
Calor, siento calor,
no del aire exterior,
sino un fuego interior
que despierta mi ardor.
Todo crece, lo siento,
como impulso violento;
late el deseo en mi aliento
pidiendo su rozamiento.
¡Qué calor!
Imagino cuencos llenos,
hielos suaves y serenos,
cuerpos tibios y morenos.
Cinturas tensas, cerradas,
formas vivas y marcadas,
curvas firmes y alzadas
como frutas inflamadas.
Y deseo tocarlas,
recorrerlas y besarlas,
con mis labios alcanzarlas
y en su fuego demorarlas.
Beber del sexo sus mares,
sus secretos y lugares,
y apagar en sus altares
mis deseos más impares.
Mientras arde la locura
de esta súbita calentura,
que se vuelve desmesura
cuando busca su aventura.
Pero luego todo se apaga,
como llama que naufraga;
luz y fuego se disipan
cuando el deseo se fatiga.
Miro entonces la pared blanca
donde el pensamiento se estanca;
nada cruza, nada vuela,
la mente calla y se congela.
Y el calor, que ardió feroz,
se disuelve sin adiós;
como un sueño que pasó
y en silencio terminó.