Hoy. Parte Segunda. 41 a 71

41 DEUDAS

               Luis entra en la inmobiliaria, alguien con sonrisa que lo recibe, sonrisa de trabajo, de la trabajada, de la que desaparece con nada que el dinero ya no es opción.

─Buenos días, ¿que deseaba?

─Me gustaría saber acerca de la urbanización Marlín.

─Sí, ¿en qué está interesado?

─ ¿Tiene el mapa de la urbanización?

─Si, por supuesto, ─se levanta, Luis lo sigue.

               Paran frente a un enorme plano que está en la pared.

               Casi sin dudarlo, Luis señala un pareado, no el más lujoso, ni el más caro, pero lo señala con decisión.

─Creo que está vendido, voy a comprobarlo.

               Luis lo sigue hasta la mesa de que la que se separaron un momento antes.

               Nueva sonrisa, pero que no dice lo que espera oír.

─Sí, lo siento, está vendido, pero hay muchos como ese, quiere que le…

               Luis levanta la mano, el tipo lo mira sin saber qué es lo que pretende.

─ ¿Tiene el nombre de la persona que lo compró?

─Sí, pero…

─El precio de compra es de doscientos setenta mil euros.

─Sí, ─se calla que tuvieron que bajar treinta mil euros para poder venderla, el mercado no está boyante.

─Ofrézcale cincuenta mil euros más por la casa, y si lo consigue, cinco mil para usted.

               Un segundo de duda, sonrisa, móvil.

─Don Antonio, aquí delante mía tengo una persona, ─se abstiene de decir los de cinco mil euros más─, que le ofrece por su casa trescientos veinte mil euros.

─No, no es una broma.

               Mira a Luis.

─Don Antonio me pregunta que si es serio.

─Ahora mismo tiene una fianza de cien mil euros, y mañana, si quiere, al notario.

               Luis oye como se pone la mano delante, habla, pero no quiere que sepa Luis de que.

               Se termina la comunicación.

─De acuerdo, la señal ahora, mañana en el notario, ¿qué le parece?

─Perfecto.

─ ¿Cómo lo hacemos?

               Luis saca un talón conformado de cien mil euros.

─Deme el recibo, el resto, al contado, no se entretendrá ni con la hipoteca.

               La sonrisa no puede ser más amplia, el de enfrente sabe que acaba de ganar cinco mil euros por la cara.

─ ¿Y a que se dedica usted?

─Desempleado, ─miente, no quiere hablar más de lo necesario.

               El de la inmobiliaria sonríe.

Aunque el dinero venga de la droga, le da igual.

Ya se ha gastado en la cabeza los cinco mil euros.

Gran parte de los cuales serán para financiar el negocio que cree que tiene el comprador.

42 DESEOS

               Nieves se estiraza todo lo que puede en el sofá, pero no consigue impedir que Luis se eche, es demasiado pequeña.

─Nieves, ¿qué te pasó de pequeña, comiste poco, algo genético que te dejó medio enana?

               Nieves sonríe, se abre la bata, está desnuda.

─ ¿Qué me dices de la enana?

─Madre del amor hermoso, que exceso de valoración de las personas de estatura, estás maravillosa, increíble…

─Cállate y ataca, es domingo, el día en que se me pone como un tomate.

─ ¿Cómo te fue con tus padres?

─Ya te he dicho que ataques, ¿o tengo que ir al vecino?, que me echa unas miradas…

               Un buen rato después, Nieves está sobre Luis.

─ ¿Que me quieres decir?, bruja, que primero me has hecho la caída de Roma.

               Nieves lo coge de la cara.

─Mi niño que listo es, parecía tonto, y mira, solo es gilipollas.

               Luis sonríe.

─Suelta, larga por esa boca.

               Nieves se pone seria.

─Es algo gordo.

─ ¿Malo?, Nieves, que te temo.

─Dependerá de la clase de persona que seas.

─Suelta ya, mujer, que me vas a matar.

─Estoy embarazada.

               La cara de Luis se torna seria, después sonríe.

─Pero tomaste la pastilla, era, es…

─Tienes los espermatozoides de las fuerzas especiales.

               Luis sonríe, la besa en la boca.

─ ¿De cuánto?

─Pero, ¿te alegras?

─Claro que sí, ¿de cuánto?

─Más de tres meses.

─Que bruja eres.

─ ¿Te importa que no te lo haya dicho?

─No, ─niega con la cabeza─, un niño, que alegría.

─Niña, te va sacar los dineros…

─La próxima dímelo, no me gusta enterarme cuando tú quieras.

─Te lo juro, esta vez ha sido la primera, estaba asustada, y si tú…, ─miente.

─Sí, que no me conoces, tú has terminado, tienes trabajo, yo termino el año que viene, si saco el MIR, pues eso, si no al paro, joder, que vida más perra.

─ Con las manos que tienes, ¿cuántos empleos te han ofrecido?

─No es eso, ─y se mira las manos─, y si estás…

─Ni pajillas, ya te descargo yo, que mi niña depende de esas manos.

─Depende de súper Nieves, la madre poderosa que desde el hospital arregla los problemas del mundo, ¿qué vas a hacer con el trabajo?

─Hasta el último día, después me tomaré el mínimo período, hay demasiadas brujas, que el embarazo no sea tomado como escaqueo, si no me relegarán.

─Me siento mal, yo tocándomelo, y tu manteniendo a la familia.

─No, me lo tocas tú, yo trabajo unos años, después gimnasio, compras, spa, ya sabes, lo de la esposa de un prestigioso, que digo prestigioso, del mejor cirujano, la pasta por castigo.

               Luis la mira, mueve la cabeza, es su diosa, ahora embarazada.

Perfecta, maravillosa, casi milagrosa, tanta suerte que le da miedo.

Muchos interrogantes, pero ahí está la estatua que no se fragmenta por nada, incólume, maravillosa, la besa con pasión.

─Una cosa más, vas a estar un tiempo que no…, ya sabes, si miras a alguna mujer, esas manos, te las corto, dedo a dedo y también el que tienes entre las piernas.

─En eso justo estaba pensando, como te quiero.

─Así me gusta, que te voy a dar un preñado como las niñas ricas.

─Eso espero, ─la abraza.

               Todo está perfecto.

¿Cuánto durará?

La alegría desaparece.

Reconoce que siempre ha sido de los del vaso medio vacío.

No puede cambiar.

43 EL COCHE

               Luis lleva un buen rato dando vueltas por la llamada ciudad.

Todo lleno de coches alemanes.

Para él, los mejores, para otros solo símbolo de status.

Le da igual, pero nadie le hace caso.

Supone que los vaqueros no hacen llamada para comprar vehículos tan caros.

Que, en su mayor parte, son prohibitivos para casi cualquiera.

               Al final se acerca a un vendedor, que parece que no está haciendo nada.

─Oiga, me podría…

               Media vuelta, después otra media.

Como si fuera idiota, ha sacado el móvil y ahora hace como si hablara por teléfono.

Es de los listos.

Sabe, o se imagina que es un tieso.

Que no es mentira, que solo viene a darse una vuelta.

O, con suerte, a que se la den, además lo ha visto llegar con un coche que tiene miles de años, de abandono, demasiado salto para cualquiera.

               Entra en la cafetería, pide un cortado, la señorita que le sonríe, le pone el café delante.

─ ¿Me permite una pregunta?, señorita.

─Si, por favor, ─sonrisa amable.

─ ¿Aquí todos los vendedores son gilipollas?

               Ahora se pone la mano en la cara.

No quiere que la vean sonreír, la acerca a la de Luis.

─Casi que sí.

─Es que quiero que me enseñen un coche y supongo…

─Caballero, que los vaqueros, a estos, le tiran para atrás, pero espere, ─toma el móvil dos segundos─, no se preocupe, ahora le atiende alguien que sabe de coches.

               Efectivamente, chaqueta, pelo rizado por detrás, sonrisa amplia.

─Un cliente insatisfecho, me comenta Mandy, que es la reina de la ciudad, ─sonríe a la chica, que se la devuelve─, ¿que deseaba?

─Ese, ─y señala en dirección a la exposición, pero se pueden interpretar varias.

─ ¿El 200?

─No, el clase S, el full equip.

               El vendedor sonríe.

─Alma de dios, ¿sabe lo que vale ese trasto?

─Si me lo imagino, unos ciento cuarenta mil euros.

─Sí, con todo el equipo, o casi todo, eso vale, ¿para qué lo quiere?

               Luis se encoge de hombros.

               El hombre sonríe de nuevo.

─También es motivo, vamos a verlo.

               Luis lo acompaña.

Durante un cuarto de hora le explica las maravillas del vehículo.

Cuando termina lo mira, como diciendo, “ya lo has visto, hemos quedado bien, vuelve a tu madriguera, tieso”

─Ese que me ha enseñado, ¿está en venta?

─Sí, claro, ─se calla que no hay clientes para esos modelos allí, que, seguro que en una o dos semanas volverá a la capital, es el más lujoso.

─ ¿Cuánto?

               Nueva sonrisa condescendiente.

─Supongo que ya lo sabrá, 147, 890 euros, sin seguro, si con matriculación.

─ ¿Ciento cuarenta me ha dicho?

               El hombre sonríe.

─Sí, ─tira a la mentira para pillarlo. para demostrarle que lo está cansando, que lo ha pillado.

─Bien, de acuerdo, ¿dónde hay que firmar?

               El hombre lo mira, sonríe.

─ ¿Está seguro?, que es un dineral.

               Luis asiente.

─ ¿Dónde?

─Sígame.

               Un despacho, este es grande.

El que lo ha atendido no es un vendedor, es uno de los directivos.

Le ofrece un café que trae la misma chica.

Un contrato, Luis mira que el modelo esté con todo lo que ha pedido, asiente, firma.

               Mira al vendedor que no lo es, saca la chequera, y extiende un cheque por el valor del coche.

               El vendedor lo mira, sonríe, puede ser un quedo.

─Llame al banco, están esperando en la sucursal su llamada, me imaginaba que no sería aceptado sin comprobación, tampoco sabía el importe exacto, -le comenta con una sonrisa Luis.

               Levanta el teléfono, llama, ha cogido el número de teléfono de su agenda, no quiere que haya un cómplice en el otro lado que diga a todo que sí.

─Buenas, tardes, estoy llamando referente a un cheque…

               No lo dejan continuar.

─ ¿Está allí el Doctor Monforte?

– ¿Doctor Monforte?

               Luis asiente.

─Sí, está aquí.

─ ¿De cuánto es el cheque?

─Ciento cuarenta mil, ¿es bueno?

─Sí, y cien veces eso, ¿sabe quién es?

─No.

─Espero que no tenga que conocerlo.

─ ¿Por qué lo dice?

─ ¿Ha oído hablar de San Luis?

─Sí, claro.

─Lo tiene delante.

─Muchas gracias.

─A usted.

               El hombre cuelga, mueve la cabeza.

─Los vaqueros despistan mucho.

─Sí, supongo, no tengo nada que vender.

─Sí, ─sonríe el vendedor, le ofrece la mano─, Lucas Estero.

─ ¿Uno de los hijos de Manuel?

─Sí, ¿conoce a mi padre?

─No, a su madre, fue mi paciente, creía que viniendo aquí…

─Y, ¿por qué no lo ha dicho?

─ ¿El qué, que vengo a beneficiarme porque hice lo que tenía que hacer con una mujer que no quería morir?, ─el que sonríe es Luis─, ¿cuándo pueden recoger el coche?

─La semana que viene, todo perfecto.

─Vendrá mi hermano.

─Bien, gracias.

               Luis se levanta y se va.

               Lucas mira como el que salvó a su madre, se mete en un francés con mil años y sale de la ciudad de nombre alemán.

Suspira, espera que no se entere su padre, que lo capa, seguro.

44 HAMBURGO

─Monforte, ─es Márquez─, ¿a qué viene con tanta premura con la leche de conferencia esta?

─Ni idea, ─le responde Luis─, pero donde manda patrón…

─Sistemas de Orientación para Equipos Quirúrgicos en Procedimientos de Alta Exigencia, ─lee Márquez, que se le da el inglés de fábula.

─Supongo que querrán que nos pongamos al día, que nos equivoquemos más, que sigamos la línea europea.

               Márquez sonríe.

Como persona Luis no le termina de convencer, pero como cirujano lo seguiría al infierno.

De hecho, en invierno, esa parte de Alemania es el infierno, aunque sea de color blanco.

─Y pensar que, en nuestra tierra comienza a irse el frio, ─Luis señala la calle─, y aquí, tienen dos metros de nieve, ¿se puede vivir aquí gratis, Márquez?

─Yo no, desde luego, y sabe que soy del norte, pero te acostumbras a lo bueno.

               El coche que los recoge, alemán, grande, nuevo, ¿lo único que necesita?, cambiarse cada poco tiempo. ¿En qué más puede gastar un alemán que no sea en la casa o en el coche?

               Silencio, miran la rotundidad de color de lo que les rodea, pero el coche, tenía que haber parado algún tiempo antes, ambos hombres se miran.

─Márquez, ¿has estado aquí antes?, ─le pregunta Luis.

─Sí, es en esa dirección, ─señala a la parte con edificios más altos─, no sé…

               Luis se encoge de hombros.

─Será en otro lado.

               Una finca fastuosa, cubierta de nieve, como todo.

Pero al terminar la arboleda un edificio que desentona.

No es un palacio dieciochesco, sino algo nuevo, ostentosamente nuevo.

Luis que chamulla el alemán, traduce de viva voz, “Hospital Quirúrgico Nuevo Horizonte”,

Se da la vuelta y mira a Márquez, que ahora el que se encoge de hombros es él.

               Bajada, escaleras, una chica preciosa que pide que la acompañen con un español sin fallas en la pronunciación.

               Una habitación enorme, dos minutos, cafés, a cada uno como le gustan, cortado él, descafeinado Márquez.

               Una señora de su edad, todo lo arreglada que se puede estar, esbelta, bella, pero parece más fría que lo que se ve a través de la ventana.

               Dos hombres la acompañan, son de mayor edad, se sientan frente a ellos.

─Soy Helga, el apellido no importa, estos son los doctores Meisner y Dippe, especialistas como ustedes mismos en las enfermedades coronarias y pulmonares, estoy hablando en inglés, ¿alguno de ustedes no me entiende?, ─mira a los dos que no dicen nada.

─Continúo, comunicándoles que el caso que estudiaron para la presentación en la convención, no tenía motivo en eso, sino que consistía en el estado de uno de los accionistas más importantes del hospital en el que trabajan, mejor dicho, del grupo entero, y lo que presentaron, gustó, ─mira a los hombres que la acompañan─, no soy médico, pero se han inclinado por su solución.

               Márquez mira a Luis, que respira fuerte.

Pone cara de vaca mirando al tren y espera que la rubia continúe.

─Doctor Monforte, ¿se encuentra con la fuerza para iniciar la operación, y, sobre todo, para salir airoso de ella?

               Luis vuelve a mirar a Márquez, después mira a la mujer.

─Supongo que sí, pero hubiera sido mejor para todos no andar con tanta triquiñuela, hubiera sido menos cansado.

─No era posible, si se supiera del estado del paciente, millones se perderían con la bajada de las acciones, así que todo debe de transcurrir en el mayor de los secretos, ¿algún problema?

─Sí, ─asiente Luis─, mi ayudante quirúrgica, está hecha a mí, mueve el material quirúrgico a una velocidad…

─También está aquí, no se preocupe, ¿cuándo podrían comenzar?

               Luis mira a Márquez.

─ ¿Cuándo?

─Que sangre tan fría tienes, Monforte, ─le responde en español─, cuando tú quieras, ─continua en inglés.

─Pues ustedes indican cuando.

─Mañana, ─responde Luis a la rubia.

─Pues que así sea.

45 COMO EN CASA

               No ha dormido bien.

La habitación, por supuesto en el mismo hospital, increíble, pero a la vez inhóspita.

De nada ha faltado, es casi un hotel para los que van a ser acuchillados usando el ácido humor español.

La cama grande, para una orgía, pues no le ha dado ni vueltas, y ahora una Magdalena que con cara asustada lo mira.

─Don Luis, ¿qué ha pasado?

─Ni idea, pero que íbamos a una convención y aquí estamos, Márquez y yo, y tú también, ¿supongo que sabes inglés?

               La mujer asiente.

─Pues espero que no se te hayan olvidado los nombres del instrumental quirúrgico en ese idioma, que el resto del equipo estarán a estas horas listos para irse a casa, nosotros, a los leones.

               Magdalena cambia la cara.

─Estoy asustada, doctor.

─Yo también, ─sonríe Luis─, pero no se me nota, pues claro, como Márquez, no nos van a comer, por lo menos si lo hacemos bien, ¿has preparado todo?

─No, alguien llegó, me dio una Tablet para que escogiera el instrumental, lo di, hasta ahora.

─Pues seguro que lo tienes en perfecto orden, como operas en nuestra casa, Magdalena, que además al que cuelgan siempre es al capitán de los piratas, vosotros con decir que ibais obligados.

               La mujer sonríe.

─Qué cosas tiene usted.

─Lo único que os pido, es que os metáis las preguntas, el miedo y la zozobra en un bolsillo, al que vamos a operar, que no conozco, es una persona que nos necesita, así que lo mejor que podamos, ¿estamos de acuerdo?, ─Luis pone un puño, sus compañeros lo golpean con los suyos.

─Fuerza, ─dice como siempre Márquez.

─Y tenacidad, ─termina Luis, los mira─, con lo viejos que somos, y con estas tonterías, ─todos sonríen, los que los acompañan también los miran, posiblemente pensando eso de “¿Quién ha traído a los españoles?”

               Se lavan, un quirófano de los de película.

El de su ciudad es bueno, este es como si fuera el tope de gama con todo lo que se puede poner encima.

Electrónica por todos lados, apoyo de visión, de comprobación.

Un equipo de más de quince personas que solo agachan la cabeza y saludan.

Solo eso.

Y Luis se siente el director de orquesta en una sinfonía ejecutada por judíos en un campo de concentración, que si sale bien…

La vida puede continuar, si no lo hace así…, y sonríe detrás de la mascarilla de quirófano.

               Mayor, grande, gastado, remendado, con todo lo que se puede desear para prácticas de un cirujano.

No es una operación, es un reto, un reto difícil de superar, lo sabe.

Pero suena una suite para violoncelo, quizás demasiado fuerte.

Como si alguien quisiera que el alma se le subiera un poco más.

Que viera la operación con mejores ojos, y lo ha conseguido.

Ya la succión ha comenzado.

El ballet de los mil dedos, de las cien manos, comienza, como si fuera la maquinaria mejor engrasada del mundo.

No se conocen, pero seguro que cada uno es de lo mejor en su profesión, en su área.

La sinfonía comienza a sonar, sin estridencias, un stacato de vez en cuando, un vibrato, una nota que se agita, que convulsiona, que al final se deja llevar en el lago tranquilo en el que los cisnes navegan con la tranquilidad de que todo va bien.

Y la sinfonía continua, nubes negras, galernas, tifones, tornados, y uno a uno se van superando.

La nave va, como dicen los italianos.

Siguen, todo parece ir bien, dentro de la última galerna.

Pero el pitido, la alarma, el corazón que quiere rendirse.

No es posible, no está permitido.

Inyección, vive de nuevo, pero sabe que es un aviso.

Mira las máquinas, las pantallas, el cuerpo sabe, sin saber porque, que es el último.

Respira fuerte, le limpian el sudor que llena su frente, todo su cuerpo.

Y como una máquina, corta, corta, resana, une, cose, pinza, sutura, vuelve a abrir, como si fuera una máquina.

Con la precisión del que sabe que el fallo no es opción.

Con la velocidad del que sabe que otra cantinela no es canción que pueda terminar bien.

Mira las máquinas, la galerna se ha tranquilizado.

Mira el cuerpo que acaba de coser y recoser, de cortar, de unir, de abrir, ahora sujeto por las máquinas.

Y sabe que ha terminado, las pantallas le responden que todo está bien, que es uno más, no uno menos.

               Ahora se yergue, sabe que le empezaran a temblar las manos, del miedo que no salió cuando no era necesario.

─Márquez, ¿puedes?

─Por supuesto.

─Pues continúa.

               Oye en la habitación.

“Der OP─Chefarzt Dr. Monforte verlässt den Operationssaal, der neue OP─Chefarzt Dr. Márquez” (Sale de la Sala de Operaciones el doctor Jefe Quirúrgico, doctor Monforte, nuevo Jefe Quirúrgico, doctor Márquez)

               Ha salido fuera, solo con la vestimenta quirúrgica.

Ha sacado el paquete que guardó.

Se muere de frio, pero saca el cigarro.

Tan solo que le tiemblan las manos.

No puede accionar el pulsador.

Alguien le acerca un mechero con llama, enciende.

Alguien le coloca un pesado abrigo encima.

Mira, es la bella Helga con un hombre monstruoso, que le ha colocado el abrigo.

─ ¿Siempre miedo?

─Sí, pero solo después, ─le da una calada enorme, cierra los ojos.

─Una obra de arte.

─Ese hombre estaba demasiado mal, ¿quién ha sido el matasano que quería matarlo?

─Olvídelo, el caso es que mi padre, puede vivir algo más gracias a usted.

               Luis la mira, sonríe.

─Su padre, lo sabía, es alemana, pero también es hija, eso se nota, aunque su padre siga sin caerle bien.

               La mujer sonríe.

─Tenía que haber estudiado psicología.

─ ¿Y dejamos a su padre en el patio de los callados?

               La mujer se sorprende, es inglés, una frase española, pero al final la entiende, sonríe.

─Un humor negro, muy español.

─No, andaluz, que siempre hemos tenido la muerte al lado, el humor es para disimular el miedo.

               Nueva sonrisa.

─Me permitirá que lo invite a cenar.

─ ¿Cuánto me queda aquí?

─ ¿Eso es importante?

─Supongo que no, pero tengo mucha hambre.

               Nueva sonrisa de la mujer.

46 REGRESO

               Acaba de llegar de Alemania, todo bien, un trato exquisito, pero once días en la nieve, para los esquimales.

Ha llegado a la ciudad, y lo primero ha sido bajar a Concha, a por dos pringosos flamenquines, un salmorejo, y un secreto ibérico que llevaba tiempo en la familia, pero que le ha sabido a poco.

               Tan bueno estaba todo que ha tenido que salir en estampida al cuarto de baño.

La grasa española, si se olvida, aunque sea por una semana, te lo hace pagar con carreras de muerte al cuarto de baño, de las de no llegas y llevarás la vergüenza toda tu vida, que no ha sido el caso.

               Se echa en el sofá, ha abierto las persianas.

Anochece.

Ha merendado─cenado, pero es lo que le pedía el cuerpo.

No tiene que ir a trabajar mañana, pero irá, como siempre.

¿Tiene algo mejor que hacer?

Sabe que no, así que irá, controlará, mirará, corregirá, y le tocará los innombrables a aquellos que lo merecen.

Así será recordado por sus pacientes como un santo, y por sus compañeros como un auténtico hijo de puta, como tiene que ser, que esa forma de ser es la que salva las vidas.

               Mira por la ventana.

Enfrente el de la camiseta, con el sempiterno cigarro.

Sale de traje, que le han hecho ponérselo, y que no le ha dado tiempo ni de quitárselo, ni comiendo, ni yendo al cuarto de baño.

Simplemente, parece otro.

El fumador lo mira, sonríe y asiente, como diciéndole que parece de mejor familia.

Él sonríe también, y levanta el cigarrillo, el hombre vuelve la cabeza, parece que lo están llamando.

Lo mira, se encoge de hombros, apaga el cigarro en el parterre y entra en su casa.

Posiblemente a que le monten un expolio, y siente envidia, a él nadie le dirá nada, ni bueno ni malo.

Se queda allí, mirando los ojos cerrados y abiertos de los edificios, las ventanas de los que los moran, cada uno con su historia.

Hoy, él, no está mal, ha regresado a su madriguera, ha estado en una maravillosa, que no quiere, y regresa a la de Nieves, que lo ha saludado, con, “ya era hora”, y ha sonreído.

               Se tumba en el sofá, y se mira como si fuera imbécil, al pensar en cómo se ha resistido a las insinuaciones de Helga.

Quizás porque los hacia una hija agradecida, quizás porque estaba casada, o quizás porque él no está preparado…

Lo único cierto, es que se siente bien, aunque también, sonríe, un poquito de por favor…

               Llaman a la puerta, abre, de primeras se asusta, pero es solo un tipo con aspecto de gorila, pero está bien vestido.

               Le ofrece un maletín.

─De parte de la señora Helga.

               No le da tiempo a más, instintivamente lo coge.

Quiere devolverlo, preguntas…

Pero cuando quiere hacerlo, el tipo no está.

Parece más una ardilla que una persona, y se queda solo con el maletín en la mano, y cara de gilipollas.

               Entra en casa, se sienta en el sofá de nuevo.

Mira el maletín.

Sabe lo que contiene, no es imbécil, otras veces le han dado regalos, que la mayoría ha rechazado.

Otros, no ha podido, no ha querido, no es idiota, pero sabe que no solo está mal, sino que hacienda está como un mono con un palo, disfrutando de las cabezas que rompe.

               Con cuidado lo abre.

Es un amarillo intenso.

Son billetes de doscientos euros, los de quinientos están malditos, apretados con gomas que lee, pero no indican nada.

Toma uno, los cuenta, son cincuenta, cuenta uno de ellos, cien billetes en cada uno, si, la cifra exacta, es la que asusta…

Un millón de euros.

Se deja caer en el sofá.

Mira al techo que se alumbra con la tenue luz de una lámpara vieja como la humanidad, que no sabe lo que es el LED, amarilla de necesidad, no de fabricación, y su alma parece igual.

Es demasiado dinero, no es tonto, si lo pillan, con ese monto, puede ir a la cárcel…

Pero también piensa que puede dar una parte a quien lo necesite, otra a su hermano, otra a su madre, otra…

Quizás, el caso es que no va a hacer el imbécil.

El dinero viene de Alemania, no piensa declararlo, no piensa malgastarlo, solo usarlo para lo común, el resto a guardar, a pagar las trampas, que las hay, con más rapidez, quizás hacer algún dispendio…

Durante unos instantes piensa…

No quiere nada, no desea nada.

Mira de nuevo el maletín, los relucientes billetes amarillos, y decide quedárselo.

Sabe que no los gastará él, serán para otros.

Los guardará en una caja de seguridad.

Ya no son inviolables, pero si más seguras que su casa, tampoco es tanto.

Sonríe.

Sí, es mucho, demasiado.

Si lo pillan no podrá justificarlos, que los jodan.

Piensa en la pensión de viudedad de Nieves, que le costó trabajo, en las dos inspecciones de Hacienda, en la jubilación de su padre, en la de viudedad de su madre, en…

Así puede estar mil horas.

El estado es un ladrón, el peor de todos, pues roba con impunidad.

Suspira.

Sí, cierra el maletín.

Mañana irá a la caja de seguridad, la que tiene desde hace años.

Le quitará las telarañas y los once mil euros que ha conseguido meter, que entre Eusebio y quien no lo es…

               Sonríe mirando al techo.

Sin darse cuenta cierra los ojos, y se queda dormido.

Mientras piensa la tranquilidad que da el dinero en altas dosis.

47 DECORACIÓN DE INTERIORES

               Luis mira la puerta “Adela Ruiz, Interiorista”, suspira, en los líos que se mete, pero lo que es, es, así que, a hacerlo, que no es obligación, es devoción.

               Entra, unas campanas que suenan al rozar con la parte superior de la puerta.

Es algo pequeño, pero íntimo.

Como si entraras en la habitación secreta de una mujer, exquisitamente amueblada, decorada con mimo, con cariño, que te invita a sentarte y charlar…

Pero no de presupuestos, sino del mundo y sus necedades y reírse de ello.

               Pelirroja, sonriente, con una cara más que bella, bonita, se acerca, le ofrece una silla, sin preguntarle nada más.

¿Se le ve cara de cliente?

No lo sabe, él no está en el mundo de las ventas, pero debe de ser así.

─ ¿Un café, un té?

─No, gracias, ya he cubierto el cupo diario.

─ ¿Qué es lo que deseaba?

               Luis saca a una carpeta, de ella, una serie de láminas, son fotocopias a todo color.

               La mujer las mira.

─Un buen dibujante, si, sabe pintar, y sabe lo que quiere, ¿qué es lo que desea que haga con ellas?

─Son las ideas de alguien que pensó en cómo debía de quedar su hogar.

─Bien, ¿cuándo me puedo reunir con ella?

               La cara de Luis se entristece.

─No, lo siento, no puede ser, solo tenga, ─le da unas llaves─, la dirección está en la lámina principal, en la carpeta, todas las habitaciones, el jardín, todo.

─ ¿Y qué es lo que puedo…?

─Deme un presupuesto de cómo quedaría la casa con todo lo que aparece en las imágenes.

─Sería complicado encontrar…

─No soy estúpido, lo más cercano posible.

─Sería arduo, y no barato, precisamente.

─Hágame el presupuesto, si es aceptable lo hará.

─Necesitaría cobrarle por el presupuesto.

─Me parece aceptable.

               La mujer cuenta las láminas, son muchas, más el jardín, más… mueve la cabeza.

─No sé qué pedirle.

─Pida, pero no como comercial, sino como persona.

─Mil euros.

               Luis saca la cartera y los deposita en la mesita.

─ ¿Cuándo los tendrá?

─No sé, ¿en una semana?

─Me parece bien, si es antes, mejor.

─ ¿Cómo se encuentra la finca?

─Sin nada, recién construida.

               La mujer asiente.

               Luis le entrega una tarjeta.

─Llámeme al privado, ─una sonrisa de Luis─, si no puedo cogerlo, la llamaré después, ¿le parece bien?

               La mujer asiente.

Ve como el hombre se aleja.

Mira la tarjeta, Doctor Luis Monforte Mínguez, Cirujano.

Después muchas cosas que no entiende, y al final solo un teléfono.

Mira de nuevo.

Pero ya ha desaparecido.

Un mirlo blanco, le sacará el dinero, pero con cuidado, no hay rico tonto, lo aprendió pronto.

48 EL BLOC DE DIBUJO

               Luis llega a casa, está cansado.

No es el último año y está preparando el MIR.

La niña vendrá con el pan debajo del brazo.

Mira a Nieves que reposa en el sofá con una barriga enorme.

Dibuja algo, se acerca.

─ ¿Qué haces?, mujer montaña.

               Nieves sonríe.

─Lo que me da la gana.

─Enséñame lo que pintas.

─Las guardias, el preñado, que aburrimiento, así que decidí pintar lo que me gustaría que fuera mi vida.

               Abre el cuaderno de dibujo, grande, y allí a todo color un salón, después la habitación de una niña, un despacho, otro despacho, de pronto para.

─ ¿Sabes de donde son?

               Luis niega con la cabeza.

─ ¿Recuerdas la casita adosada que nos enseñaron, aun sabiendo que no nos darían ni el dinero de la entrada?

─Sí, el de la urbanización esa…

─Marlín, cateto, Marlín.

─Pues no le falta de nada, ─se asombra mientras pasa las páginas. Para en una, es de una cochera, allí un enorme y precioso coche.

─ ¿Qué es esto?

─ ¿Recuerdas el coche que vimos en la exposición del centro, el que nos dejó con la boca abierta con lo que tenía por dentro, hasta un frigorífico?

─Sí, que pasada.

─Pues en nuestra casa, dentro de nada, no puede faltar, será necesario, como el agua corriente.

─Por supuesto, como menos, ese coche que se dé por muerto.

─Será nuestro hogar, ─enseña la página de la casa al completo─, allí criaremos a la niña montaña, que me está rompiendo el cuerpo, después el potorro me lo pondrá como una vaca, lo de ser madre tendría que estar mejor informado, mírame, la cara hinchada, los labios que parecen dos morcillas, mis tetas, gordas, el culo carpeta, la barriga tendrá más estrías que las ruedas de un tractor, ¿estoy grávida?, no, estoy jodida.

─ ¿Y cuando veamos a la niña?

─ ¿Llorando, berreando, cagada, sin dormir…?

─Me encanta, será como tú, si hace eso.

─Que puerco eres, pintaré una cochiquera, para que te tires sobre tus excrementos, solo te limpiaré, ya sabes para qué.

               Luis sonríe, la besa en la boca.

─Espera que dé a luz, me debes muchas horas de trabajos forzados, de espeleología, de alimentarte de mí, de mil cosas, quiero las cuerdas vocales dañadas, inflamación vaginal, estar escocida, que me duela por dentro, así que prepárate.

─Por desgracia, ─sonríe Luis─, tengo tal preparación, que el día que me des suelta…

─No espero menos, ─comienza a llorar─, tengo miedo.

─ ¿De qué?

─De que salga a ti.

               Luis sonríe, la besa de nuevo.

─Ves, capullo, ya estoy mejor, ─comienza a llorar de nuevo.

─ ¿Qué te pasa ahora?

─Que te quiero tanto.

               Luis ríe, la coge de la mano y mira al techo, el que habrá que pintar algún día.

Y ese color, entre hueso y suciedad, es un color de la felicidad, seguro.

49 ENCUENTROS

               Guiomar está casi bien.

Ambrosio que no la deja ni a sol ni a sombra.

Parece que realmente este medicucho la ha dejado bien, se alegra, cuando no es una hija de puta, vuelve a ser la niña que quería ser como él.

─ ¿Dónde vamos, señora?

               Guiomar le da la dirección.

─Señora, ¿está segura?, esta es la parte, como decirlo, más asquerosa de la ciudad.

─Ya será menos, Braulio, que tiendes a exagerar.

─Seguro, señora, seguro.

               Un taller, mierda por todos lados.

Braulio mira el cartel, “La Ponderosa”, sonríe, le recuerda las tardes tirado en el suelo, viendo la serie…

Cuando al padre de Guiomar no se le metía en la cabeza que cuando sabes andar, sabes trabajar.

─Señora, esto es un pueblo del oeste.

─Pues llevo a mi lado al mejor pistolero, ¿no es cierto?, Braulio, ¿o has venido en pelota?

─No señora, sabe que mi niña siempre me acompaña.

─Eso me da tranquilidad, desde que te conocí, la culata de tu viejo revolver siempre ha sido para mí el símbolo de estar segura.

─Me alegro de que así sea, señora, pero déjeme que baje yo.

─No, ven conmigo.

─Y si dejo el coche, nos lo encontraremos.

─Pareces una vieja, ¿vienes o no?

─Si señora, sí.

               Braulio deja el coche en medio de la calle.

Siempre es mejor una multa, la grúa, que verlo aparecer años después sacando el chasis del rio.

               Ernesto que sale, han llamado.

─Ya va, ya va, que no hay un incendio.

               Cuando sale se le cae la quijada al suelo.

Alta, esbelta, bella, con clase para exportar, gafas de sol, de las de letras de hipoteca, piernas de me pierdo, uñas de…, recupera el conocimiento, el de atrás es de los de tener en cuenta, sabe del negocio.

─Usted me dirá.

               Guiomar lo mira.

Es Luis en basto, como si hubiera comido de más y se le hubiera convertido en músculo.

No está mal, pero es una anécdota, cuando Luis, es el argumento principal.

─Supongo que usted es Monforte.

─Si señorita, ─sonrisa que se le va a romper la cara.

─Me van a enviar un coche, un deportivo, quiero que lo recoja, que lo ponga a punto y que lo lleve a esta dirección, ─entrega una tarjeta que ni mira.

─ ¿De qué coche hablamos?

─Un Bentley Continental GT Volante, deportivo, nuevo, viene del norte, me han hablado bien de usted, ¿será capaz de mantener mi pura sangre?

─Por supuesto, pero este taller…

               La mujer mira alrededor.

─ ¿Me quiere indicar que no es apropiado…?

─No, no, por dios, no, ¿cuándo llega?

─Pasado mañana, por camión. Mi hombre, ─señala con la cabeza a Braulio─, le dará la dirección al camionero, compruebe que no tiene ni un solo rasguño, pintar el coche vale lo que cuestan muchos utilitarios.

─Lo sé, lo sé, no se preocupe.

─Bien, me marcho.

               La mujer sale, los movimientos causan dolor de entrepierna, más a él, que siempre está como…

Sonríe, vaya jaca, fuera de alcance, pero…, mira la tarjeta.

               Guiomar Cienlobos Bartel, Juez del Tribunal de lo penal Número 3.

               Ahora se le queda más abierta la boca, ¿quién le habrá dado su nombre a la maravilla?

50 ISABEL

─Ernesto.

─Dime, gilipollas, que no llamas como no sea para dar por el culo, ¿que se te ha roto ahora?

─El Gorrino, que no arranca, ¿puedes venir a recogerlo?, es que tengo prácticas hoy en el provincial, ya sabes que…

─No me los toques, las prácticas al lado de tu casa, y el capullo de tu hermano a recoger el coche.

─Básicamente, si, ─una sonrisa malvada─, te jodes, ¿o se lo digo a padre?

─Que cabrito eres, ¿ves que soy bueno y te he quitado años?

               Un momento de silencio.

─ ¿Dónde las llaves?

─Se las he dejado en la garita a Fernando, que es un amigo, dile que eres mi hermano, aunque no hace falta, le he dicho que, como yo, pero con cara de subnormal.

─Es el alternador, seguro, ¿qué hago?

─Arréglalo y me lo apuntas en la cuenta.

─ ¿En la que está escrita en una barra de hielo?

─Mira que eres listo. Sin bromas, ¿puedes hacerme el favor?

─Claro.

─Te dejo, que pena de genes míos en ti.

               Ernesto sonríe, es su mejor amigo.

El que lo va a sacar de pobre, seguro.

Pero antes ha tenido que sacarlo de mil peleas, amenazas, cualquiera toca a los Monforte.

Sonríe de nuevo, mientras pide a cualquiera del taller que le dé un salto, lleva una batería nueva, que pesa como un moro ahogado.

               El compañero que lo deja en la garita.

Coloca la batería en el suelo y sonríe.

Una chica muy guapa, pero que parece que se ha comido un escorpión lo mira.

─ ¿Que desea?

─Vengo a recoger las llaves de un coche, de un Peugeot.

─ ¿Usted es…?, ─lo mira con cara de asco.

─Ernesto, el hermano de Luis Monforte.

─Con esa cara, ─sonríe con desvergüenza─, deme la documentación.

─Joder, que no la traigo encima, Fernando me conoce, ¿dónde está?

─Donde le sale de los huevos, fuera de aquí, ─señala la cola─, que hay carrusel.

               Ernesto se aparta.

La cara le cambia a la mujer.

Es una anciana que pregunta algo que no puede oír.

Ppero la chica se convierte de ácido en caramelo.

Todo sonrisas, señala lugares, no hay prisa, y se queda esperando, la cola se deshace.

               Ernesto le ofrece un móvil.

─ ¿Qué quieres, mi número?

─Coño, guapa, cógelo.

─Dígame, ─la chica pone cara de asco.

─Isabel, guapa, que es mi hermano, el bestia que ves, es la mejor persona del mundo, solo que ha salido a mi padre, que es un gorila, cuídamelo, es lo que más quiero en el mundo.

─Vale, me debes una.

               La mujer se da la vuelta, coge unas llaves, gira de nuevo, se encara con Ernesto.

─Donde los depósitos de oxígeno…

─Sí, guapa, lo sé, siempre lo deja ahí, por si explotan, que le pague el seguro el coche.

               Isabel sonríe.

─Ves, con lo guapa que eres, y no sacas esa sonrisa.

─Yo se la saco a quien me da la gana.

─Me imagino, ¿a qué hora sales?

─ ¿Por qué quieres saberlo, listillo?

─Me encantaría ver esa sonrisa de nuevo.

─Puede ser que a las ocho.

─Tengo un coche robado con batería nueva, ─la levanta─, ¿hace una cerveza?

─Sin alcohol.

─Por supuesto.

─Gorila.

─Dime, Bombón.

─Tienes que recoger a las niñas, no me cuentes tu vida, si tardas cinco minutos te capo.

─Mi Isabel, lo más bonito del mundo.

─Sabes que te puedo reventar…

─En la cama lo que quieras, vamos a por el cuarto, que sea varón.

─ ¿Para que sea tan burro como tú?

─Si es que dios me vino a ver, cuando no me dejaste ir a por el coche de Luis.

─Anda, que, si lo sé, ─e Isabel sonríe, viendo al hotentote de su marido, levantando al aire una niña que pesa más de cuarenta kilos, suspira, si, es cuestión de pensar en que cuatro no es mal número, quiere un niño como su padre.

51 ANTES DE QUE SALGA EL SOL

─Ya va, ya va, coño con los nervios.

               Ernesto mira a la figura que tiene delante suya.

─Coño, no vienes a las horas normales, ahora dos veces, y antes de que el gallo saque los huevos a que le dé el aire.

─Qué cosas tienes, capullo, ¿puedo pasar?

─Se supone, la mitad es tuyo.

─Que pesado eres.

               Entra en la oficina.

─Ernesto, ¿dan premios a la mierda en el despacho?, lo tienes fijo, y con notas meritorias, que puerco eres, seguro que Isabel no lo sabe.

─ ¿Que te crees tú, que si lo supiera iba a estar esto así?

─Menos mal que te casaste con alguien con más huevos que tú.

               Ernesto sonríe, de pronto se pone serio.

─ ¿Que tiene que suceder para que vengas antes de que pongan las calles?

─No te asustes, es para algo bueno.

─Eso espero, ¿qué es?

               Luis abre una bolsa de moda, de ella saca un paquete, se lo da.

─ ¿Qué coño es esto?

─Ábrelo, capullo.

               Ernesto lo abre, son mazos de billetes de doscientos euros.

─La hostia, ¿qué es esto?

─Dinero, ¿te lo explico?

─No me jodas, que, ¿de dónde viene?

─Un regalo que me han hecho, y quiero que tu tengas una buena parte.

─Joder, ¿cuánto es?

─Cien mil.

─La hostia, ¿qué hago con esto?

─Cómprales cosas a las niñas, le haces mimos a Isabel, la preñas con un varón, pero de dispendios, ninguno, hacienda está como loca. Para gastos comunes, un poco más, pero no demasiado, que no se pregunten como un taller que está siempre con un pie en la mierda, corre ahora las quinientas millas de Indianápolis.

               Ernesto mira hipnotizado el dinero.

─Joder, que pasta, pero, Luis, que es mucho.

─Tengo tres sobrinas maravillosas, que de vez en cuando les tienes que decir que no, porque son tres, porque el taller, mil cosas, no les compres tonterías, pero si detallitos, ¿lo entiendes?

─Claro que lo entiendo.

─Me voy, ten cuidado, ─se levanta.

               Ernesto le da un abrazo, no dice nada.

─ ¿Te has vuelto moña?

─Cómo te quiero, mamón.

─Por lo que no pudiste estudiar, por las hostias que me quitaste, porque siempre estuviste ahí…

               Ernesto lo mira, sonríe, con lágrimas en los ojos.

─Pues no te queda nada que pagar.

─Por eso, ─señala el montón de billetes─, este es un pequeño pago.

─Piérdete, que los pobres tenemos que pasar fatigas.

               Luis sale, mientras Ernesto mira los fajos de billetes que ha colocado encima de la mesa.

52 MÁS PAGOS

               Acaba de llegar del banco, ha dejado cuatrocientos mil en cada una de las dos cajas que tiene desde hace años.

Ha avisado que llega tarde, pero apenas pone los pies en el hospital, Márquez, que lo está esperando.

─No tenemos operaciones esta mañana.

─No es eso, Monforte, vamos arriba a fumarnos un cigarro.

─Tu no fumas.

─Me acabo de enviciar.

               Luis se encoge de hombros, se imagina de que va la historia.

               Llegan arriba, es temprano, no es invierno, pero el aire, allí arriba, corta el resuello.

Luis enciende un cigarro.

─Cuéntame que sucede.

─ ¿Te ha llegado a casa un tipo raro con un maletín?

               Luis lo mira, asiente.

─ ¿Dinero?

               Luis vuelve a asentir.

─Joder, joder, que no es un regalo de mil euros, que se entiende, o incluso diez mil, no doscientos cincuenta mil euros, la hostia, ¿qué hago con ellos?

─Ve a Hacienda, les explicas que los has encontrado tirados en el suelo, lo mismo te nombran gilipollas del año.

─ ¿Tu que vas a hacer?

─ ¿De qué?

─Con el dinero.

─ ¿Que dinero?

               Márquez se queda a cuadros.

─Eso es lo que tienes que hacer, que no se entere ni dios, no gastes mucho, ni coche nuevo, ni tonterías de las gordas, un viajecito, un caprichito, y los gastos comunes que se hacen con eso, ¿o nunca te han regalado nada?

─No es eso, pero es que es delito…

─Sí, si te pillan, ¿has pensado en devolverlo?

─Sí, los cojones, ─calla un momento─, además, ¿devolvérselo al accionista más gordo del lugar donde trabajo?

─Pues eso, no se lo cuentas ni a tu mujer, a la caja de seguridad, a un agujero en el campo, lo que sea, ayuda a los necesitados, a la parroquia, a quien sea, tíralos si quieres, pero no le ladres a la luna.

─ ¿Qué quieres decir?

─Que no se entere nadie, no seas alma de cántaro, ¿tú sabes lo que tardaría alguno de tus queridos compañeros en denunciarte a Hacienda, por envidia, por creer que no lo mereces, por ser un ciudadano ejemplar?, realmente, porque él no los tiene, ni los tendrá.

─Tienes razón, joder, que se me ha ido la pinza.

─Con los nervios que tienes operando.

─Lo sé, pero se me presentó en casa.

─ ¿Estabas solo?

               Márquez asiente.

─Esos saben hasta chino, si vas a Hacienda, manda a alguien a quien no quieras, esos saben si te mueves y a donde.

─No me jodas.

─Si haces un favor a alguien y lo quieres joder…

─Sí, es cierto, a mí no se me ocurriría.

─Pero a ellos sí, guárdalos, y si quieres no los gastes, solo un favor.

─Pide.

─No quiero volver oír hablar más del puto dinero, si no quieres operar más conmigo fuera del hospital, me lo dices.

─No es eso…

─Joder, ¿que si quieres operar conmigo fuera o no?

 ─Sí, claro, por supuesto.

─Pues te metes la lengua en el culo.

               Márquez asiente.

Le pide un cigarro a Luis, lo enciende, tose, nunca ha fumado, hasta ese día.

53 OTRO PAGO

               Luis se persigna.

Se sienta en el banco, no reza, no es lo suyo.

Simplemente piensa, esperando lo que sabe, que, en poco, si está allí, aparecerá.

Mira el reloj, el récord son cinco minutos, apenas tres y siente como el peso mueve el banco.

─ ¿Algo más duro de lo normal que tengas que dejar aquí?

─No, supongo que no, quizás tu si, ya sabes, el hombre que fue, nunca deja de ser, Padre Eusebio.

               El sacerdote sonríe.

Le encanta conversar con el médico al que extorsiona como en sus viejos tiempos.

─ ¿A qué has venido hoy?, San Luis.

─A hacer una buena obra, vamos a la sacristía.

─Antes me gustaría hablar contigo.

─Traigo dinero, tú me indicas el orden.

─Vamos a la sacristía, excelso cristiano, ─cómicamente se inclina en la salida del banco.

               Se sienta frente al sacerdote.

─Tú me cuentas.

               Luis saca un sobre gordo, muy gordo.

Lo deja en la mesa.

               El cura lo coge, lo abre, sonríe.

─Me parece que este no necesita un justificante, un recibo, me recuerda los viejos tiempos, cuando el que apuntaba algo en cualquier sitio, al final, siempre, le disparaban.

─Sí, supongo, eres más perro que yo, el caso, es que me han querido hacer un regalo, y yo quiero hacértelo a ti, a la parroquia, que se me olvida que solo eres un recaudador, con mala uva, pero solo un recaudador, el jefe, está el pobre en una cruz.

─ ¿El viaje a Alemania?

               Luis asiente.

─Algunas veces los protestantes…

─En Alemania quizás haya más católicos que protestantes, aunque quizás ya no queden de ninguno de los dos.

               Eusebio saca el dinero, lo mueve.

─En cuanto a tu conciencia, que permanezca tan nívea como siempre, ya sabes, al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios, ¿tú te has preguntado para que sirve este dinero?

─Si tú me dices…

               Eusebio mueve la cabeza.

─No, sirve para que se paguen las hipotecas de los viejos que no llegan a cobrar sino son miserias, de un país que promete, pero que solo da a los lameculos, a las abuelas que no pueden pagar, y a las que no les llega ni el sueldo mínimo, pero esas hienas se lo quitan, quizás con la esperanza de que se mueran antes de tener que devolverlo. A que coman, a que no estén solos, a que la vida sea un poco menos puerca que lo que es, y, ¿sabes que es lo más triste?

─No, pero me lo vas a decir.

               Eusebio sonríe.

─Por eso me caes bien, por lo simpático que eres.

─Me vas a decir…

─Sí, te comentaba que lo curioso, es que muchos de ellos no son cristianos, pero cumplen el primer requisito y fundamental del que está clavado en la cruz, ¿sabes cuál es?

               Luis niega con la cabeza, quiere que desahogue, que diga, sabe que el cura también sufre.

─Que son seres humanos, y que sufren.

─Eso son dos, Eusebio, ¿el Parkinson con la edad que tienes?

─Hubiera sido una buena pelea entre dos mareros, uno con más mala leche que el otro, solo uno hubiera salido con vida de la selva, Luis, ¿sabes quién?

─Sí, yo, seguro.

               Eusebio asiente.

─ ¿Sabes por qué?, Luis.

               Luis niega.

─Porque quieres morir, yo no quería morir, ahora, con el jefe, el de la cruz, no me importa, pero a ti hace años que no te importa nada, quizás que seas católico evita que te quites de en medio, no lo sé, solo que doy gracias a lo que sea, porque vengas, ─mueve el dinero─, a dar la vida a los viejecitos, y a los pobres…, ─la sonrisa cada vez es más grande.

54 OTRO PEDIDO MÁS

─Corta el predicamento, ¿qué era lo que querías pedirme?

─Sí, se me olvidaba, los viejos tiempos, veo el dinero y se me va…, lo que te quería decir, espera un momento, ─se levanta y sale, por supuesto después de abrir el cajón con llave y cerrarlo a cal y canto con el dinero dentro.

               Vuelve con una chica preciosa, muy joven.

Eso sí, no le han arreglado ni el bigote, ni las cejas, ni sabe lo que es un cosmético, la colonia la de su abuela.

Pero una belleza natural que tira de espaldas.

─Mira, Paloma, ¿no querías conocer a San Luis?

               La chica sonríe, agacha la cabeza.

─No seas vergonzosa, solo es un matasanos, que no vale para nada.

─No diga eso, Don Eusebio, que es el mejor médico que sé que existe.

               Eusebio sonríe.

─Mírala, una niña, guapa como una virgencita, en segundo de medicina, un coco, lista como el hambre, solo un problema.

─Que tendré que solucionar yo.

─Ves, ─mira a Paloma, la coge de la barbilla y se la levanta─, por eso es tan buen médico, es adivino, sabe que le iba a pedir un favor, porque la pasta, ya se la he sacado.

               La chica sonríe.

─Venga, pide por esa enorme boca, que comes más que una lima nueva.

─Aquí, esta belleza, ─la coge de las manos─, está fregando escaleras, mírale las manos, mira los sabañones.

               Luis se incorpora.

─Como huevos de golondrina, niña, ¿qué sucede?

─No sé si recuerdas al hombre desempleado que salvó a una chica de ser violada, y que lo mataron.

─Sí, quiero recordarlo, fue por aquí cerca, un héroe.

─Lo que tú quieras, mucho periódico, después no le concedieron ni viudedad a la mujer que estaba con él desde veinte años atrás, su madre. Están que se mueren de hambre, mírala, ¿tendrás los cojones de dejar que una persona inteligente como ella, con lo genes de un héroe se la lleve la corriente sucia de este estercolero?

─Joder, Eusebio, me has dado miedo, ¿qué quieres?

─Subvenciones, becas, ayudas, lo que puedas conseguir, y lo más importante…

─Mi dinero.

               Eusebio sonríe.

─Te dije que era adivino, Paloma.

─De acuerdo, de momento, toma mil euros que te dará Eusebio de lo que le he dado. Todos los meses, mínimo eso, después ya veremos, por supuesto, la matrícula, los libros, lo demás, a mi cargo, ─la mira─, ¿te parece bien?

─No sé cómo agradecerle…

─Número uno, la número uno, Paloma, la número uno.

               La chica sonríe.

─Sí, seré la número uno.

               Cuando sale, Eusebio lo acompaña.

─Eusebio, ni una encerrona más, no me gustan, se me quitan las ganas de venir a la parroquia.

─Yo voy a tu casa a por la limosna.

─No es una broma.

─ ¿Dime tu cuando es un buen momento para pedirte que apadrines a una de las miles de chicas que hay que merecen estudiar y no pueden?

               Luis lo mira.

─No, Luis, no, con el alma de Paloma, no, desde siempre está aquí, comiéndose lo que nadie quiere, trabajando en lo suyo, pero más en lo de los demás, el alma de su padre es la suya, así que, ¿tú me vas a decir con tus cojones gordos, cuando es el momento?

               Luis lo mira y sonríe.

─Sí que das miedo, cuando estabas allí, madre mía, tenías que ser…

─Luis, no es broma, ayúdala.

─No te preocupes, lo haré, olvídate de ese problema y busca una nueva forma de chincharme, de hacerme la vida bastante más difícil.

─Sabes que lo conseguiré.

─Lo sé, lo sé.

─ ¿Vas a lo de Concha?

─No.

─Que mentiroso eres, invítame a unos flamenquines, que hace tiempo que tengo los triglicéridos bajos.

─Y la vergüenza más baja aún.

─Eso tampoco te lo niego.

55 RECUERDOS

               Luis pasea por la casa, lleva en la mano el bloc de los dibujos de Nieves.

Habitación por habitación va comprobando lo que la pelirroja ha realizado con lo que le dio.

Que a fin de cuentas es lo mismo que él está mirando, tan solo que en fotocopia a todo color.

               Camina por la casa.

Que no ha visto, pero que conoce.

Paso a paso, habitación a habitación.

Recorre el parque.

La cochera donde duerme el alemán que cuesta lo que un buen piso.

Se para, mira el seto, que ha agarrado al final.

Dos veces se ha pospuesto la visita.

La tierra de allí es mala para los setos, los seca, se han trasplantado, pero ahora lucen como una moneda al sol.

               Mira la piscina, pequeña, recoleta, orientada al sur.

Que el sol le dé desde que amanece.

Los que no la orienten así, a pesar de la calurosa ciudad, el agua no calentará lo suficiente.

Sonríe, lo sabe por experiencia, Nieves se lo demostró más de una vez cuando iban, esas pocas veces, a bañarse a casa de alguien.

─ ¿Qué le parece?

               Es Adela Ruiz la sonriente interiorista que nunca creyó que aquel imbécil le aceptara la oferta sin regatear.

Pero ya se ha enterado, es un desgraciado que tiene las manos de oro.

Que se lo rifan los hospitales.

Estúpido, con dinero y viudo.

Una presa de las de tomar en cuenta.

Si puede, le quitará las penas al viudo, por supuesto, previo pago de su precio.

─Sí, no está mal, -Luis mueve la cabeza.

─Yo creo que ha quedado bien.

─Sí, pero no por el precio que me ha costado.

               La mujer sonríe.

─ ¿Qué es lo que quiere decir?

─ ¿Se cree que fue la primera opción?, tengo presupuestos en casa mucho más baratos que el suyo.

               La cara de la mujer cambia.

─Entonces, ─levanta la cabeza─, ¿por qué el mío?

─Confié en la eficiencia de la mujer que tenía una oficina que me encantó, después me he enterado que es otra persona la que tiene el buen gusto, pero trabaja para usted, así que dese por bien servida.

─ ¿No le gusta?

─Sí, no es lo que me guste o no, es que no es obra suya, ha cobrado lo que no debía, y encima viene a que le aplaudan, ─Luis sonríe─, creía que era un pobre viudo idiota, quizás, pero criado en uno de los peores barrios de la ciudad, me enseñaron con tres años a bregar con gente como usted, así que, como ha cobrado el trabajo en su totalidad, salga de aquí, no quiero volver a verla, y por supuesto no espere que la recomiende a nadie.

─Lo del precio, lo aceptó…

─No hablo de eso, el precio lo pone cada uno, me parece bien, pero que le dignifiquen lo que a fin de cuentas es de puestecillo de mercado, de comercial de tercera, que es lo que es, pues no, usted vende bien, perfecto, pero, esto, ─señala alrededor─, no tiene su espíritu, nunca lo tendrá, ─sonríe─, querida, con este gusto hay que nacer, a nosotros, se nos nota el barrio del que salimos, querida Adela, ¿o te llamo Angustias, como tu madre?

               La cara le cambia.

─ ¿Qué quiere decir?

─Que pocas pedradas nos hemos dado, allí en el barrio, mira el apellido, Monforte, los hermanos, ¿no nos recuerdas?, yo a ti si, eras como un caballo percherón de grande, pero a fin de cuentas una piedra del barrio, por eso te escogí, por eso y porque tenías contratada a la persona que ha hecho esto.

─ ¿Tu eres el Monforte chico?

               Luis asiente.

─Joder con la vida, ¿y que pasa porque vengamos del mismo lugar?

─Nada en absoluto, solo nos define, nos hizo lo que somos, tu una buena vendedora, yo el imbécil que paga esto, nada más, no pasa nada.

─Podemos quedar algún día…

─No, yo sigo siendo de los que no valía la pena, a ti te gustaba eso con mi hermano, con los de su pandilla, cada uno lo que es, Angustias, o Adela, o como te quieras llamar, sal de la casa, por favor.

               Mala cara, pero al final sale de allí.

Se queda solo.

Llaman a la puerta, son los cerrajeros, no se fía de nadie.

Espera mientras colocan nuevas cerraduras, y vuelve a comprobar que todo está como Nieves hubiera querido.

Arranca el coche, cierra la puerta, y se echa sobre el volante.

Llora, ha pasado mucho tiempo, pero la herida no se cierra.

¿Se cerrará, algún día?

Niega con la cabeza, instintivamente.

Alguien que toca la ventanilla, una sonrisa, es un hombre joven, que le ofrece unas llaves.

─ ¿Ya han terminado?

─Sí señor, todas cambiadas, mañana le paso la factura.

─Hágalo, y muchas gracias.

               Ve como se marcha, se queda solo.

Pasea por la casa.

Una hora tras otra.

Oscurece, la casa tiene luz, pero no enciende nada.

Solo se encienden las luces que están programadas para dar la impresión de que está habitada.

Lo demás, no importa, se queda en el sofá, mirando por las cristaleras.

Ve a la gente pasar, como el parque se oscurece, como llega la oscura noche, los faroles encenderse, pero nada es importante.

Hace frio, mucho frio, obra nueva, el frio que no se ha ido.

Pero da igual, solo siente la humedad que cae por sus mejillas.

Es un día cualquiera, pero a la vez, es el día que hubiera querido compartir con la mujer que sigue queriendo más que a nada.

Aun sabiendo que no quedará casi traza en la tumba que ocupó su cuerpo.

Pero no, para él, no se ha ido.

Y no llora, gime, aúlla como una fiera herida, como un alma que se destruye.

Y la oscuridad, impávida, solo devuelve el eco de los lamentos del que sufre.

56 BUEN TIEMPO

               Hay cosas que son imposibles de comprender si no las has vivido en el lugar apropiado.

Eso las convierte en únicas.

Otras podrán ser mejores, peores, pero como la experiencia de una terraza en la calle, cuando el calor se ha ido, es algo que solo es posible experimentar en esta ciudad.

Y al que le pique, que se rasque.

               Luis sonríe, es casa Concha, como siempre.

¿Para qué variar?

Por lo menos sabes lo que comes, que no es gran cosa, pero tampoco lo peor.

La tarde que cae, casi que llega la noche.

Nada que hacer.

El sol se marcha con su cansancio, el albero, la loseta, lo que sea, regado, con el calor esparcido, que nunca huye, que tiene el desparpajo de ser el que domina el sur.

Y se queda esperando que llegue el día, para seguir dando por donde más duele.

Pero en ese momento, Luis solo mira a la calle, donde pasa gente humilde.

Con un Vargas, que en cualquier lugar del país puede ser una cosa, pero allí, donde fue la capital de un imperio, es vino tinto con gaseosa.

Que ahora es Casera, antes Pijuan o Illescas Muñoz, o la que fuera.

Pero siempre es lo mismo, un Vargas, y este poco cargado, que el tinto no es de campeonato, y carraspea cuando pasa.

Pero la gaseosa, que no el sifón, lo ennoblece.

Al lado, las patatas fritas, más al lado, lo que sale de pegarle una patada a un olivo.

Luis respira tranquilo, son los momentos que no valen lo que cuestan.

Es como el sexo, si supieran lo bueno que es, lo joderían a impuestos.

Pues una terracita es lo mismo, lo mejor para la ansiedad, para la depresión, para cualquier cosa…

Siempre que no se te presente el que no quieres que se te aplaste.

               La ve venir, la vieja, que se dirige como un torpedo.

Arregló a la niña, y del más rancio odio, al amor más persistente, parece que prefiere el primero…

Pero alguien que se sienta.

─Buenas tardes, Doña Maruja, aquí con Don Luis, que quería preguntarle una cosa, ─ve como Paloma sonríe con desparpajo.

─Si niña, si, pregúntale lo que quieras, como si tú supieras…, buenas tardes, don Luis, cuando pueda.

─Por supuesto, ─sonríe Luis.

               Ve como se marcha la mujer y sonríe.

─Lo que quieras, cola, patatas, flamenquín, riñón de médico, lo que quieras, que pesada es.

─Sí, le ha dado por usted, pasaba por aquí, le he visto la cara de miedo, y he pensado en salvarlo con riesgo de mi vida.

               Luis sonríe, la mira, es una niña con cuerpo de problema, y la cara de lio de los gordos.

─ ¿Que hace por aquí?

─Vivo aquí, Paloma.

               La muchacha lo mira sorprendida.

─Venga ya, con la pasta que tiene.

               Luis señala.

─En el segundo tienes tu casa, si vienes con tu madre, o acompañada de una persona mayor.

─ ¿Por qué dice eso?

─Con lo guapa que eres, en casa de un viudo, hazme caso, somos modernos, pero no tanto, esto es un barrio, que es un pueblo de los perdidos en la serranía.

               Paloma ríe.

─ ¿Conoce esto?

─Sí, llevo viviendo aquí, ─piensa─, no sé, unos quince años, o más.

               Paloma señala atrás un bloque.

─En el tercero vivimos mi madre y yo, villa Miserias como la llamo.

─Porque no conoces el mío, Paloma, el otro día entró un ratón, y cuando iba a ir a matarlo, se dio la vuelta, vomitaba, me dijo, ya me voy, ya me voy, arregla esto, por favor.

               La muchacha ríe con ganas.

─Qué cosas tiene.

─Háblame de tu.

─Es usted un médico…

─Un vecino, talludito, que se toma un Vargas, ¿quieres uno?

               La chica asiente.

─Pero flojito, que no soy de…

─Eso está bien, el alcohol y nuestra profesión no hacen buenas migas, lo sé porque pisé el cable bien pisado, no dejes nunca que el alcohol entre en tu vida, por lo menos como actor principal, secundario y de los que no aparecen al final de la película.

               La chica lo mira, no dice nada, al momento, el Vargas, Paco, el de Concha que los mira con una sonrisa.

               Luis levanta la cara.

─Paquito, ¿quieres un problema conmigo?

─No, Don Luis, es que…

─Lárgate.

─ ¿Qué pasa?, Don Luis, ─pregunta Paloma.

─Que la Concha, buena gente, el Paco es un cerdo.

               Paloma asiente, de un golpe se ha bebido el Vargas.

─Que calor.

─ ¿De dónde vienes?

─De la biblioteca de la facultad.

─La conozco, ni horas que me he pegado allí, ¿con que estás?

─Fisiopatología.

─Es un castigo, pero útil, sobre todo si la apruebas.

─Sí, pero cuesta trabajo.

─Eusebio me asegura que no, que eres una monstrua.

               La chica sonríe.

─Sí, pero hay que echar troncos a la candela, que cuesta, entra, pero siempre es trabajo, sobre todo llegar a ser la número uno.

─Eso espero, me voy a comer un churrasco a la pimienta con salsa cordobesa, ¿te apetece?, de los que le salen las orejas fuera del plato, que ya sabes cómo es la Concha.

─Es que mi madre…

─Después le llevas uno, ¿no los has probado?

─Claro, pero…

               Luis levanta la mano.

─Paco, dos de los salvajes con mucho pique, después, uno para llevar.

─Muchas gracias.

─No, si veras el turbión en la barriga cuando termines.

               Paloma agacha la cabeza, la oye contener las ganas de reírse.

─ ¿Qué te pasa?

─Es que yo soy de esas.

─ ¿De cuáles?

─De las del turbión.

               Luis se ríe de buena gana.

Mientras que Paloma no puede contener la risa y se estremece, entre carcajada y carcajada.

               Luis la mira.

Si, es la juventud, ese divino tesoro, del que ya ni se acordaba.

Pero continúa riendo.

Son esos escasos momentos los que hay que atesorar, como lo que son…

Algo irrepetible.

57 DE MALA MANERA

               Paloma recoge los bancos de la iglesia.

Tampoco es tanto.

Ha terminado de estudiar, más bien se ha aburrido.

Todo va como tiene que ir.

El no tener que fregar escaleras le hace mucho.

Sonríe para sí misma, no es que haga mucho.

Es la diferencia entre un antes y un después.

Ahora las asignaturas siguen siendo duras, pero no tanto.

Apenas si son paseos comparadas con el tiempo…

Vuelve a sonreír, fue hace poco, en que no podía casi dedicarles ni un minuto…

Ni de veces que había pensado en dejar la carrera.

Ahora, con la ayuda de don Luis, quizás…

               Mira una figura en uno de los bancos de la esquina.

Los que nacen de tener que retorcerse en sí misma para acoplarse al reducido solar que ocupa.

Le es familiar, si, es…

No sabe qué hacer.

Se acerca poco a poco.

Recogiendo lo que tiene que recoger.

Pero en dirección a la encorvada silueta.

               Sin querer, como si fuera impelida por alguien que no conoce, se sienta al lado.

Eso no es lo peor, la reseca madera, olvidada de años, cruje ante su peso que aun siendo poco, es.

               La figura no se mueve, solo está con la cabeza baja, parece ni respirar, se queda quieta a su lado, como si…

No sabe que es lo que está haciendo, pero…

               Pasa un buen rato, sigue quieta sin decir nada, respetando el silencio de la figura.

─Hola, Paloma.

─Buenas tardes, Don Luis.

─ ¿Qué haces aquí?

─Haciéndole compañía, que desde donde estaba se le veía de solitario que daba miedo.

               Luis gira la cabeza, sonríe.

─ ¿Que le sucede?, Don Luis, ¿algo malo?

─Siempre es lo malo lo que nos trae a pedir al que a saber si existe, si es algo bueno, la mayoría se nos olvida, nos crearon egoístas, chiquilla, muy egoístas.

─ ¿Y qué le ha pasado hoy?

─ ¿Quieres una vacuna contra la ilusión, contra la vocación?

─ ¿Qué quiere decir?

─Déjalo, no quiero hacer daño, menos a alguien tan inocente como tú.

─No, diga lo que tenga que decir, el peso compartido es la mitad para cada uno.

─Si fuera cierto.

─Eso es lo que dice Don Eusebio.

─Si fuera cierto todo lo que dice ese cura fullero…, pero vale.

─ ¿Me va a contar?

               Luis asiente.

─Imagina, tú que ya estás de aspirante a matasanos, un niño, guapo, simpático, con ganas de vivir, lo has visto, sabes que lleva el quinario pasado, que le queda solo un paso para poder ser normal, solo un paso, ─Luis va juntando dos dedos.

               Mira a la cruz.

─Todo está bien, las máquinas aseguran que todo está bien, me piden que haga la operación por favor, es fácil, media hora y a la calle, todo perfecto, las malas fueron las dos anteriores, hace mucho tiempo, las que yo no hice, pero que están guardados los vídeos, que he visto varias veces, ¿sabes lo que son los vídeos?

─Sí, las grabaciones de operaciones, son obligatorias.

─Así es, pues entro en el quirófano, todo bien, sonrisas, Bach, el omnipresente Bach, abro, ¿todo bien?, no, nada está bien, una válvula que no restañaron bien, un aparato mal puesto, todo lo que podía estar mal, lo estaba, de media hora, seis, no pasa nada…

Intenta sonreír.

– Solo es tiempo, cansancio, dolor, pero no, es más, es la vida que querías tener, que se escapa, como si no fuera nada, y te oyes decir caldeando, “hora de la muerte…”

Suspira.

– Y eso no es lo peor, la familia, que la conoces, que confiaban, que no saben que los que operaron eran unos matarifes, los llantos, las lágrimas, las maldiciones, los golpes, con razón, sin ella, ¿Dónde echan el dolor los que sufren?

Mira a Paloma.

– Esa es nuestra profesión, por eso nadie la quiere, hazte médico de familia, que también tiene tarea, pero, ¿cirujano?

Niega con la cabeza.

-No, Paloma, no. Matas, y a la vez mueres, dejas morir, mueres, salvas, mueres esperando que no regrese, mueres, mueres, solo mueres, día a día, y eso con suerte, si no eres como mis compañeros, que les da igual, que los que están en la mesa son solo números, estadísticas, dinero, buena vida, el que rajan, que procure estar bien, que ellos…

Sonríe sarcásticamente.

– También son médicos, cirujanos.

Suspira.

– Y el que está enfrente, mira como lo putearon, lo clavaron en una cruz, que no dice nada, que no manda a San Miguel encabronado a eliminar a la morralla, que solo en mi hospital tiene para hartarse.

Sonríe de nuevo.

-Si, bonita, San Miguel, el de la espada, nada de advertencias, cortar por lo sano, conmigo también, mejor me callo, que estoy para partirme y probarme.

               Paloma lo mira.

Le quita una lágrima con un dedo.

Después en el otro ojo lo mismo.

Saca un pañuelo, moja una punta y la pasa por los hinchados párpados, no dice nada.

               Luis la mira, la chica sonríe.

─Cuando lloro, mi madre me hace lo mismo, a mí me consuela, ¿a usted, don Luis?

─A cualquiera, Paloma, a cualquiera.

58 UNA TARDE CUALQUIERA

               Paloma mira a Luis.

Está destruido.

Solo sonríe, le recuerda a su padre, el que hace tanto tiempo que se fue…

Que siempre penaba por alguien…

Que le gustaba llevar el peso del mundo en sus anchas espaldas.

─Don Luis…

─Luis, por favor, que me has limpiado los mocos, eso da confianza.

               La chica sonríe.

─La Concha, que ha traído caracoles, ¿me invita?

─ ¿De los chicos?

               Paloma asiente.

─Y de los gordos, de las cabrillas con la salsa de siempre.

─ ¿Los has probado?, niña.

─No hace falta probarlos, si, están de muerte.

─ ¿Cuantos nos comemos?, ─pregunta Luis con cara de niño malo.

─Una cubeta de cada uno, cada uno.

─Hecho, vámonos, Paloma.

               Eusebio lo ha oído todo.

Él no hubiera podido levantarle el alma al médico que salva vidas, dejándose la suya, como si tuviera la culpa de todo.

No es como él, que si la tuvo y paga.

El que se va, no ha hecho nada, o casi nada, pero paga como si fuera el que debe de pagarlo todo.

Y bendita sea la chica que le ayuda a llevar el peso.

Sea joven, sea vieja, guapa, fea, gorda, delgada.

¿Qué más le da al de arriba?

Cuando los diablos rondan a un santo, el de arriba manda a su San Miguel particular.

Que no tiene que ser varón, ni grande, ni fuerte, ni salvaje, solo duro, duro como el granito sobre el que se levantó la ciudad.

Sonríe, mira a la figura clavada en la cruz, sonríe, y piensa, “Mira que eres listo”

               Todo lleno de cuencos de caparazones de caracoles vacíos, Paloma reposa tirada hacia atrás con la cabeza caída en la misma posición.

─Madre mía, como me he puesto, mañana tendrán que repoblar todo de caracoles, que buenos estaban.

─Vamos a reventar, que maravilla, ¿quieres algo más?, ─le pregunta Luis.

─La extremaunción, y que haya gente que le dé asco comer esta maravilla.

─Déjalos, Paloma, que el señor, en su infinita inteligencia los castigará enviándolos al norte.

               Paloma sonríe.

─ ¿Y si alguien del norte nos oye?

─Si está comiendo caracoles, es que no es tan malo.

               Paloma levanta la mano.

─ ¿A quién saludas?

─A mi madre.

               Luis se yergue.

─Dile que se siente con nosotros.

               Paloma la llama, pero la mujer solo sonríe y se queda quieta.

La chica se levanta y sin piedad, a empellones, la acerca a la mesa, Luis se levanta.

─No se levante, que la que molesta soy yo.

─No diga esas cosas, siéntese, que nos hemos puesto de caracoles…, ¿quiere usted?, que los de la Concha…

─Los de mi madre son mejores, Luis, de morir, ─Paloma mueve la cabeza como si fuera la verdad más fundamental.

               Luis mira a la mujer, se la ve gastada, cansada, posiblemente más vieja de lo que realmente es.

Sonríe con cansancio, con la sonrisa del trabajo, que, para ella, Luis lo sea, y no sabe qué hacer.

─Luis, de verdad, ¿tú ves los de la Concha?, pues nada que hacer, los de mi madre, increíbles.

─Si hay tiempo, Paloma, que sabes que son muy liados, ─le contesta su madre.

─ ¿Cómo se llama usted?, ─pregunta Luis.

─Perdone, don Luis, Visitación, me llama Visi, para lo que usted desee, y gracias por ayudar a la niña, que es un zopenco, pero no es mala.

─No diga usted eso, ─mira a Paloma─, ¿qué notas has sacado en esta evaluación?

─Número Uno.

─Yo no entiendo de eso, don Luis, de usted si, ¿va bien?

─Como un reloj, ─le responde.

─Con eso me quedo más tranquila, y me marcho, que mañana a las cinco empieza la faena.

─ ¿Sigue usted con lo de las comunidades?

─No sea usted tan fino, ¿con lo de fregar escaleras?, claro que sigo, que remedio.

─ ¿Unos caracoles?

               La mujer sonríe.

─No le voy a decir que no, que yo no tengo tiempo, y que a la Concha no le salen mal, que chica más apañada, si no fuera…

─Por el Paquito, Visi, por el Paquito, la madre que lo parió.

─Me ha dicho la niña que vive aquí.

               Luis asiente.

─De toda la vida, ─señala a su casa, aunque sea de mala educación, le da igual.

─ ¿Usted es el médico que su mujer…?, ─Visitación se corta.

               Luis asiente.

─Sí, que me la mataron, Visitación, ayer, hace mil años.

               La mujer calla.

─Lo siento, no quería…

─No importa, no miente, fue, es verdad, soy viudo desde entonces.

─Qué pena de mujer, con lo guapa que era, ─suspira Visi.

-Si, una pena, ─está a punto de no decirlo, parece cotilla, pero le han dicho que no, solo que de conocimiento la única que ha salido es la niña.

─Me han dicho que cocina bien, Visi.

─Sí, eso dicen, yo no creo que sea para tanto, ─intenta sonreír, se ha dado cuenta de que ha metido la pata.

─El caso, es que la chica que llevaba mi casa se ha ido, historias de las suyas, lo cierto es que me ha dejado tirado, si la contrato…

─ ¿Que tendría que hacer?

─Cuidarme como si fuera su niño pequeño al que quiere con locura.

               La mujer sonríe.

─ ¿Tan abandonado es?

               Luis asiente.

─Mientras que no se pegue, no está sucio del todo, además, comida, ropa…, todo.

─ ¿Y de cuánto hablamos?

─Un buen sueldo, dada de alta, el que se paga de normal.

─ ¿Puedo seguir con las escaleras?

─Si tiene cuerpo.

               La mujer levanta la mano.

─Por mí, trato hecho.

               Luis la estrecha.

─Mañana a las siete la espero en el segundo B, que me marcho a esa hora al hospital.

─Allí estaré.

               Luis mira a Paloma.

─ ¿Tu qué opinas?

─ Que sí, que es un santo.

─Que te lo diga tu madre cuando conozca como vivo.

               Paloma sonríe.

59 LA RECOGIDA

─Buenos días.

               Ernesto mira al que acaba de entrar por la puerta del taller.

Es como los podencos, conoce el paño, enteco, ya en edades, pelo gris, pero poco, sonrisa parca, y cuidado con los lugares oscuros.

Que, si le debes algo, lo pagas en tripas.

─A los buenos días, ─responde con la sonrisa de a pocos euros la hora─, ¿que deseaba?

─Venía a recoger el automóvil de la Señorita Cienlobos, ¿le ha llamado?

─Sí, ¿usted es…?

─Ambrosio Regueras, para servirle, si no es mandar mucho, ─sonrisa de las de muerdo con bichos que no matan los antibióticos.

─De acuerdo, ─nueva sonrisa─, todo correcto.

─ ¿Me puede informar de cómo estaba el coche?, para que, a su vez, yo le informe a la señora.

─Bien, algo a anotar, que el aceite de la caja de cambios, que no era bueno, lo pedí, una pasta, también el del aceite, una pena para un coche que marca solo doscientos kilómetros.

─Más un capricho que otra cosa, usted me entiende.

               Ernesto sonríe, le hace una indicación de que lo siga.

Pasan por innumerables pasillos.

Señal de que el taller creció como las setas entre los árboles, lo que le dejaban los edificios y los locales comerciales de los mismos.

─Muy reconcentrado, ¿su nombre es?, ─pregunta Ambrosio.

─Ernesto, y sí, mi padre fue comprando lo que pudo entre los solares que se vendían, suerte, que, aunque malamente, están comunicados.

─Sí, conozco la situación, ¿y el coche?

               Ernesto enciende una luz, se ve un enorme guarda polvos, que tira con presteza, aparece el coche de un azul precioso, dado brillo hasta la saciedad.

─Sí que lo han dejado bonito.

─Buen material, buena herramienta, ─contesta Ernesto─, más tiempo que dedicarle, pero merece la pena.

─Sí que la merece, supongo que la dolorosa será…

               Ernesto sonríe.

─Dolorosa, por supuesto, si fuera menos, menos le gustaría.

─Me cae bien, Ernesto, está criado en la vida.

─No hay más remedio, o espabilas, o te arrancan la cabeza.

─Como la biblia de claro, ─nueva sonrisa de fiera.

─ ¿Y cómo ha sido que la señorita…?

─Señoría, que es juez, ─levanta la barbilla─, y de las que van al supremo.

─Joder, que alegría, pero como es que…

─Porque le cae bien, Ernesto.

               Este sonríe.

─Supongo, pero mejor decir eso, que no me va a contar una mierda.

─Pues eso, pago, me llevo el coche, y todos como hijos de dios.

─Vivos, ─responde Ernesto.

─Que sí que es listo, coño, ─nueva sonrisa.

               Ahora Ernesto sonríe, pero deseando que se lleven el coche, que estaba mal mantenido, espera que haya podido…

Mejor no pensar en nada.

60 TODOS LOS PRIMEROS SÁBADOS

               Luis sale de la casa, está mejor ordenada.

Visi le pega con las dos manos.

La mierda no ha desaparecido, es imposible.

Pero parece retirarse, no en desbandada, que es fuerte, pero sí que poco a poco da la impresión de que algún día podrá ser vencida, y sonríe.

Mira al cielo.

Es un buen día, es sábado, el sábado.

Quiere verlo y el día acompaña, se ha arreglado un poco.

No le gusta ir como es él en día de descanso.

Cree que lo ve.

Sigue siendo un cristiano imbécil de los que dicen que no creen en dios.

Y se encomiendan a él con nada que el día comienza.

               Gafas de sol, no es verano.

Pero el Lorenzo castiga con la intensidad que solo un andaluz puede sentir.

Ni los maldita madre de los moros saben lo que es el sol del sur.

Vuelve a sonreír, ya está con la cantinela de que…

               Lo ve, mueve la cabeza, esa cabeza con una boca que sonríe.

─ ¿Qué coño haces aquí?, Anatoly.

─Lo de siempre, Don Luis, es sábado, ─toca el reloj─, lo pone aquí, ¿o se le ha olvidado, y viene pronto, como si quisiera escaparse?

─No, no me escapo, pero la carrera me la cobras.

─Sí, y cara, como las putas, súbase, Don Luis, que cuando lleguemos, lo mismo está abierto.

               Luis sube.

─ ¿Has dejado de fumar?, Anatoly.

               Con la desvergüenza del que las ha pasado de todos los colores, el ucraniano responde.

─Sí que es un día magnífico, ¿ve que palabras?, la Maruja me jura, que mis tacos son los de un camionero con dos mil kilómetros que venga de Francia, ya mismo nadie sabrá que no nací aquí.

               Dos metros, rubio de miedo, con unos ojos azules que hablan de hielo, y la cara de eslavo que no es la del rubio español.

Seguro que cuela.

Eso sí, con la mujer y con los niños más bonitos que se puedan imaginar.

               Antes de darse cuenta, está en el cementerio.

Lo están abriendo, siempre está abierto.

Pero, ¿de par en par?, desde temprano en la mañana.

─Ve, todo a punto, Don Luis, perfecto, la hora bien.

               Luis lo mira y sonríe.

Sale del coche y se encamina hacia el cementerio.

Anatoly se persigna al revés, como buen ortodoxo, y enciende un cigarro.

Como los niños malos de los colegios, que esperan a que el profesor se haya marchado, quizás hasta sabe mejor, seguro.

               Apenas el pasillo, la iglesia, más bien capilla.

A la derecha, al frente, el patio principal.

Primer pasillo de tumbas.

Allí, la primera en la esquina, “Familia Junquito”

Ve, como mil veces ha visto, los nombres que aparecen en el panteón, desde el primero, que no era Monforte, que era del primer apellido de la ciudad, Junquito, hasta…

Que se pierde en los últimos siglos de la ciudad.

Pero el viene a ver al último, “Ernesto Monforte Lemos”

Suspira, quita las pocas hojas que el viento ha llevado de cercanías, pero lejanas.

En el patio todo son cipreses de los viejos, que habrá que arrancar, pues, hay algunos, que queriendo llegar al cielo, levantan el suelo.

─ ¿Qué pasa?, viejo, ¿cómo estás?

               Continúa quitando imaginarias hojas que solo arrastró su imaginación.

─Aquí me ves.

Mira alrededor

─De nuevo aquí, como todos los sábados primeros de mes, salvo el pasado, que tuve que…, ya sabes, operar fuera, y los viajes que salen de las enfermedades no tienen conciencia de las fechas.

               Saca de entre la chaqueta una barra, es algo que se descompone en una silla de caza, de las de una pata, que se llevan en cualquier sitio, pero que para un aguardo son lo mejor que se ha inventado,

Coloca en la lápida central, algo que parece que es un cenicero, y enciende un cigarrillo.

─Lo que es la vida, ni los médicos, padre, podemos escapar de los vicios humanos, el tabaco.

Mira el cigarro.

─Es malo, pero en la vida todo es malo, salvo lo que nos gusta más, que suele ser peor.

               Levanta la cara, y mira de nuevo al cielo, ni una sola nube.

─Este mes ha sido de los gordos, me ha subido la ratio de mortalidad, ya sabes, que se me mueren cada vez más, que soy un médico torpe, o quizás no, ni lo sé, ni me importa, que cuando llegan están en las últimas, soy como la última bala, y como es normal, se me quedan en el quirófano, muertos, “hora de la muerte…”, esa es la puta frase que duele como si fuera esa última bala.

               Para, da una fuerte calada al cigarro.

─Madre, bien, no me atrevo a verla, pero la cuido, verás, yo no, no tengo ese valor, pero hago que Ernesto, que es una bestia, lo haga, y sobre todo el milagro de Isabel que lleva a las tres niñas como si no pesaran, y al bestia de mi hermano, que es un bulto con ojos.

Se le escapa una sonrisa en la tristeza.

─Si, padre, sigue siendo el mismo, bruto, grande, y con un corazón…, ¿qué te voy a contar?, tus nietas preciosas, han salido a mi madre o a la suya, a la de Isabel, porque si salen al padre, hubiéramos tenido que casarlas de espaldas.

               Suspira.

─Ahora, cuando te deje, iré a ver a mi niña, a Nieves, como duele, como contigo, pero con un dolor distinto, hasta en eso somos complicados los seres humanos.

Apaga el cigarro en el cenicero.

– Tu, mi padre, un dolor, ella, mi esposa, otro, ¿qué más da?, pero que estáis aquí, que yo vengo a visitaros, cuando me gustaría que fuera al revés, sí, eso, no me desdigo, nadie me cuida, nadie tengo que cuidar, estoy tan solo como ustedes.

Enciende otro cigarro.

– Puta vida, que mal reparte las suertes, por lo menos, cuando vengo, os traigo el regalo de haber ayudado a que algunos hayan pospuesto su visita a un lugar como este, mejor que visita, a su incorporación…, lo que sea.

               Apaga el cigarro en el cenicero.

Y mira a su alrededor, soledad que le anida en la cabeza. Entre los lapidarios, rodeado de cipreses que creen dios, y que quieren llegar a él con sus copas, lo único que le ronda la cabeza, es “que solos se quedan los muertos”

               Ha pasado una hora, se levanta, y camina hacia la tumba de Nieves, mientras que los cipreses siguen en su invisible carrera para tocar la túnica de dios.

               Anatoli ve como llega Don Luis, el santo que le salvó la vida, cuando nadie daba nada por ella, y nadie quería ni gastar saliva en salvarlo.

Llegó y lo devolvió con sus hijos.

No se ha dado cuenta, apaga el cigarro, y ve como se acerca.

Ha llorado, tiene los ojos hinchados como siempre, como todos los sábados que pide el coche de la empresa de taxis, solo para llevarlo.

Como si fuera, que lo es, una promesa, y piensa que, por qué el de arriba permite que los buenos hombres sufran más que los malvados.

No encuentra ninguna respuesta, mientras comienza a hablar.

─Ni un cigarro, Don Luis, ni un cigarro, ─comenta al que llega, mientras que con el tacón aprieta la última colilla, por si acaso.

61 PRIMERAS IMPRESIONES

               Visitación mira la casa.

El salón sin haberle dado un agua en condiciones desde hace mucho tiempo.

Todo sucio, quizás de los de darle un trapazo y hacer que la mierda sea más.

Y piensa que como se puede ser tan guarra, como para cobrar por poner las cosas peor, ni que fuera funcionaria.

               Entra en el dormitorio.

Huele a mocito viejo que tira de espaldas.

Y piensa en cómo es posible que alguien tan inteligente, con tanto dinero, se permita vivir como en una zahúrda.

Mira las sábanas, no están mal comparadas con el resto de la casa, solo tienen el olor del tiempo que llevan puestas.

¿Y qué decir de los cuartos de baño?

Una pátina en los azulejos que se extraña de que el que paga no hubiera hecho nada por echar a la puerca que decía que limpiaba.

Huele a suciedad.

¿Y la cocina?

Eso es otro mundo, un mundo que para que funcione hay que tirar todo.

 No queda nada que se pueda aprovechar, ni tan siquiera las pocas especias que quedan, algunas caducaron hace más de cinco años.

Un desastre.

… y mirar en los armarios.

Los de ropa femenina, supone que, de la fallecida, impecables, en plásticos, como todo, en los cajones, hasta la ropa interior.

Y al verlo siente repelús, más cuándo se ha dado cuenta de que todo está lleno de fotos del señor y de la difunta esposa.

En cuanto a la ropa, la que tiran para beneficencia mejor seguro, no la querrían ni en las tiendas de segunda mano, ni regalándolas. Además, con rotos, lamparones de haber cogido lejía cuando se lavaban.

Todo es un desastre, comenzar por el principio no tiene otra, pero lo primero que hacer, comprar miles de bolsas de basura, que otra cosa no, pero eso, seguro, seguro, que le va a hacer falta.

               Luis llega del hospital, está cansado, entra en la casa, todo está igual, pero diferente.

Huele fuerte, es un perfume primario, poco agradable.

Mira unos aparatos que escupen algo que parece perfume de una mujer mayor y acabada.

Pero por lo menos no huele mal.

Observa el salón, está igual pero no es lo mismo.

Han desaparecido muchas cosas, supone que Visitación no se casa con nadie.

Como lo que descubre al entrar en el cuarto de baño, todo es nuevo, desde los cepillos de dientes, hasta la escobilla.

Abre el aparador, cuchillas nuevas, crema de afeitar, dentífrico.

Sonríe.

Una buena intendencia, y por supuesto, muchos rollos de papel higiénico.

Pero lo más importante.

Lo que le llega al corazón.

Es la cocina, en ella todo en su sitio.

Abre las alacenas, no hay nada.

Pero la hornilla aparece limpia como los chorros del oro.

La encimera es de otro color, y no queda nada, ni tan siquiera…

No, en el frigorífico, sí, dos cosas, una botella de leche, del día, sin abrir, y una nota.

“Le he dejado una carrillada que he tenido que cocinar en mi casa. La mujer que cuidaba esto, no se cambiaba ni de ropa interior, y déjeme dinero, que tengo que reponer todo, y mi economía está como para poder pagar lo que necesita. Compre ropa, por favor”

               Luis toma el plato de carrillada, enorme, de los de hueco profundo como el mar de Irlanda, que no tiene fondo.

Lo mete en un microondas que parece nuevo.

Gira, calienta, unos minutos después, un delicioso olor se reparte por toda la cocina.

Cuando lo saca, el aroma lo está matando.

Toma un cubierto, y aun quemándose, come.

Una maravilla.

Cuando termina, rebaña con pan de molde, que maravilla, repite.

Así, hasta que, sin darse cuenta, echa la cabeza atrás y se queda dormido profundamente con una sonrisa beatífica.

62 SACANDO BOLSAS DE BASURA

               Paloma tira de la bolsa.

─Mamá, cárgalas más cuando puedas.

─Sí, que bien, ─responde con sarcasmo Visi─, que he notado que puedo aprovecharlas más.

               Paloma mueve la cabeza, al pasar por el salón mira la foto, en ella una mujer muy guapa y Luis que sonríen ambos como si estuvieran en el cielo.

               Visi que pasa, se le queda mirando.

─ ¿Que miras?, Niña, ─le pregunta.

─Viendo la foto de Luis con su mujer.

─No manches con la baba el retrato, que después tengo que limpiarlo.

─ ¿Qué quieres decir?, ─responde con una insegura sonrisa Paloma.

─Que te saltan las babas, que se te caen encima del retrato.

               Paloma se corta, Visitación deja la bolsa de basura que lleva y se sienta en el sillón.

─Siéntate, Paloma quería hablar contigo, esperaba hacerlo después, pero…, ─y sonríe con pena.

─Dime, Mamá, ─la chica agacha la cabeza.

─ ¿Qué?, ¿estás enamorada como una colegiala del médico?

               Paloma no contesta, continua con la cabeza agachada.

─Yo no lo veo mal, es guapo, inteligente, buena persona, rico, ─sonríe─, aunque no se note, la diferencia de quince años o más, no es nada, por lo menos para mí, el único problema, mírame.

               Paloma levanta la cabeza.

─Es que luchas contra una muerta, y esas no tienen fallos por lo que puedas vencerlas.

─Lo dices, por…, ─Paloma señala con la cara la foto.

─Sí, Nieves se llamaba, como sabes, estaban enamorados como críos. Cuando murió casi se pierde en el dolor ese, como tú lo llamas a él, San Luis, el caso es que salió, pero el alma, aún está enganchada con una muerta, y no quiero que mi hija se quede ahí, en un terreno en el que no eres nada, solo algo que es carne.

               Paloma llora.

─ ¿Y qué le hago madre?, lo veo y me quiero morir, cuando llora lo abrazaba hasta que sonriera, no sé qué hacer, madre, ¿qué hago?

─Contra el amor no se puede hacer nada, pero tienes que luchar contra algo real, no contra algo que siempre será mejor que lo mejor que tu hagas, el recuerdo en la cabeza del que amó a una persona que se fue, siempre es perfecto, tu, lo que tu hagas, será maravilloso, pero… imperfecto, ¿lo entiendes?

               Paloma asiente, levanta la cabeza.

─ ¿Qué puedo hacer?, madre.

─Olvidarlo.

─No puedo.

─Entonces trabajar como la cuerda en el brocal del pozo, día a día, momento a momento, con la esperanza de que olvide, de que ganas, pero sabiendo que será difícil, que puedes perder lo mejor de tu vida en el empeño, y al final…, ─sonríe con pena─, que nada, a partir de ese momento, valga nada.

               Paloma la mira, se levanta.

─Sí, mamá, pero te recuerdo que las bolsas no se llevan solas, a trabajar que te veo muy floja.

               Visitación sonríe.

Sabe que va camino a ser una desgraciada, pero no puede hacer nada, solo ayudar, apoyar.

Y cuando llegue el momento, servir de paño de lágrimas.

Sonríe de nuevo.

Sí, todo va a salir bien.

Por una vez en la vida, todo va a salir bien.

63 EL RUIDO

               Luis mira el reloj digital.

No soporta el ruido de los despertadores, de los relojes mecánicos.

Es malo de dormir.

Los sonidos lo vuelven loco, sobre todo si son continuos, aunque sean tenues, como el latido del corazón de una rata.

Así compara a los sonidos de los despertadores mecánicos.

Pero el problema no es ese.

El digital no suena, no emite sonido, pero si su insidiosa cara de cómo va pasando el tiempo.

Entra en la carpeta de música, y se atreve…

Karl Orff, duro como el pecho de un enano.

Sonríe.

La noche se las va a traer.

¿Por qué no poner algo que es distinto a lo que se siente al escucharla?

Carmina Burana, las canciones de un pequeño pueblo alemán, en latín, pero que pone los vellos de los brazos, del cogote, como escarpias.

Además, que quizás con esa fortaleza, logre echar el zumbido del maldito tinitus, que ahora se ha crecido, como si quisiera comerse la mente, la suya.

Le da al play, al reproducir, que el inglés, como las ladillas, entra cuando no te das cuenta.

               Pero el sonido, incólume, se pasea por su cabeza, a pesar de la fortaleza de la música.

El cuerpo cansado, se resiste más aún.

Pasea por el dormitorio, y piensa que ha sido un día malo, dentro de una semana terrible.

No ha sido médico, ha sido enterrador.

El cincuenta por ciento, algo terrible.

El propio director lo ha llamado, no para recriminarlo, sino para felicitarlo por el cincuenta por ciento que ha salvado, reconociendo, a pesar de lo que piensan sus colegas, que lo que entró en el quirófano, por desgracia, era insalvable.

Pero eso no es óbice para nada.

Los muertos son muertos.

El sonido sigue, subiendo a cada estrofa de la música, a cada golpe de tambor, a cada…

Piensa que está mal, que no quiere seguir, se plantea si le merece la pena seguir operando, un día…

Quizás no tan lejano, se pondrá en el pecho el hierro, o se tirará por la ventana.

Una nueva sonrisa que daría pena si alguien pudiera verla.

Tendría que subir al cuarto para hacerse daño, sabiendo además que no hay ascensor.

Una sonrisa más.

Eso es lo que le echaría más para atrás.

               Deja caer la cabeza sobre la almohada.

Mira el reflejo de las luces rojas del reloj digital que se proyecta tenuemente en la pared, en el techo, que se hacen grandes con la distancia.

Sin darse cuenta, sabiéndose perdido, creyendo que el sueño es algo imposible, sin poder creerlo porque no piensa en ello, se queda dormido.

               Abre la puerta de casa, un día no demasiado denso, más bien anodino, que de vez en cuando se necesita.

Oye voces de mujeres, sale Visi que sonríe, está entre bolsas de basura enormes.

─Don Luis, que esto no se acaba nunca.

─ ¿Tan cochino soy?

               La mujer sonríe.

Al momento sale Paloma con un pañuelo en la cabeza.

─Madre mía, Luis, que cantidad de todo.

─ ¿Os ayudo a bajar las bolsas?

               Visi lo mira.

─Don Luis, ¿puedo llamar para que pinten el piso?, que es blanco, que lo de color hueso, es de la porquería que tiene, que se puede sacar nicotina y alquitrán solo con pasar un trapo, que no se ha pintado…

─Lo sé, lo sé, soy un dejado, pero, ¿dónde duermo?

─En la otra habitación un par de días, después vuelve a su dormitorio y se pinta el resto, yo le traigo la comida, pero que esto parezca una casa, y de los muebles no hablamos, ¿de cuando son?

─De cuando eran nuevos, ¿la única diferencia?, que eso fue hace mil años. Compra los que quieras, no te preocupes, son solo recuerdos que no significan nada, no los he cambiado, ─se encoge de hombros─, porque…, no lo sé, no tengo ni idea, compra lo que veas.

─Es que, Don Luis, yo soy vieja, mi gusto…

               Luis mira a Paloma.

─Atrévete, tú eres joven, piensa que yo no, pero cómpralos tú, ¿de acuerdo?

               Paloma asiente.

─Y don Luis, ¿de la ropa?, ─continúa Visitación.

─ ¿Que ropa?

─De la que no tiene, todo está de pobre, solo una chaqueta que se salva, y dos camisas blancas, y unos pantalones azules…

─Qué control, ─sonríe Luis─, iré algún día a comprarlos.

─Paloma, ─Visi mira a su hija─, llévalo a comprar algo.

─ ¿Yo?, madre.

─No, esperamos a que se la compre él, que está abandonado, niña.

               Luis sonríe.

Le recuerda algo que hace tiempo que no…, y suspira.

─Menos cháchara, ─coge una bolsa─, a llevar esto para abajo, que mujeres más vagas.

               Visi sonríe.

Después coge una de las grandes bolsas y sigue al insigne médico, que sabe que es el hijo de un mecánico.

Que ahora mismo parece lo que era, no lo que es, y le gusta, cosas que le pasan por esa cabeza suya, que la tiene loca.

64 LA ENCERRONA

               Guiomar está sentada en el bar entre los edificios de los grandes almacenes del centro de la ciudad, del Corte Inglés.

Le han asegurado que los churros allí son geniales, lo cual es cierto, como también lo es, que quiere probar los clásicos jeringos.

Los del jardín de la princesa Wallada, el de los amantes, que aseguran que son los mejores.

Pero el motivo de estar allí sentada, bajo el parasol enorme que protege la separación entre los dos edificios, no es ese, el culinario, el de saber sobre el sabor de esto o de este otro…

El motivo es diferente, le han informado lo que ha pedido, se lo han susurrado al oído, en forma de dosier completo, y efectivamente.

Sonríe.

Allí está.

Mira la Tablet.

Sí, es ella.

               El uniforme del colegio mal puesto, una falda que está de cualquier forma, pero no en línea.

Debajo unos pantalones cortos, que sigue siendo una ciudad de provincias, y allí nadie enseña el culo, menos una señorita de las de familia de bien.

Despeinada, con una pinza que recogió el pelo de una manera determinada.

Ahora apenas si cuelga de una forma que no tiene ninguna.

               Si, se parece a su madre.

Son quince años, casi dieciséis, y ya tiene el cigarro en la boca.

Cosa de los genes, dicen, pero ya saben hasta liar el cigarro, como su abuelo.

Nueva sonrisa, pero al interior.

La mira de nuevo.

La chica se sienta en uno de los pitotes colocados para impedirlo, cosas de tener el culo prieto como una granada.

               La chica la mira.

Guiomar levanta la mano.

La chica le responde mirándola fijamente.

Mueve el brazo indicándole que se acerque.

La chica se coloca la mano señalándose.

Ella asiente con la cabeza.

Sabe que es la mejor forma de tomar contacto con alguien que está con las hormonas locas de una edad que ella también pasó, aunque de forma diferente.

               La chica se acerca con el cigarro en la mano.

Intentando que se note que es dura, dura como una piedra.

Que es más mujer que nadie, que es…

Simplemente joven.

─ ¿Qué quería?

               Por lo menos habla de usted, que sirva de algo el colegio de pago.

─ ¿Tu eres Nieves?

─Sí, ¿qué pasa?

─Nada, cariño, ¿Nieves Monforte?

─No, Nieves Robledo.

─En ese caso, perdona por haberte molestado, creía que eras la hija de Luis, pero me he equivocado.

               La chica la mira de nuevo.

─Y si soy la tal Monforte, ¿hay un premio o algo?

─No, siéntate, ¿quieres un chocolate, unos churros?

─Una cola, muy fría.

               Guiomar levanta la mano.

El solícito camarero se acerca.

La mujer de ojos de cielo lo tiene loco.

               En dos segundos la cola descansa en la mesa, junto con un vaso de tubo largo, lleno de hielo.

─ ¿Y qué es eso de Monforte?

Pregunta la muchacha mientras echa la cola en el vaso, y se despide de las amigas, a la vez que pega un chicle debajo de la mesa.

─Nada, una persona que admiro, Luis Monforte, tiene una hija, vamos, que te pareces a su difunta mujer mucho, ¿no conocerás a Nieves Monforte?

─Aquí no hay muchas Nieves, con el calor que hace, ─sonríe─, ¿y si la conozco?

─Nada, solo decirle algo sobre su padre.

               La chica la mira.

Le da un sorbo a la fría cola, de los de amigdalitis.

─ ¿Y qué es eso de su padre?

─Nada, guapa, son cosas de ella, no tuyas.

─ ¿Y si fuera la tal Nieves Monforte?

               Guiomar la mira.

─ ¿Me quieres engañar?

               La chica niega con la cabeza.

─Sí, soy Nieves Monforte, pero al cabrón de mi abuelo, lo mataría de un infarto si lo dijera por mi gusto. Cuando pasan lista en el colegio, de oxidado que tengo el apellido, me sorprendo, ¿qué es eso de mi padre?

─Nada importante, solo decirte que nunca te ha dejado.

               La niña sonríe, bebe más cola.

─Sí, y una mierda.

La boca se le llena con la palabra, es del sur.

Las palabrotas son solo formas de ensalzar lo que se quiere decir hasta límites que el lenguaje normal no alcanza.

─ ¿Que te han contado los abuelos?

─Lo que vi, que me dejaban tirada como una perra, ─se encoge de hombros─, supongo que es lo que soy.

               Guiomar la mira, uno no es lo que es, sino cómo se siente.

Durante un momento sabe creer, con las distancias, lo que siente la muchacha.

─No lo has visto desde…

─Desde nunca, se fue, se murió, que lo jodan.

─Nunca lo han dejado que se acerque a ti, ni una sola vez, y lo ha intentado mil veces.

─Si lo hubiera intentado, si hubiera querido…, ¿hay dinero para otra cola?

               Guiomar levanta la mano.

Dos segundos.

Nuevo vaso de tubo lleno de hielo.

Nueva cola.

─ ¿Sabes quién es tu abuelo?

─Sí, ─asiente con la cabeza─, un hijo de puta, que se cree que es dios porque me paga la mierda de colegio de monjas putas, que un día quemaré.

               Guiomar sonríe.

Es como la madre, no como Luis, o quizás como el hermano, como Ernesto, le hierve la sangre, quiere venganza.

─Pues ese querido abuelo, ha hecho y deshecho con el poder que tiene, toda tu vida, toda la de tu padre.

               La chica la mira, sonríe.

─Venga ya, no me jodas, ¿que eres, adivina?

               Guiomar deja una tarjeta en la mesa, se levanta y se marcha.

               Nieves mira a la tipa.

Es un espectáculo, si, se los tiene que comer crudos.

Mira la tarjeta, una puta jueza, así que no está loca.

Es una hija de puta que está de buena que ya quisiera ella, loca, pero jueza.

 ¿Qué juego se trae?

¿La querida del puerco de su padre?

Se encoge de hombros, pero se guarda la tarjeta en la mochila.

En el compartimento que solo ella sabe cómo llegar, por si acaso, que la bruja de su abuela, le mira hasta las bragas, por si…

65 A REMOLQUE

─ ¿Todo esto es necesario, Paloma?

─Vale, después escuchas tú a mi madre, que te ha adoptado, has cogido kilos, ¿quieres conservarlos?

               Luis sonríe mientras entra en el probador, cuando sale, Paloma asiente.

─Tres como esos, ─le pide Paloma a la dependienta.

─Tres, ¿para qué?, solo me puedo poner unos, ─pregunta extrañado Luis.

─Sí, ¿los lavas tu ese mismo día para ponértelos?

─No, no es eso, tienes razón, pero, ¿tanta ropa?

─Si no tienes nada, además cuando mi madre vea que estás surtido, tira toda la que tienes, que ni para la parroquia.

─Sí, que además Eusebio está como para que le den.

─Lo han llamado del obispado, Luis.

─ ¿Que sucede?

─Que no se calla, que pide para los suyos, lo único que va a conseguir es que lo larguen de la parroquia, y mira que soy católica, pero seguro que mandan a alguien que no vale ni sus zapatos.

─Eso es seguro, conozco al obispo, ¿quieres que hable con él?

               Paloma asiente, sonríe.

─Pero eso no va a impedir que sigas probándote ropa.

               Luis mueve la cabeza.

─Lo que hay que aguantar.

               La dependienta sonríe.

─ ¿Con tarjeta?

               Paloma niega.

─No, al contado, ¿nos pueden enviar la ropa?

─Claro, por supuesto.

               Luis sale de nuevo.

Ahora camisas, después saquitos, trajes.

Cuando terminan, Luis mira atónito el montante del ticket.

─Esto es mucho dinero.

─Sí, para mí, si, Luis, para ti, no, que estás abandonado.

─Vale, todo bien, solo una condición.

─De acuerdo.

─Haz lo que yo te diga a partir de ahora, solo una vez.

               Paloma lo mira.

Haría lo que él quisiera.

Siempre que quisiera.

Cuando quisiera…

Pero solo sonríe.

─Lo que tú digas.

               Bajan dos plantas.

Paloma se queda blanca.

Luis señala a la enorme sala de esteticien.

Ella niega con la cabeza.

─Lo prometido es deuda.

─Pero no me van a coger, seguro, esto es lo más caro de la ciudad, está siempre lleno.

─Tu madre llamó la semana pasada, te esperan.

               Luis la coge del brazo, la lleva dentro, allí una señora mayor, pero guapísima, la mira.

─Por favor, a tope, que tiene pelo hasta en el blanco de los ojos.

Asegura Luis con una sádica sonrisa.

─Por supuesto, Don Luis, por supuesto, ─mira a Paloma─, si me sigue.

               Paloma mira a Luis, que sonríe.

─No, esto no está bien.

─Si está bien, que tienes más bigote que mi abuelo.

─Tu p…, ─Paloma sonríe.

─Dilo, dilo, no te vas a escapar de ninguna de las maneras.

─Joder, que no me gusta.

─Pues ya sabes, como yo, que estabas abandonada, me voy, disfruta de un poco de tortura.

─Me las vas a pagar.

─Supongo, pero ahora el que sonríe el último, soy yo.

               Se da la vuelta y se marcha, la mujer la mira.

─Con lo bonita que es, nunca…

               Paloma niega con la cabeza.

─ ¿Va a doler mucho?

─Hay que pasar tormento para que el que se ha ido, no la mire como una niña.

─ ¿Tanto se nota?

─Soy vieja, pero si, se nota, y mucho, no pasa nada, nunca pasa nada, es una historia que se repite, pero el pescador que no pone cebo, no pesca nada.

               Paloma la mira, sonríe.

─Qué le vamos a hacer, el cebo, aunque duela.

─Que dolerá, seguro.

66 LUGARES EXTRAÑOS

               El hotel es majestuoso.

Una parte de Johannesburgo es increíble.

La otra parte también es increíble…, pero por la miseria que hay.

A su alrededor gente de todas las etnias, pero más de la de ojos azules y cabello rubio en el país de los negros más negros.

               Es el Marriott Hotel Melrose Arch, una maravilla arquitectónica que no recuerda nada que no se vea en Europa.

Pero allí, donde todo es diferente.

Sí, resalta, como una moneda de plata entre las de cobre.

─Esto no está pagado con nada, Monforte.

               Luis lo mira.

─Cuando cogiste el regalito de la última, no dijiste nada, ¿qué sucede ahora?

               Márquez lo mira, se da la vuelta, levanta el vaso, pide otro, es el tercer whiskey.

─Mañana tenemos faena, no lo olvides.

─Solo soy el ayudante de San Luis.

─No me los toques.

─No es eso, estoy bien, menos responsabilidades, pero lo que es, es.

─Supongo que sí.

Mira el vaso.

─La verdad es que estoy de cola hasta más para ya, y a esta hora.

Mira las cristaleras que dan un cielo oscuro.

─Sin cafeína, sin nada que me excite, que siempre duermo fatal, y mañana, faena, que, además, Márquez, nos pagan como si fuera de oro el paciente, que lo es, que tenemos que ser buenos, porque los anglos, no nos quieren ni regalados.

─El que operamos es negro.

─Sí, pero criado por los anglos, los mismos prejuicios. A mí me da igual, intentaré salvarle la vida, solo eso. Después, que hacienda haga los destrozos necesarios para que se te quiten las ganas de seguir operando fuera.

               Márquez lo mira.

─San Luis indignado, ─sonríe─, lo que me faltaba por ver.

─Sí, supongo que sí, ¿crees tú que venir a trabajar al quinto pino, es de gusto?

─Pues muchos darían un cojón por hacer lo que tú haces.

─Pues que vengan, a mí me da igual.

─Eso es lo que los mata, que lo haces como si no fuera nada, cuando ellos se ahogan en la envidia.

─Es su problema.

               Ya están en el avión.

Márquez mira a Luis, que duerme como un bendito.

El que decía que le costaba trabajo.

Nada más que el pájaro levantó el vuelo, se quedó frito, tanto que ni ha comido.

Lo ha intentado despertar, pero no, imposible, como un tronco.

Y se sorprende de como el que le da igual todo.

Aunque haya hecho una operación de las de libro de texto, que ha dejado a todos lo que la han visto con la boca abierta.

Cuarenta y ocho horas después, cuando todo parece estar bien, para España.

Se arrebuja en el asiento de primera.

Si, ha ganado dinero, mucho dinero, al final va a estar bien eso de viajar.

Cada vez es más dinero, cada vez más.

Pero lo más importante, son los regalos debajo del radar, y sabiendo quien es, se pregunta dónde echa el dinero.

               Luis llega a casa.

Son las cuatro de la mañana.

El puñetero jet lag.

El dormir en el avión, lo vuelve loco durante unos días.

Enciende las luces, sonríe.

Todo ha cambiado.

Lo ha pintado todo.

Parece más grande, las lámparas son modernas, dan más luz.

El sofá ahora no es algo vintage de sky, es algo que parece caro, blanco, como el moderno aparador que no lo parece.

Entra en la cocina.

Si, lo han cambiado todo, hasta el microondas, que era lo único que funcionaba.

Abre el frigorífico de dos puertas, está lleno.

Toma un tetrabrik de leche, bebe a morro, las buenas costumbres que no se olvidan.

Pasea por la casa, todo está bien.

Hace de tripas corazón y entra en la habitación de su hija.

Si, está como estaba, pero pintada, limpia, es la única en la que no han cambiado los muebles.

Incluso el tocador juvenil lo han reparado, que lo compraron de segunda mano y ya estaba roto.

Se sienta en la cama, y mira la cara de una niña que sonríe enseñando las faltas entre los dientes.

Junto a ella su madre, a la que se parece como si fueran hermanas.

Una sonrisa húmeda.

Después llora.

Se levanta, pensando que está loco.

Se va a su nuevo dormitorio, con el maravilloso colchón que todo lo vale, y se deja caer.

No hace frio, pero se echa una sábana.

Mira al techo, que ahora incluso a la tenue luz del despertador, es blanco, de un blanco que dañaría a los ojos si encendiera la luz.

Durante un momento parece que todo está bien.

Pero comienza el zumbido.

Es el tinitus, que durante el viaje le respetó un poco.

Ahora, vuelve como el viejo amigo que quieres echar, pero no se va.

Suspira, piensa que música poner.

Bebe del tetra de nuevo, y se incorpora.

Mira a través de la ventana, que le ofrece la maravillosa vista del bloque de enfrente…

Y una pequeña parte del parque, que llora sin luces, abandonado como la mayoría del barrio.

Suspira de nuevo.

Si, lo sabe, la noche va a ser larga, pero al final, pasará, como todo en la vida, solo pasará.

Y se perderá en la inconsistencia de lo que no es importante.

Ya nada lo es.

Para él, ya nada es importante, nada.

Bebe del tetra

Mira a la ventana.

Sabe de la noche larga.

Que se olvidará…

67 GARRI

               Luciano Garrido, el Garri, mira a los dos que están debajo del árbol, en la zona oscura.

Como si fueran comandos de las películas, de los malos de pago.

Cuando son solo pedazos de mierda que al sol se secarán.

Sonríe que no es sonrisa,

Si, hace mil años él era así.

Ahora son unas risas cuando lo recuerda.

Mira el reloj a la luz de una farola que se carga con paneles solares y que apenas si recuerda lo que es alumbrar, pero sirve.

Si, es tarde, es la hora que empieza a salir el personal del turno diario, y sabe lo que buscan, sabe a quién buscan, y sabe que…

Vuelve a sonreír con la sonrisa que hace que a los demás se les aflojen los esfínteres, y que no hace a sabiendas, es solo que le sale.

               Camina despacio.

Todo está huérfano de seres humanos.

Es la noche.

La esquina que nadie mira.

De vez en cuando sale alguien, que camina derecho en dirección a la salida del hospital.

Lo han estudiado…

Pero no han aprobado.

No saben que el cazador puede ser cazado.

Esa asignatura no la aprobaron, seguro.

Es de primero de malotes, de lo de andar por casa.

Pero ni esa mierda han aprobado.

Sonríe con la sonrisa…

─Buenas noches.

               Los dos individuos lo miran.

Saben de su catadura.

Se dan cuenta, de que, si ellos son del negocio, él lo inventó.

Y si no se dan cuenta, es que son gilipollas.

Y los gilipollas tienden a sufrir accidentes, muy graves…

De esos, en lo que vas y te mueres.

─ ¿Qué coño quieres?    

Le contesta el más grande.

Como si el tener inmensidad en el cuerpo diera la cantidad de maldad que tienes.

─Solo avisaros, el que buscáis, no hay que buscarlo, el que os han pagado por hacerle algo, menos en las manos, es intocable, como dios en las alturas, el que crea en eso, ¿lo habéis pillado?

─Y tu quien te crees que eres…

               No termina.

El tipo siente el frio del acero en la barriga.

─Me has matado.

─No, no te he matado, y más bajito, que te mato si chillas como un cochino.

Mira al compañero quien se ha quedado congelado.

─Y tú, recoge esta mierda, lo metes dentro, y dices que se ha caído sobre una navaja de veinte centímetros de hoja, de los cuales, solo le he metido cinco, o diez.

Sonríe de nuevo, con su sonrisa que da miedo.

─Solo eso, si no…, ¿sabes quién soy?

               El tipo niega con la cabeza.

A la luz de la muerta farola parece más blanco de lo que es.

─Soy el Garri, el que mató a vuestro puñetero padre, y violó a vuestra puta madre, al médico no lo toca ni dios, decidle a la guarra de Inma, que a Luis no se le toca. A quien, si se le muere el marido que lo entierre, que si está muy jodido, que le eche hojas de morera a la tumba para que coman los gusanos.

               Mira al que está en el suelo, tapándose la herida con las dos manos, y sonríe.

─Gordo, puerco, no me seas maricona, que no te vas a morir, que yo en lo de pinchar soy mejor que el queríais darle el repasito. Cuando te miren, verás como no te ha pasado nada, de momento.

Una chulesca sonrisa.

─Si os vuelvo a ver…

Mueve la cabeza.

─Ahora…

Mira al compañero del herido.

─Llévate al puerco dentro, si te preguntan…

─Que jugábamos con las navajas, que…

─Así me gusta, al final os voy a coger cariño, por gilipollas.

Levanta la cabeza rápidamente indicando la puerta del hospital, ordenándoles que se muevan.

               Ve como se alejan.

La sonrisa desaparece.

Se guarda la navaja.

Le tiene cariño, no le van a coger el ADN, que tendría un popurrí, le daría igual.

Pero no pasa nada.

La policía tiene mejores cosas que hacer que ir a por él, que solo come de los de su calaña.

Que lo de ir a por los civiles, pasó a la historia hace mucho tiempo.

Suspira.

Mira a la puerta.

Ve cómo sale Luis.

Se le escapa una leve sonrisa, apenas mover la comisura de un labio.

Pensando en la ignorancia de los justos, que lejos viven…

De la vida, que lo que ellos viven no lo es, es solo una sombra, que desaparece cuando tropiezan con…

Con alguien como él.

Como el Garri, que no lo quiere ni su puta madre.

68 NIEVES

               Espera sentada en el lugar en que la vio por primera vez.

Lleva así toda la semana.

¿Por qué?

Ella misma sin darse cuenta se encoge de hombros.

Supone que…

No quiere suponer nada.

Cuando la ve venir, con la clase que tiene, pedazo de tipa.

¿Qué coño se trae con su padre?

Y piensa, que esa con el coño…

Y sin darse cuenta sonríe, pensando la clase de puerca que es.

               Lía un cigarro, no quiere fumar, no la vuelve loca, pero es lo que hay.

Todo el mundo lo hace, la Nieves, también.

Que hay que estar en la onda, no en la del vaper.

Que es para raritas, un buen cigarro, que rompa…

─Mira quien está aquí.

               Nieves levanta la cabeza.

Cara de extrañeza, sabiendo quien es, y de sobra.

─La jueza, ─sonrisa─, ¿o la tarjeta es de broma?

─No bromeo, no me gusta, es signo de…

─Estupidez, me gustan mucho las bromas, el cachondeo, pero tú no eres de por aquí, no lo entenderías, Jueza.

─Si lo entiendo, y no es señal de estupidez, sino señal, muchas veces, de que estás mal, o como decís aquí, jodido, así que, Nieves, ¿quieres una cola, o unos churros…?

─Unos churros con cola, me gusta el contraste.

─No los has probado en tu vida, pero me vale, sentémonos.

               El camarero solícito que no la ha olvidado.

El resto de los clientes ninguneados.

Los churros se saltan el orden natural.

─Son las siete de la tarde, ¿churros?

               Nieves asiente.

─A la hora que sea.

─ ¿Qué haces por aquí?

               Nieves se encoge de hombros.

─ ¿Quieres saber más del hombre que aseguras que te abandonó?

               Nuevo encogimiento de hombros.

─Yo tengo un padre, Nieves, que ese si es un hijo de puta, como tu abuelo, pero, además, no tuve modo de escapar de él, no es tu caso.

─ ¿Y cuál es mi caso?

─Un padre que quisiera cualquier hijo, y que ha sido manipulado por un suegro, que ese sí que es un auténtico hijo de la gran puta.

               Nieves levanta la cabeza.

Sonríe enseñando los dientes.

─Entonces, seguro que lo conoces.

─No, no lo conozco, pero creo que lo voy a conocer.

─ ¿Por qué lo vas a conocer?

─Por ti, por tu padre.

─No me jodas.

─No soy homosexual.

─No seas rancia, jueza, es una forma de hablar.

─Ves, te manipulo como quiero, sé la forma de hablar, pero te puedo hacer sentir incómoda, y no quiero, esa es la diferencia con tu abuelo, disfruta haciendo el mal, jodiendo al personal, ¿es correcto?, ¿así es como se dice por aquí?

─De puta madre, así si se entiende todo, y lo has clavado, pero te falta mi abuela.

─ ¿Cómo es?

─No es más mala porque no se entrena.

               Guiomar sonríe.

La niña tiene salidas para todo.

─ ¿Te hace la vida imposible?

─Lo intenta, pero tengo una ventaja.

─ ¿Que eres más inteligente?

               Nieves niega con la cabeza.

Después sonríe enseñando los dientes.

La mira a los ojos.

─Yo tengo todo el día para buscarle las vueltas, ella no, se cree insustituible, vaya mierda de casa.

─ ¿Querrías irte de allí?

─ ¿A dónde iría?

─Con tu padre.

─ ¿El que me dejó tirada como una perra?

─Eso no es cierto, pero, sí, con ese.

               Nieves mira al cielo

Más bien a la lona que cubre la separación entre los edificios.

─No lo sé, no quiero ir de Guatemala a Guatepeor.

─Sí, es una buena reflexión.

─ ¿Que hace mi padre, secuestra niños para quitarles los órganos?, que eso es lo que dice mi abuelo, que nunca habla de él, pero yo los oigo cuando ellos creen que no los escucho, eso es lo que sueltan, aparte de mil cosas más, ninguna buena.

─Supongo que es así, pero no lo es, ¿sabes cómo lo llaman?

─Ni puta idea.

─Esa boca.

─Si es preciosa, lo sé, me la quieren comer los marranos del colegio.

               Guiomar sonríe.

─Sí, eres guapa.

─Y también tengo una mala leche que corta, que se lo pregunten a los huevos de más de uno, que a mí lo del acoso como que no.

─Eso es importante.

─No, es una putada.

─ ¿Quieres ver a tu padre?

─ ¿Sin que él me vea?

               Guiomar asiente.

─Bueno, ¿otra cola?

               Guiomar vuelve a asentir.

69 TORRALBO

               Nada más llegar a la facultad, Bea, la única quizás amiga, que sabe que tampoco, se le acerca.

Es feílla, lista y está al loro de todo.

Tiene amistades en cualquier lado, y es la ama de los cuartos de baño, donde los cotilleos son sin anestesia.

               Se le acerca con un móvil y sonrisa de que buena soy.

Lo que quiere indicar que lo que lleva en el móvil, puede suponer la exclusión social, el ostracismo, o incluso un linchamiento con público y de los de pago.

─Que puta eres, yo que te creía Santa Paloma, y lo tienes que tener de goma, ¿qué le das?

               Paloma la mira sin entender nada.

─ ¿Qué es lo que quieres decir?, ¿te has tomado las pastillas?

               Bea sonríe, tiene maldad para exportar, y con esa misma y satisfacción en la cara, le enseña el móvil.

               Sin interés casi, o queriendo demostrar eso, Paloma mira, casi con desdén.

Pero se le viene abajo el ánimo.

Es una foto de ella con Luis, ambos riendo, muy cerca.

El ángulo desde el que la cogieron hace que sea así.

Parecen amantes, la pena es que no lo sean.

Lo cierto, es que le duele es estómago…

Casi como para salir corriendo al cuarto de baño.

─ ¿Estos regalitos, los dan con el carnet de meapilas?

Bea sonríe con maldad.

– Talludito, bien conservado, guapo, alto, y uno de los mejores cirujanos, no de este país, del mundo.

Se le acerca tanto que puede oler lo que ha desayunado.

– ¿De qué va la historia?, Paloma, ¿tengo que contribuir con mi imaginación a engrandecerlo?

─No seas malvada, eres posiblemente la única que me conoce, ¿crees que voy de ese palo?

─Cuando se nos mete algo en el nonete…, ─sonríe con picardía.

─No es eso, yo te lo explico, pero antes, ¿has pasado la foto?

               Bea la mira, mueve la cabeza.

─Alma de cántaro, me ha llegado a mí por mil sitios, el que os trincó, posiblemente la, lo ha difundido por el planeta entero, eso es lo que tienes.

               Paloma se entera ahora de que las miradas no eran por su nuevo look, sino…

─Además, por sus signos los conoceréis, es lo que decís los meapilas, mírate, depilada, peinada de peluquería…

─Si con vaqueros, una sudadera…

─Unos vaqueros que valen diez veces los que tenías, una sudadera que es de las elitistas, que vale, lo que no vale una estudiante de medicina metida a puta, aunque no es tanto, cuenta.

─No se lo vayas a decir a nadie.

─Pues cuenta, sabes que soy cotilla, saldrá de mi boca, pero lo dulcificaré…, si me entero por otro lado, lo recubriré de veneno, haré que sea tan tóxico que los móviles se quemen al transmitirlo, que los crucifijos se den la vuelta…

─No seas melodramática, que eres muy cotilla.

─Lo sé, suelta.

─Luis…

─Coño, no don Luis, Luis, que nivel.

─Sí, hija de puta, Luis es quien me paga la carrera, ¿recuerdas que fregaba escaleras?

─Sí, y que no las friegas, que vas de peluquería, que tienes ropa cara, ¿cómo va en la cama?

─No seas puerca, somos creyentes, de la misma parroquia, mi madre es la que cuida de su casa, así que me ha cogido bajo su tutela.

─ ¿Solo eso?

               Paloma asiente.

─Qué mala suerte, está bueno, y la pasta le sale por las orejas, viudo, así que tiene en conserva para dar y regalar, ─suspira─, que mal repartido está el mundo, a mí se me acerca, y a los dos minutos estoy preñada de gemelos.

               Paloma sonríe, piensa que, si pudiera, trillizos, o más, lo que fuera…

Pero no lo es, vox populi, a saber.

Y le importa, está en tercero de una facultad mala, malvada, y poblada por seres competitivos, animales de presa, salvajes, desalmados, ¿qué puede salir mal?

               Bea sale para el cuarto de baño, posiblemente con el asunto fisiológico, pero también con el motivo de compartir la historia que ha hilado su cabeza sobre su situación.

Paloma le pide que sea de las buenas, de las de no ponerla como la querida de Luis, aunque le da igual.

─Torralbo.

               Se da la vuelta.

Se le pone la cara blanca, Francisco Pozo, el catedrático de Anatomía Patológica.

No lo había visto, pero ahora que la ha pillado.

Con lo hijo de puta que es…

Está para jubilarse.

¿Por qué no se va a tomar por el culo ya?

Sonríe. ¿Qué otro remedio le queda?

─Dígame, Doctor Pozo.

─ ¿Usted conoce a Monforte?

─Sí, Doctor Pozo.

─ ¿Que es de él?

─Bien, está en el privado que pega con el hospital.

─Sí, eso lo sabía, ¿está operando?

─Sí, ─Paloma sonríe─, ahora está en Johannesburgo, operando a un paciente.

─ ¿Opera en el extranjero?

─Sí, pero solo si insisten, no le gusta.

─Sí, no me extraña, ─el médico sonríe, algo que parecía imposible.

─Torralbo, aprenda, ese hombre fue alumno mío.

Mira a los que están rodeándolo.

-Es de los que hacen lo imposible, los que resuelven el problema mientras que otros nos quedamos congelados, veo todos los vídeos que me traen de sus operaciones, algunas son…

Mueve la cabeza.

-Como decirlo, impresionantes, creo, que ahora mismo es el mejor cirujano de su especialidad.

               Paloma asiente con la cabeza.

─Bien, continúe, Torralbo, siga con su buena trayectoria, y le repito, aprenda de Monforte, es un portento.

Nueva sonrisa, dos en un mismo día, posiblemente muera de un envenenamiento en la sangre de alegría, que no está acostumbrado.

               Paloma aprovecha y sale disparada.

Aun sabiendo, que los que la miran, informarán a los que no sepan, dándoles unas conclusiones tendenciosas que tardarán en desaparecer…

Si algún día lo hacen.

Pero al final, decide levantar la cabeza.

Sacando de un sitio ignorado una sonrisa, de las de soy magnífica…

Mírame, por si no lo sabías.

70 SAFARI

─Tanta historia, tanto coche importado, maravilloso, para traerme a un sitio cutre, con más mierda que el palillo de una jaula, más abandonado que los almendros de la vía, con una pátina de mierda que es más gorda que la casulla de un monje…

─ ¿No sacas un sobresaliente en lengua?, -pregunta Guiomar.

─Si, en la viperina, ─sonríe Nieves─, que le voy a dar una alegría al hijo de puta de mi abuelo.

─ ¿Por eso no sacas buenas notas?

─Más que nada, aunque también cansa, con lo que me ahorro el esfuerzo.

─Te has sentado a mi lado, ¿cómo vamos de higiene personal?, creo que regular.

               Nieves sonríe.

─Pues me has pillado en un día bueno, si es cuando la cosecha sangrienta, ─sonrisa malvada─, me echas del coche seguro.

─Que eres una señorita.

─Abandonada, sin madre, y con abuela a la que toco los ovarios, cuando le llega el tufito de mi indolencia.

               Guiomar sonríe.

La niña se las trae.

Digna hija de su padre…

Pero con una mezcla que la hace feroz.

Y se alegra de estar en la parte del barrio con más posibles, la más cuidada, en otro caso…

─ ¿Hay que esperar mucho?

─Supongo que lo que sea necesario.

Le responde cansada Guiomar, está a punto de darle una contestación.

─Es que llevo ya tres colas, dos cuartos de baño, y si sigo así, a las cuatro de la mañana viendo películas porno.

─Vale ya, ─Guiomar se pone seria, la cansa.

               Ve como llega Luis, ha tardado un poco.

Pero al final, ahí está.

─ ¿Ese es?, ─pregunta la niña.

─Sí, ¿no lo recuerdas?

─Sí, pero está más viejo.

─Como tú.

─ ¿Se sienta ahí todos los días?

─La mayoría sí.

─ ¿No dices que tenía pasta?

─Comencemos por el principio.

─Pues empieza, esta película es francesa, no hay por dónde cogerla.

─Aquí vive tu padre, en el piso que es tuyo.

─ ¿Mío?

─Sí, cuando murió tu madre, le dejo el usufructo, es decir que lo puede usar mientras viva, pero que la nuda propiedad es tuya.

─Pues si es mío, y vive él, vaya mierda de propiedad, ¿puedo venderla?

─No, además eres menor de edad.

               Nieves se encoge de hombros.

─ ¿Continúo?

─Pues sigue, que aburrimiento.

─El coche, ese que ves allí, con más años que Matusalén, era el de tu madre, que compró de segunda mano, ¿sabes porque no lo cambia?

               Nieves niega.

─Porque tu padre dice que aun huele a tu madre.

─ ¿Quería a mi madre?

─Como en las novelas románticas.

─ ¿Esas donde los dos son unos imbéciles que da miedo verlos?

─Exactamente.

─Pues que gilipollas.

─Yo daría todo lo que tengo porque alguien me amara, como tu padre amó a tu madre.

               Nieves la mira.

─Con lo buena que estás, podrías tener a quien quisieras.

─En la cama si, el corazón de alguien no se puede comprar.

─Joder, que profundo, más que eso, hondo.

─Me estoy enfadando.

─No seas así, Guiomar, es quitarle hierro, es mi padre, es mi madre, cada uno se defiende como puede.

─ ¿Que vas a dejar para cuando seas mayor?

─ ¿Llegaré?

─Si no quieres llegar, antes llegas.

               Nieves ve como una chica joven, guapísima, se acerca, sonríe, y se sienta.

─ ¿Quién es la perra?

               Guiomar sonríe.

La niña es un podenco de nacimiento.

─La que bebe los vientos por tu padre.

─ ¿Y el viejo?

─En sus mundos.

─ ¿Qué significa eso?

─Que para el murieron los amores, las mujeres.

─ ¿Por mi madre?

               Guiomar asiente.

─Cuando te digo que es gilipollas, ¿y tú qué?, ¿haces lo de comprar a la niña sin que te guste el padre?

               Guiomar la mira.

─Eres larga, pero conmigo te quedas corta.

─ ¿Qué quieres decir?

─Que tu padre me gusta, cierto, pero estoy en deuda, primero es pagarla, lo demás no es importante.

─No me entero.

─Pero tienes buena memoria, quédate con la pregunta.

─Vale, ─observa a su padre─, mira el guarro como se ríe con la perra, ¿y dices que no está por comérsela?

─No, ─la mujer niega con la cabeza─, todo lo que es como médico, no lo es como pícaro, no tiene malicia, se quedó atrapado en un mundo que desapareció.

─ ¿El de mi madre?

─No, el de ellos, a tu padre ya no le importa nada, mejor dicho, si, algo le importa tanto, tu.

─Pues bien, que lo demuestra.

─ ¿Aun no lo entiendes?

               Nieves niega con la cabeza.

─Bien, este solo es el primer asalto, con esa cabeza que tienes, la pelea será larga y dura.

               Nieves se encoge de hombros.

71 OBSERVACIÓN DE LA NATURALEZA

─ ¿Dónde estamos ahora?, quedas conmigo para darme paseos en el coche enorme, ¿que tenga envidia porque andas con chofer?

─No es eso, sé más inteligente.

─Lo soy, me gusta tocarte las narices.

─Sí, no se te da mal.

─Ya sabes, los abuelos, que son para regalarlos…, a alguien que te caiga como el culo, ¿qué es esto?

               Son casas pareadas.

Esperan delante de una de ellas.

Al poco se abre una puerta.

Una mujer que sale, les hace señas con la mano.

─Vámonos, Nieves, quiero que veas esto.

               Entran en la casa.

Un jardín cuidado.

Una casa normal.

─ ¿Esto es algo de una película de terror?

Exclama con maldad Nieves.

─Me aburro.

─No deberías, es el sueño de tu madre.

               Guiomar le señala la cochera.

La abren.

Allí un coche alemán, como el de Guiomar.

─Es como el tuyo.

─Es el que quería tu madre, el que formaba parte del sueño de futuro con tu padre, mira.

Abre la puerta, toca un botón, se enciende la consola delantera.

─Lee el cuentakilómetros.

               La niña se acerca cuando Guiomar se retira.

─ ¿Qué quieres que mire?

─Los kilómetros.

─Sí, mil doscientos justos, ¿qué quiere decir eso?

─El coche tiene cuatro años, solo se ha movido eso, y porque tu tío Ernesto lo saca de vez en cuando.

─ ¿Y qué es lo que hace aquí parado?

─Tu padre ha recreado lo que tu madre quería, esto es lo que deseó cuando estaba viva y no tenían donde caerse muertos, cuando ha podido, mira… ─le señala la casa, el jardín.

─ ¿Quieres decir, que no vive aquí?

               Guiomar niega con la cabeza.

─No, cuando empezó a ganar dinero, se metió en hipotecas, en préstamos, por conseguir lo que ves, dentro está la casa según lo que dibujó tu madre.

Le saca un cuaderno de copia de los dibujos de la madre.

─No me preguntes como los he obtenido, pero son de tu madre, los dibujó sobre esta casa, que tu padre pagó más cara, que pagó mucho más, porque la pusieran como hubiera querido tu madre, para luego…

─Ni aparecer por aquí.

─Sí viene, el día que tu madre murió, siempre, ese no falla, después, apenas un par de días.

─Y vive en el cuchitril donde está ahora.

─Donde están los recuerdos de tu madre, ahora lo ha cambiado todo, al cabo de tantos años, menos tu cuarto, que sigue siendo el mismo.

─Joder, como me acuerdo de él, de cuando.

La cara se entristece, una mueca.

─Y una mierda, no cuela, es un gilipollas que me dejó tirada como una perra, que me dejó en manos de gente que son más malos que los malos.

─Sí, supongo que sí, quizás algún día, espero que no, vivas una situación como la de tu padre.

─ ¿Me la vas a explicar?

─Aun no, Nieves, las cosas a su paso, correr mucho es caerse de boca.

─Esperar demasiado es dejarlo pasar.

─Mejor dejarlo pasar que destruirlo.

─Joder, abuela, como estamos hoy, ¿no sabes eso de la diferencia de edad, que hay que dejarles su sitio a los niños?

─No eres una niña, eres una mujer escondida.

               Nieves sonríe.

─Me gusta, vieja Guiomar, me gusta, vámonos, esto está muy visto.

─Sí, no quiero que llores aún.

               Nieves la mira.

La mataba.

Va mil pasos por delante de ella.

¿Que se trae la mujer que está tan buena que da miedo?

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