
Noches de sábado en soledad,
cuando nada atraerá,
cuando sólo en su frialdad
la cerveza te besará.
Y lo que anima la vida,
lo que mueve el corazón,
es la luz siempre encendida
de un viejo televisor.
Con los pies sobre el taburete,
sin prisa, sin inquietud,
y cercano está el retrete
como extraña servidud.
Esa imagen de contento
por la que tanto luchaste,
por la que en duro tormento
tantos años trabajaste.
Ya no queda casi nada
de la gloria prometida,
sólo la noche apagada
de una estancia detenida.
Frente al mudo resplandor
del aparato encendido,
tienes por fiel defensor
al silencio conocido.
Y mejor esa compaña
que otras sombras del pasado,
pues la amistad fue patraña
que el tiempo dejó quebrado.
Ya tuviste mil problemas
con quienes tus penas oían,
o pensabas que eran temas
que contigo compartían.
Mas todo aquello pasó,
y la experiencia dejó
la verdad que se aprendía:
nadie en verdad te quería.
Por eso en la soledad
es donde quieres morar,
lejos de la humanidad
que no supo acompañar.
Esa que contigo jugó,
que tu fe despedazó,
y en todas las formas pudo
tu esperanza derribó.
Desde aquel amargo día
todo fue quizá peor,
o tal vez sólo sería
otra máscara del dolor.
Pero ya te da igual,
sin afán, sin emoción:
comenzará puntual
tu programa en televisión.