
Ritmos extraños y lejanos
palpitan dentro de mis planos,
movimientos viejos, arcanos,
que se retuercen inhumanos.
Latidos fieros en las sienes,
ruidos que van y luego vienen;
sombras sonoras que persisten,
como insectos que me embisten.
Pandemónium desatado,
todo el oído trastornado;
como un mecanismo viejo,
me abandona sin reflejo.
Dormir resulta imposible,
descansar, algo invisible;
cuando el silencio es buscado,
el tormento ha despertado.
Acúfenos persistentes,
compañeros inclementes;
cuando el mundo queda mudo,
surge el zumbido más crudo.
Y comienza la tortura,
larga, gris y siempre oscura;
un salvaje y cruel sonido
que maltrata al oído.
Zumba, golpea sin parar,
sin tregua para descansar;
es un cuento sin final,
una condena desigual.
Aunque no quieras jugar,
sus reglas has de aceptar;
día tras día, padecer,
sin poder retroceder.
Noche tras noche, el quebranto,
la fatiga y el espanto;
y la certeza más amarga:
que su presencia se alarga.
Toda la vida permanecerá,
como una sombra detrás;
siempre alerta, siempre ahí,
sin olvidarse de ti.