
La noche cae, el alma se ha quebrado,
en su silencio oscuro se ha encerrado.
En la negrura densa, desbordada,
que poco a poco queda poblada.
Por los fantasmas que guardan la cama,
y cercan tu cuerpo, reclaman el alma.
Te susurran quedo, al oído callado,
las viejas historias de lo que has pasado.
De lo hecho, lo dicho, lo nunca olvidado,
todo vuelve en un hilo quebrado.
Y tus manos tiemblan, se tensan, se aprietan,
como si al cerrarse las culpas sujetan.
Mas nada se absuelve, ni es perdonado,
todo regresa, multiplicado.
Surgen ofensas, antiguas maldades,
brotan como un río de oscuras verdades.
Y ahogan tu voz en la garganta cerrada,
mientras tu pulso se quiebra en la nada.
Tu pecho se agita, no logra alcanzar
el aire que niega su propio respirar.
Y como maldiciones sin redención,
no caben plegarias ni salvación.
Solo el impulso de apretar las manos,
querer disolverse en temblores humanos.
Morir en la angustia de lo sin perdón,
de aquello que arde sin solución.
Y la noche avanza, sin compasión,
con tu corazón en agitación.
Y a tu lado, siempre, los condenados,
ríen al verte tan derrotado.
Por lo que un día hiciste, sin piedad,
a aquellos que amaste de verdad.
Ya nada encuentra justificación,
hace ya tiempo murió la razón.
Solo la risa cruel, desgastada,
de una mandíbula rota y ajada.
De quienes gozan tu desesperación,
como si fuera justa compensación.
Quizá sea deuda que vuelve a cobrar,
quizá equilibrio que viene a ajustar.
Mas en su ciclo de repetición,
todo creció con más devoción.
Cierra los ojos, vuelve a intentar,
quizá esta vez consigas parar.
Tal vez el sueño te deje caer,
aunque la rueda no deje de ser.
Sigue girando, feroz, sin piedad,
como un castigo sin finalidad.
No van a nunca poder olvidar
lo que una vez les hiciste pasar.
Sin saber siquiera lo que causabas,
hoy son las sombras que te reclamaban.
Y vienen frías, dispuestas a cobrar,
lo que la vida no quiso saldar.
Quizá no sea más que crueldad,
o una justicia sin claridad.
Esa deuda vieja, jamás pagada,
que en vida entera no será saldada.
Por más que luches, por más que insistas,
siempre regresan, siempre persisten.
Así que queda solo aguantar,
sin saber nunca cuándo acabar.
Quizá algún día te dejarán,
o tal vez más hondo te hundirán.
Eso es misterio que no sabrás,
ni en esta noche ni en otra más.
Así que duerme, si puedes, duerme,
quizá la suerte quiera envolverte.
Y que la muerte te venga a buscar…
y al fin, por siempre, te deje descansar.