
Sueño, tengo sueño,
pero sigo siendo dueño
de un afán desmesurado
que me mantiene ocupado.
El día entero ha pasado
y apenas lo he notado,
pues todo tiene un precio
en mi particular comercio.
Todo está siempre en venta,
cada moneda alimenta
la ambición que me devora
a cualquier lugar y hora.
Lo bueno y también lo malo,
unas veces doy el palo,
otras veces la fortuna
me sonríe como ninguna.
Victoria o derrota,
la existencia me rebota,
porque solo tiene peso
aquello que llena el bolsillo.
La cartera rebosante
es mi ideal constante,
la medida del valor
por encima del amor.
¿Qué importa la compañía,
la ternura o la alegría?
Pienso que el dinero trae
todo aquello que se ansíe.
Y continúo sin parar,
más sacas por rellenar,
más cuentas que vigilar,
más ganancias que contar.
Es una vieja locura,
una fiebre que perdura,
monedas, lingotes y oro
convertidos en tesoro.
Duermo sobre la abundancia,
envuelto en falsa arrogancia,
creyendo que los billetes
me protegerán siempre.
Nací entre la escasez,
y juré alguna vez
que jamás regresaría
a aquella antigua agonía.
Por eso lucho sin freno,
por lo mucho y por lo menos,
como si todo el destino
dependiera del dinero.
Dame cuanto puedas darme,
no pretendas cuestionarme,
que mi dios y mi sendero
siempre fueron el dinero.
Y si el tiempo es dinero,
entonces eres mi hermano,
mientras produzcas riqueza
con tus manos cada año.
Mas si nada puedes dar,
si no tienes que aportar,
la codicia te condena
a quedar fuera de escena.
Así piensa este personaje,
prisionero de su viaje,
sin comprender que al final
ninguna fortuna es inmortal.
Y mientras cuenta monedas
y vigila sus cadenas,
la vida pasa de largo
sin detener su paso.