
Nacimos en lugares oscuros,
tras húmedos y podridos muros.
Éramos sólo la culminación
de un proyecto lleno de ambición.
Una familia que quiso imponer
lo que pensaba que debía ser.
Madres que amaron con devoción,
padres que negaron su atención.
Nunca faltó en mi cara sonrisa,
falsa, vacía, puesta de prisa.
Perro de feria, de premio barato,
obediente siempre, correcto retrato.
Y luego el desprecio por paga y razón,
la fría moneda de su aprobación.
Nos dejaron llenos de fantasmas,
desiertos por dentro, sin alma.
Por fuera firmes, seguros, grandiosos,
por dentro tan sólo niños llorosos.
Fuimos la triste generación
que tuvo una misma obligación:
ser siempre el primero, el mejor, el mayor,
ocultar el miedo, callar el temblor.
Parecer felices ante las miradas
y esconder muy hondo las viejas llagadas.
Pero al final las soledades
nos volvieron hijos de maldades.
Quizá por orgullo, quizá ignorancia,
quizá por soberbia o por arrogancia.
Siempre tuve dentro aquel miedo primero:
no ser el mejor, no ser el primero.
Y me rebelé contra esa injusticia,
rompiendo la falsa y vieja caricia.
Mas la vida cobra con dura paciencia
las guerras nacidas de aquella exigencia.
Y aquí escribo ahora estas líneas mías,
intentando calmar antiguas porfías.
Porque esas ansias que ardieron un día
nunca nacieron del alma mía.
Fueron la triste y pesada herencia
de lo que esperaba siempre mi familia.