
Son las vísperas del dolor esperado,
del peso lento de lo postergado.
De la impaciencia que muerde y no cesa,
del día que llega sin dar promesa.
La noche espesa de los dolientes,
de amarga y honda voz silente.
Del clamor sordo del desesperado,
por ese día que no ha llegado.
Del miedo oscuro de lo previsto,
de aquello que el sueño ha descompuesto y visto.
Con ojos abiertos, ya fatigados,
anhelas el sueño nunca alcanzado.
Y las manos tensas no se liberan,
mientras los pulsos tiemblan y esperan.
La noche se alarga, no se desgrana,
y giras sin rumbo sobre la cama.
Cansancio denso, temblor helado,
y el sudor lento cae desbordado.
La noche no acaba, no se termina,
y sientes que el alma se te elimina.
Angustia y sofoco, latido roto,
crees en silencio volverte loco.
Pero llega al fin la luz temprana,
y rompe el cerco de la noche insana.
Y entonces sonríes, casi con ganas,
pensando que todo no fue más que nada.