el Supremo.
Guiomar levanta la cabeza.
─Su señoría, el letrado Olmedo.
─Que pase.
Entra un tipo alto, delgado.
Sonrisa de vendedor de coches, pero, es más.
Es un tiburón con los colmillos afilados, y que se le cae uno y le salen dos.
Lo mira fijamente.
─Diez minutos y le sobran cinco, sé la pregunta, usted se imagina una respuesta edulcorada, no tomo ni azúcar ni edulcorantes.
Se sienta.
─Su señoría…
─ ¿Le he pedido que se siente?
El hombre se pone de pie.
─Rápido, que tengo que emitir sentencia.
─Es con respecto…
─Tres días, prevaricación, cohecho, a su amigo, a usted lo de colaborador necesario cuando menos, colegio de abogados, ya sabe, lo que es una inhabilitación, además de mil cosas que se me vayan ocurriendo, creo que es consciente de que tengo predicamento.
─Tú lo que eres es una puta que se folla al matasanos.
Guiomar toca el interfono.
─Rodolfo, ven, vas a proceder a una detención.
─ ¿Con que pruebas?, puta.
─ ¿Puedes mirar a la cámara?, ─y señala con el bolígrafo a una de las esquinas.
La cara le cambia al letrado.
Se calla.
En ese momento entra un oficial de paisano.
Mira a la juez.
─Robledo, ¿estamos de acuerdo o le doy la orden a Rodolfo?
El hombre la mira con cara de odio.
Después asiente con la cabeza.
─Tres días, que no se le olvide.
Ve como se marcha el abuelo de Nieves.
El policía la mira.
Asiente.
El hombre se marcha.
Se coloca las manos en la barbilla, con los dedos se roza los labios.
Respira fuerte, es una ciudad sin ley.
No, lo piensa mejor, hay ley, tan solo que se aplica solo en el sentido en que beneficia a los de siempre.
No puede evitar el general, pero por lo menos, con el caso de Luis, lo intentará, y siente como le duele el…
Si, quizás el corazón, quizás…
¿Qué más da?
La vida sigue, se levanta, y parte a dar sentencia, que sabe, que como siempre, creará controversia.
Alguien dirá que es una buena juez, otros dirán que es una malvada, una puerca.
Pero llevar eso sin despeinarse va con el cargo.
Si no lo soportara, no podría haber sido juez.
Abre la puerta, mira el pasillo.
De nuevo a la batalla, que no falte.
94 REVISIÓN
─Todo parece estar bien, de aspecto, como siempre, increíble, ─Galante sonríe─, todas las pruebas, notable.
─ ¿No sobresaliente?
─Dentro de más tiempo, pero sí, todo está bien.
Alguien que entra, sonríe.
─ ¿Dónde está la enferma?, ─pregunta mirando a la mujer.
Esta sonríe.
─Ya sabía que no podía faltar.
Luis se sienta en la mesa de Galante.
Le quita el ratón, y durante un rato solo mira la pantalla.
─Te hemos hecho más pruebas, te habrás dado cuenta, este hospital es más moderno, Guiomar, así que por mi parte todo está en orden, ─asiente con la cabeza─, no quiero verte en años, muchos años.
─ ¿Seguro?
Luis sonríe.
Se sabe todas las bromas de los pacientes.
─En la mesa de operaciones, siempre con las mismas, ─le toca la cara─, es que estás perfecta, buenos genes, parece que no has estado enferma en tu vida.
─Sí, supongo, ─mira a Luis─, ¿tengo que preocuparme?
─Siempre, sabes que tienes el corazón regular, ahora parece que bien, pero siempre cabe la duda, buena alimentación, poco stress, ejercicio, pero no bestia, tranquilo, ya sabes, lo de siempre, es lo que trae el querer estar bien.
Guiomar asiente.
─ ¿Cómo lo del nuevo hospital?
─Me fui, antes de que me echaran.
─Ya será menos, sé que eres de los mejores cirujanos.
─Sí, pero no hay quien lo aguante, ─habla Galante.
─Por esa razón, te has venido con él a este macro hospital.
Galante sonríe.
─Uno, que se acostumbra a lo malo también.
─Así que me puedo marchar.
Ambos hombres se miran y asienten.
─Perdona, Galante, pero me gustaría hablar con Luis, ¿vamos a la cafetería?, ─le pregunta a Luis.
Este asiente.
Durante el camino no hablan, en parte porque todos con los que se cruzan, o saludan o preguntan algo.
Ella no entiende, pero se nota que quieren conocerlo.
Lo mira, siempre en la inopia, mueve la cabeza.
Un café, descafeinado para ella, cortado y con mala leche como dice Luis, para él.
─ ¿Qué es lo que quiere saber mi enferma favorita?
Guiomar lo mira.
─ ¿Cómo estás, Luis?
Luis asiente con la cabeza, frunce los labios.
─Todo lo bien que se puede estar, ya sabes, el stress de incorporarte a un nuevo trabajo, con más responsabilidades, como tú.
─Sí, supongo, ¿puedo hablar con franqueza?
─No te pido menos, Guiomar.
─Conozco tu vida, me informé porque me interesaba saber en manos de quien ponía mi vida.
─Es lógico, yo también lo hubiera hecho.
─Sí, lo profesional, sí, pero también lo privado, lo que está podrido en uno, está podrido en el otro, ¿te importa?
Luis la mira, niega con la cabeza.
─Nada que ocultar, si me lo hubieras preguntado, como han hecho algunos pacientes, te hubiera contado la verdad.
─Sí, me lo imagino, te voy conociendo.
─Dispara ya, no eres de las de dorar la píldora demasiado.
─Me he implicado, sin querer, queriendo, en tu vida.
Luis la mira fijamente.
─No, no es por tu mal, es por, no sé, quizás por devolverte parte del favor que me has hecho, de jugarte por mí un mal expediente, si me hubiera muerto…
─Lo hubiera sentido por ti, al expediente que le den, ¿o crees que a mis manos vienen casos fáciles?, no, a mí me vienen los pacientes que nadie se atreve a operar, me los como, así como los resultados, ¿que mi tasa de éxito es baja?, bueno, pues que me traigan pacientes con una apendicitis.
─Sí, lo sé, pero…
─ ¿Que has hecho?
─ ¿Sabes que soy jueza?
Luis asiente.
─El caso es que he hablado con el juez que juzgó tu patria potestad, mejor dicho, el que te la quitó.
La cara de Luis cambia.
─Lo siento, pero leí el expediente, un cohecho de los de manual, hablé con el juez, sabe que lo he pillado.
A Luis se le atraganta el agua que está bebiendo, le cambia hasta el color de la cara.
─ ¿Qué quieres decir?
─ ¿Quieres recuperar la patria potestad de tu hija?
─Sí, mil veces sí, hace que no la veo…
─Otra injusticia, vi las pruebas alegadas, ¿tan mal estabas?
Luis asiente.
─Sí, peor, cuando me quitaron la patria potestad, estaba destruido, mi suegro alegó lo que no podía tener legalmente, pero allí estaba, fotografías mías borracho como una cuba, en mis propios vómitos, en una casa que parecía Vietnam.
─Tu suegro es un tiburón, no te va a dejar indemne, incluso sabiendo que perderá, que puede tener más problemas.
─Lo sé.
─ ¿Quieres jugar?
─No es un juego, es lo único que tengo, ¿que necesitas?
Guiomar niega con la cabeza.
─Nada, solo que estés preparado para alguna jugada de tu suegro, no es trigo limpio, es un abogado de los sucios.
─Sí, lo sabía, ha hecho su fortuna con la droga, mejor dicho, con los capos de la droga, mucha influencia, muchos contactos, mucho dinero, al final, se convirtió en alguien importante, a Nieves le hizo la vida imposible por querer casarse conmigo, se embarazó sin que yo supiera nada, estaba comprometida con alguien importante, ─sonríe Luis─, se presentó en su casa con la barriga, con dos cojones, y les dijo que, si querían, que se casaba con el capullo ese, pero que iba con regalito.
Guiomar sonríe.
─Era de armas tomar.
Luis asiente con cara de tristeza.
─Sí, un carácter formidable, irrepetible, pero pasó lo que pasó…
─En ese caso, ¿continúo?
─Por favor, ¿que necesitas que haga?
─Que te cuides, tu suegro estará como un mono con un machete.
Luis la mira, sonríe con pena.
─Gracias, supongo, no sé si lo merezco.
─Yo sé que sí.
Luis mira la cristalera.
Se ha quedado con la mente en blanco.
La vida le ha dado un vuelco en segundos.
Suspira.
Que sea lo que tenga que ser.
95 REUNIÓN
─ ¿Que querías, Márquez, con tanta premura?
Luis lo mira, está cambiado, más delgado, con cara de cansado.
Lo mira extrañamente, como si no fuera el mismo.
─Dime, ¿o te vas a pasar callado toda la tarde?, recuerda que el que me ha pedido que nos reunamos rápido, has sido tú.
Se frota las manos.
Luis ya no lo mira, lo estudia.
No es el Márquez con el aplomo de un ser que parecía no tener nervios.
─Es sobre lo del equipo.
─ ¿Qué quieres decir?, Márquez.
─ ¿Aún quedan plazas en tu equipo, Monforte?
Luis niega con la cabeza.
─No, lleva ya cerrado mucho tiempo, de hecho, las prácticas de coordinación se han terminado, es sólido, o por lo menos eso parece.
─ ¿Tenéis operaciones en el extranjero?
─Sí, ─asiente Luis─, y en España también, vosotros también, supongo.
Márquez niega con la cabeza.
─Maestre se equivocó de cabo a rabo, apenas te fuiste se cayeron muchas, pero parecía que solo eran cosas del ajuste entre un cirujano u otro, pero un par de operaciones que no fueron…
Levanta la cara y sonríe con pena.
─ “Adecuadas”, por no decir otra cosa, y todo cambió, se cayeron todas, la que no se fue rápido, lo hizo al poco tiempo, incluso los que tenían dinero dado para la operación, prefirieron perderlo a quedar en manos del yernísimo, que no es ni tan siquiera bueno.
─Supongo que tú eres mejor cirujano que él.
Márquez asiente.
─Como si eso fuera importante, no tengo los amarres del sinvergüenza ese, que apenas levanta un palmo y el suegro lo lleva a las alturas. El golpe ha sido terrible, ni una sola, nada, supongo que te las has llevado todas.
Luis niega con la cabeza.
─No, que yo sepa, sabes que no me interesa el tema del dinero, solo intervenciones, esas si me las preparo bien, lo que si es cierto, es que no puedo coger ni una más los próximos seis meses, entre la jefatura y el extranjero, no doy abasto.
─Como me equivoqué contigo, Monforte, tenía que haberme ido a tu equipo.
Luis lo mira, se alegra…
No tiene ese corazón, pero se alegra.
─Márquez, más me sorprendí yo de que te quedaras en el hospital, yo lo vi, no claro, nítido, supongo que saltar de un lugar a otro no es de alegrase, pero quedarse cuando suenan los cuchillos…
─ ¿Esperabas que me fuera contigo?
─Cien por cien.
─Supongo que te dolió.
─No, no somos tan cercanos, me decepcionó, formábamos un buen tándem, pero me he dado cuenta de que el tándem se forma con gente que es válida y quiere, mi ayudante ahora, una médica, funciona conmigo como un reloj.
─ ¿No hay posibilidad?
Luis niega.
─No, todos los equipos están cerrados, pero si hay alguna vacante, te llamaría inmediatamente, ─miente, sabe que faltan médicos, pero le dolió cuando se quedó prácticamente solo.
Márquez lo mira, no dice nada.
─Márquez, ¿tan mal está la cosa?
─Sí, tan mal, no, peor, ya no piso casi el quirófano, la culpa de la torpeza del yernísimo es mía, ya sabes, lo importante no es tener un fallo, si se tiene a alguien a quien culpar, y ese soy yo.
─ ¿No lo imaginabas?
─No soy tan listo, o…
─Yo lo vi, no soy muy listo, en el resto de la vida no me entero, pero en el color blanco de las salas de los hospitales, es como si mi cerebro funcionara de otra forma, hubiera durado allí alrededor de un año, después me hubiera quedado sin nada, quizás ayudante, pero en otro sitio, olvidado, sin referencias, no hacía nada bien, lo descubren después…, lo que es una labor de zapa.
─Yo no me lo creía, tengo, tenía, ─sonrisa triste─, buen nombre, no creí…
─Es política, la que debe de saber jugar un gestor, nosotros no somos así, de hecho, en una pelea como la que ha hecho Maestre, no duraríamos nada, lo que has durado, ¿y el resto del equipo?
─Cada uno, por un lado, no queda nada.
─ ¿El equipo del yernísimo ya no tiene a nadie del primitivo con el que comenzó?
Márquez niega.
─ ¿Ni tan siquiera los anestesistas?
Nueva negativa.
─ ¿Ni material?
Márquez niega de nuevo.
─ ¿No ha venido nadie antes que yo?, pregunta Márquez.
─No, ─le responde Luis─, por lo menos que yo tenga constancia, lo cierto, es que, durante el tiempo de selección y preparación, no he tenido tiempo para nada.
─Te agradecería…
─No te preocupes, Márquez, en el momento que sepa algo…
Márquez se levanta, le da la mano.
Él se incorpora, le da un abrazo.
Ve como se aleja.
Mientas piensa, que mientras viva, mientras tenga oportunidad, no estará al lado del que lo dejó tirado, ni un segundo.
No es venganza, es que el que hace una acción, tiende a repetirla.
Cuando no conoces este proceder, te lo comes.
Si lo sabes y no te enteras, es tu culpa.
Y él, está cansado de hacer el tonto,
Sin darse cuenta lo despide para siempre.
Pues sabe que aun en el caso en que lo vea, ya no será el Márquez de las complicadas operaciones, sino algo intranscendente que no significará nada.
Por lo menos nada bueno.
Suspira.
La vida sigue, el teléfono suena, Márquez pasa a ser una sombra olvidada que solo se recordará…
No, no se recordará.
96 LA PALOMA DE LAS NIEVES
Paloma se acerca al bar de Conchi.
Tiene hambre, siempre tiene hambre.
Hambre de las de Carpanta, de las del mendigo en la barriga.
Y está que parece tísica.
No le saca un pellizco nadie.
Su madre le dice que está más apretada que los tornillos de un submarino.
Su madre tiende a coger peso.
Ella, como su padre, enteca, canija, flaca, pero con más nervios que un euro de filetes.
Sonríe.
Si, suspira.
Piensa que es mejor ser así, que preocuparse del peso.
Si pilla a Luis, le sacará una tarde de alegría, y si puede, una merienda, o cena, o lo que sea, que no le reviente la hoja de cálculo en la que se ha convertido su vida.
Sabiendo que le dará lo que quiera, pero que no quiere que le dé…
Nada más.
Una figura en la mesa, la conoce, pero…
¿Qué hace por allí?
Se acerca, la chica la mira.
─ ¿Qué haces aquí?
─ ¿Te tengo que enseñar el carnet de identidad?, me han enseñado que esta mierda de país, es libre.
Paloma sonríe.
─Vaya boquita que tienes, ¿tu padre sabe que echas diablos por la boca?
─Si te digo lo que echo por el culo.
Paloma se sienta, ve el trolley que está al otro lado.
─ ¿Te vas de tu casa?
─Supongo, no sé, ─ve como la niña suspira─, tú eres una cría como yo, Paloma, la de la baba en la quijada.
─ ¿Qué quieres decir?
─Que mi padre es gili, que no se da cuenta.
─ ¿De qué?,
Los colores comienzan a aflorar en la cara de Paloma.
─ ¿De que no cagas por él?
─No digas esas cosas.
─ ¿Lo de que no cagas, o de que estás loca por él?
Paloma la mira con cara de pena.
─Ninguna de las dos, una de educación, otra, porque me duele.
Nieves la mira.
─Anda que como le entres a mi padre, ¿qué voy a hacer con una madrastra sin criar?
Paloma sonríe.
─Sin bromas, ¿qué haces aquí?
─Me han dado largas de Guantánamo.
─ ¿De Guantánamo?
─Sí, de casa de mis abuelos, el lugar más malvado a este lado de la galaxia.
─ ¿Largar?
─Sí, ayer me sentaron y me dijeron, así, en frio, que si quería irme con mi padre, que podría irme, pero que siempre tendría su casa…, bla, bla, bla…, ya sabes, que me decidiera, y leyendo entre líneas, que si cruzaba el dintel de la puerta, que no volviera.
─Así que has decidido quedarte con tu padre.
─Sí, ─la mira a los ojos─, ¿me he equivocado?
Paloma niega con la cabeza.
─Se volverá loco, pero no lo asustes, tiene el corazón en carne viva.
─Coño con la cateta, que poderío de lenguaje.
Le cambia la cara.
─ Si, supongo que así será, otra pregunta más.
─Hazla, estoy de oferta.
Nieves sonríe.
─ ¿Te va a joder que venga a vivir con mi padre?
Paloma la mira de nuevo a los ojos.
Se encoge de hombros.
─Cualquier cosa que suceda, sucederá, que cambie las cosas o no, es lo que sucederá, no puedo hacer nada más.
─Te ayudaré a cazarlo, si tú me ayudas a, no sé…, a ser la hija de mi padre.
─Yo no conozco a tu padre…
─No, pero lo quieres a morir.
─Sí, se me nota, me lo han dicho, y tú, ¿no lo quieres?
─No he dicho eso, solo que no lo conozco.
─No te preocupes, lo querrás como si se te metiera en la piel.
─ ¿Tu estudias medicina?, equivocaste la carrera.
Paloma asiente, suspira.
─Me voy, ya mismo tienes aquí a tu padre.
Nieves la coge de la mano.
─No te vayas, haz de becaria de madrastra.
Saca el monedero con una mano.
Lo abre, está lleno de dinero.
-La indemnización por despido, nos podemos poner…
Paloma sonríe, pega un tirón y se acerca la silla metálica, que suena.
Nieves se le echa en el hombro.
─Que abandonada estoy, Paloma.
─Estamos, cariño, estamos, pero con los ovarios como cántaras de leche.
─De las de cien litros.
─O más, Nieves, o más, ¿unos churrasquitos?
─Que no falten.
Mira la pringosa carta.
-Nos podemos comer docenas.
Paloma le acaricia la cara.
─Solo tienes cuerpo, es lo que me dice mi madre, ¿te consuela?
─No, pero sigue, por si acaso.
Paloma sonríe.
Siente el calor de la mejilla de Nieves.
Algo se despierta en ella, suspira.
Mira a Paco, que las contempla con una sonrisa.
Le hace la peseta con una sonrisa aún mayor.
97 FIGURAS EN LA NOCHE
Luis regresa del trabajo.
Después de dar dos vueltas, ha dejado el coche mal aparcado.
El barrio que se está poniendo de moda, y por la tarde, que es lo peor.
Que antes con los estudiantes y los pacientes, de día, imposible, pero en la tarde, fácil.
Ahora, con los edificios pijos de enfrente, todo se ha vuelto peor.
Buenos coches, carne para los chorizos.
Y otra fauna que comienza a aparecer por un lugar en el que nunca hubieran imaginado estar.
El bar de Conchi, figuras familiares.
Se acerca.
Son Paloma y su hija dormidas profundamente.
Las mira, son guapas, muy guapas.
Ve el trolley.
El corazón se le sale por la boca, quizás…
Pero no.
Espera que Guiomar le diga.
Así que ninguna campana al vuelo.
Suspira, levanta la mano, y por una vez, Paco no hace ruido.
Hay pocos parroquianos.
Pero parecen haberse puesto de acuerdo.
El lugar más ruidoso de todo el barrio, es ahora un camposanto.
Y ese Paco, que levanta el dedo, que Luis asiente.
Ni un ruido, como si fuera inteligente o le importara algo.
Bebe una cola que sabe entre amarga y dulce hasta que empalaga.
El tiempo pasa, la mirada fija, el pensamiento perdido en las oportunidades perdidas, en las que pueden nacer.
Y el tiempo pierde su contexto.
No es nada.
Vuela.
Un ojo que se abre, es el de Nieves, que lo mira sin decir nada.
Minutos.
Una sonrisa de imbécil de padre que no sabe decir nada…
Cuando tiene millones de cosas que decir.
Al poco, Paloma que lo mira, y se yergue como si hubiera tenido un picotazo de algo muy doloroso.
─Paloma, nos hemos quedado fritas, eres solo huesos.
─Casi, Nieves, casi.
─Hola, padre, ─Nieves lo mira─, ¿cómo ha ido el día?
─Como siempre, una lápida en la cabeza de un muerto, ─señala con la cara el trolley─, ¿eso qué es?
─ ¿Me vas a aceptar en tu casa?
─Sí, sabes que es tuya, solo tengo…
─El usufructo, lo sé, eso no es lo importante, ¿qué dices?
─Claro, siempre, eres lo que más quiero, Nieves.
─Pues lo disimulas que da miedo.
Luis intenta cambiar de conversación.
─ ¿Solo eso traes?
─Sí, ropa interior, alguna muda, el resto, supongo que me lo comprarás, tú que no eres el tieso que dice el cerdo de mi abuelo, y que se metan donde les quepa lo que me han comprado como si fuera una esclava.
Luis sonríe.
─Eres tu madre.
─ ¿Eso es malo?
─No sabes la suerte que tienes.
─Querido padre, me tienes que explicar tantas cosas.
─Las que quieras.
─No, primero una cena, después a la cama, ─mira a Paloma que no ha abierto la boca─, tú te quedas a dormir conmigo, tengo miedo.
─No, ─una sonrisa que no lo es─, no tengo ropa…
─Te presto unas bragas, es de lo poquito que llevo en el neceser, y como nuevas, además no te hace falta sujetador, las tienes como si fueran de piedra, que envidia.
Paloma se pone colorada.
─ ¿Qué me dices?
─No, tu padre…
Nieves interrumpe.
─ ¿Que dices, padre?
─Lo que quieras, Nieves, lo que te haga sentir más cómoda.
Mira a Paloma con cara de pena.
─Estoy triste.
Paloma asiente, Nieves le acerca la boca al oído.
─Me debes una grande, tamaño extra.
Más colores a la cara de Paloma.
─Que bien empezaría a estar, querido padre, si no tuviera tanta hambre, ─mira a Paloma─, ¿Churrasquitos?
Paloma asiente, Nieves levanta la mano.
Paco que se acerca.
Levanta tres dedos.
─Churrasquitos de esos, de los que hacen tradición, me han dicho que no son malos, ¿lo son?
Paco niega con la cabeza.
─Pues tres, y colas, y cogollos, y patatas a la brava, el de enfrente, ─señala a su padre─, invita, ─mira a Paloma─, ¿cómo lo ves?
─Bien.
Es lo único que contesta Paloma.
─Que lacia eres, hija mía, padre, ¿te has dado cuenta de lo guapa que es Paloma?
─Sí, claro, no soy tonto.
─Pues algunas veces, he estado aquí, viéndote sin que me vieras, y me ha dado la impresión de que muy espabilado no eres.
─ ¿Te estas vengando?
─Y lo que me queda.
─Derecho tienes.
─Pues eso.
La cama es pequeña.
La compraron de segunda mano.
No es de una niña.
Quizás la de un matrimonio pequeño.
Las dos son grandes.
Nieves está agarrada a Paloma y llora.
No puede parar.
─Te voy a dar la noche, ─le comenta entre hipido e hipido.
─No te preocupes, mi padre se fue, como tu madre, pero al final yo tenía madre, tu…
─Sí, dicen que me raptaron casi, que me robaron.
─Creo que sí, se aprovecharon de que tu padre…
─ ¿Vas a luchar con mi madre?
─No, Nieves, no, los que se fueron son perfectos, yo no lo soy.
─Pero eres joven, estás de buena que te sales, guapa, lista, simpática, meapilas, perfecta.
─Qué poca vergüenza tienes.
Nieves continúa llorando.
─ ¿Dónde dan el carnet de meapilas?
─Que tortazo te daba, ¿tan mala vida te han dado tus abuelos?
─Imagina, el abrazo anterior a este, fue el de mi madre, aun lo recuerdo, fue antes de que me recogiera el autobús del cole, parece que fue hace un rato.
Paloma la aprieta un poco más.
─Sí, sigue, aprieta, aunque duela, ─y continúa llorando.
Nieves se calma.
Paloma se duerme.
Nieves se duerme.
Detrás de la pared del cuarto, Luis, sentado, con la espalda sobre ella, no se atreve a pensar en el futuro.
Ni siquiera en el más cercano.
98 EN CASA
Paloma despierta a Nieves, que ronca como un animal.
─ ¿Qué pasa?, ─pregunta con la cara hinchada.
─Qué noche me has dado, llorando y roncando.
─Es lo que tenemos las hijastras, malas, malas, ─intenta sonreír─, joder, como me duele la cabeza.
Paloma le acerca un vaso de café, al verlo la chica sonríe.
─Te quiero, madrastra.
─Es descafeinado, eres demasiado joven.
─Aun así.
─Te he cogido unas bragas, que guarra eres, ¿no te da vergüenza?
─Si alguien las viera, tampoco, soy como tú, pero espero llegar rota a la edad que tienes.
Paloma sonríe.
─ ¿Y mi padre?
─Ha salido, volverá pronto.
─ ¿Ni los sábados?
Paloma niega.
─Tu padre controla a mucha gente, es la leche, el mejor médico.
─Las babas, madrastra.
─Déjate de bromas, que como te oiga tu padre…
─Pues nada, se entera de que su querida hija, la abandonada, ha encontrado el sostén que necesitaba en los brazos de la meapilas de Paloma.
Le giña.
─ La primera noche en casa del médico, no está mal.
Paloma mueve la cabeza.
─Estás podrida, te tendré que enderezar.
─Puedes intentarlo.
Se abraza a Paloma.
– De verdad que quiero que te ligues a mi padre, de verdad.
Paloma se separa.
─Anda, dúchate, que hueles que tiras de espalda, lo de la higiene…
─Se corrige con rapidez, no hay problema, era una forma de joder a mi abuela.
─Y a cualquiera.
La chica se levanta, se despereza y lanza un cuesco.
─Que guarra eres, Nieves.
─No, querida madrastra, la naturaleza que tiene que seguir su curso.
─Sí, lo que tú digas, como hiedes.
Se ha comido cuatro tostadas.
Tiene los morros llenos de mantequilla, de mermelada.
Paloma se los limpia.
─Creía que no lo ibas a hacer.
─Que tienes pelos en el potorro, Nieves, no me seas niña chica.
Nieves la toma de la mano.
─Quiero todo el cariño del mundo, quiero abrazos, besos, amor incondicional…
─ ¿Y yo que obtengo?, ─pregunta Paloma con una sonrisa.
─Picarona, que lo sabes, el médico en bandeja, pero dejemos las cosas claras, somos jóvenes, ya sabes, hay que darme cuerda larga, que…
─Y una mierda, ya sabes, el carnet de meapilas.
─ ¿Con el cura que da miedo?
Paloma asiente.
─Joder, que cruz, ¿no hay más tostadas?
─Si te las haces tú…
─No sé.
─Pues no hay tostadas.
Luis que aparece por la puerta.
Las mira.
─ ¿Puedo pasar?
Paloma se corta, Nieves lo mira.
─Padre, ¿qué pasa ahora?
─ ¿Qué quieres decir?
─El puerco del abuelo me ha echado, es definitivo, ¿me vas a largar tú?, ¿cómo continúa mi vida?, ¿en la zozobra, sin saber dónde acabaré, como siempre?
Luis niega con la cabeza.
─Lo que tú quieras, ¿qué quieres?
─Quedarme contigo, me dijo la tía buena que podía hacerlo, que ella…
─ ¿Conoces a Guiomar?
Nieves asiente.
─En ese caso, que sepas que todo es gracias a ella.
─ ¿Quién es Guiomar?, ─pregunta Paloma.
─Una tía que está que se cae de buena, jueza, que me ha…
Mira a Paloma, se da cuenta.
– Nada, Paloma, una mujer que le debe un favor a mi padre.
La chica no dice nada.
Nieves sabe que ha metido la pata.
─Me voy, hasta luego.
─ ¿Dónde vas?, Paloma, ─pregunta Luis.
─Mi madre, tengo que ir a casa, la llamé a última hora, no estaba muy convencida, si llego más tarde…
Sonrisa forzada.
Nadie dice nada.
Cuando sale, Nieves pregunta.
─ ¿Qué piensas de Paloma?
─Que es una maravilla de muchacha.
─No, padre, es un pedazo de mujer, de las que tienen ya todo hecho, ─mueve la cabeza─, ¿o estás por la Guiomar esa?
Luis sonríe.
─No seas tonta, yo estoy en lo mío, que es operar, mi profesión.
─Y supongo que yo también, o eso espero, pero que la vida no tiene que pararse ahí.
Luis asiente.
Se ha dado cuenta de golpe.
De que su vida va a dar un giro de ciento ochenta grados.
[1] Latín. ( pron. [sine─díe]) que significa literalmente ‘sin día’. Se emplea con el sentido de ‘sin fijar una fecha o plazo’
[2] Faláfel o falafel1 (en árabe egipcio: فلافل falāfil [faˈlaːfɪl], en arameo: ܦܠܐܦܠ) es una croqueta de garbanzos o habas. Suele consumirse en Oriente Medio, y en los últimos años se ha dado a conocer en occidente gracias a los restaurantes especializados en comida oriental y vegetariana. Tradicionalmente se sirve con salsa de yogur o de tahini, en pan de pita o bien como entrada.