
Llévame por el camino a casa,
que ya este peso me abrasa,
que las piernas van rendidas
por jornadas consumidas.
Que el cansancio ya me puede,
que la vida aún me debe
lo que nunca pagará,
lo que siempre negará.
Y no me dejes atrás,
aunque sé que lo querrás,
pues primera inclinación
es salvarse en la ocasión.
Mas escucha con cuidado,
aunque todo lo han callado:
este sendero perdido
no conduce a lo querido.
Es tan sólo un corredor
levantado por dolor,
donde corre la manada
sin hallar jamás posada.
Como pobres cobayas,
aunque a un sitio vayas,
a ninguno llegarás,
ni descanso encontrarás.
Sólo es duro trajinar,
darle vueltas al rodar,
para no dejarte ver
lo que empieza a suceder.
Para que no puedas pensar,
ni detenerte a mirar,
y trotes como animal
bajo el látigo fatal.
Y al final, siempre a mitad,
sin reposo ni verdad,
ése es nuestro fiel destino:
quedar presos del camino.
Nunca al puerto arribar,
nunca el sueño conquistar,
pues el lugar deseado
vive siempre inalcanzado.