
Tiempos oscuros, tiempos duros,
años pobres, destinos impuros;
cuando la comida, en verdad,
era simple ley de necesidad.
Cuando el dinero, forastero,
rara vez rondaba el monedero;
y el zotal con fuerte señal
dominaba todo el erial.
Tardes largas de paseo,
de bar, de charla y galanteo;
de vicios torpes y perdidos
en sueños apenas vividos.
De albero húmedo y ligero,
de Fanta y de poco dinero;
de cerveza rara en la mesa
y tomate rojo en la despensa.
De visita del viejo abuelo
con su palabra de mal agüero;
de patios llenos de macetas
y veranos de puertas abiertas.
De invitaciones escondidas
y de intenciones mal dormidas;
de un sexo apenas presentido
entre empujones y algún lío.
De primeras confrontaciones,
de empujones y discusiones;
del colegio gris de los curas
y evitarlos en horas oscuras.
De tristezas en permanencias,
y de nuevas apetencias;
del camino del cole a casa
con la mirada siempre escasa.
De buena madre protectora
y de padre firme a toda hora;
de escapar de su duro cerco
cuando apretaba su severo gesto.
Del niño perfecto exigido
y del odio apenas escondido;
del miedo constante a todo
y de caer jugando en el lodo.
Días de grandes carencias,
de infinitas insuficiencias;
días de vida todavía,
mientras la infancia se nos iba.