
Mañanas claras y vacías,
que prometen alegría,
se quiebran bajo el ardor
de un implacable calor.
Nubes de formas extrañas
cruzan lentas la montaña,
y aquello que fue belleza
se transforma en desconsuelo y tristeza.
Rostros que añoran el pasado,
por los recuerdos marcados,
lloran viejos sentimientos
perdidos entre los vientos.
No consiguen olvidar
lo que no pudo durar,
y el día, lento y pesado,
parece quedar clavado.
Miran lo que viene y va,
sin deseo de esperar,
como quien ve la corriente
pasar fría e indiferente.
La mirada puesta al cielo
se convierte en tenue velo,
ocultando la verdad
que nadie quiere afrontar.
Y la vida viene y va
sin dejarse sujetar,
mientras la fuerza esperada
nunca llega a la llamada.
No brotan lágrimas ya
del seco manantial,
porque hasta el llanto parece
algo que también perece.
Y la jornada infinita
se prolonga y se marchita,
negándose a concluir
aunque deba sucumbir.
La tarde acaba tirada,
como bestia abandonada,
en un muladar ardiente
bajo un sol inclemente.
Caliente, húmeda y sombría,
agoniza todavía,
mientras el tiempo cansado
sigue su paso arrastrado.
Suspiros de una cabeza
agotada de tristeza,
buscan aire en la aflicción
de una lenta combustión.
Y en profundos pozos negros,
donde habitan los recuerdos,
el azufre de la pena
va extendiendo su condena.
Todo parece pesar,
todo parece quemar,
y la vida, una vez más,
se resiste a caminar.
Queda tan solo esperar
a que el día quiera pasar,
mientras el alma suspira
y el horizonte delira.