
Sonidos, tan solo sonidos,
que parecen fieros aullidos;
cuando la noche ha llegado,
todo queda encadenado.
Como hijos nunca pedidos,
como males repetidos;
van golpeando la cabeza,
sin mostrar naturaleza.
No la dejan ya ilesa,
la reducen a tristeza;
se contrae en la agonía,
presa de la cacofonía.
Y prosigue sin descanso,
sin prometer un remanso;
convierte la noche entera
en perpetua prisionera.
Es un rito despiadado,
del que nadie es liberado;
un martillo persistente,
que castiga cruel la mente.
Todo cuanto has vivido,
se transforma en sinsentido;
cada golpe va dejando
lo mejor desmoronando.
Es un duro diapasón,
que desquicia el corazón;
hace hervir las viejas sienes,
rompiendo todos los bienes.
Nunca el sueño se acomoda,
la vigilia lo devora;
la noche de dulce calma
se convierte en cruel alarma.
No hay reposo ni sosiego,
solo un abrasante fuego;
y la sombra, complacida,
va cercando así la vida.
Aun cuando eres tú el herido,
contra ti mismo has venido;
tu propio cuerpo maltratas,
mientras la esperanza matas.
Llega incluso el pensamiento,
de rendirse al sufrimiento;
mas la aurora no libera,
solo cambia la manera.
La pesadilla regresa,
con la misma cruel dureza;
otro envite, otra embestida,
contra el pulso de la vida.
Los ojos quieren salir,
ya no saben resistir;
cada día se hace extraño,
como un interminable daño.
La jornada se dilata,
como sierpe que arrebata;
parece no terminar,
ni dejarte respirar.
Y el cuerpo, roto y vencido,
ya no parece estar vivo;
se arrastra con paso lento,
consumido por el viento.
Solo busca aquella cama,
donde el cansancio reclama;
para volver a empezar
un tormento sin final.
Y otra noche se aproxima,
con su idéntica rutina;
un compás de oscuridad
que parece eternidad.