
La noche, al morir el día,
despierta la negra arpía;
que convierte cada instante
en un suplicio constante.
Te obliga a girar sin calma,
con el desvelo en el alma;
mil vueltas da la almohada,
sin conseguir nunca nada.
Los ojos buscan el reloj,
ansiando hallar algún favor;
mas solo encuentran el vacío,
del interminable hastío.
Las paredes, en silencio,
devuelven frío y desaliento;
los números resplandecientes
vigilan mudos, implacables siempre.
Al final no queda nada,
más que esperar la madrugada;
una esperanza pasajera,
que nunca llega verdadera.
Los minutos son puñales,
lentos, fríos e inmortales;
los segundos, uno a uno,
se transforman en un mundo.
Parece sonar un minutero,
aunque no exista verdadero;
el reloj, con luz digital,
dicta su ley impersonal.
Mas poco importa el mecanismo,
analógico o modernismo;
el tiempo sigue su mandato,
lento, cruel e insensato.
Queda suspendido el instante,
como un abismo delirante;
ningún segundo quiere huir,
ninguna hora quiere partir.
El corazón golpea el pecho,
como si escapara deshecho;
la mente pierde la razón,
presa de su confusión.
Y cuanto en ella acontece,
ni ser contado merece;
son viejas maldiciones,
vestidas de mil emociones.
Creímos haberlas vencido,
dejándolas en el olvido;
pero regresan sin clemencia,
con obstinada persistencia.
Se aferran con insolencia
a la más frágil conciencia;
desgarran el alma entera,
sin conceder una tregua siquiera.
Nos arrebatan la calma,
van consumiendo hasta el alma;
y cuando el cuerpo ya no puede,
solo el cansancio lo sostiene.
Entonces, quizá por fortuna,
cuando la noche ya se abruma;
o llega el sueño redentor…
o vence el agotamiento al dolor.