
Canciones que aún piden ser cantadas,
aunque ya estén medio enterradas,
ecos sucios de lo que ardió,
de un tiempo que el cuerpo ya traicionó.
Cuando la carne aún respondía,
y no dolía solo existir cada día,
cuando el deseo no era ficción,
ni un recuerdo en descomposición.
Noches de fuego, sudor y exceso,
cuerpos chocando sin retroceso,
ahora ceniza, músculo roto,
un pulso débil, torpe, remoto.
Distancias que antes no pesaban,
piernas que solas se lanzaban,
hoy cada paso es un castigo,
cada aliento un viejo enemigo.
Trabajar no era ejecución,
ni un lento acto de demolición,
ahora es desgaste sin final,
un suicidio lento y laboral.
Comías sin miedo a reventar,
y el cuerpo sabía aguantar,
hoy todo cae como plomo,
y te devora desde el estómago al lomo.
Días sin miedo a quebrarse,
sin pensar en desmoronarse,
una ilusión que se pudrió,
mientras la vida se consumió.
Creías que no iba a acabar,
que todo se podía estirar,
pero el tiempo no negocia,
solo arrasa, rompe y asfixia.
Exprimir la vida hasta romper,
sin dormir, sin retroceder,
como si fueras inmortal,
como si no existiera final.
Y ahora pagas cada exceso,
cada error clavado en el hueso,
no hay redención ni marcha atrás,
solo aguantar… hasta no dar más.
Las manos tiemblan, destrozadas,
herramientas ya inutilizadas,
el cuerpo falla al comenzar,
y aun así insiste en continuar.
Te miras y no hay identidad,
solo ruina y deformidad,
un rostro ajeno, sin verdad,
un resto más de la fatalidad.
La mujer que yace a tu lado,
ya no es deseo, es pasado,
otra sombra en descomposición,
otra víctima de la erosión.
Y tú… reflejo terminal,
carne vencida, material residual,
no queda rastro de lo que fue,
solo un cuerpo esperando caer.