
Días pesados, días cruzados,
días cansados, mal arrastrados,
como una losa que cae y reposa,
y todo se rompe, y nada reboza.
Sigue la caída, siempre extendida,
marca la herida, toda la vida,
con risa amarga, seca y tardía,
mientras la vuelta nunca varía.
Vuelta que gira, nunca respira,
ciega, insegura, siempre en la ira,
miras qué pasa, buscas la brasa,
y nada sucede, todo fracasa.
Nada se queda, burla que enreda,
misma comedia que siempre se hereda,
abre la veda de torpe jugada,
para la horda más desquiciada.
Padres del daño, burdo rebaño,
tiran al mundo su vil engaño,
hieren al débil, matan lo humano,
y ellos no valen ni lo más llano.
Todo prosigue lento y callado,
nada acontece, todo estancado,
mismo paisaje, gris maquillaje,
vida que pierde frente al ultraje.
Muerte que vence, siempre convence,
alma que intenta pero no asciende,
llena de impulsos, rota en su rueda,
todo se apaga, nada se queda.
Ritmo del ruido, siempre asumido,
pudo ser peor, bien lo has sabido,
aunque negaran tal escenario,
vive en lo oscuro, siempre a diario.
Das gracias ciegas a lo que miras,
rostros que sabes puras mentiras,
pero sostienes firme el telón,
mientras representas tu humillación.
Y así la vida sigue insistente,
clava su hierro sobre la mente,
hiere constante, hiere a conciencia,
dura, implacable, pura sentencia.