
Mundo poblado de seres vacíos,
de cerebros rotos y ya podridos,
de cuerpos hinchados de torpe avaricia,
que viven al borde de su inmundicia.
Solo nacen para fornicar,
sin pensar, sin querer recordar;
hijos de padres ya destruidos,
padres de seres aún más perdidos.
Se revuelcan felices en estercoleros,
como si fueran su reino verdadero;
con sucios sexos, de culpa engrasados,
y los corazones de sombra manchados.
Idólatras ciegos del vil dinero,
raíz venenosa del mundo entero,
hedionda flor de brotes malditos,
que cubre la tierra de torpes gritos.
Y lo importante queda en olvido,
sepultado en polvo corrompido.
¿Quién nos enseñará lo divino,
si andamos perdidos tras el vellocino?
Seremos puercos en torpe destino,
arrastrando el fango del camino;
solo comer, dormir y fornicar,
como carne inútil que desechar.
Nada queda del hombre con dignidad,
solo carreras por hacer el mal;
y no habrá sobre toda la tierra,
quien no traiga consigo la guerra.
Nadie quedará que sepa callar,
ni quien no aprenda también a ladrar.
Y cuando llegue el final de los días,
y la muerte vacíe las vías,
nadie quedará ya con vida,
ni alma capaz de alzar la herida,
para el juicio final que vendrá,
pues ningún justo Dios hallará.