
Esta noche fue de espanto,
la pasé entera en blanco;
con el cuerpo tiritando
y los fantasmas cantando.
Junto a mí permanecieron,
mientras las horas murieron;
y al final me hallé sentado,
vencido y desvelado.
Toda la noche sufriendo,
mi temor alimentando;
sin saber qué está pasando,
ni qué me sigue acechando.
Como si la propia vida
se marchara a la deriva;
como arena entre las manos
escapando paso a paso.
Y llegó por fin la mañana
cuando quiso, no cuando llamaba;
entró lenta por la ventana
con su expresión apagada.
Me levanté de la cama
con el peso de la escarcha;
y ella me miró distante,
fría, muda e inquietante.
Con esa mirada extraña
que parece no engañarse;
la que sabe que algún día
será dueña de mis días.
Y aunque no me da la gana,
aunque oponga resistencia vana,
sé que vuelve la desgana
como una sombra temprana.
Mi alma, ya fatigada,
cae por fin sobrepasada;
como un árbol que ha aguantado
demasiado viento helado.
Está todo ya dispuesto,
poco queda de lo nuestro;
casi todo está deshecho,
casi todo está ya hecho.
Y si llega el postrer día,
con su grave compañía,
aún me quedará un trecho
desde mi último lecho.
Hasta entonces seguiré,
aunque a veces no lo crea;
mientras la noche y el alba
se disputan mi esperanza.