
Sueños de un poeta demente,
que avanza herido e inconsciente;
saltando sobre los abrojos,
con fuego vivo en los ojos.
Le ruega al diablo que venga,
que al fin de su pena se avenga;
que tenga un gesto de piedad,
y lo libere de su maldad.
Yo lo vi frente a mi sendero,
con el semblante lastimero;
casi llegué a estremecerme,
porque quería parecerme.
Buscaba aquello que buscaba yo,
pero jamás comprendió;
hay lecciones que el dolor enseña,
cuando la esperanza se despeña.
El cielo quizá no exista,
o tal vez nadie lo ha visto;
y si en verdad llegó a nacer,
nadie ha logrado volver.
Quizá en algún rincón lejano,
oculto al juicio del humano;
más allá de este calvario,
permanezca lo extraordinario.
Pero mirar hacia el cielo,
es sostener un pobre anhelo;
un arpegio para cantar,
cuando todo invita a callar.
Lo que sí conozco es el infierno,
su abrazo cruel, su frío eterno;
vive muy cerca de mi hogar,
casi lo puedo contemplar.
Desde mi casa se distingue,
aunque el cobarde lo desmiente;
allí se trata al ser humano,
igual que a un rebaño temprano.
Los obligan siempre a padecer,
sin dejarlos siquiera caer;
les niegan incluso el descanso,
prolongando todo quebranto.
Quien no paga con su cuerpo,
o con un acto vil e incierto;
pronto aprende, sin remedio,
que será borrado del medio.
Así sucede en cada ciudad,
vestida de falsa bondad;
cambia el nombre, cambia el lugar,
pero el dolor suele quedar.
¿Para qué entonces rezar,
si nadie responde al llamar?;
el paraíso se resiste,
mas el infierno sí persiste.
Lo has vestido alguna vez,
o vivido en tu desnudez;
por eso no cierres los ojos,
aunque te sangren los despojos.
Mira de frente a la muerte,
sin disfrazar lo que se advierte;
y si la fortuna te sonríe,
quizá el dolor por fin se alivie.
Porque yo también la miré,
muy cerca de donde caminé;
y comprendí, sin otra suerte,
que a veces la paz viste de muerte.