
Canciones de desesperanza
que alcanzan la madrugada;
ecos de una vieja herida
en la carcasa vacía.
Desilusiones de vida,
como la ola perdida;
la que marchó mar adentro
y no regresó de nuevo.
Son apenas impresiones,
pero matan ilusiones;
van borrando lentamente
lo que habitaba en la mente.
Nos convierten, día a día,
en espectros todavía;
en muertos que siguen vivos
por caminos repetidos.
Y nos pueden olvidar
sin siquiera preguntar;
porque somos un número más
en la inmensa oscuridad.
Una cifra prescindible,
silenciosa e invisible;
una sombra entre las sombras
que apenas deja una huella.
Son tantos a controlar,
tantos nombres que anotar,
que incluso al llegar la muerte
parece fallarnos la suerte.
Nada volvemos a ser,
tal parece acontecer;
ese es el destino extraño
de quien vive sin un rastro.
De los seres adocenados,
por la costumbre atrapados;
que viven siempre olvidados
y mueren igual borrados.
Sin memoria ni señal,
sin un eco que guardar;
como hojas que el viento mueve
y después nadie recuerda.