Caballos, en el Amarillo Albero (Rima)

Caballos sobre el albero,
niñas luciendo sombrero,
gañanes bajo la lona
viendo pasar la patrona.
Farolillos encendidos,
cante, ruido y alaridos,
pero no queda un ochavo
para beber otro trago.
Feria de la vanidad,
de mentira y falsedad,
de chaquetas relucientes
para aparentar presentes.
Si no llevas el ajuar
no te dejan ni pasar;
dicen: “caseta abierta”,
mas hay guardia en la puerta.
Ves al pobre arruinado
por fingirse adinerado,
gastando lo que no tiene
solo porque otros le vieren.
Pide dinero prestado
para vivir disfrazado,
y al terminar la función
le pesa más el rincón.
Luego mira al compañero
con vergüenza y desespero,
pensando, ya entrado el día,
que nada de eso valía.
Mas la feria tiene hechizo,
brillo falso y compromiso;
te enamora y te encandila
junto al viejo Guadalquivir.
Y en tan solo algunos días
se desangra la alcancía;
unos pierden la cabeza
entre vino y cerveza.
Ya comienza la reyerta,
la tragedia queda abierta;
llega entonces la policía
a cerrar tanta porfía.
Y los cacharros girando
van los cuerpos mareando,
mientras lloran los chiquillos
entre músicas y brillos.
Nada queda en la cartera
que al principio iba repleta;
solo queda la resaca
de la mentira y la máscara.
Es la Feria de la Salud,
la que celebramos tú y yo;
así, vecino y hermano,
aplaude fuerte con las manos.
Que aún nos queda resistir
junto al Guadalquivir,
viendo el sueño amado,
deshacerse entre las manos.

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