
Son las dos de la mañana,
y aquí escribo sin más gana,
fatigado de rutina
donde se me va la vida.
Pido que esto acabe ya,
sabiendo que no acabará,
mirando con desconsuelo
cuanto deseo en mi anhelo.
Mas más quiero, en mi pesar,
dejar lo que no ha de estar,
pues ya espero casi nada
de esta senda fatigada.
Porque el cuerpo, poco a poco,
se me alzó con gesto loco;
apenas puedo caminar,
ni sostenerme al andar.
Ya el masticar es quimera,
como salir allá afuera;
hace años vivo encerrado,
cual ermitaño olvidado.
Y mi vida se desgrana
gota a gota cada mañana,
en escenas repetidas,
cada vez más huecas, idas.
Con el pasar de los días
todo pierde melodías;
ya tan solo miro afuera
por la triste vidriera.
Desde la noche al alborear,
solo me hacen levantar
para que pueda comer,
aunque ya es poco el placer.
Y mi mente va muy lejos,
por caminos ya perplejos;
mas al cabo tornará,
y a mi alma arrastrará.
Llevará por tiempo incierto
este peso siempre yerto,
la pesada y dura cadena
que me sujeta a la pena.
Y así sigo aquí amarrado,
en mi soledad varado,
preguntando sin cesar:
¿cuándo habrá de terminar?
No lo puedo responder,
pues me he de volver a yacer,
y aunque no quiera despertar,
sé que habrá de suceder.