El Mar Embravecido, Calmado (Rima)

El mar embravecido o ya calmado,
¿qué importa al corazón cansado?
Su cadencia y su sonido al rodar,
de las piedras que arrastra en su mar,
o la arena que cubre en pleamar,
¿qué más da frente al mar?
Espuma que se alza entrelazada,
como peineta blanca y levantada,
sobre el pelo del agua derramada,
que la brisa empuja hacia la nada.
Y las conchenas, pálidas y pequeñas,
de recuerdos más llenas que de señas,
en la orilla quisieran hoy jugar,
¿qué más da frente al mar?
Y mis piernas pesando en la arena,
caminando en la hora más serena,
cuando el sol lentamente se va,
y el horizonte empieza a callar.
Quedo solo, paciente observador,
sintiendo cómo muere el resplandor;
marcha el sol, se disuelve el día,
y la sombra conquista la bahía.
Como dueña del agua y su frialdad,
como si fuera suya la soledad.
¿Y qué importa si todo es fantasía
de mi mente escribiendo esta poesía?
Ya no volveré a pisar esas playas,
ni habrá pasos que sigan mis rayas;
no recogeré más conchas pequeñas,
ni guardarlas querré como señas.
Ya no habrá más paseos por el espigón,
cuando la luna siembra melancolía,
entre bloques de gris hormigón,
que las olas golpean con porfía.
Como niños que buscan romper,
lo que sueñan poder vencer.
Porque allí ya no estaré,
en la distancia me quedaré.
Allí donde las torres miran,
cómo gira la vida y respira,
pero nunca esperan la venida
de los flecos de espuma en la orilla.
De mi bella Punta Umbría,
donde el mar era paz cada día,
y la vida encontraba armonía
en los pasos tranquilos de la orilla.
Entre conchenas abiertas al día,
entre dunas creciendo en la bahía,
entre pinos al viento aferrados,
a la tierra que cambia a sus lados.
Vendrán hordas de gente apresurada,
que tal vez la dejen agotada.
Casi nada queda ya de aquella,
de la que guardo memoria tan bella.
De un pequeño pueblo hablé,
de algún chalet y poco más;
todo pinos, arena y viento,
todo playa y salado aliento.
Y qué fría estaba el agua,
cuánta arena cubría las piernas,
saludaban los cangrejos en tregua,
que en la orilla corrían sin pena.
Caballas frescas en carretilla,
la plaza de pescado a rebosar,
la paz de una ciudad sencilla,
y el mar dispuesto para cocinar.
Esa era Punta Umbría,
la que vive en mi memoria,
pero pronto —lo sé— algún día,
quedará solo como historia.
Porque el tiempo, terco y cruel,
todo lo vuelve distinto al fin,
y aquello que fue tan fiel,
quizás ya no será ni “na”.

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