Hoy. Parte Primera. 1 a 40

01 UN DÍA MEMORABLE

               Hoy es un día de Bach, que no le pregunten el por qué, no lo sabe, pero es de esos días en los que una sonata de violín lo deja con la tranquilidad que normalmente no tiene.

               Hace ya unos meses que se acostumbró a dormir con música, muy suave, por cierto.

Pero por la razón de que tiene algo en los oídos, algo llamado tinitus, que le deja un pitido continuo y desagradable como la vida misma, que le impide poder conciliar el sueño.

La música no es que lo haga desaparecer, pero lo mitiga, así que, desde hace ese tiempo, la banda sonora de su vida pasa por cantatas, sonatas, madrigales… cualquier música que lo mitigue.

               El caso, es que ha comprobado que algunas veces se levanta del humor de la música que ha escuchado.

A pesar de estar dormido, eso no impide que el día, con su acontecer, se lo transforme en algo cuando menos tedioso, y algunas veces en algo terrible o similar, que cuando el día se pone de leche…

               ¿A qué viene todo esto?, no lo sabe, simplemente que hoy mira el tiempo transcurrir de una forma más agradable, cuando menos.

Una situación que el que lo conozca sabe que no es algo usual, pero sea así, que mire con mirada de imbécil el acontecer de los seres humanos que lo rodean, lo cual no es plato de gusto…

Ya está de nuevo, piensa, a la vez le sale, no de interior profundo, “seamos buenos…”, pero no puede serlo.

Se asoma a la ventana y ve como el vecino se fuma un cigarro en su inefable camisa sin mangas, aireada, como la de padre, supone que la de su abuelo era así también.

Y ya todo no es tan idílico, no por la camiseta, sino porque al verlo le ha apetecido fumar, que está intentando dejarlo, la vida uno, él cero, y así continúa.

Día nublado de los de olvidar, ya van dos a cero, hay que…, que mal día.

La vecina que no le saluda, y eso que es fea como el día, pero… tres a cero.

Apenas ha llegado a la puerta y ha desaparecido la sensación de ese Bach que ahora le parece un gilipollas.

Suspira, continúa, el coche, el puto coche, se lo han reventado, la calle llena de cristales, eso sí, de seguridad.

La alarma que ha sonado, y que les ha sudado a todos los vecinos, pero, tranquilo.

Mira al cielo, al encapotado, vuelve a suspirar, y se caga en todo lo que se menea, es un puto día como todos, quizás no, peor, es que cuando se está vivo…

02 HOY DE NUEVO EN PLANTA

               Hoy de nuevo en planta antes de las cinco de la mañana.

Noche de Listz, noche tranquila, aderezada con aperturas de ojos no deseadas, al final, dormir como un niño pequeño, inquieto, llorando, cagado…

Una alegría, pero al final, despierto, lo que no significa que el cerebro haya comenzado a funcionar.

El caso, es que quiera o no quiera, levantado, que esa es la vida, abrir los ojos, y comenzar a penar, o a vivir, que, por desgracia, muchos días es lo mismo.

               Pero no le gusta ponerse tremendista, le encanta…, pero no es eso.

Parco desayuno, muesli, que tenga azúcar, el tener diabetes no tiene que ser impedimento para nada, que quiere ser el muerto menos saludable del cementerio…

El día sigue encapotado, dan ganas de vivir…

Y una mierda.

Pero la vida sigue, ducha, ropa, comprobación de que todo está apagado, o encendido, o lo que corresponda…

Que cansancio, llaves, cerrar, escaleras, persona que no te saluda, pero que si quiere algo bajará o subirá a pedirlo, la tónica de siempre, la de la vida en una ciudad que cada vez lo es más.

               La calle, inhóspita, de eso se cuida el ayuntamiento, que para eso se pagan impuestos.

Si no te caes, es que eres un artista de la gimnasia sobre suelo.

Que les gustaría verlos esquivando las esquinas de los bloques mal colocados, partidos, el alquitrán nervioso que se levanta antes que él mismo, las humedades resbaladizas que compiten en maldad de la de pago, … en fin, mil dificultades que sortear antes de que el sol se ponga, que va con el negocio.

               Aun es de noche, el coche parece que se ha escondido desde que lo dejó el día anterior.

Es una estupidez, trabaja cerca, tiene cochera en el bloque, también donde trabaja, pero lo deja fuera, como si…

Y no sabe el porqué, que es perezoso o que le sale de los innombrables.

Pi… pi, el mando que se comunica, las luces que parpadean.

Allí está, como escondido entre sus malvados congéneres.

Su mujer lo llamaba Gorrino, se lo tiene bien merecido, es un puerco, que apenas anda y come como lo que es, un cerdo.

               Abre, húmedo, olvidado, con los cristales empañados, casi como él mismo, un poco mejor, solo.

Asmáticamente arranca, lo deja calentar, que aun así le cuesta.

Primera, de automático nada, se cala, no arranca.

Lo intenta hasta que solo el instrumental de frente parpadea al girar la llave.

Se ha muerto la batería.

Sale, empuja hacia atrás mientras niega con la cabeza, al que esperaba para aparcar en un lugar que vale oro, u horas de dar vueltas.

Que se joda, como él, que haga la gimnasia que no ha pedido.

Si, el día comienza bien, como siempre.

03 HOY SE HA LEVANTADO COMO UNA MOTO

               Hoy se ha levantado como una moto.

Wagner, ya se sabe, le ha dejado dormir poco.

También el tinitus que es ese cabrón que no lo deja.

El caso es que se ha levantado con ganas de comerse el mundo, sabiendo, seguro, que al final, el mundo lo devorará sin despeinarse.

               Para celebrarlo, andando, el otro coche está…, ¿qué más da?, el caso, es que el trabajo está cerca, pero nublado, frio, con sueño

¿Qué puede salir mal?

               La gente lo mira, no va de chaqueta.

Apenas arreglado para que no lo detengan por sospechoso de algo.

Que siempre puede ser, que no solo sería la policía, que, pasada la barrera, el que no lo conozca, pensará, no que va a dar lo que sabe, sino a llevarse lo que pueda.

               Fernando, control de hace años, sonrisa.

─ ¿El coche muerto?, Don Luis.

─Como todo, Fernando, ¿me dejas pasar, o tengo que llamar a alguien para que me fie?

               Sonrisa de alguien con el doble de peso que él, que es alto, y todo de músculo.

─Como es, Don Luis, y gracias por lo de mi Adelita, que…

─Cállate, que tienes suerte de que, de alguien como tú, haya salido una niña tan bonita.

─ ¿Me tengo que hacer lo del ADN ese, don Luis?

               Sonríe, es buena gente, pero si no hace la broma…

─Yo que tú me lo haría, eres feo como una manada de podencos.

─Después de una cacería de las de barro, usted sí que sabe, ¿un cigarrito?

               Lo mira.

Él no es prepotente, es alguien que dejó lo que le gustaba por otra cosa que no le gusta, pero le da de comer, aunque sea subcontrata.

─Claro, pero gástate algo, que los últimos millones de días, el tabaco es mío.

               La mole sonríe.

─Como es usted, ─lo mira con ojos aviesos─, ¿con lo que gana?, ¿al pobre de Fernando…?

               Saca el tabaco, casi no fuma, y es agradable dárselo al que…

─Toma, que lo he robado hace poco.

               Nueva sonrisa.

─Don Luis, ¿cómo es que viene andando?, la noche.

Mira alrededor.

-Que aún lo es, no es buena, ronda lo que no tendría que salir a la calle.

─Sí, lo sé, pero el cochino se ha muerto.

─ ¿El Gorrino?

─Sí, la batería, supongo.

─Cómprese otro coche, con lo que gana.

               Mira al cielo.

─No todo es dinero, era de…

               Fernando agacha la cabeza, después la levanta y vuelve a agacharla varias veces, lo mira.

─Sí, que es usted…

─ ¿Qué?, ─le pregunta con una sonrisa.

─Nada, Don Luis, que bueno está el tabaco.

─Y que sale barato, Fernando, que además aquí no se puede fumar.

─No se debe, Don Luis, no se debe, que no me voy a chivar, ¿mucha faena?

               Asiente con la cabeza.

─Como siempre.

─Descanse, hombre, descanse, que esto no se para.

─No, porque casi no se mueve.

               Fernando que lo mira.

─No diga usted esas cosas, Don Luis, que aquí hay mucho mostrenco.

─Pues eso, me marcho, que me gusta que me den.

               Fernando sonríe, asiente con la cabeza.

─Le dejo pasar, porque…, ─nueva sonrisa─, que le sea leve, que seguro que tiene cola.

─Como lo sabes.

               Tira el cigarro.

Mira a la imponente figura del hospital que a la luz que quiere nacer se le ofrece. Quizás amenazándolo, no lo sabe, suspira, otro día más, otro día menos.

04 SIENTO FRIO EN EL CUERPO

               Siente frio en el cuerpo, lo hace, aún es… ¿qué más da?

El caso es que o hace frio, o es que lo tiene.

Lo cierto es que el hospital siempre impone, este es nuevo, pero, aunque lo sea, se convierte, al poco, en lo que todos.

Un lugar en el que la gente no va por gusto, sino porque está enferma.

               Recepción, sonrisa cansada, es la chica que está de guardia.

Que los hospitales no duermen nunca, como si fueran incombustibles, que no lo son, por lo menos los que allí descubren lo que vale la vida humana.

               Caras con las que tropezar, cansadas, destruidas, las guardias, la venganza de algún dios retorcido, que hizo que cualquier hora sea buena para ponerse enfermo.

Pero para ellos ya casi ha terminado, para el apenas si empieza.

Solo sonrisa en la cara, respuestas de lo mismo, nadie se para, todos continúan intentando dejarlo todo comprensible para el que llegue después.

Que no es de la Seguridad Social, que es privado, que allí no es necesario expediente administrativo, si no…, lo que sea y a la puta calle.

               Abre el despacho, frio no, solo inhóspito.

El hospital es como los que tienen fiebre, siempre es alta la temperatura.

Suspira, mira a través de la ventana, después el montón de expedientes de enfermos.

Es lo usual, comprueba con el reloj de la pared, aún falta una hora para que comience a venir la gente, y se pregunta que hace allí, y no sabe que responderse.

               Sale de nuevo, sube por el ascensor, las mil plantas del coloso que parece no tener fin.

Música de la de hotel americano, suave, tenue, mejor el silencio, última planta, escaleras, la puerta de seguridad, la que va a dar al helipuerto.

Siempre cerrada, para él no, tiene la llave, como todos los que fuman, abre.

Frio, mucho más frio, la ciudad no es de viento, está protegida por las montañas, pero el edificio es más alto que ellas, y allí si sopla como si dieran dinero por ello.

               Llega a una de las esquinas, se ve la ciudad, que muestra las luces de una mortecina mañana que aún no quiere despertar.

Es plana, los edificios no son altos, solo que, a pesar de ello, es bella.

Enciende el cigarro, el maldito cigarro, el que debe de dejar, pero no termina de salirle de lo que lo identifica como hombre.

Una calada que le llega hasta…

Sonríe, no tose, la costumbre, y se pregunta cómo es posible que los médicos de pulmón sean los que más fuman.

Incongruencias que son fácilmente explicables si eres uno de ellos, él trabaja en el corazón, y fuma, otra incongruencia, y suspira mientras siente como alguien se acerca.

─San Luis en persona, ¿cómo por aquí?

               Se da la vuelta, es Lorenzo, compañero, que no de especialidad, sino de hospital.

─Aquí, ya sabes, comiendo aire puro, que hace falta.

─Sobre todo con el cigarro, dame uno.

               Luis saca el paquete, como si lo hiciera a cada momento, coge uno, se lo va a guardar, cuando con una sonrisa le sujeta la mano.

─Quieto, león.

               Lorenzo sonríe.

─Si cuela, cuela, que no quiero pararme a comprar.

─ ¿Tu sin tabaco?

─La noche, Luis, una perra, que la morgue estará hasta los topes, de las de no parar, una guardia que más que guardia es hija de la gran…

Enciende el cigarro, otra calada de las impresionantes.

– ¿Cómo andas tú?

─Como siempre, ya sabes.

─Sí, lo sé, para un poco, no vas a heredar el mamotreto este, ─señala con la cara el edificio.

─Lo sé, claro que lo sé, pero no tengo nada más, también lo sabes.

               Lorenzo asiente con la cabeza, se apoya en la barandilla.

─Estoy viejo, Luis, las guardias son cada vez más putadas que trabajo.

─Lo sé también.

─Tu no lo sabes, pocas tienes, menos tú, que no quieren que te canses, pero los demás…, ─nueva calada─, mi mujer me va a dejar.

               Luis lo mira.

─ ¿Por qué?, sois una de mis fantasías de parejas que se quieren.

─Sí, pero soy un imbécil.

─ ¿Te ha pillado?

─Con las cuatro patas en la trampa, Mónica es lista como el hambre, se me había olvidado.

─Mal asunto, es dura como la piedra, solo te puedes escapar por lo que te quiere.

─Sí, me tendría que arrastrar como un gusano, pero ya no tengo la columna para esos trotes.

               Luis lo mira, no asiente, solo lo mira.

─Me voy, San Luis, deséeme suerte.

─Vaya con dios, señor Lorenzo, y Mónica durmiendo vale más que tú con anfetaminas.

               Lorenzo sonríe con tristeza, ve como se marcha.

               Enciende otro cigarro, el vicio, el puto vicio, en todas partes cuecen habas.

05 GORRINO

               Ha terminado el trabajo, por lo menos el de horario, que es difícil como el trabajo en sí mismo.

Cansado, está cansado, tantas noticias que dar.

Dos operaciones cortas, de las de manual, de las de primero de primero de lo que sea.

Todo bien, el equipo funciona, algunas veces es necesario darles con la llave del diecinueve, no la del once que es pequeña para tanto médico que se cree dios.

Suspira, deja colgada la bata, el babi como lo llamaba su madre cuando se los planchaba…

Nunca han vuelto a estar tan limpios.

Ni empleadas, ni tintorerías, digan lo que digan, como una madre no hay nadie.

               Suena el móvil, lo mira.

“Don Luis, el taxi que pidió le está esperando en la puerta principal”

               Suspira, eficiencia, de las de no renovar el contrato.

Las grandes corporaciones tienen eso, el alma de metal, el tema de que te echan por nada.

Pero somos así, piensa, el miedo es el motor de que todo funcione, a él no le importa, si lo largan, mala suerte, no gasta nada, tiene dinero.

Y piensa en los que no lo tienen, en los contratos precarios, en prácticas, y todo deja de ser claro, se embarra, se convierte en arenas movedizas, como cuando…, y sonríe.

               Ascensor, saludos y más saludos.

Alguien que lo para, no es compañero, es gente que lo saluda, a la que no recuerda, solo sonríe, y la experiencia lo ayuda a saber contestar sin que se note que no sabe de quién está hablando, con quien está hablando.

               Taxi, dirección, el paisaje cambia.

Es el de siempre, el de las rodillas peladas, el de correr como loco, cuando la felicidad era simplemente el bocadillo de nocilla, las bragas de la Rosi, el último comic.

Suspira, aún sin que le llegue el olor, le ventea a cocido, a frito, a plato de los de echar tiempo que no dinero, el de siempre, que buenos estaban.

               “Taller Ponderosa”, sonríe, su padre que le gustaba más la serie de Bonanza que a nadie.

Esperaba montar muchos, solo sobrevivió el que desgranaba todos los días con sus manos grandes, fuertes, llenas de callos.

Suspira de nuevo, parece una novia esperando al que le arregle el cuerpo.

Otra sonrisa más, lo gamberro que le sale cuando llega al barrio que lo parió.

Que no es bueno, que no es malo, que es porque nadie quiere construir ahí, y así le va.

Más abandonado que los almendros de la vía.

─ ¿Hay alguien por ahí?

               Grande, más que su padre.

Lo mira como si llegara en la boca del gato.

─Dichosos los ojos que te ven, que tenga que romperse el coche para que se digne el gran doctor en ver a su familia.

               Luis se le abraza.

─Mira cómo me lleno de grasa por ti, eso no lo hace nadie.

               Ernesto sonríe, es como su padre, una mole de músculo.

─Que cabrito estás hecho.

─Sí, Ernestito, ─sabe que le jode─, ¿cómo están todos?

─Bien, ya lo sabes, son como nosotros, supervivientes.

               Luis lo mira.

─ ¿Y el Gorrino?

               Ernesto mueve la cabeza.

─Para tirarlo, pero hay que pintarlo de verde antes, que, si no, los imbéciles de Seprona te multan.

               Luis lo mira ante la broma repetida mil veces.

─Que si está arreglado, no me cuentes tu vida.

─Te lo iba a decir, encontré un motor nuevo, de un coche con un siniestro total, con menos de veinte mil kilómetros, que ya es suerte con los años que tiene. Se lo he puesto al Gorrino, el que tenía no daba para más.

─ ¿Y quién te ha dado permiso?

─Mis gordos cojones, ¿quieres que nos partamos la cara?, que soy el mayor, imbécil.

               Luis sonríe.

─ ¿Y los papeles y lo demás?

─ ¿Quién te lleva el coche a la ITV?

─Tu.

─Pues eso, tu tranquilo, no hay problema, el coche suena como no ha sonado desde hace mil años, ¿cuántos tiene?

─No sé, Nieves lo compró…, estaba en primero, y de segunda mano, imagina, es decir, por lo menos veinte años, quizás más.

─Pues cámbialo.

─No, ─niega con la cabeza─, aun huele a ella.

               Ernesto lo mira, con todo lo que es, y…

─Zopenco, ¿has ido a ver a madre?

               Niega con la cabeza.

─Sabes que no, -contesta Luis.

─ ¿No tienes huevos?

─Sí, Ernesto, pero no para que me mire a la cara, solo que me mire y …

─Ahí está el coche, llévatelo.

─ ¿Cuánto es?

─Vete a la mierda, ─se limpia con un trapo─, por cierto, tu sobrina, genial, las fiebres esas…

─Si, a mí me lo vas a decir, que la vi ayer, gilipollas, tu mujer, que teníamos cita, imbécil.

─Pero la tenía con el cardiólogo.

─ ¿Y quién estaba con el cardiólogo?

               Ernesto sonríe.

─Dale más comunicación y más cama a tu mujer, sé que siempre has sido un poco bujarrón[1], querido Tito, ─sabe que le jode que le digan la terminación de Ernestito.

─Cerveza, capullo.

               Luis asiente.

─ ¿Donde siempre?

               Vuelve a asentir.

─Espera que cierre, ya se han ido todos, todos menos Mingorance.

─ ¿Duerme aquí todavía?

─Sí, no tiene conocimiento el pobre, ¿qué hago, lo echo?

─No, supongo que no.

               Observa como su hermano se aleja.

Instintivamente ve los elevadores, los fosos que ya no sirven, pero que se usan, las herramientas.

Todo nuevo, y a la vez viejo.

Sin darse cuenta lo compara con el de la memoria, en el que echaba las horas que podía, que era necesario sacarlo adelante.

Es el mismo, más limpio, más moderno, pero si su padre apareciera sonriendo, lleno de grasa, no le extrañaría.

06 LA CARRERA

               Acaba de aprobar la selectividad, la segunda mejor nota de la provincia, le ha salido bien.

;ejor el primero, pero no pasa nada, llega de sobra a la puntuación necesaria para que entre en la facultad de medicina.

Aún faltan casi tres meses, pero su padre necesita ayuda, así que de vacaciones nada, solo llenarse de grasa.

Que además le gusta, le gusta cómo se componen los motores, desarmarlos, limpiar las piezas, volver a montarlos, y sobre todo que funcionen, y si es mejor que antes…, soberbio.

               Pero también sabe que es un trabajo con esfuerzo físico, pero que necesita más, o quiere más.

No lo sabe, el caso es que está en el enorme parque.

Aún no ha amanecido, hace frio.

Las zapatillas que le producirán ampollas, los pantalones que le dejaran los testículos rozados como si fueran la espalda de un gato, arañada, y las orejas que tenderán a crear unos sabañones que se verán desde los satélites.

Le da igual, tiene que coger flexibilidad, forma.

Cuando empiece en la facultad, tendrá que echarlo todo, y tiene que estar como una bestia, petado, como diría su hermano, no puede ni enfermar.

Ernesto, que tiene cabeza no quiere estudiar, o ha pasado por él, el caso es que no puede permitirse ni un fallo, ni uno siquiera.

Las becas le pagan todo, pero no le aportan dinero para la familia, así que lo que es un esfuerzo notable para la familia, no permitirá que sea aún mayor.

               Se atreve, años sin correr, y mira que le gustaba, pero…

Comienza, despacio, los músculos fríos son ganas de joderte, el caso es que avanza, despacio.

No se calienta, eso es bueno, el frio lo impide.

Más velocidad, sonríe, si, va bien, de pronto alguien que lo adelanta como si nada, como si fuera un pingajo en el camino.

Es una chica, sin saber por qué, aumenta la velocidad.

No sabe, aunque sabe que no aguantará, pero lo hace, más velocidad, más cansancio, la pilla, va a adelantarla.

Ella, sin mirarlo eleva la velocidad, otro esfuerzo, casi el imposible, de nuevo lo intenta, pero más avanza la chica, sin despeinarse.

Al final, unos minutos después, se deja caer en la fría hierba, el puto clavo en el costado, el flato, no esperaba menos, pero no recordaba que doliera tanto.

Se queda quieto unos momentos, solo eso, mañana será otro día.

─ ¿Estás bien?

               Levanta la cabeza, es la que intentó adelantar, seguro que le ha dado la vuelta al parque.

Le sonríe haciendo puntas, como si quisiera decirle que es una mierda pinchada en un palo.

La mira de nuevo, es tan guapa que puede decirle lo que quiera.

─Sí, no te preocupes, es que me pico con todo, continúa corriendo, se te da mejor que a mí.

─En ese caso, ¿bien?

─Como un reloj suizo…, pero de los viejos.

               La chica sonríe, se le cae la cara de guapa.

               Observa cómo se aleja.

Ya no duele el flato, respira bien o eso le parece.

No le importa, se acaba de enamorar de la correcaminos que termina de destruirlo como si no fuera nada.

Pero Luis Monforte, futuro médico, lumbrera de la humanidad, compendio de todas las virtudes, no puede dejar que una chica tan guapa no disfrute de su excelsa compañía.

Sonríe para sí mismo.

El hijo del mecánico tiene guasa, y mucha, porque sabe que reírse de uno mismo, es algo que es saludable, no olvidar de donde viene, es no perderse en el camino que te llevará a dónde quieres llegar.

07 CUESTIÓN DE…

               Un mes, un maldito mes que ha tenido que cambiar de parque.

Otro, más pequeño, más peligroso, más cabrón.

Con obstáculos, con gente que conoce, pero que es mejor no conocer, que no hacen nada porque son cabrones los Monforte, más su hermano, que es una bestia con pelos en el lomo.

Y se pregunta por qué, y lo sabe, la correcaminos que le ha dado fuerte, se mira las manos.

Mil años limpiándolas y seguro que no saldría la mierda que tiene, además, un dedo machacado, que el motor no quería entrar, entró, pero con un dedo suyo, curará, no ha empezado medicina, pero lo sabe, no conoce nada de medicina, pero se conoce a sí mismo.

               Ahora ya no está en el parque viejo, andrajoso, el de su barrio, está en el otro.

Y sonríe para sí mismo, sabiendo que no estará la bonita correcaminos, pero si estuviera…

Respira fuerte mientras calienta, le da igual, por lo menos se ha puesto en forma, como un animal, siempre lo ha sido, los genes de padre, duros, los de madre flexibles, irrompibles, y lo agradece.

               Es suerte, destino…

No le importa.

Pasan varios corredores, mejor tiempo, los abandonados salen, y ella también.

Sonríe, y comienza a correr.

Se coloca a su lado.

La chica lo mira, sonríe, acelera.

Él también, se pega a su lado.

La chica vuelve a sonreír, pero más corre.

La sigue, le saca la cabeza, está tan delgado como ella, y continúa.

Una vuelta, otra más, la chica caldea, el empieza a hacerlo, pero aún no.

Otra más.

Las piernas de la chica marcan el suelo con menos certeza que al comienzo.

Se para, agacha la cabeza.

─Vale, vale, tú ganas, ¿qué esperas, una medalla?

─Sí, bueno, dos, que me ha costado cogerte, que me he tenido que entrenar…

               La chica levanta la cabeza, sonríe.

Aahora el corazón tiene la carrera, parece que se le va a salir por la boca.

─ ¿Qué quieres que te dé?

─Tu nombre, tu teléfono, y si tienes novio, donde se mueve, para matarlo.

               Nueva sonrisa de la chica.

─Te ahorro el asesinato, no tengo, y, ¿por qué te voy a dar mi teléfono?

─Sería extraño que no tuviera el teléfono de la madre de mis numerosos hijos.

─Sí señor, sabes ligar.

─No, pero quiero tu teléfono, tu vida entera, sin obligar, solo que me gustaría…

─Nieves, me llamo Nieves.

─ ¿En un lugar donde los cuarenta y cinco grados son normales?, se agradece.

─ ¿Y el padre de mis hijos?

─Luis, el mísero mecánico que aspira a poder entrar en tu vida.

─Sí, seguro, con lo que corres, seguro que a nada que me descuide saldrías corriendo.

─Nunca, es una promesa, de las de Ulises.

─Coño, que clásico, don Luis.

─Doña Nieves, que usted no me conoce, pero, que soy así.

─Vale, vale, para ti la peseta, ¿y si comenzamos a correr todos los días?, te ganaré.

─Sí, supongo que sí, siempre es así, la bella heroína gana al ganapán que quiere conseguir que se fijen en él.

               Nieves sonríe.

─Qué poca vergüenza tienes.

─ ¿Otra carrerita?

─Despacio, que se me afloje el flato que está a punto de darme.

─Usted me manda, bella dama.

─Que morro tienes, mecánico.

─Lo que usted diga, ─nueva sonrisa.

               Nieves arranca, la vida se vuelve del color de la ilusión para el hijo del mecánico.

08 UNA CERVEZA

─Genaro, dos cervezas.

               La mole de siempre, vestida como siempre, asiente, los veladores están casi todos cogidos, pero ahora se está bien.

─Esto huele como solo el mismo, -suspira Luis.

 ─ ¿De qué hablas?, ─le pregunta Ernesto.

─El barrio, que pareces tonto, han pasado mil años, y huele lo mismo.

─Supongo que sí, ─su hermano le da un trago a la cerveza que deja la mitad en él.

─ ¿Cómo te va?, -pregunta Luis a su hermano.

─Bien, ya mismo puedo empezar a devolverte…

               Luis levanta la mano.

─Ni se te ocurra, ya sabes, mis sobrinos, un regalo.

─Una mierda, los tiene que cuidar su padre.

─Déjate de historias, tenías cabeza, ¿por qué no estudiaste?

─Porque no servía, Luis, tú lo sabes.

─Sí, y que soy tonto, madre que decía que yo sí valía, más que tú, y llevas el taller mecánico de Padre, que tenía que llevarlo yo.

─No, me gusta lo que hago, está bien, algunas rachas malas, puedo ir al banco…

─ ¿A qué te saque lo que no tienes?, déjalo, yo me gasto menos que un chupe de plomo.

─Sí, lo sé, ¿por qué no sales fuera?, con la pasta que ganas, yo estaría fuera todo el día, soltero…

─Ese es el problema, Ernesto, que soy viudo, que…

               Ernesto asiente.

─No me des la brasa, que ya ha caducado.

               Luis sonríe.

─ ¿Y de verdad no vas a ir a ver a madre?, Luis.

               Este niega con la cabeza, levanta un brazo.

Al poco, dos cervezas frías como el mes de Enero.

─No, Ernesto, no puedo, no quiero, ¿cambiarlo todo?, no, no tengo derecho.

─Pero los hijos de puta, no la dejan verla.

               Luis mira a un punto que no vería nadie.

─No tienen derecho, Ernesto, pero pueden hacerlo, lo siento por ella.

─ ¿Y tú?

─Lo perdí en el momento en que me perdí.

               Silencio.

               Ernesto lo mira sin decir nada, al final habla.

─En verdad, hermano, ¿cómo estás?, no vienes nunca, ¿sigues igual?

─No, ─Luis sonríe─, sigo la vida, esperando que me dé algo que no sé lo que es, me levanto, opero, opero de nuevo, visito a los enfermos, propongo, hago, llego a casa, duermo, el día siguiente es el mismo, aunque sea diferente…, ya sabes.

Nueva sonrisa.

-Lo que es la vida.

─ ¿Y nada más, ni ilusiones, ni posibilidades…?

               Luis se encoge de hombros.

─ ¿Sigues con lo de arriba?

               Luis asiente.

─ ¿Vas?

               Luis niega, Ernesto le da un trago largo.

─Es tu dinero, lo que veas, por mi está bien lo que hagas.

─Lo sé, si necesitas algo, Ernesto, pídelo, no te cortes, lo que quieras.

─ ¿Tanto ganas?

─Cuando no me quisieron, me hicieron un favor, mejores condiciones, mejor sueldo, mejores incentivos, lo que es un hospital privado, solo eso, lo demás, ─otra sonrisa triste más─, lo demás, ¿importa?

               Ernesto asiente con la cabeza.

─No, supongo que no.

09 NOCHE DE SILENCIO

               Llega a casa, vacía como siempre.

Las persianas echadas.

La mujer que limpia, que cocina, que todo…, tiene esa costumbre.

Lo abre todo como si fuera un hospital robado, para que se airee, pero cuando se marcha…

Todo queda como un bunker, ni una rendija por la que pueda entrar el aire de fuera.

               Abre, la mayoría al menos, la de su dormitorio, la del salón.

Es un piso no pequeño, pero si reducido, viejo, reformado, pero que conserva el aura de Nieves, o eso quiere creer.

Mira la fotografía de una bella mujer que sonríe, y el dolor le destroza el alma, esa que cree que desapareció hace tiempo.

Se sienta en el sillón, ahora si coge una cerveza, pero la mira, ha tomado dos con su hermano, no, otra no.

Va al aparador, y toma una botella, la mira, sonríe, es Luis Felipe, el brandy, su amigo que siempre está ahí, eso sí, pagando, pero, ¿qué cariño no hay que mantener?

Se echa un buen lingotazo, lo mueve en la copa, grande, globo, de boca amplia, y lo huele, solo eso merece la pena.

Mira a través de la ventana, solo edificios.

Cuando compraron el piso, no estaban por las vistas, sino por la cercanía a Reina Sofía, al Provincial.

En el primero trabajaba ella, como él mismo hacia el MIR, tiempos de… duros, pero a la vez magníficos.

Toma del brandy, la malvasía, el sabor de los sabores, empalaga el cerebro a la primera bocanada de aire, más que de líquido.

Una lágrima, es Nieves que vuelve, sabe que es masoca, le da igual, no hay nada más, solo la soledad.

El vecino que lo mira mientras fuma el cigarro, que le recuerda que él puede hacer lo mismo, pero sin esconderse de nadie.

Nadie está con él, ni tan siquiera para reñirle.

Más Luis Felipe, otra íntima confidencia, está solo, triste.

Enciende el cigarro, el que iba a dejar, el que tiene dominado, yo controlo, diría como los que están enganchados, pero no lo hace, quisiera, pero no.

Ya no le quedan amigos, y guardando las enormes distancias, el tabaco lo es, como la calada que le acaba de llegar al intestino delgado.

Lo ha recorrido, sonríe, si, casi lo ha taladrado.

Y el de enfrente, el de la camisa de su abuelo que le sonríe como si lo conociera, y se conocen.

Levanta la copa, nueva sonrisa, cigarro que el abuelo apaga en la jardinera, más muerta que Carracuca, y entra dentro.

Se queda solo, mirando los ojos cerrados de las ventanas, suspira, nada es igual, todo es lo mismo.

No cena, se acuesta

¿Qué música poner?

Tiene mucha, toda, pero ¿Cuál es que la que le apetece?, más que nada, porque despertará con el espíritu de la que haya oído.

O quizás sea que el mismo se influye, no le importa, no va a discutir consigo mismo.

Y mira entre los cientos de directorios llenos de canciones, de sonatas, de óperas, de conciertos…

De mil cosas.

Sonríe, quizás Prokófiev, el Concierto para Piano y Orquesta No.1 en Re bemol mayor Op.10, y lo que siga.

Si, es eso, toca reproducción, la música comienza a sonar, se arrebuja entre las sábanas.

Aunque sabe que el sueño se hará de rogar, como siempre.

Mira al techo, solo iluminado por los led de los cargadores de móvil, del reloj…

De las mil cosas de las que no somos capaces de prescindir.

Suspira, mientras Morfeo lo ronda, sin ganas de acercarse.

Paciencia, es lo que piensa, ya llegará, y sin darse cuenta, duerme.

10 OPERACIÓN TIESOS

               Está cansado, como siempre, pero sonríe.

Le gusta lo que le viene, aunque sea como un alud que no se espera.

Lo que si espera, es que el compositor ruso le haya llenado, con su lírica, el espíritu de buenas vibraciones.

El caso, es que, por primera vez desde hace tiempo, enciende el cigarro antes de tomar el café.

El maravilloso café de lata, frio como el amanecer, pero que no está excesivamente malo.

               Abre la lata, lo saborea.

Ese es su desayuno, el de los campeones.

Una lata de un tipo que lo mira, Mr. Brown, el señor Moreno, que tampoco se han reventado el cerebro.

Así no tiene que tomar café del día anterior, solo de la lata, que acaba de terminar.

Ducha, vestirse, el día continúa nublado, es extraño, pero así es, como una broma en un sur que regala calor a cualquiera que pase por allí.

               El Gorrino que no rebuzna ni gruñe, como una seda.

Parece que el nuevo motor está por la labor.

Espera que caliente.

Alguien que pasa, es el vecino de arriba, que con dos mil años y que continúa trabajando.

Le saluda, sonriente, cuando no tiene porque sonreír, pero responde al saludo.

El saludo de alguien que conserva algo que se ha perdido, dios sabe dónde, la educación.

               Parking medio vacío, aunque se irá llenando, a pesar de sus dimensiones, con el transcurso del día.

Sube a su despacho, aún falta tiempo para que el coloso despierte.

Como siempre, los de las guardias.

Más mala cara que los pollos de un hipermercado, y se ríe al pensar que realmente se parecen.

Como el mismo cuando le toca.

               Mariana que entra, sonríe.

─No me acordaba, Luis, hoy es el día, lo siento.

─No pasa nada, mientras me hayas despejado la agenda.

─Si, por supuesto, lo hago dos semanas antes.

─ ¿Todo el equipo?

─Sí, hay cola para operar, ¿quieres algo, café, vitaminas, cola…?

─No, gracias.

               Y Luis sonríe a su ayudante.

No quirúrgica, sino la ATS que le lleva la vida adelante.

La que le saca sangre a pesar de los regañadientes.

La que le hace que vaya a los reconocimientos periódicos.

La que le hace comer cuando no se acuerda.

La que lo trata como un hijo más de los cuatro que tiene.

               Es el día en que opera a los que no pueden pagarlo.

A los que la seguridad social deriva con alegría de quitárselos de encima.

A los que no les presta atención.

A los que no les cubre como debería, lo que malamente se llama la cobertura nacional.

               Son las ocho de la tarde, está sentado en la entrada del quirófano cuatro.

Se le acerca alguien, es Galante, su ayudante en el quirófano.

─Los tutes que nos metemos, Luis, ¿es necesario?

─No, cuando quieras, déjalo, es mi labor, no la tuya.

─No me los toques, ¿cuántos?

─Muchos, demasiados, cada vez estoy más viejo.

─Seguro, pero han sido once, ni comer, solo un bocadillo un poco más pequeño que las hostias que nos daban de pequeño.

─Como se nota que no has estado en mi barrio, allí las hostias eran como panes de a kilo.

               Galante sonríe.

─Vamos a fumar arriba, Operación Tieso ha terminado…, por lo menos este mes, que aún no me entero como lo permite este maldito hospital que solo piensa en el dinero.

─Pues porque fue una condición que puse al aceptar el trabajo, y que, a pesar de estos costes, sigo siendo rentable, el día que no lo sea, el puto Monforte a tomar…

               Ascensor, frio, mucho frio.

El aire que se lo quiere llevar todo.

Toma el cigarro que le ofrece Galante.

Lo enciende con la llama del mechero que también le coloca al lado.

─ ¿Cómo vamos este mes, Luis?

─Como siempre, muchos, demasiados, ¿o te crees que el hospital me permite lo de los Tiesos porque sí?

─No, ya sé que no, pero también deberías de descansar.

─Sí, cuando vienen a que los opere y lo haces tú, que no es que seas peor, es que me quieren.

─Pues vas a reventar.

─Pues apártate, que no hay España para dar por el culo.

─ ¿Qué haces con tanto dinero?, yo sí sé lo que te regalan.

─Simplemente tapar agujeros, ya sabes, una época mala que pilló la mitad de mi vida.

─Sí, supongo, llevo contigo tres años, ¿Qué conozco de ti?, que vives en un piso de mierda, con un coche que no vale ni arrancarlo, solo eso, ¿cuándo me vas a contar más?

               Luis lo mira y sonríe.

─Solo soy un viejo amargado, solo eso, sin historia, sin principio, sin final, solo eso.

─ ¿Y las habladurías?

─Pues eso, radio macuto, a saber, lo que es verdad, lo que es mentira, -Luis mueve la cabeza.

─Sí, pues doce horas en el quirófano.

─Sí, ¿estás cansadito, pequeño médico de un lugar perdido en el norte?

─Que te jodan, San Luis.

─Pues eso, dame otro cigarro, que están muy caros.

               Galante sonríe, le encanta el médico que nadie conoce.

11 JUEGOS DE VERANO

─No me mires así, sigue corriendo.

─No, gracias, ─sonríe Luis─, quiero que sufras, la sonrisa que pusiste cuando me dio el flato, me la tienes que pagar.

─Eres rencoroso, como una alimaña, ─Nieves lo mira con odio.

─Sí, Doña Nieves, el pobre mecánico, nacido en el arroyo, le da a la prepotente.

               Nieves respira con dificultad, pero sonríe.

─ ¿Cuándo me vas a pedir de salir?, ─Nieves tiene la cabeza baja, le da vergüenza, pero más miedo el perder al mecánico, como el mismo se llama.

─Yo, ─carraspea─, te lo iba a pedir, pero eres mil veces más que yo, guapa, magnífica, increíble, eso sí, corriendo no eres lo mejor.

               Nieves levanta la cabeza, sonríe.

─Que mamón eres.

─A partir de ahora tu mamón, aunque pronto serán muchos mamones que tendremos, ¿familia numerosa?

─Por supuesto, soy católica, ya sabes, a los que vengan.

─Me has acojonado, ─sonríe Luis─, pero si quieres eso, arreglaré mil coches.

─ ¿Cuándo quedamos?, que quiero verte en algo que no sea ese cochambroso chándal con mil años.

─Pues es un clásico vintage, mi hermano mayor lo tuvo años, imagina, una subasta, una pasta.

─Lo que tú digas, ¿me invitas a desayunar?

─Sí, ─la mira─, si, estás perfecta, pero no debes de comer mucho, estás perfectamente delgada.

─Sí, espera que me veas comer, torpe.

─Lo que usted diga, Doña Nieves.

               Un bar moderno, para desayunar los pijos.

─ ¿Aquí se puede comer sin dejar un riñón?, Nieves.

─Invito yo, tieso.

─No es eso, es que tengo una capacidad crediticia como la de un país africano.

─Vale, y déjate ya de lo de mecánico, ¿que eres?

─El hijo de un mecánico, talleres Ponderosa, pedazo de nombre, de mi padre.

─Venga ya, con lo que hablas, tú no eres un mecánico.

─Supongo, ─sonríe─, sí, he terminado selectividad, el mes que viene entro en medicina.

─Venga ya, ─sonríe─, ni loco, con la nota de corte…

               Luis asiente.

─Sí, el primero en entrar, los demás que se jodan, ¿y tú?

─No quiero responsabilidades, Enfermería, al lado de donde estudiarás, si es verdad, no termino de creérmelo.

─No miento, bella Nieves, ni, aunque pierda dinero, es recorrer dos veces el mismo camino, y con más vergüenza.

─Que listo eres, ¿de verdad que has sacado la nota de corte?

               Luis asiente.

─Por encima, el primero, tuve suerte en la selectividad.

─Pues yo no, Enfermería, pero no quiero ser médico, aunque mis padres no lo entienden.

─Que se jodan, lo siento, pero tú puedes ser lo que quieras, serás la mejor.

               Nieves se sonroja, lo mira.

─ ¿Qué quieres?, hijo de un mecánico con la mejor nota de corte de la facultad de medicina.

─Tus días, tus noches, tus anhelos, tus lágrimas, tus risas, todo, quiero todo.

─Joder, que me has dejado sin respiración, ─sonríe─, que golfo eres, ¿a cuantas se lo has dicho?

               Luis niega con la cabeza.

─No miento, eres la primera a la que se lo digo, y porque lo siento, a otras, no eres la primera, les he dicho lo normal, a ti, no sé…, me tienes embrujado.

               Nieves lo mira, si es cierto, la puede volver loca el larguirucho que le acaba decir que es más inteligente que ella…

Y que se le cae la cara de guapo, y que le enciende el corazón, pero…

─Ya veremos, ya veremos.

─Ya lo verás, ya lo verás.

               Nieves sonríe y asiente, mientras se mete en la boca un trozo de tostada con aceite más grande que ella.

12 GUIOMAR

               Galante mira a la impresionante figura que tiene delante suya.

Una mujer de bandera, guapa, morena, con el pelo largo, de una belleza casi dieciochesca.

Blanca como la leche, con los ojos claros, pero de un azul indefinible, unas piernas largas, tan largas que se pierden en la fantasía de los que las ven.

Sonríe, la punta de las botas lo tiene fascinado.

─Bien, señora Cienlobos, hemos terminado todas las pruebas habidas y por haber, todo confirma lo que ya sabía, tan solo que un poco peor, como ya habrá imaginado.

─En ese caso, ─ni un solo movimiento en la cara que delate que le importa su propia vida─, ¿cuáles son las opciones que me quedan?

─Puede que haya tenido suerte de venir aquí…

─No, solo es un lugar en el camino, una designación, solo eso, continuaré mi camino….

               Ahora el que interrumpe, es Galante.

─No, no es eso, es que ha tenido la suerte de que aquí tenemos a uno de los más eminentes cirujanos cardiovasculares que puedan existir.

─ ¿Sí?, ─una sonrisa que apenas lo es─, ¿y quién es ese señor que está escondido en esta ciudad de provincias?

               Galante sonríe, si fuera por él, con todo el poder que le obliga a atenderla, se hubiera callado, no es un regalo, y menos para Luis, pero ya ha comenzado a hablar, la cosa tiene que seguir.

─Es el doctor Monforte.

─No he oído hablar de él.

─Pues es que se mueve poco en los círculos que debería.

Es chulería, le encanta joder a la prepotente.

-Pero cualquiera que tenga que ver con esta parte de la cirugía, seguro que lo conoce, algunos, aunque no les gustaría que alguien que los supera exista siquiera.

Sonrisa de bondad beatifica que quiere indicar una bofetada a la prepotente.

               La mujer lo mira, no es sonrisa, no es nada, es algo que solo ella tiene.

Durante un momento, Galante sonríe, pero sabiendo que esa sonrisa no tiene nada bueno.

─ ¿Me asegura que existe un cirujano que puede, con garantías de éxito, ─nueva sonrisa─, acometer el reto de salvarme la vida?

               Galante asiente, aunque no sonríe.

─ ¿Puedo conocerlo?

─Si, por supuesto.

─ ¿Ahora?

─No lo sé, siempre está liado, primero creo que debería de estudiar el caso…

─Si es tan bueno como me ha asegurado…

La enigmática sonrisa que no lo es, aparece de nuevo.

-Debería de dar, prima facie, una opinión, por lo menos eso.

─Supongo, -responde.

Galante se da cuenta de que la que tienen enfrente es alguien a tener en cuenta, no es solo una bella mujer, es algo más…

Quizás tenebroso, comienza a darle miedo, y se da cuenta de que quizás mentar a Luis no ha sido buena idea, solo algo que quería para darse a importar…

─Sí, espere un momento.

               El teléfono.

─Luis, ¿dónde estás?

─Acabo de salir del quirófano.

─ ¿Cómo estás?

─Sucio, cansado, agotado más bien, pero alguien que se ha escapado de la puerca, otro más, suerte, eso lo vale todo.

─Sí, ¿podrías venir?

─Tengo que arreglarme un poco, quitarme por lo menos la impedimenta de quirófano…

─No, déjalo todo, sube a mi despacho, alguien necesita una opinión sobre…

─Calladito estás más mono, ¿un laberinto?

─Como lo sabes.

─Subo ahora, pero es la última, no mientes mi nombre ni aunque sea el presidente del gobierno.

─Lo sé, lo sé.

               El teléfono acaba, Galante mira a la mujer, sonríe.

─Ahora sube.

               De nuevo la enigmática sonrisa que no lo es.

13 UN INSIGNE CIRUJANO

─Buenos días.

Luis mira a la mujer, impresionante, no parece que esté enferma, sonríe.

─Dime Galante, ¿qué sucede?, ─continua sin dar tiempo a más─, tengo que estar en la unidad en segundos, ¿qué me has quitado?

─Aquí la señora, ─señala a la mujer─, tiene una complicación, importante, en el corazón, querría que me dieras tu opinión sobre ello.

─ ¿Todas las pruebas?

               Galante asiente.

               Se va al lado de Galante comienza a ver, pasa con el teclado las imágenes, después las del TAC, de la eco, de mil cosas, más de quince minutos, después mira a la mujer.

─Mucho riesgo, supongo que se lo habrán dicho.

               La mujer asiente.

─Lo sé, no me ha salido en dos días, lo importante, su amigo cree que es un mago, ¿podría salvarme?

─No sé, no soy el mago que espera. Lo que he visto no me preocupa, lo que realmente me preocupa, es lo que no se ve, los contrastes, las tomografías, las eco, no lo dicen todo, abres y te encuentras algo que no esperas.

Calla y mueve el ratón durante unos momentos.

– Ese es el momento que nos quita la respiración, que nos mata, cuando todo lo que tenías en la cabeza, cuando toda la estrategia desaparece.

               La mira.

─ ¿Que me dice?, -pregunta la mujer.

─No sé, es un juego, un maldito juego, con lo que veo, complicado, pero si, muchas posibilidades, con lo que no veo…, ─la mira a los ojos─, un juego malvado, en el que no se sabe por dónde va a salir.

─ ¿Usted qué haría?

               Luis levanta la cabeza, suspira.

─Fácil, es mi opinión, que no se puede transpolar, me quedarían, con lo que he visto, unos meses de vida normal, después languidecer hasta morir, pasando por un período de dependencia de los malos, perdóneme la franqueza, me operaría, no hay atajos, es el camino que queda si no lo hace.

─ ¿Me operaria usted?

─No creo, existen mejores que yo en cardiotorácica, mucho mejores.

─El doctor, ─señala con la cara a Galante─, me asegura que es el mejor que puedo encontrar.

─Cosas de amigos, ─sonríe Luis─, no, hágame caso, pregunte, pida opiniones, yo mismo le puedo facilitar una lista…

─Si le pidiera que me operara usted, ¿qué diría?

─Que se la juega con un cirujano de provincias.

─Pues que así sea, ¿cuándo?

               Luis se queda mirando.

─Ya lo tenía decidido.

               La mujer asiente, no sonríe.

─Sí, son muchos años, genético, imagine sí sé del asunto, así que aquí estoy, esperando que me diga que sí, tiene…

               Luis asiente.

─Sí, no es que tenga cojones, si es lo que quiere decir, quiero salvar a los máximos que pueda, solo eso, si le vale, bien, si no, tengo que seguir con la tarea.

─ ¿Cuándo?

               Luis mira a Galante que asiente.

─Mi compañero programará la cirugía, será larga, peligrosa, cansina, con mil riesgos, pero nos da una esperanza, supongo que, en poco tiempo, días, ─mira de nuevo a Galante.

─ ¿Cómo andas estás semana?, -pregunta Galante.

─Como siempre, busca un hueco con Mariana, y rápidamente al quirófano.

               La mujer lo mira.

─Dejo mi vida en sus manos.

─Sí, siempre es lo mismo, la cuidaré como si fuera la mía, como siempre.

─No espero menos.

               Luis asiente, se levanta y se marcha.

─ ¿Que me dice, doctor?

─Que, si Luis dice que sí, yo voy al infierno.

─Pues nada, vayamos, ¿Cuándo?

─Un par de días, sé leer a Luis, no quiere esperar ni un minuto.

─Pues hagámoslo.

14 CAVILACIONES

               Luis camina hacia casa, ha dejado el coche en el hospital.

¿Por qué?, no lo sabe, quizás porqué…

¿Qué más le da?

Necesita comunicarse consigo mismo, hoy ha pasado lo que nunca desea un médico, lo irremediable, alguien, padre de alguien, hermano de alguien, hijo de alguien, ha muerto.

Si, con todos los atenuantes posibles en la cabeza de cualquiera.

Ochenta y cuatro años, corazón mil veces dañado, mil veces reparado.

Cuando entró parecía el fin de fiesta, como si lo esperara para decirle, “me toca irme”, paradas, reanimaciones, no milagros, son imposibles…

Al final, con todo, a pesar de todo, se marcha, se va, al lugar del que nadie vuelve, aunque no pueda asegurarlo.

La familia, la cabeza gacha, pero lo miran con comprensión, no hay ira, ni reproches, lo sabían.

Menos de un diez por ciento, pero era ese diez por ciento, que nunca se cumple, el que esperaban, todo comprensible.

Todo bien, pero camina solo, sin mirar las calles, sin sentir el coche que le ha pitado, que se ha acordado de toda su familia con razón.

Se para, mira el semáforo, no es cosa de matarse.

El muñeco en verde, cruza, mira de nuevo, y como si la hubieran construido hace dos días, la parroquia de san Pelagio Mártir, o como dicen en el norte, San Pelayo, que es el mismo, en latín o en modo reconquista.

Entra, solo se sienta en uno de los recontados bancos.

No es San Hipólito, la iglesia de los reyes, es solo una parroquia de barrio, pero en la que también está dios.

               Mira la imagen de la virgen.

Suspira, su madre, que olvidada la tiene.

No piensa en nada que no sea que se le ha escapado alguien.

Siempre se escapan, incluso cuando los tienes rodeados, cuando no es nada, y al abrir…

Te encuentras cualquier cosa, menos lo que esperas.

Y se va con el que está en la cruz, o con su dios propio.

Que cada día hay más que no saben de cristos ni de vírgenes, pero que al final, si pueden, pasan por el quirófano para aliviar las penas.

               Piensa en la bella mujer con el nombre extraño.

Lo ha mirado en internet.

Un nombre germánico, como casi todos, “Famosa en el combate, mujer ilustre”

Sonríe, si, lo parece, pero está rota por dentro, muy rota.

Mira a la virgen que no lo mira.

Le pregunta, sabiendo que no hay respuestas, si la salvará, o solo es un charlatán de pueblo de los de botella milagrosa.

Suspira, unas veces es uno, otras el de la botella, y hoy, se siente el de la botella, al que nadie cree, pero que los que no tienen otra esperanza, le compran la mentirosa botella milagrosa.

               El padre que lo mira, que no es su padre, es lo que se dice, como en el chiste, “padre es el que así lo llaman todos, menos sus hijos que lo llaman tito”

Se acerca con la sonrisa es Eusebio, que parece sacado de un libro de la conquista de las Indias, es de allí, de donde los que se fueron se quedaron, y Eusebio ha vuelto, a dar más de lo que recibió.

               Se sienta al lado, habla poco, poco para ser una persona, mucho menos para ser un sacerdote, que tienen que predicar.

─ ¿Cómo va la cosa?, San Luis.

─Arrastrándola, Eusebio, que algunas veces la madre, ─levanta la cabeza─, me quiere quitar a sus hijos.

─ ¿Hoy se ha ido otro?

               Luis asiente con la cabeza.

─Siempre se te irán, es ley de vida, ¿cuentas los que se quedan?

               Luis lo mira y sonríe.

─Que estoy yo para eso.

               El sacerdote calla.

─ ¿Cómo andas de dinero?, Eusebio.

─Como de pistolas, ─ahí si se le nota el acento de esa Sudamérica olvidada, hermana a la que no se llama ni en nochebuena.

─ ¿Cuánto quieres?

─Todo lo que tengas, -sonríe el sacerdote, que para eso si sabe, y mucho.

─Como siempre, sin bromas, sabes que no tengo demasiado.

─Diez mil, ¿hacen?

─Sois como la mafia, pero, ─señala con la cara al cristo─, con un jefe que acojona.

               Eusebio sonríe, le cuesta.

─La cosa está mala, no es mal barrio, pero mucho viejecito que este país olvidó que ayudó a levantarlo, ahora lo levanto yo, ─lo mira─, con tu ayuda, y la de cuatro desgraciados más, que sois eso, desgraciados, que os merecéis lo mejor, y venís aquí a pedir el perdón de pecados que se perdonaron hace mil años.

─Seguro que me voy a confesar contigo, sudaca.

               Eusebio sonríe.

─Hace tiempo, mucho, allí en las américas, te hubiera sacado las tripas, ahora me rio, porque sé que lo dices con cariño, allí, aun así, hubieran visto el sol.

─Lo sé, sé cómo venimos aquí, no de donde o como venimos.

               El padre se persigna.

─Reza conmigo, Luis.

─No, padre, me voy con mis fantasmas, que también tienen derecho a comer de mi alma.

               Eusebio lo mira.

─Deja el cheque en la sacristía, aun me fio de ti.

               Luis que se ha levantado lo mira y ríe abiertamente.

─A saber, de que mafia sudamericana eras tú.

─De una que era de todo menos buena, que dios te acompañe, Luis.

─Queda tú con él.

               Mira al Cristo, a su Madre, al sacerdote, a la medio vacía mínima parroquia y sale.

La calle no ha cambiado en nada, pero el alma, le pesa un poco menos, mínimamente, pero si, definitivamente menos.

Respira fuerte y continúa caminando, su casa no queda lejos, nunca lo está, ahora menos.

15 HAY QUE ECHARLE…

─Ya va, ya va…

               Teresa se limpia las manos.

─Es que algunos parece que el tiempo se les escapa de las manos, seguro que es una tontería, si lo es, el expolio que le voy a liar…

               Abre la puerta, a pesar de las advertencias nunca mira por la mirilla.

               Se queda con la boca abierta.

─Hola madre.

               Un momento de silencio, no sabe que decir, mejor dicho, lo sabe, sabe lo que se merece que le diga, pero no quiere decirle.

─ ¿Qué haces aquí?

─Quería verte.

               Teresa suspira, quiere llorar, es su niño, el niño perfecto, cariñoso, amable, fuerte, inteligente, y un…

─Dime lo que tengas que decirme, y te largas.

─ ¿Puedo entrar?

─Sí, supongo que sí, ─se aparta─, creo que conoces el camino.

               Luis asiente, camina por el pasillo, largo como eran antes, el pequeño salón, el sofá de sky, todo limpio, como si lo hubieran sacado de la fábrica, si no fuera porque se le notan las primaveras.

               Teresa se sienta, lo mira.

─Estás chupado, como la aceituna en la boca de los viejos.

─Sí, supongo.

─ ¿No comes bien?

─No es eso, ya sabes, no engordo, también que el trabajo…

─Sé que te va bien.

               Luis mira a su madre.

─Ernesto, ese te sigue queriendo como cuando se partía la cara por ti.

─Lo sé, madre.

─ ¿Qué quieres?

─Lo que más trabajo te puede costar en la vida, madre.

─ ¿Y eso es…?

─Que me perdones.

               Teresa lo mira, su corazón llora como no ha llorado en su vida, pero su cara es de piedra, de la que formó el dolor, la desazón, el desánimo.

─ ¿Que tengo que perdonarte?

─Lo de Nieves.

               Lo mira, mueve la cabeza.

─Eso fue tu decisión, tu fallo, no el mío, el dolor si fue el mío, pero ese está ahí, no pasa nada, sigues siendo mi hijo, solo que ha sido mucho tiempo, siquiera para venir a verme.

─Lo sé, madre.

─Ni el entierro de tu padre, al que tanto querías.

               Luis agacha la cabeza, asiente con ella, no se atreve a levantarla.

─Con lo que te quería.

─Y yo a él, madre, era…

─Lo que tú digas, pero se fue solo, sin que su niño lo despidiera.

               Luis llora, como si se le escapara el alma.

─Lo siento madre, no puedo, ─se levanta.

               Teresa lo coge del brazo.

─ ¿Dónde vas?

─A seguir penando por mis pecados.

─Soy tu madre, quédate.

               Luis la mira, está arrasado en lágrimas.

─No puedo, madre, no puedo.

               Teresa se queda mirando como su hijo se marcha.

Corre, pero la puerta se ha cerrado.

Se deja caer en ella y llora desconsoladamente.

Como si fuera lo último que hacer en una vida que es trabajosamente larga.

16 LOS TRABAJOS DE HÉRCULES

               Es noche cerrada, apenas un flamenquín en el bar de abajo, que no cocinan mal, pero que el aceite ha hecho dos guerras y mundiales.

Si lo cambiaran cada decenio estaría bien, pero por lo menos los hacen allí.

La Concha, que tiene unas manos increíbles, y un marido rata y pedorro que todo lo estropea con aceite malo, sin cambiar y con un servicio que da pena.

Aunque tampoco la cuenta es como para echarse a llorar, que lo bueno y lo malo del barrio está allí.

En el lugar en el que nació el flamenquín que ahora mismo llena de triglicéridos las venas de su cansado cuerpo, que también tiene derecho a morir, como los demás.

               Una vuelta, otra más, TAC, ecos, análisis, mil cosas, las de siempre, las vistas, con diferentes motivos, día tras día.

Tan iguales, tan diferentes, solo iguales al cien por cien, en que normalmente la vida va en ellas, si se operan, malo, sino se operan…

               Vuelta a la tecla, la anterior, la siguiente, ampliar, ampliar más, mirar, una vez, otra vez.

Mil estrategias, el reloj del ordenador le dice que son las tres de la mañana.

Eso no es importante, importante es que no puede dejar nada al azar, que las imágenes son de alguien que necesita que lo salven.

Algo genético, malvado, desde siempre.

Dos veces operada, pero sin sanación.

Arrastra la vida, es lo que ha hecho la bella de extraño nombre.

Se merece que la vida sea algo más que penar, que arrastrarla, y es difícil, tanto que mil veces está a punto de dejar que otro…

No, no puede, no debe.

Él, quizás…

Es un prepotente, se cree dios.

Mira a la luz del viejo flexo, de los de bombilla, de los que le ayudaron con la anatomía, con los libros que tenía que entrarse en la cabeza.

Y sabe que el de arriba, que lo odia, pero que le dio las manos y el entendimiento espera de él, que pague una factura tan grande que nunca podrá solventar, pero que línea a línea…

Y la que tiene delante es una que es difícil de corregir, de llenar de algo con sustancia, está como cogida con alfileres, un solo movimiento que no sea necesario…

               Se echa hacia atrás, mira al techo invisible, sucio, sin pintar, que no conoce un fregado en profundidad, desde…

Sonríe, lo tiene, o cree tenerlo.

Si, nueva sonrisa.

Eso es, complicado, una locura, nadie se atrevería.

¿Está seguro?, no, pero sabe que puede, se lo ha preguntado a su cabeza, a la que le ha ayudado siempre, y le ha respondido, “¿tú estás tonto?, pues claro”.

Eso le vale, cierra los ojos un milisegundo, quizás menos, y duerme.

El ordenador continúa encendido.

La luz del flexo se esparce sobre las teclas, pero el que estaba mirándolos ya solo descansa, solo un poco.

No tiene derecho, eso les diría si le preguntaran, pero duerme.

No por él, sino porque su cabeza, sus manos, no fallan, no pueden fallar.

17 SUERTE, MAESTRO

               Luis se lava en profundidad, como ha hecho miles de veces.

Movimientos precisos, concisos, sin nada que sea inútil, que no sea necesario.

El equipo está preparado.

Mascarilla, el estómago en su sitio, una barrita energética, una bebida mínima con sales y compuestos necesarios.

No quiere, no necesita tener que ir al cuarto de baño, cuando la vida de una persona está pendiente de que le dé un pespunte.

Como decía su madre, que lo llamaba la costurera, porque cosía mejor que ella, cuando lo veía suturar con una sola mano.

Sonríe, pero al momento la sonrisa desaparece, es la chica, la de nombre extraño.

Además, con público, que todos quieren ver como mete la pata.

Que es andaluz, que en su tierra no se falla, se mete la pata, y él puede fallar en cualquier cosa.

Pero en la vida de alguien, que apuesten a que no.

Su cabeza está llena de movimientos, de posibles fallas, de cosas ocultas que las máquinas han escondido con maldad o porque no dan más.

Pero mil opciones están en su cabeza, y sabe que, como en los combates, que la estrategia, lo mil veces pensado, desaparece cuando te pegan el primer puñetazo.

               Mira a Márquez, que lo mira a él, asiente con la cabeza.

               Entran en el quirófano.

─Buenas tardes.

Mira a todos y a cada uno de los que componen su equipo, Barbas, su anestesista, Olivo, el ayudante del anestesista, su ayudante quirúrgico, Márquez, su ayudante de enfermería, las demás de apoyo, suspira.

-Esta tarde, vamos a tener una operación difícil, espero de todos y cada uno de vosotros, que como siempre, estéis a la altura de la situación, de que…

Mira al cuerpo blanco que espera.

-Esta persona confía en que no solo salvemos su vida, sino que le devolvamos la vida que la naturaleza no le quiso regalar.

               Mira al anestesista, asiente, este le devuelve el movimiento, comienzan los juegos.

               Una sinfonía, aderezada por una cantata de Bach, de poco volumen, pero que ayuda a que te relajes sin que pierdas la concentración.

El bisturí abre la blanca piel, nívea, y hace que surja el rojo de la carne, de la sangre.

Succión, limpieza, olor a quemado, a cera, todo se tiene que tapar, que no sangre, no es por ahorrar en el esencial fluido, es mantener las tensiones.

Que el cuerpo no se entere, o que se entere lo mínimo posible, de que se la está jugando por todo y a todo…

Bach continua, las pinzas como en un ballet, le son entregadas.

Las devuelve, desaparecen y aparecen las precisas.

Los ojos que miran a través de la máquina.

Separa la cara, le limpian la frente, la temperatura es perfecta, la situación no, cansa, quema, sudas, no es bueno.

Se limpia, sigues, venas, arterias, músculos, al final, el gran protagonista.

Cansado, triste lleno de algo que no tendría que tener.

Y lo reta, más pinzas, más cortes, micro cortes, ni el mejor robot podría hacerlo, son miles, muchos miles, precisos, marcados, abriendo, cerrando, uniendo, separando.

Succión, menos sangre.

Sigue, uno nuevo, otro corte, introducir lo grande en lo pequeño, magia.

No es magia, son miles de años, de sufrimientos, de entrenamientos, e imposiblemente entra.

Lo que sobra desaparece, pero a pesar de todo, todo se opone, nada es fácil, hay que arrancarlo con fuerza, pero con más precisión.

Y sigue, continúa, “tensión baja”, oye a su oído.

Es Márquez, que está más pendiente de los aparatos que él.

Que no le hace falta mirarlos, lo sabe, el cuerpo reacciona, sabe cuándo abrió como estaba.

Ahora, a cada minuto sabe cómo cambia.

Como sabe que ahora mismo le quedan un par de minutos antes de que entre en parada.

Demasiado débil para la reanimación.

Colapsaría.

Dos minutos, menos, uno, dos, mil movimientos, mil cortes, mil uniones.

Hilo de araña que entra en la carne.

Que une, que cose, no se ve, pero une, sana.

Sobra tiempo.

Un segundo de descanso, poder respirar, “tensión bien”, oye a su lado.

Lo sabe, no es necesario que se lo diga, pero si es bueno saberlo.

Bach continua, tranquilo, sosegado.

A estas horas sabe que vendría mejor algo de órgano, pero la cantata está bien, todo está bien.

Mira el reloj de tiempo, ha estado siempre ahí, siempre lo está, siempre, pero lo acaba de ver ahora.

Son seis horas quince minutos, doce segundos, trece, catorce…

Sonríe, ha ganado, de momento ha ganado, pero no puede más.

─ Doctor Márquez, ¿puedes?

─Claro, Doctor Monforte, perfecto, todo perfecto.

─Eso espero, ¿te puedo dejar solo?

─Sabes que sí, ¿así estás?

─Sí, así estoy, pero hemos llegado, confío en ti.

─Dos horas AM, veinte minutos, sale de la habitación el cirujano jefe, doctor Luis Monforte, nuevo Cirujano Jefe, Doctor Laureano Márquez.

18 DESPUÉS DE LA FAENA

               Sale del quirófano, se deja caer en el suelo apoyado en la pared.

El corazón se le sale por la boca.

Falta de líquidos, la tensión que sube.

Por suerte, después de que todo haya terminado.

Suspira, tiene ganas de llorar, pero hoy ha ganado él.

Que le den a la que ronda los quirófanos.

Que siempre se lleva a alguien en la boca.

Hoy no.

Mira la entrada.

Se quita el estúpido pañuelo.

Pero lo guarda, se lo regaló…

Suspira.

─Monforte, levante.

               Es el Director del hospital.

─Sí, ¿qué quiere?, Maestre.

─Felicitarlo, y quitarlo de esa postura que no es la de alguien que ha firmado quizás la mejor operación que he visto.

─Suerte, Jefe, suerte.

─Pues el corrillo completo, ─lo mira─, tiene cara de muerto, ¿ha comido algo?

─No lo recuerdo.

─Eso es que no, vamos a la cafetería.

─Prefiero dormir, estoy roto.

               El hombre lo mira.

─Ha conseguido que me quite horas de sueño, felicidades.

─Déselas a la pobre que ha salido del laberinto…, aunque todavía…

─No sea agorero, todas las papeletas para que…, por cierto, ¿sabe a quién ha operado?

─A una chica que no merecía la vida que le ha dado un corazón defectuoso.

               El hombre sonríe.

─En eso tiene razón, ¿más operaciones?

               Luis asiente.

─Pues descanse hombre, que se va a buscar lo que no tiene, y usted a lo mejor puede permitírselo, el hospital, no…, ¿o no fue eso en lo que quedamos?

               Luis asiente.

─No se preocupe, el helipuerto parecerá una fiesta de las de botellón.

─No espero menos, pero descanse, los muertos no operan.

─De momento no, pero llegará el día.

─Qué sentido del humor tan negro, Monforte, vaya, vaya.

               Luis se levanta, va a la habitación de descanso, las de las guardias.

Mira el reloj, le quedan dos horas, casi tres, se echa en la cama, se queda dormido inmediatamente.

─Márquez…

               Laureano se da la vuelta, es Rondel, de administración.

─Dime, ¿qué quieres?, nada bueno, seguro.

─ ¿Dónde está Monforte?

─Descansando, que la operación ha sido de la leche.

─Ya me he enterado, ─y saca una carpeta─, pero me tiene que firmar esto, que me volvió loco pidiendo lo que le dio la gana, de lo mejor, de lo más caro…

─Pues gracias a eso la chica ha salido viva, que le ha colocado de todo, que bestia, ─Márquez sonríe─, la leche, que artista.

─Pues toma, ─le da la carpeta─, que lo firme todo, que es una pasta.

─ ¿Lo va a pagar la que hemos operado, o Luis?

─No me jodas, la que habéis salvado.

─Entonces, ¿por qué tanta prisa?

─Yo no entiendo de rajar a nadie, pero tú no sabes cómo se gestiona este cabrón, ─y con la cabeza señala todo el hospital─, así que a firmar.

─ ¿No puedo yo?

─ ¿Tu lo pediste?

               Márquez niega con la cabeza.

─Pues eso, ahí te quedas, y enhorabuena.

               Márquez ve como se aleja y ojea la carpeta llena de pedidos, de aparatos de la máxima calidad, japoneses, americanos, alemanes, españoles, lo mejor de lo mejor.

¿Cómo lo sabía?, se encoge de hombros, esa es la diferencia, él lo imagina, Luis lo sabe, que cabrón, y sonríe.

19 MOCEDADES

─ ¿Te puedo coger de la mano?

─ ¿Qué quieres que se me pegue lo que tienes?

─Que borde eres, Nieves.

─Claro que sí, no seas tonto, que llevamos saliendo por lo menos un mes.

─Sí, ya sabes, otros, a estas alturas…

─Sí, pero a mí no se me pesca en barril, soy de altura.

─Sí, te saco dos cabezas, pero si, eres de alturas, de bajuras más bien.

─Que gracioso el mecánico, que gracioso.

               Se acerca e intenta besarla en la cara, pero Nieves gira la cabeza, lo besa en la boca, le coge la cabeza con las manos, y no lo deja ni respirar, cuando no puede más, lo suelta.

─Eso si es un beso, capullo, ¿qué te crees, que no tengo ganas de todo?

─Madre mía, que pedazo de beso, te comía…

─Lo sé, pero paciencia, mucho amor, adorarme, hacer lo que te pida, ser en definitiva mi esclavo, y al final…

─ ¿Qué?, Nieves, ¿qué?

─Gilipollas, que tengo más ganas que tú, pero a mí me rompe quien se deja el alma por mí.

─Ya la perdí hace tiempo, me tienes loco.

─Ya lo estabas, pero me vale, ¿sigues con Papá Ernesto en el taller?, ─le coge de las manos─, cuanta mierda.

─Sí, se nota, las manos llenas de dedos, los dedos llenos de uñas y las uñas…

─Llenas de mierda, que puerco eres.

─No, Nieves, que no sale, me pongo guantes, pero no, siempre pillo.

─Mi medicucho mecánico, por supuesto, sabes, que, si miras a alguna que no sea yo, te vas a matar a pajas para siempre.

─Solo existes tú.

─Sí, y que, en medicina, hay más mujeres que hombres.

─No había caído, ahora que lo dices…

─Qué poca vergüenza tienes.

─ ¿Otro besito?

─Hoy te la pelas, que te veo muy cargado.

               Luis la mira, es su ideal, sonríe.

─ ¿A que estoy buena?

─Como el caramelo, eres lo mejor de mi vida.

─Eso, sigue, sigue, no te vas a comer nada, pero sigue, que me gusta.

               Luis sonríe.

Es el sol que ilumina sus días, incluidos los de taller, que son todos, los de estudiar que también lo son, los cansinos, los cansados, los tristes, es el sol que ilumina todos.

20 HERMANOS

─Medicucho, me han dicho que estabas con una pava que estaba de buena…

               Luis mira a Ernesto, su hermano, un amasijo de músculos.

─Cuando termine de colocar el palier, te voy a dar hostias como panes.

─Ya, tú, ¿y cuantos más?, ¿es en serio?

─Como un luto, capullo, para hablar de ella, tienes que lavarte la boca.

─Padre, padre, ─grita Ernesto─, ven.

               Aparece el viejo Ernesto, tan fuerte como Ernesto hijo, pero más cansado, más quemado, más gris.

─El niño, el medicucho, el medio aborto, que se ha ennoviado.

               Ernesto padre se acerca, no se coloca debajo del elevador, malas experiencias que siempre las hay.

─ ¿Que Luis, te ha llegado la hora?

─Espera que termine con el palier.

─No seas capullo, que, si es así, me alegro.

─Sí, Papá, sí, pero han aguantado demasiado esto, su puñetera madre, ─se oye un gemido de fuerza─, el hijo de puta entró.

─ ¿Quién es?

─Si padre, que delante de Tito poco pito, te lo voy a decir, que se está cachondeando hasta que le dé un infarto y lo deje tirado, para que boquee hasta que la palme.

               Ernesto hijo se acerca.

─No seas capullo, que me alegro, yo ya tengo novia, creía que tenías retraso, o que eras maricón, lo último más bien, pero si levantas, aunque sea un poquito, me alegro, ¿le pasa algo, oligofrénica, retrasada, no está entera, minusvalía completa?

               Luis lo mira.

─El día que te tenga en la mesa de operaciones, rajaré y me mearé dentro, aunque no vuelva a operar más.

─Nene, ─le dice Ernesto padre a su hijo─, si te metes más con Luichi, ─le jode que lo llamen así─, te pego una hostia, que hay que coger el todo terreno para ir a buscarte, dime si se mete contigo, que lo capo, y ahora, ¿quién es la niña?

─Nieves, ─parece que ha soltado un riñón.

─ ¿Que hace, estudia, trabaja?

─Está en primero de enfermería.

─Eso es bueno, ─interviene Ernesto hijo─, alguien en la familia que pueda curarnos.

               Luis mueve la cabeza.

─Padre, coge el móvil, tráemelo.

               Ernesto padre hace lo que le ha pedido Luis, que se quita el guante, lo desbloquea y busca, después le enseña una foto.

─Coño, que tía más guapa, ─suelta sorprendido Ernesto hijo─, que no sepa que estás medio gilipollas, que no la mereces.

─Eso es seguro, Ernestito, seguro.

─Me alegro, ─le dice al final su hermano─, tanto estudiar, tanta paja, es mala.

─Que capullo eres.

─Déjalo Ernesto, sí que es guapa, y además si es simpática, ten cuidado, tu no vales nada.

─Padre, yo soy tu hijo.

─Supongo que sí, es broma, tráela, quiero conocerla.

─Sí, para que tenga que matar a mi hermano.

─Y la alegría a madre, ¿cuánto lleváis?

─Va para el año, padre.

─Que callado se lo tenía el capullo, papá, ves cómo es tonto perdido, pero solo lo parece, realmente, es subnormal.

─Tráela, que yo le pongo las pilas al jamelgo de tu hermano.

─Lo que tú digas, Papá.

21 DOMINGO

               Es domingo, el domingo, Nieves lo mira.

─Si te mato, ¿tengo que entrar?

─Mi gente no va a llamar a la policía por mí, no te preocupes, mátame, me muero con naturalidad, que para mí tampoco es algo de gusto.

─ ¿No quieres presentarme a tus padres?

─No es eso, lo sabes, voy en serio, pero el cabrito de mi hermano, la penca de mi hermana, ¿qué quieres que te diga?

─Eso, tu ponme el cuerpo mejor.

               Luis mira el piso de protección oficial, ya los están mirando el viejo Roncero, sonríe con el cigarro en la mano y la otra libre con la que medio saluda.

─Ya estamos en los periódicos, el de arriba de mis padres, cotilla como los de la Gestapo.

─Sí, siempre es así, ¿le echamos valor?

─Te recuerdo que somos pobres.

─Lo sé, lo sé, me lo recuerdas cada vez que salimos, que te gastas menos que un chupe de plomo.

               Luis la besa en la boca fugazmente.

─Gilipollas, ─le suelta Nieves─, que nos vean, lo arreglamos todo.

─Tengo miedo, ama Nieves, ─imita a los negros de las antiguas películas─, necesito alcalinas.

               Nieves sonríe, lo coge del brazo.

─ ¿Y sin ascensor?

─Como debe de ser, ¿tú te has fijado en las cachas que tengo?

─Ya, debe de ser eso, ─suspira fuerte, toman las escaleras.

               La puerta, el último bastión que queda entre ellos y una nueva forma de que la vida los vea, a través de los ojos de la familia Monforte.

               Luis va a tocar al timbre, pero misteriosamente, mágicamente, la que mira a través de la mirilla, abre.

─Ay dios mío, qué cosa más guapa.

               Nieves mira a la mujer menuda, mayor, pero que aún es guapa.

─ ¿Tu eres Nieves?

─Si señora.

─ ¿Señora?, quita eso, Teresa, la madre del penco que tienes detrás, que no veas la cabeza que tiene, para echarlo, que dolor madre mía, pero ahora, muchos años después, me alegro, pero, pasa, pasa.

               Una casa pobre de solemnidad, visillos, sofá de sky, salón con adornos decimonónicos, que rodean el centro de todo, la televisión, solo eso, y un Split que será la alegría de los calurosos veranos.

               Un tipo enorme, tan alto como Luis, pero como si estuviera inflado, que se le acerca.

─ ¿Cómo te juntas con el perro de mi hermano?

─Nieves este es…

─Lo, se, lo sé, Ernesto, la bestia.

               Ernesto sonríe.

─Me caes bien, eres guapa, creía que subnormal por estar con Luis, pero parece que te funciona el coco, a ver si lo arreglas, yo le he dado como a las televisiones viejas, pero no, a golpes no se arregla.

               Un señor mayor, es medio Luis, más Ernesto, más el hermano, la mira, sus ojos si son los de Luis, suspira.

─Has tardado, Luichi, pero merece la pena, soy Ernesto, el original, la copia, ─señala con la cara a Ernesto─, es ese, bienvenida a la humilde casa de los Monforte, falta la chica, se fue, vendrá cuando le dé la gana, no le hagas cuenta, siéntate preciosa, y cuéntanos, cuéntanos…

               Es domingo por la tarde, han quedado en el centro.

Está cansado, mañana es lunes, un lamentable lunes, que…, la ve llegar, sonríe, se le acerca, lo besa en la boca.

─ ¿Que es tan bueno?, Nieves.

               La chica levanta un brazo, mueve la mano, en ella una llave con un adorno grande.

─ ¿Qué es eso?

─La llave del hotel que tenemos detrás.

               Luis no puede tragar.

─ ¿Qué quieres decir?

─Que tengas cuidado, que es la primera vez, pero que tengo más ganas que tú, no sé cómo te controlas, esta noche, reviéntame, que sino pensaré que…

               Luis la besa.

No tiene conciencia de lo que pasa hasta que llega a la habitación.

Lo que sucede en ella si se ha quedado grabado para toda la vida.

Muchas horas después sonríe.

Mientras Nieves, destrozada, ronca como un bicho en su oído, el mejor sonido del mundo.

22 SIN VISITAS

─ ¿Cómo está mi enferma favorita?

               Guiomar mira al simpático médico.

─Supongo que bien, ¿me va a estudiar?, ─y mira a los dos médicos que lo acompañan.

─No, ya sabe, médicos también, terminando de prepararlos para que el mundo se los coma.

               Un amago de sonrisa, que no lo es, quiere parecerlo, solo eso.

               El médico mira y mira en la Tablet.

─Todo perfecto, ¿y de ánimo?

─Estoy acostumbrada a las vicisitudes, otra más no me tumbará, por lo menos moralmente, físicamente, ya me ve, postrada en la cama, después de una difícil operación, en la que el médico que la hizo, ni se molesta en saber…

               Galante levanta la mano.

─Está equivocada, Luis, quiero decir, el doctor Monforte, me pide, mejor dicho, me obliga a que le pase un parte diario sobre su salud.

─Como a todos sus enfermos, supongo.

─Supone mal, solo de usted, y de una niña de doce años, con más complicaciones que las suyas.

─No ofenda mi inteligencia, Galante.

               El doctor mira a la enfermera, esta asiente, toma el móvil.

─ ¿Estás vivo?

─Cinco minutos.

─Espérame.

               La enfermera la coloca en una silla de ruedas.

─ ¿Dónde vamos?

─A ver al ínclito doctor, entre carnicería y carnicería.

               Entran.

Guiomar ve como el doctor sonríe.

Tiene el estúpido gorro de los cirujanos.

Se acerca a ella, huele a tabaco.

Sin vergüenza ninguna, le toma la cara, la pellizca, le tira de los parpados, la palpa como si fuera una fruta, después le coge las manos, las mira, más tarde a Galante.

─No me mientes, si, está muy bien, ─después la mira a ella─, bella Guiomar, ¿estás tan bien como pareces?

               Ahora si sonríe, asiente con la cabeza.

─Me tenías preocupado.

─ ¿Tan mal estaba, Doctor Monforte?

─No me gusta engañar, solo hemos tenido suerte, solo eso.

─ ¿Liado?

─Como la cabeza de una loca, pero salió bien, he estado en tu habitación, no la había visto nunca, me la he pedido para vivir, Guiomar, y me han mandado a la mierda, ¿cuánto cuesta?

─Eso solo lo saben los que lo pagan, ¿lo vas a pagar tú?

─No puedo, enferma pastosa, no puedo, pero me alegro, ─le toca la mejilla─, calor, en esta blanca piel, calor, que bien se siente, me alegro, sigue con tu vida, espero haberte ayudado, pero dalas al que las merece.

─ ¿A quién, había alguien más en el quirófano?

               Luis asiente.

─ ¿Quién?, ─sonríe con prepotencia Guiomar.

─Dios, querida, ese dios omnipresente, que algunas veces se comporta como un niño mal criado, otras como un hijo de puta, pero a ti te quiere, vive, preciosa, que merezca la pena tu vida.

               Guiomar mira al médico, intenta descifrarlo, pero no lo entiende.

─Me voy a fumar, queridos, que yo también tengo derecho a un enfisema pulmonar, a una enfermedad coronaria crónica, quiero bypass, válvulas, eso sí, de las mejores, ─sonríe─, vive, preciosa, vive.

               Luis sale.

─ ¿Quién es la persona detrás de esa ropa azul?

─La mejor persona del mundo.

─ ¿Estás enamorado de él, Doctor Galante?

─Hasta los tuétanos, pero más lo quiero como amigo, pagaría por estar a su lado, solo con eso me levanto con ganas de venir todos los días a este pudridero, donde la vida y la muerte, se juegan a los dados, el alma de los desgraciados.

─Que profundo, ─comenta con sorna.

─Sí, ladra como una perra, pero ese hueso no es para ti.

               Guiomar se queda blanca.

¿Quién es el medicucho para decirle…?

Se calla, y piensa que el hueso es para el que lucha por él.

23 HABLAR CON EL SUEGRO

─Mi nuera más guapa con diferencia, ─Ernesto sonríe al ver llegar a Nieves.

               Esta se acerca y le da dos besos.

─ ¿Cómo estás?, Ernesto.

─Cada día me hace más viejo, a ti más bonita.

─Ya sé de dónde sale el zalamero de tu hijo.

─Sí, supongo, pero ya sabes, la mezcla con la madre, que es más seria, ¿qué quieres que te diga, ha perdido mucho, que vas a tomar?

─Churros, chocolate, mucho de todo.

─Y no engordas, puñetera, que metabolismo, yo, ─se toca la barriga─, cada vez más, eso es de cuando como menos, que crece.

─Lo que tú digas, ─sonríe Nieves─, seguro que es eso.

─ ¿De qué querías hablarme, que no puede estar mi Luichi?

─No le digas eso, le enfada muchísimo.

─ ¿Por qué te crees que se lo digo?

─Lo sé, pero, ya lo conoces, te adora, lo que tú digas…

─Ya será menos.

─No, ─niega con la cabeza, han traído el chocolate, le mete mano, arde.

─Tienes el gaznate de lata, como mi mujer.

─Es que así está más bueno.

─Larga, deja de comer y larga, que al final eres una bruja, cien veces más lista que Luis, gracias a dios.

               Nieves sonríe.

─ ¿Sabes que estoy trabajando en el hospital?

─Sí, eres una monstrua, la única.

─Sí, y los enchufes, el caso, es que gano algo más que el interprofesional, que no es mucho, así que me gustaría proponerte un trato.

─Larga, que te temo.

─Te doy la mitad, y sacas a Luis del taller.

               Ernesto la mira, le ha cambiado la cara.

─No te enfades, sabes que quiero a tu hijo con locura, lo que tú no sabes, es que es de los primeros, pero sin tocar un libro casi, faltando a las prácticas, escapando de algunas clases. Que no esté conmigo, me jode, pero me da igual, lo que quiero es que sea el número uno. Puede, seguro, pero así no, quiero que sea el mejor, el cirujano que, por solo rozarte con el bisturí, te cueste un riñón.

               Ernesto está triste.

─No, no sabía, creía que no daba más, que es una carrera súper difícil, que lo estaba haciendo bien.

─ ¿No sabes que por las noches le tiene que echar el hermano del taller, que duerme en cualquier sitio?

─No, no lo sabía, creía…, seguro que tienes razón, seguro.

─ ¿Me aceptas el trato?

               Ernesto niega con la cabeza.

─No, cariño, no, yo tengo cojones, su hermano el cuerpo nuevo, así que levantaremos esto, sin él, sin mi Luis. Confío en ti, en lo que me has dicho, si vale tanto, no me pondré en medio como el tieso que soy, saldremos adelante.

─Sabes que si necesitas…

─Tu, tu dinero, yo, mis trampas, ─intenta sonreír─, ahora me marcho, tengo faena.

─ ¿Te he molestado?

               Ernesto la coge de la mano.

─Eres lo mejor que le ha podido pasar al inocente de mi hijo, sigue con él, aguántalo, que algunas veces, parece tonto.

─No, peor aún, buena gente.

               Ernesto asiente, sonríe con pena, y sale para el taller.

24 LAS MANOS

               Luis está debajo de un todo terreno colocando la caja de cambios, Ernesto a su lado, entre los dos, que tienen fuerza, les cuesta trabajo, pero al momento oye los taladros de apriete, ya está en su sitio.

─Luis, ven a la oficina, -grita su padre.

─Espera que termine con Ernesto.

─No, ahora mismo.

               Luis se encoge de hombros mirando a su hermano.

─Corre, gilipollas, que el jefe te hostia.

               Entra en la oficina.

─Cierra la puerta.

─ ¿Qué quieres?, padre.

─Quítate los guantes, enséñame las manos.

               Luis lo hace, el padre mira unas manos casi sin uñas, sucias, callos por todos lados, un dedo está chafado, le falta la uña completa, en el dorso de una de ellas una quemadura sin sanar, respira hondo, si, Nieves tiene razón.

─ ¿Cómo tienes las manos?

─Bien, se curan solas, la genética, padre.

─ ¿Y cuándo estudias?

─Siempre encuentro algún momento, ─sonríe.

─Eres gilipollas.

               Luis se queda en blanco, preguntándose qué quiere decir su padre.

─Quiero que seas médico, pero no uno cualquiera, el mejor, el más grande, que digan, ¿el Monforte?, ese es la hostia. Hoy me han dicho, que, si tuvieras tiempo, serías el número uno.

               Luis sigue mirándolo no sabe que decir, pero se da cuenta.

─ ¿Nieves?

─Como te quiere esa mujer, me daba el sueldo para que no trabajaras, para que estudiaras, ─le coge las manos─, estas manos que salvaran miles de vidas, no pueden estar quemadas, machacadas, sin uñas, ─mueve la cabeza─, no, Luis, no volverás a trabajar aquí, no, pero con una promesa.

─ ¿Cual padre?, pero que no me importa seguir, me gusta.

─ ¿Más que ser médico?

               Luis agacha la cabeza.

─La promesa, es que seas el número uno, y otra promesa más.

─Pide, padre.

─No permitas que Nieves te deje, es difícil que encuentres a alguien que te quiera más que ella.

─Eso sí que lo sé, padre.

─Deja a tu hermano con la caja de cambios, ya le ayudo yo, ¿si te dejo libre, puedes estudiar?

               Luis asiente con la cabeza.

─Ya sabes, el número uno.

               Vuelve a asentir.

               Sale de la oficina, su hermano echado en la columna de un elevador.

─Padre me lo contó, me pidió que te ayudara, lo tienes, con dos condiciones.

─Otro más, no me jodas, pero suéltalas.

─Número uno.

─De acuerdo.

─Y si me va mal, que me ayudes.

─Siempre, aunque me sigas cayendo tan mal como ahora.

               Ernesto se le abraza, casi no puede respirar.

─Eres un gilipollas, pero mi hermano, te quiero ver arriba del todo.

               Luis llora.

─Y como llores, te comes dos hostias, que no vas a poder masticar con los dientes que han salido disparados.

               Sonríe, lo mira.

─Que bulto con ojos, Ernesto.

─Sí, lo eres, pero te he tomado cariño.

25 Y TÚ, ¿DE QUIÉN ERES?

─ ¿Cómo se encuentra hoy?

─Supongo que mejor, Ambrosio, quizás pueda ser, que, de alguna forma, todo mejore.

               Lo que es la sonrisa en Ambrosio, la de un lobo disecado.

─No sabe cómo me alegro, su padre…

─Ahora no es el momento, de hablar del gran Pelayo.

─No señora, lo que usted diga.

               Ambrosio se acerca a ella, le entrega una carpeta.

─En papel como usted quería.

─Sí, el papel arde, se va, lo informático se queda para siempre, por lo menos en la duda de su destrucción.

─Si me permite, le envié el dosier, enorme, ─nuevo intento de sonrisa─, del Doctor Monforte, creo que era bastante exhaustivo.

─Lo era, sin duda, este como has podido comprobar, es más pedestre, no es sobre la estatua, sino sobre el hombre que sirvió de modelo.

               Ambrosio, cree que lo ha pillado, pero por si acaso responde como siempre.

─Creo que así lo han hecho, lo he pedido.

─Lo sé, siempre confío en ti, eso es bueno…

─Pero también malo, señora, lo sé.

               Se calla y mira a los ventanales de la habitación de hospital que parece más bien un ático, pero de los de clase.

Flores, humidificadores, una televisión increíble, portátil, aparatos por todos lados.

Pero de los colores que hagan juego con el color de los muebles, y lo mejor, ventanales, que dejan ver la ciudad, por la noche deben de ser increíbles.

               Un tiempo después, ha perdido la noción del mismo, Guiomar levanta la cabeza.

─Sí, está bien, pero no es exhaustivo, quedan lagunas, muchas lagunas, ¿piensas rellenarlas o dejarlas para que criemos patos, y muchos?

               Durante unos segundos le dan ganas de pegarle dos tiros.

¿Dónde está la niña con la que jugaba mil años atrás?

Supone que dentro, pero…

Y la mira esperando que le suelte algo más mordaz, con más inquina, con más mala leche.

Pobre del desgraciado del que ha pedido los informes, es del cirujano que parece que le ha devuelto la vida, pobre hombre.

¿Qué habrá hecho?

¿Se habrá pasado con ella?

Suspira, levemente, que no se note.

Después escucha sin escuchar, antes de que pronuncie las palabras, sabe lo que quiere, asiente de nuevo, después sale.

Se va a la máquina de vending y saca un café de los apretados.

Tan apretados como los tornillos de un submarino, que al final no es nada.

Deambula hasta la cafetería, tampoco es tanto.

Sale a la calle, más calles.

Un café viejo en una calle vieja de viviendas de protección oficial.

De las que ya no se hacen, de las que se caían, pero mientras no lo hicieran, protegían del miserable clima a los miserables.

               Huele a rancio, la higiene no es algo fundamental.

La cafetera, tipo italiano, tiene holguras por todos lados.

Le sirven el café.

Es un vaso pequeño como si se quisieran cachondear de él.

Malditos andaluces, piensa.

Se bebe el café de un trago.

Él es del norte, duro como una piedra.

Siente el rajar, el sabor, la patada en la cabeza.

Sonríe, que bueno está.

Duro como levantar piedras cuando nieva.

Como las jornadas segando.

Pero los ojos se te abren, quizás hasta el que no debe, te despabila o te mata, mira al viejo.

─Coño, viejo, que bueno esta esto.

               El viejo lo mira, con la mirada de “me importas una mierda”, tan del lugar.

─Torrefacto, al que no le guste, ─señala la puerta─, a tomar por el culo, que así los hacía mi abuela en la guerra, mejor dicho, tras ella, que antes era achicoria, ¿qué va a ser?, ¿enseñarle la puerta y a tomar…?

               Ambrosio niega con la cabeza.

─No, otro, más apretado, que me reviente por dentro, y algo de alcohol, que tenga más de cien, que queme los dedos, ¿hay de eso por aquí?

               El viejo sonríe.

─Así me gusta, la gente con los cojones granados, nene, va la siguiente, un sol y sombra de los de tomar sujetando el vaso con las dos manos.

               Ambrosio sonríe todo lo que puede.

Apenas una mueca, si Guiomar lo viera, se sorprendería, pero bebe el pequeño vaso.

─Hostia, que bueno.

─De los hechos en casa, el registro sanitario para el cornudo de sus padres.

─Como tiene que ser, otro, ─y señala el vaso.

─Sí, extranjero, me caes bien, eso es suerte, si no estarías…

               Ambrosio señala la puerta.

─A tomar por el culo.

               El viejo sonríe, ahora el vaso del sol y sombra es más grande.

26 MI POBRE HERMANO

─ ¿Qué me respondes?, ─Inma sonríe, le coge de las manos.

─No puedo, mi hermano…

               La cara de la mujer cambia.

─ ¿Qué le pasa ahora al gilipollas de tu hermano?, tienes la oportunidad, un taller nuevo, mi padre te pone la pasta, y a ganar dineros, nos casamos, muchos hijos, y la tranquilidad, Ernesto.

               Ernesto la mira a los ojos.

─Sabes que me tienes loco…

─Lo sé, me duele abajo todos los días, ¿qué mejor termómetro que el chichi?

─Que cochina eres, ─sonríe Ernesto─, pero Luis tiene que terminar medicina, como sea, va a dejar el taller, le he prometido a mi padre…

               Inma le suelta las manos, lo mira con furia.

─Con todo lo grande que eres y pareces subnormal, tu hermanito tiene novia, que lo pague ella.

─Es lo que ha querido Nieves.

─Es una puta, ¿seguro que lo hubiera hecho si lo hubierais querido?

─Sí, te aseguro que sí.

─ ¿Qué es?, ¿qué te gusta la puta de la Nieves?

─No es eso, es mi hermano.

─ ¿También vas comprarle condones a la puta de tu hermana?

─A Sita, ni mentarla, que con todo lo que te quiero te reviento la cara.

               Inma sabe que se ha equivocado, de momento con los cojones no le gana, llora.

─No me quieres.

─Si te quiero, está en cuarto, le quedan dos años, después, ─le levanta la cara─, un futuro memorable, mientras te sigo rompiendo el chichi.

               Inma sonríe, después niega con la cabeza.

─Ahora será tu hermano, después tu hermana, después…, ─sonrisa triste─, cualquier gilipollas, has nacido tonto, eso no lo cambia nadie como no sea fundiéndote de nuevo, y yo no estoy por la labor, quiero vivir una buena vida, quizás se me muera el chichi, pero me da igual, Ernesto, metete a cura, que te den por la trasera, hemos terminado.

               Ernesto la mira, fijamente.

─ ¿No tienes nada que decir?

─No, tu, tu camino, yo, el mío.

─ ¿Que esperabas, que me muriera enterrada en mierda, en grasa, contigo?

               Ernesto niega con la cabeza.

─No, ya me lo dijo mi madre, esa no es buena, ─Ernesto sonríe─, es lista, mi madre es lista, y además tienes dinero, que han permitido que te malcríen, soy un puto Monforte, gilipollas como pocos, pero mis hermanos son de mi sangre, ─se recorre el brazo─, la que recorre mis venas, eso sí es importante, que tú te vayas, cuando sabía que te irías, eso no es importante.

               Una bofetada, suena como una pedrada en una chapa.

El bar se para.

Ernesto sonríe.

─ ¿A que estoy duro?, solo se pondrá colorada, la cara, y poco, así que, buena suerte, Inmaculada, encuentra un gilipollas que haga lo que tú quieras, aquí hay demasiados huevos como para querer aplastarlos.

               Inma mira cómo se va.

Lo quiere con locura, la lleva al cielo, la hace reír…

Pero es un desgraciado, un muerto de hambre, un miserias.

Levanta la mano y encarga otro pastelillo de crema, que allí están soberbios.

27 LA BELLA CANDELA

─ ¿Cómo van las cosas?, cosita linda.

               Candela sonríe, está enamorada del doctor, que la mira como nadie la ha mirado.

Es un ángel, no…

Un súper hombre.

Tiene que curarse, que criarse bien, tiene que conquistarlo.

─Bien, doctor Monforte.

               Le toca la cara, le aprieta las manos.

─Ya he visto la revista ilustrada de Candela, te lo he visto todo.

               Candela se ruboriza.

─Quiero decir los TACS, no seas cochina.

               La madre sonríe, que diga lo que quiera, ha salvado a su niña, es dios en la tierra.

─Estoy bien.

─Como lo que eres, una cosita linda, que merece llegar a ser la flor más bonita.

               Más rubor en las mejillas, se gira.

─ ¿Qué me dices?, Galante.

─Todo bien, control a tope, ─responde─, es Candela, la mujer maravilla.

               Aún más color en las mejillas.

Sabe que Galante es como ella, no como el doctor Monforte.

Lo sabe, sin saber por qué.

─Manuela, ¿podemos hablar fuera?

               La madre sonríe, se levanta.

Pero el estómago le gruñe como un gato en celo, araña, hace daño.

─No te asustes mujer, que sé que estás sola, la conversación en mi despacho debería de haber sido, pero no quiero que Candela se quede sola.

─ ¿Tan malo es?

─No mujer, no, todo lo contrario, pero avisándote.

─ ¿De qué?

─De lo que te dije, la niña responde como un reloj, el de arriba nos la deja más tiempo, una flor más, pero ya sabes, obsolescencia.

─ ¿Qué es eso?

─Que, dentro de diez años, aunque los aparatos que le he puesto funcionen como relojes suizos, hay que cambiarlos por nuevos, que harán nuevas funciones, serán más fiables, todo para bien, pero también una operación, desagradable, con miedo, con recuperación…

─ ¿Tan peligrosa como…?

               Luis niega.

─No mujer, no, solo cambiar, como cuando vas al taller mecánico a sustituir el aceite, el problema es cuando se rompe la bomba de aceite, eso tiene trabajo, pero cambiar el aceite, se hace todos los días.

               La mujer le coge las manos, se las besa.

─Si no hubiera sido por usted.

               Luis las retira.

─Olvídame, Manuela, a cuidar de la bella Candela, que tiene que florecer.

─Está loca por usted.

               Luis sonríe.

─Que sane, que sea la mejor versión de una niña preciosa, eso es lo único importante, te dejo, ya vendré menos, ya sabes, el viejo doctor, que lo esclavizan.

               Manuela ha oído de todo.

Sabe que es mentira.

Que opera porque quiere.

Que hace más de lo que debería.

Que cura gratis.

Que es de lo que no existe.

─Que dios lo bendiga.

─Ha bendecido a tu hija, Manuela, ¿hay algo mejor que eso?

               La mujer sonríe, si, es un santo.

Ve como se aleja, mientras habla con un médico que se le cae la cara de guapo…

Y que va dejando una señal de aceite por cualquier lugar por donde pase.

28 TINITUS

               Luis da vueltas en la cama.

Todo va bien, las operaciones salen, algunas mal.

Es ley de vida, sigue siendo el médico con la tasa más alta de defunciones.

Le da igual.

Todos saben que cuando alguien le llega, tiene todas las papeletas para irse rápido, así que se le va.

Si quieren, si no lo entienden, que lo larguen, que se irá a seguir de médico, pero de forense, sin complicaciones.

¿Que alguien llega?, está muerto, ninguna responsabilidad

Y sonríe mientras siente el zumbido que lo está volviendo loco, ¿será la ligera diabetes que ha ocasionado debilitamiento en la circulación de uno de los oídos?, improbable.

Lo que sea, pero le da por culo como un niño chico al que no han cambiado después de que haya salido lo gordo.

               Mira al techo.

Eine kleine Nachtmusik, suena levemente.

La Serenata n.º 13 para cuerdas en sol mayor, más conocida como Eine kleine Nachtmusik (Una pequeña tonada nocturna, Una pequeña serenata o Pequeña serenata nocturna), K. 525, Mozart en sus mejores momentos.

Cuando el sol brillaba al simple toque de sus manos.

E intenta perderse en ella, pero no puede

¿Cuándo terminara todo?

Se levanta.

Abre el cajón de la mesilla de noche.

Abre la caja.

Mira el rótulo, el dibujo, y saca el arma.

Es una veintidós, suficiente para reventarse el corazón.

Dos dedos del esternón hacia la izquierda.

Apretar un poco, el gatillo, y se acabó.

Te mueres de solemnidad.

La bala no te rozará y te dejará medio tonto.

Si lo haces como lo ha dicho, no hay salvación.

Aun haciéndolo mal, te desangrarás antes de que llegue alguien, por muy cerca que esté.

Suspira, la saca, la acaricia, saca el cargador, la amartilla, se la coloca en el pecho, está fría, y nota como está llorando, roza el gatillo de la vieja pistola, de su abuelo, de cuando la guerra, de cuando…,

Pero está engrasada, limpia, compró, por medio de amigos, balas nuevas.

Le cambiaron de extranjis el percutor que se rompe mucho en ese modelo.

Todo es un segundo, quizás menos.

Mira a la ventana, no ha cerrado la persiana.

El vecino que fuma inefable con el frio que hace, en su camisa con agujeritos, sin mangas, la de su padre, la de su abuelo.

Sonríe, desamartilla, la bala sale, la coloca en el cargador que deja en un lado de la caja, en el otro la pistola, cierra el cajón.

Se acerca a la ventana, la abre, entra un frio de muerte.

Enciende un cigarro.

Mira al vecino que lo mira a él, agacha la cabeza, el vecino hace lo mismo, levanta el cigarro, Luis sonríe.

Si, el vecino lo tiene prohibido, él no tiene nadie que se lo prohíba.

Que suerte tiene el de la camiseta de agujeritos.

Sonríe de nuevo, la noche no es tan negra como hace unos instantes, y no por las farolas que poca luz dan, como si les costara la vida.

Es el vecino, que sigue desobedeciendo, sigue con sus costumbres, a pesar del agobio, de todo.

Y piensa que siempre es momento de destrozarse la patata.

Que la pistola estará siempre en la mesilla de noche.

Una nueva sonrisa, se despide, el viejo ya no está, cierra la ventana, se echa en la cama, y antes de poder taparse se queda dormido.

29 DESPERTAR

               Se levanta.

Le duele la cabeza, como no podía ser menos.

La noche de las de película de terror americana, de las que nunca te quedas con el argumento, solo con las cubetas de sangre.

Mozart sigue oyéndose en el equipo de música, es algo.

Por lo menos el tinitus ha disminuido, es algo que le minora, no le deja descansar.

Anoche durmió, no cuanto debía, ni como tendría que haberlo hecho, pero ya está con la cabeza en alto.

               Frigorífico, lata de café fría, fuerte, no tanto como querría, pero bien.

Ducha, de rato, de las de pago, de las de factura imposible de comprender salvo la última línea, la de la pedrada en la frente, como todas.

Basura, electricidad, lo que es un ayuntamiento buitre, que se queda como pollito descabezado ante un buitre─hiena que hiela la sangre de pensar en quien nos está gobernando.

               La fea, la que no saluda.

─Don Luis, Don Luis, que tengo una sobrina…

               La mala leche, que le sale, los mil no saludos.

─Pues yo tengo dos, que le vamos a hacer.

               Una mala mirada que se vuelve a meter en el enorme estuche de mala leche, en el barrio la conocen.

─Sí, ya sé, no se digna con los pobres.

─Lo que usted diga, y hágase mirar la mala leche, que eso mata mucho.

               Un intento de ponerlo como un ropón.

Pero algo más fuerte, más grande, que se lo impide.

─Sí, se quién soy, lo siento, nací así, me hicieron peor, pero tengo una sobrina que no merece estar en un sillón con catorce años, porque ningún maricón se atreve a matarla o a devolverle la vida, me han asegurado, que no solo es el mejor hombre, sino el mejor cirujano, ¿puede ayudar a la sobrina de la vieja bruja?

               Luis la mira, sonríe, no de maldad, sino de la vida, que, al más duro, lo hace pedazos con nada que le sale.

─Claro, mujer, dígale que se presente, espere.

               Móvil.

─Mariana, llama a Galante, diez minutos, una niña, de las mías, si no tiene tiempo, lo jodo.

─Ya quisiera, jefe, ya quisiera Galante.

─No seas mala.

               Deja el teléfono, la mujer que lo mira sin saber qué hacer.

─Dos minutos, Mariana es como una bomba alemana, no pasa sin dejar muertos.

               La mujer sonríe, quizás el medicucho…

               El móvil que suena.

─Suerte como siempre, a las once.

─ ¿De cuándo?

─De ahora, que corra.

─Gracias.

               Cuelga, mira a la vieja.

─Las pilas.

─ ¿Que pilas?, -contesta con bordería-, se le ha olvidado.

─Que a las once la recibe el Doctor Galante.

─Pero, ¿no era usted?

─Yo opero según lo que me diga Galante, que es como mi mano derecha.

─Ah…, no sabía.

─Pues ya sabe, zumbando, que tiene que lavar a la niña, montarla en un taxi de los reformados, y llegar a las once en punto, si no llega, mal asunto, Galante perdona casi todo, la impuntualidad, no, además es un favor.

─Que dios se lo pague.

─Con que me salude todos los días.

─Va a costar trabajo, lo intentaré.

─Lo sé, lo que no es de natural, le cuesta salir.

               La vieja sonríe.

─Al final, me va a caer bien.

─Tampoco es eso, que la educación cansa.

─Y que usted lo diga.

30 EL RETORNO DE CARAS OLVIDADAS

               Es Mariana que lo observa.

Aun no tiene la cara de que lo jodan por decreto.

La mira desafiante, sabe que algo no va bien.

─Maestre, ─señala con el dedo hacia arriba─, que quiere verte.

─ ¿Que querrá el mamón ese?

               Mariana se encoge de hombros, muchos años en el ejército.

─ ¿No te hueles nada?

─No, seguro que no, he mirado por todos lados, los estadillos, los controles, las explicativas, los porcentuales, todo está en su sitio, ¿no será alguno de los que te quieren Joder?, Luis.

─Seguro, que no hay…, pero me da igual, que el gili de Maestre quiere verme, pues eso.

               Ha llamado a la puerta.

Se oye un pase, que, si no lo hubiera escuchado, sería la excusa perfecta para regresar por donde llegó.

Entra.

─Usted me dirá que desea.

─Monforte, el paciente Olmos.

─Sí, ¿qué sucede?

─Lo ha desviado a uno de sus compañeros.

─Así es, de momento, el cirujano soy yo, si me dice lo contrario, pues nada, hago la maleta y me marcho a otro lugar, los carniceros, que somos bien considerados.

─Déjese de historias, es el mejor, y la esposa del paciente quiere que le opere usted.

               En ese momento, se fija en la mujer que está sentada de espaldas a él.

No se había dado cuenta.

─Perdone señora, pero su marido está mal, pero no tanto como para que ocupe el lugar de personas que están peor.

               La mujer vuelve la cara, llorosa, cansada, triste.

─ ¿No puedes hacer un favor?, Luis.

               Luis la mira, es Inma, la que dejó a su hermano para ir a pastos más verdes.

─Sigo siendo el mecánico, el hijo del mecánico, el hermano del mecánico que tiraste como si no valiera nada, ¿ahora valemos, valgo algo?

               La mujer se calla lo mira.

─Si no lo operas…

─Amenázame, inténtalo, sigo siendo el mejor, y te puedo asegurar que, aunque estuviera boqueando en el suelo, ni lo miraba.

               El director no sabe de qué va la historia, que la hay y de las de tener cuidado.

─Tengamos la fiesta en paz, Monforte, ¿qué sucede?

─Que, a mí, las personas prepotentes, me conoces, Maestre, pues que no las llevo, por cojones no, ─mira a la mujer─, que no soy el mecánico canijo que era poco para Inma la Fantástica, has conseguido lo que querías, alguien mayor con dinero, pues nada, gástatelo, pero no me pidas ni aire, para ti, no tengo nada.

               Luis da media vuelta y se marcha.

─ ¿Qué es lo que sucede con Monforte y usted Señora?, nunca lo he visto así.

─Era la novia de su hermano, él quiso seguir trabajando para su padre, lo dejé, y me casé al cabo de un tiempo, con lo que quería, un hombre con posibles, he podido ver que Luis no me perdona, ¿no es posible obligarlo?

─Lo único que conseguiría, es que se marchara a otro hospital, o al extranjero.

─ ¿Tan bueno es?

─El mejor con diferencia, vienen de cualquier lugar para que Luis los opere, el helipuerto trae gente de cualquier lugar.

─En ese caso…

               Maestre niega con la cabeza.

─Y le agradecería que no insistiera más en el tema, tenemos de los mejores cirujanos torácicos del país, su esposo, está en buenas manos, no quiera tener un problema.

─Paco es importante, tenemos mucho dinero.

─Él tiene detrás a los miles que ha salvado, una carrera ascendente, y un futuro increíble, ¿puede con eso?, pues inténtelo, pero al primero que tendrá enfrente será a mí, no me gusta, no me cae bien, pero es el alma de este hospital, y lucharé a brazo partido con quien sea.

               Inma se levanta y sale de la habitación.

En un escondido, en la escalera de incendios, se sienta y llora.

El pasado le ha pegado con lo más fuerte que tiene, el resentimiento, la necesidad de ayuda de los que abusó en el pasado.

Ahora, le devuelven el recado, pero con gritos, y lo pagará Paco, que es una bellísima persona.

No lo quiere como quería a Ernesto, pero si quiere que viva, con todas sus fuerzas, el maldito Monforte, pagará, vaya que si pagará.

31 LAS ROSAS

               Eusebio mira el plantel delante de la iglesia.

Las rosas que cortó comienzan a brotar, en algunos casos tienen hasta capullos.

Pequeños capullos que el tiempo que está loco ha hecho que salgan antes de tiempo, y que a pesar de todo se agradecen.

               Una furgoneta alemana, preciosa, para enfrente de la iglesia, justo en la señal que pone “Reservado, cultos religiosos”

Suspira, algunas veces echa de menos la pistola en la sobaquera.

Y le pide perdón al señor por tales pensamientos.

Pero la furgoneta, es el ideal.

Podría llevar en ella a los enfermos, a los viejecitos, a los que siempre llegan tarde.

Y suspira, la vida es como es, no solo aparcan mal.

Si no que lo hacen con uno de sus sueños.

Los sueños de un viejo pandillero reconvertido en borrego, pero feliz.

               Se abre la puerta.

─Por favor, pueden…, ─se acerca a la furgoneta.

               De ella sale alguien en una silla de ruedas.

Se tenía que meter la lengua en el culo, que habla poco, pero casi siempre cuando tenía que estar callado.

               Una mujer, seria como la muerte, blanca, con unos ojos azules eléctricos, el pelo negro y largo.

Ocupa la silla, que como si fuera un barco.

Clava la quilla hacia él, para a menos de un metro.

─ ¿Es usted el Padre Eusebio?

               No sonríe, la mujer le da miedo.

─Sí, ¿que deseaba?

─Hablar con usted, ¿dónde podemos…?

─A esta hora la iglesia está vacía, cosas de los tiempos, y la sacristía es un monedero viejo, no puede entrar algo, sin que salga el doble.

─Pues que así sea, indíqueme.

               Es una orden, las ha obedecido toda la vida.

Es mando, es natural para el que está acostumbrado a eso.

Y no le gusta, demasiado tiempo, demasiadas cadenas, demasiado de todo.

               La esquina de un banco.

Enfrente la mujer.

Detrás de ella, alguien que parece sacado de su pasado.

No mira, pero ve, parece quieto, pero bulle.

Respira tranquilo, no pasa nada, es España, la vieja España.

─Usted me dirá.

─ ¿Conoce a Luis Monforte?

               Eusebio asiente.

─ ¿Que me puede decir de él?

               Una gran sonrisa, o eso quiere parecer.

─Nada.

               La mujer no sonríe.

─ ¿Como que nada?

─Nada como concepto, como realidad…, esto es una iglesia, yo soy un sacerdote, ya no hay mártires, pero tampoco hablamos más de lo que debamos.

─No es nada malo, es solo saber quién es.

─Pues un cirujano, en uno de los cercanos hospitales que nos tienen rodeados.

─Lo sé, me ha operado, me ha salvado la vida, pídame que le describa lo que es capaz de hacer medicamente, y lo haré, solo quiero saber qué clase de persona es la que me salvó la vida.

─Buena gente, básicamente eso, lo más importante.

─ ¿No me puede decir más?

─Poder, puedo, pero no debo, y, sobre todo, no quiero.

               La mujer lo mira con sus terribles ojos azules, que no se sabe si son de un ángel o de un demonio.

─Vamos a hacer una cosa.

─De acuerdo, ¿qué quiere hacer?

               Eusebio toma el manillar de la silla y la acerca a un lateral de la iglesia, una hornacina.

─Mire lo que pone.

─Sí, San Luis.

─Exacto, pero acérquese, mírele la cara.

               Guiomar lo hace, sonríe.

─Es la cara de Monforte.

─Un exvoto, o como quiera llamarlo, es san Luis, es Luis, ¿responde eso a parte de sus preguntas?

─Básicamente, solo eso, seguiremos en contacto.

─Si es para dar limosna, es bienvenida, si es para seguir cotilleando, mire la cantidad de iglesias que existen en esta ciudad cada vez menos cristiana.

               Guiomar pone una mueca, calla y lo mira unos segundos.

─Mira que he juzgado a gente como tú, padre Eusebio, me gustaría saber cómo te llamaban.

─Ya no me acuerdo, fueron tiempos borrosos que intento redimir, como del que hablamos, Luis.

─ ¿Tiene algo que redimir?

─Pregúntele a él, señora…

─Señoría.

               Eusebio sonríe.

─Sí, le pega, señoría, no me gusta, pero le pega, siempre será bien recibido su dinero para limosnas, solo eso, ─deja la silla y marcha hacia la sacristía.

─Señora, ese era de los míos, ─comenta Ambrosio.

─Se le nota, tiene hechuras, que no hable de Luis es extraño, lo hace mejor, me enteraré, vaya que si me enteraré.

               Pero hoy no, piensa Ambrosio, que sonríe por dentro.

Que de vez en cuando, es necesario que pongan a la niña en su sitio.

Y el cura sudaca lo ha hecho.

Si, un verraco de los que se crían en aquellos lugares.

32 TRAS LA CENA

               Luis fuma con Ernesto.

─Te pasas con las niñas tres pueblos, le compras lo más caro, ¿cómo puedo yo igualarlo?

─Soy su tío, vengo de vez en cuando, trago como un cerdo, y les traigo regalos algunas veces, vosotros las tenéis todos los días, ¿me vas a privar de eso?

─No, pero verás como mañana en el colegio hay problemas, los colgantes en este barrio, no se pueden sacar.

─Ya les he dicho que tengan cuidado, ─le comenta Luis a su hermano.

─Y van ellas y te hacen caso.

─No, eso es verdad, pero que lo den, les compro otro y ya está.

─Que cabrito eres.

─Gracias por quitarme la edad, por cierto, el otro día, ¿sabes a quien vi?

─Ni idea, estás todo el día con una multitud de personas, a saber.

─Tu ex.

               Ernesto lo mira.

─ ¿Mi ex?

─Esa misma.

─ ¿Y qué quería la del coño alto?

               Luis sonríe.

─Su marido, viejo y cansado, la patata con problemas, lo desvié a uno de los otros cirujanos, complicado, pero fácil a la vez, no veas como se puso, me amenazó con destruirme, con echarme, mil cosas, ya la conoces, mala como antes, no, peor.

─Ya tiene lo que quería, dinero, pues que lo disfrute, y tu haz lo que veas, me jodió a mí, a ti no.

─Eres mi hermano, si me lo hubieran hecho a mí, me hubiera dado igual, pero a ti, no, será guarra.

               Ernesto mira a lo que da el horizonte, el bloque de enfrente.

─Como lo pasábamos en la cama, no paraba, te dejaba seco como la mojama, ─sonríe, mira a Luis─, que panzadas de follar…

─ ¿Que dices?, Ernesto, ─es Isa, su esposa.

─Nada, que este ya ni follar.

─Esa boca, que las niñas.

─Esas, Isa, ─le contesta Ernesto─, saben más que tu cuando nos casamos, ─se vuelve a Luis, ten cuidado, esa no ha perdonado nunca, a mi menos, porque la culpa fue suya.

─Sí, Ernesto, hay gente a la que la cabeza le funciona así, pero ya me conoces, soy cabezón hasta aburrir.

─Te repito que por mí no lo hagas.

─No, es por los Monforte, ¿te parece poco?

─Para ti la perra gorda.

33 DOMINGO

               Nada más, nada menos.

Se despierta, ayer estuvo en el hospital, algo no programado, como siempre.

Saben que no tiene obligaciones, abusan, pero le da igual.

Hoy, por si acaso, solo lleva el móvil que solo conocen su familia y Mariana.

La que decide si es lo suficientemente importante como para que lo llame, cosa que no ha hecho desde que se lo dio.

               Se despereza, son casi las diez, una hora increíble.

Bien es cierto que eran las tres de la mañana y estaba mirando a un techo oculto en la oscuridad, oyendo una de Mendelssohn, que aún le resuena en el oído.

Para un momento, el zumbido sigue, nunca para, pero ahora un poco más mitigado.

Una lata, no, dos, que las necesita, seguro que son venenosas, pero le da igual.

Ahora tomara un café de los fuertes abajo, en la Terracita, el bar de Genaro, aunque sea la hora que sea.

Ducha, colonia, vaqueros aún más viejos, y cazadora que en los tiempos de la guerra de Vietnam ya eran antiguos…

Y lo bien que se arrastran por el irregular asfalto unas botas militares.

               Baja.

Una sonrisa.

La fea que saluda.

Todo va bien para una niña que se ha escapado por los pelos.

Devuelve la sonrisa, que se quede con el cambio.

Sale del bloque.

El sol aprieta, es invierno u otoño, o lo que sea, pero a pesar del frío, el sol se siente magníficamente bien.

Camina con pereza hacia la terracita, han colocado una bombona.

El Genaro que quiere estar con los tiempos.

Una mesa libre, antes de levantar la vista, un café, torrefacto, cortado, maravilloso, y sabe que habrá los que quiera.

─Me mimas, Genaro.

               El hombretón no contesta.

Al poco vuelve con una enorme tostada.

Zurrapa, un bote más grande que la vida, Luis sonríe.

─Lo a gusto que se queda uno con las cosas que te matan.

─Lo que tú digas, si quieres más, pide.

─Lo sé, querido cantinero, lo sé.

               Esbozo de sonrisa, ataque fulminante a unas emborrizadas tostadas que son más zurrapa que otra cosa.

               Alguien que se sienta.

No tiene enemigos, por lo menos de los que atacarían por lo físico.

Mira.

Es la bella morena de ojos azules, de nombre impronunciable.

               Vuelve a mirarla.

Deja la tostada, le levanta las gafas de sol, le toca los párpados.

Mueve la cabeza, mirándola por todos lados, después las manos, las frota, no las suelta.

─Querida paciente, corre demasiado.

─La culpa la tiene Galante, asegura que soy un portento de la naturaleza.

─No, esas no son palabras del médico más comedido que conozco.

─No, son mías, el guion suyo, las frases mías.

─No le ofrezco lo que como, porque mata más que yo mismo.

─No, no se preocupe, he pedido un poleo menta.

─Sabia elección.

               Guiomar mira alrededor.

─Cómo es que vive aquí, ¿es pobre?

─De solemnidad, ayer me echaron del club de las ratas, ¿a qué no sabe por qué?

               La mujer le sigue el juego, niega con la cabeza.

─Por rata.

               Una estrecha sonrisa, apenas descifrable por alguien que la conociera.

─Ya será menos.

─Sí, pero está cerca del hospital, cojo el coche…

─Otra miseria de automóvil.

─Sí, mi Gorrino, pues con él, en cinco minutos estoy en el hospital, ya sabe, todo pagado, te da una sensación de paz.

               Guiomar sonríe de nuevo.

─ ¿Que te trae por aquí, paciente?

─ ¿Ya olvidamos el usted?

─Es domingo, hablo con quién me da la gana, como me da la gana.

─Me parece bien, pues si, Luis, he venido de casualidad, lo cual es mentira, a verte.

─Motivo.

─Conocer a la persona que me salvó la vida.

─No te preocupes, no te pongas densa, soy un tipo extraño en una pequeña ciudad, que apenas si sobrevive, lo demás, créeme, no es interesante.

─Sí, supongo que sí, solo me tiene dudando el hecho de que, a alguien común, en vez de llamarlo Luis, don Luis, Doctor, Cirujano…mil formas, lo llamen San Luis.

─Sí, ya sabes, Andalucía, el atraso, el retraso, que somos inferiores, que le voy a decir a alguien que viene de ese norte brumoso, donde todo es sapiencia, sudor, trabajo, y por supuesto inteligencia, aquí ya puedes ver, me llaman también chaman, hechicero, mil cosas, que nacen de la ignorancia, áfrica empieza en Despeñaperros, que de eso os estáis encargando vosotros.

─ ¿Nacionalista?

─No, andaluz.

─Interesante.

─No mucho, ─levanta la mano─, ¿quieres algo?, ─la mujer niega con la cabeza.

               Dos segundos después otro café.

─De tensión, ¿bien?

─No, pero me da igual, de algo hay que morir, los que más fumamos somos los de corazón y pulmón, incongruencia o dolor, a saber, que hagan un estudio.

34 PRELUNES

─Ya has desayunado, ¿qué es lo que haces ahora?

─Nada de nada, subo a casa, escucho música, tranquilo, lo que no sucede el resto de los días, no es domingo en la tarde, es prelunes.

─Sí, supongo que sí.

─ ¿Para ti no lo es?

─Sí, pero de forma distinta, es como te diría, una profesión de forma más…, no sé explicarlo.

─Pues dime a que te dedicas.

─Soy jueza de lo penal.

─Es decir, ¿me puedes meter en la cárcel?

─Sí, supongo que sí, fabrico las pruebas, y no sales ni para el recreo.

               Luis sonríe.

─Eres increíble, con la enfermedad que has tenido, y has levantado una carrera, unas oposiciones durísimas, y tienes que ser buena, esta es una ciudad grande.

─No demasiado, pero si, ha costado, no he parido, pero supongo que dolerá casi tanto.

─Además del norte, venida al sur, otro hándicap más.

               Guiomar lo mira, no dice nada.

─ ¿Puedo seguir preguntando?

─No, me marcho ya.

─Bien, pues su señoría, aquí me quedo, con mi gente, en mi humilde barrio.

─ ¿No vamos a comer juntos?

               Luis la mira, no sabe que pensar.

─ ¿No mereces, por haberme salvado, una comida?

─Supongo que sí, pero no me pienso acicalar, sé que voy hecho un puerco, así que el local, tendrá que ser de las mismas características.

─No te preocupes, a tu elección, supongo que comerás en lugares como este.

─Sí, ─Luis asiente─, cuando puedo sí, pero tú no deberías.

─Lo sé, la alimentación, debo de cuidarla, he dicho que te invito a comer, no que yo te acompañe plenamente, solo estaré contigo, disfrutar viendo como comes.

─De acuerdo, sígueme.

─ ¿Hay que coger el coche?

─No, aquí todo está comprimido.

               Una nueva tahona, más grande, también más gente.

Huele fuerte, a comida fuerte, a grasa, a humanidad.

─ ¿Este es uno de tus paraísos?

─Sí, no sé si sabes, que seguro que sí, que soy el hijo de un mecánico.

─ ¿Y no se te quita el olor?

               Luis niega.

─Nunca, no me gustaría, no soy el médico que se cree colega de dios, solo una persona con algo de habilidad, que ha desembarcado en una profesión con mucho predicamento social.

─Bien definido, lástima que el único médico que piense así seas tú.

               Luis se encoge de hombros.

               Han terminado de comer, más bien él, mueve el café y pregunta.

─ ¿Que buscas?, Guiomar, la paciente impaciente que me acorrala como si fuera un animal a cazar.

─Nada, solo conocerte.

─ ¿El motivo?

─Eres alguien especial, puedes ser lo que quieras y eres persona, puedes estar donde quieras, y eliges esto, tu coche tiene varios dígitos, tu casa, es de las de regalar dando dinero, ¿Por qué?

─Muchas preguntas que se responden con solo una, soy así.

─No me lo creo.

─Esa es tu prerrogativa, úsala cuanto quieras, me marcho.

─ ¿Dónde vas?

─A casa, a descansar, mañana, mucho me temo, que será como todos, algo terrible.

               Guiomar mira cómo se marcha mientras intenta evadirse.

Que no lo ha conseguido, del griterío del personal del concurrido restaurante.

Mira la cuenta y sonríe.

Si, es un miserable, apenas si es nada.

Le fallará algo en la cabeza, no lo sabe, pero lo averiguará.

35 CASI DORMIDO

               Ha llegado a casa, cansado de no hacer nada, que es lo mejor para el alma.

Abre el frigorífico, nada, ¿Qué esperaba?, ¿Qué se llenara solo?, si la internet va como el culo, ¿cómo se va a conectar para comprar un electrodoméstico que hizo la mili con lanza?              

               Leche, mira la caducidad, por los pelos, ¿lo demás?, mejor no mirarlos, que son de la casa desde tiempos inmemoriales.

Paquita que sigue haciendo lo que le da la gana, lo mínimo es lo máximo en ella, pero le da pena, el marido alcohólico, su hijo en la cárcel y el con más hambre que el perro del afilador que se comía las chispas.

               Nada de nada, a la cama.

Enciende el televisor, un pequeño aparato que le sirve de ordenador, que lo es, pero mínimo. Recomendación de uno de los de informática del Hospital, y funciona.

Mira lo que hay en el disco duro, antiguo de…

Ni se acuerda, comienza carpeta por carpeta, películas, series antiguas, de los tiempos de Nieves que se las comía con la avaricia del que le encanta.

Ve la carpeta, “What’s Wrong with Secretary Kim” (Que está mal con la secretaria Kim)

Sonríe sin ganas, la favorita de Nieves, una serie coreana, le encantaban, en la que se mezclan personajes que no tienen coincidencias con los que conoces de Europa, de España, pero que engancha.

 sin darse cuenta, dándose, inicia el capítulo uno.

Nada se olvida, menos lo que hace que tengamos buenos recuerdos.

Y se deja llevar por el mundo de los conglomerados coreanos, los chaebol, la perfecta secretaria, el actor de moda de Corea…

Sonríe, pero las lágrimas le caen por la cara.

No solo es la serie, es que el tinitus o lo que sea, ha parado, se ha callado, silenciado…

Y oye las estentóreas risas de una esposa muerta, la sonrisa de Nieves, que se lo pasaba como nadie.

Casi siente como se le agarra al brazo.

Como deja caer la cabeza sobre su hombro, mientras lee los subtítulos, en ese sudamericano, especie de español extraño, que en lo escrito se puede entender, que en lo hablado, no solo imposible, sino intento vano.

               Se despierta.

El episodio se repite una y otra vez.

Mira el reloj.

Las cinco de la mañana.

Se ha quedado dormido con la serie puesta.

No había música.

Si, mejor pensado, si.

La música de la sonrisa de la que se fue…

Y su sonrisa se hace más grande.

Si, pase lo que pase, será un gran día, de los difíciles de dejar pasar, la ha sentido.

El roce de sus risas, el toque casi vacuo de un cuerpo que sabe que no estaba allí, pero todo magnífico.

Hoy, por unos momentos, le ha parecido estar, quizás sea mentira, pero no le importa, un poco menos solo.

               Baja, la vieja que coincide con él le saluda de nuevo.

Está bien, todo está bien, incluso Gorrino que arranca, como agradecido.

Sale del precario aparcamiento como si fuera el rey de una carretera que pronto se colapsará.

36 LUCHA A MUERTE EN EL PARQUE CRUZ CONDE

─Me he quedado con un piso.

─ ¿Que has hecho que?

─Te lo repito, mongolo, que me he…

─Ya, ya, despabilada, me he enterado, de lo que no me entero es el por qué.

─Al lado de la Facultad, independencia, cobro billetes, termino este año, seré una pastosa enfermera, especializada en ginecología, ya sabes lo que tanto te gusta, -sonríe-, pobretón, ¿no te imaginas que podrás disfrutar de la hurí de tus sueños, cuantas veces quieras, que se me va a pasar el arroz?

               Luis sonríe.

─Qué poca vergüenza tienes.

─ ¿Contigo?, ninguna.

─Explica mejor lo del desembolso económico.

─Se come el treinta por ciento de lo que gano, el resto para dispendios.

─Cómo se nota que eres de pasta, ni me has presentado a tus padres, ¿te avergüenzas de mí?

               Nieves le acaricia la cara.

─Me avergüenzo de ellos, tu familia es magnífica, la compro por el precio que sea, la mía ni aun dándome dinero, olvídate de ella, si algún día aparece, tendremos que salir huyendo, no deshagas la maleta.

─Qué cosas tienes.

─Ahora la pregunta del millón.

─ ¿Qué es?

─ ¿Te vas a venir a vivir conmigo?

               Luis la mira.

─No llego ni con la beca, mi padre me ayuda, que ya sabes como están, sí, estoy en cuarto, mejor dicho, quinto, perfecto. He terminado primero de la clase, las manos no tienen grasa, y cada vez que las miro tan limpias se me cae la cara de vergüenza.

─Sí, lo entiendo, pero yo pago todo, con estrecheces, Gorrino tendrá que seguir viviendo a base de gorronear a tu padre, comer lo justo, y solo estudiar y fornicar, ¿qué te parece?

─ ¿Quién puede decir que no?

─Pues vente rápido, que estoy de salida, ya sabes, yo sí tengo carrera, las chicas con estudios terminados que somos así.

─Tengo que decírselo a mi madre.

─ ¿Crees tú que iba a comprar el piso sin decírselo a tu madre?

─ ¿Lo has comprado?

─Me salía más a cuenta, ya sabes, tengo trabajo, la hipoteca, ─miente─, sin problemas, así que nos encontramos con más facilidades, podremos destrozarnos en la cama sin preocupaciones.

─Algunas veces me asustas.

─ ¿Solo algunas veces?

─Tienes razón, ahora estoy acojonado.

─Demuéstramelo.

               Luis sonríe, lo tiene loco.

Haría por ella lo que fuese.

¿Qué ha comprado un piso?, magnífico, que no…

¿Qué más le da?…

Mientras ella esté allí.

37 SIMPLES CHARLAS

─ ¿Que querías, padre?

─Hablar acerca de nuestro acuerdo.

─ ¿Qué acuerdo?

               Alfredo sonríe, es ladina, como toda la familia, pero el inventó eso, no hay problema.

─Lo de que te arregle el cuerpo el mecánico, está bien que te haga disfrutar, sabes que tu matrimonio está concertado.

─Si tú lo dices.

─Por cierto, me he enterado de que te has comprado un piso de protección oficial, ¿se te pegan las cosas del mindundi ese?

─Supongo que sí.

─Te quedan dos años, ese fue el trato, este año, ejerce, para eso has estudiado, después te casas con Ramón, las familias os necesitan.

─Supongo, pero pueden pasar muchas cosas.

─ ¿Cómo qué?

─Que me canse y me vaya al Tíbet.

─Es una buena opción.

─Que mande unos sicarios para que te maten, padre.

─Sí, estaría bien, pero los míos son buenos.

               Nieves sonríe.

─ ¿Vas a cumplir?

─Si no queda más remedio.

               Alfredo sonríe.

─ ¿Me vas a invitar a tu nuevo piso?

─En eso estaba pensando.

─Por lo menos visitarás a tu madre.

─Creo que voy a estar muy ocupada.

─Hazlo.

─ ¿Me amenazas?

─No, sabes que tu madre consigue lo que quiere, si no vas, irá a tu casa, y si le coge gusto al camino, te hará la vida imposible.

─Sí, la conoces, no sé, ya lo pensaré, ni tú, ni mi madre, sois importantes.

─Sí, aun estarás encoñada con el mecánico.

─Como lo sabes, ─sonríe Nieves─, es que la cama es mucho, muchísimo.

               Alfredo sonríe más.

─Sí, disfruta, después de las vacaciones viene el trabajo, no lo he inventado yo.

─No, pero pareces disfrutarlo.

38 UN HERMANO CARIÑOSO

─Nieves.

─ ¿Qué quieres?, este no es lugar para hablar, es mi puesto de trabajo.

─Me la suda, eres una mierda de enfermera, solo sirves para limpiar culos.

─Lo que tú digas, y baja la cabeza, no vayas a rayar con los cuernos el techo.

               Nieves sonríe, sabe que a su hermano recordarle la infidelidad de su futura esposa, es ganas de freírlo en aceite hirviendo.

─No me jodas, imbécil, que la tenemos, a mí no me despiden de aquí.

─Claro, estás en el despacho de Papá, como si valieras para algo.

─No me jodas, enana, no me jodas, ¿qué pasa con Ramón?

─ ¿Qué quieres que pase?

─Que me dice que no le contestas las llamadas, que el otro día fue a saludarte y saliste disparada.

─Sí, es que le huele el aliento.

─No seas gili, dentro de poco os casáis, ¿qué vas a hacer?, ¿joderlo todo?, Papá tiene mal perder, y Ramón es amigo mío.

─Pues cásate con él.

─Haber dicho que no, siempre serás la más imbécil.

─ ¿Que te crees que le dije a todos?, que no, pero os da igual, pues nada, seguid con vuestra historia.

─Te jodemos.

─Pues hacedlo, estoy cansada.

               La coge del brazo.

─Suéltame el brazo, o te pego una patada en los huevos que salen cáscaras por todos lados, ¿qué te atrevas a ponerle la mano encima a tu hermana, no te da vergüenza con todo lo grande que eres?

               Alfredo la suelta, ha sido instintivo.

─ ¿Qué me respondes?, y terminamos ya.

─Que me olvidéis todos.

               Nieves aprovecha el conocimiento del hospital y se pierde mientras su hermano la busca por todos lados.

39 CRUZANDO EL RUBICÓN

               Nieves acaba de llegar de guardia, una tras otra.

Desde que se negó con su familia, las cosas se han convertido en difíciles.

En más difíciles.

Y sonríe.

Mira como estudia Luis, que no descansa.

Es el mejor, se lo rifan para las prácticas, nació para eso.

No, sonríe más, nació para ella, nadie se lo quita, ni siquiera la familia que tiene, que más que abogados, parecen mafiosos.

               Ha tomado la determinación, lo hará, no pasa nada.

Antes o después es lo mismo.

Al final, siempre saldrá lo que tenga que salir.

Se desnuda.

Cansada, casi mareada, se acerca a Luis, que, sin quitar la cabeza del libro, le habla.

─ ¿Qué te pasa?, Nieves, ¿quieres algo?

               Nieves se coloca delante de él, desnuda como está.

─Madre mía, como está el gremio de enfermeras, que alegría.

               Ha aguantado lo que ha podido, ¿Cuántos?, no los ha contado, pero está sátira, incluso le duele, a pesar del entrenamiento que tiene, así ha sido de fuerte.

─ ¿Qué te pasa?, Nieves, estás extraña.

─ ¿Lo dices por las veces, por el calor que tengo?

─No, me encanta, pero te veo triste.

─Mi gran hombre, el número uno de la facultad, tengo que vaciarlo para que las puercas de tus compañeras, te vean tan frio que parezcas mariquita.

─Qué mala eres, pero cuando quieras, sabes que eres mi musa, mi diosa, mi todo.

─Tu sigue así, hijo de mecánico, que vas a tener que seguir arreglándome.

─Por mi…

─Me duele, que noche hemos tenido.

               Luis mira a la ventana.

─Querrás decir noche y día, como se nota que tú has tenido guardia, que ahora puedes dormir…

               Luis la mira.

Ronca, está destrozada.

Sonríe, le acaricia el cabello, y la tapa.

Se ducha en silencio, se viste, y marcha a la facultad, destruido, pero feliz.

La vida algunas veces es maravillosa.

Hoy, si no lo jode el de Patología, puede ser que también lo sea.

               Nieves se despierta, ve como se marcha Luis.

Piensa que hacerlo sin consultar es de ser una puerca, pero le da igual.

Lleva un mes sin tomar las pastillas.

Necesita quedarse embarazada.

Que nadie le pueda quitar a su amor que es una enfermedad.

Suspira, el sueño la vence.

Sonríe, si es como el padre, será inteligente.

Si es como ella, será malvada, como una bruja, que espera que tenga la suerte de enamorarse hasta la locura de alguien como Luis.

40 RENDICIÓN ABSOLUTA

─Os he reunido a todos aquí, en este bello escenario, ─Nieves señala las vistas desde una de las terrazas del parador─, para comunicaros, que lo que me impusisteis, por fin podréis llevarlo a cabo, es decir, os hablo, de que, a partir de ahora, me ofreceré como pudridero de semen de Ramón, al que tanto estimáis, ─una sonrisa amplia.

               Todos la miran desconcertados, la primera parte del discurso ha sido esperada, la segunda no tanto, por muy verdad que fuera.

─ ¿Qué quieres decir?, Nieves, ─pregunta su padre.

─Nada, que una vez que salgáis de aquí podéis comenzar a planear la futura vida de vuestra hija, la humilde enfermera que se vende para que los demás os beneficiéis.

               Su padre la mira con atención.

─No, te pareces demasiado a mí, ¿qué es lo que escondes?

               Nieves niega con la cabeza.

─Nada, querido padre, todo está a la vista, la ternera que se vende, ─gira sobre sí misma─, esto es lo que ofrecéis como pago por alguna prebenda. Favor, reparación, no lo sé, pero sí sé, que soy yo, que serviré para que el puerco de Ramón se corra dentro de mí.

               Su madre la mira.

─Servirías para la comedia, más bien para el drama, por supuesto, de puta.

─He salido a ti, querida madre.

─Déjate de boberías, ¿por qué no está aquí Ramón?, ─comenta su madre sin perder la calma─, era el que primero debía de conocer la buena nueva.

─No, querida madre, aun debemos de aclarar una cosa.

─ ¿Cuál es?, ─pregunta su padre─, creo que esa pregunta, más bien la respuesta, es el motivo de que nos hayamos reunido, cuando hace tanto tiempo que no quieres vernos.

─Sí, ─nueva sonrisa─, lamento comunicaros, que la ternera, la vaca, está preñada del mecánico, ─la ropa que lleva es amplia, se la restringe un poco en la barriga, ahora si se nota─, es una niña, decidme, ¿Cómo se la colamos al cabrón de Ramón?,  ─mira uno a uno a toda su familia─, ¿cómo le metemos la niña que no es suya?, ah, y olvidaros de que aborte, el plazo legal pasó, el ilegal siempre está ahí, así como la denuncia correspondiente, que no quedaría bien en cualquiera de vuestros currículos profesionales, ¿y tú?, madre, que vas a ser abuela, ¿Qué piensas?

─Pienso lo mismo, que eres una puta, preñada por un piojoso, ─la madre se levanta─, Alfredo, ¿tenemos algo más que hablar?

               Su marido sigue sentado.

─No me creo nada, ─sonríe─, eres taimada, tanto, que has planeado colarla como si fuéramos idiotas.

               Nieves va al bolso, y saca una carpeta, delante de cada uno de su familia coloca varios folios.

─Podéis comprobar, a mi nombre el test de embarazo, la fecha, además de una imagen de una ecografía en la que se ve perfectamente a mi hija, y por supuesto, cuando dé a luz, no me gustaría hacerlo antes, el ADN del padre, pero si insistís ya hay medios para hacerlo antes.

               Imaginaba, que no sabía, que la familia de Ramón, ni el mismo Ramón se comería un embarazo de tanto tiempo cuando no han estado juntos en la vida, pero…

               Se sienta, continúa sonriendo, la miran.

Su padre mueve la cabeza.

Su madre ya se ha alejado de la mesa.

Sus hermanos la miran con asco.

Se queda sola.

Cuando eso sucede, mete la cabeza casi entre las piernas, no puede más, y llora, llora como no ha llorado en su vida.

Se ha dado cuenta de que salvo la que lleva en el vientre, y el que la ha creado, nadie más la quiere.

Se seca las lágrimas, y piensa que no es un problema, sonríe.

Mientras menos bultos, más claridad.


[1] El término bujarrón es un adjetivo y sustantivo masculino que en España se emplea, de forma despectiva y en el habla coloquial o jergal, para referirse a un hombre que sodomiza a otro o, de manera más amplia, como un insulto dirigido a los hombres homosexuales.

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