
Hoy, al quererme levantar,
me he mirado al despertar
estas manos consumidas,
tan gastadas por la vida.
Y pensé: si así estarán,
las demás no mejorarán;
no lo imagino siquiera,
bien lo sé de tal manera.
Me contemplo al caminar,
con esfuerzo y con pesar,
y este cuerpo que fue fuerte
hoy ya mira hacia la muerte.
Y no tiembla ante su faz,
ni le teme ya jamás;
solo teme, en desventura,
la impotencia y la atadura.
El quedarse sin valer,
sin poderse sostener,
y postrado en fría cama,
ver la pena que derrama.
Ver que te han de socorrer,
por no poderte mover,
y que cargue tu familia
con tu larga pesadilla.
Para eso, en mi razón,
más valiera conclusión
que impedir con mi caída
que los otros hagan vida.
Por eso ahora, mientras brilla
la memoria que me guía,
quiero dejarlo asentado
con sosiego y claro trazo:
No deseo más custodia,
ni piedad que me incomoda,
ni cuidados sin final,
ni consuelo artificial.
Solo pido descansar,
quietamente reposar,
y que llegue el postrer día
de la poca luz que había.
Y que todo acabe ya,
cuando deba terminar,
que ya pesa la jornada,
de tan larga y soportada.