
¿Dónde resuena el hueco del vacío
cuando la noche invade el cuarto frío?
¿Dónde se ocultan, torvos, los sentidos
de tantos pensamientos ya vencidos?
¿Puede la soledad traer el frío
y hacer ajeno el aire que es mío?
¿Puedo yacer, rendido en mi extravío,
sin que nadie penetre en mi desvío?
Preguntas sin respuesta ni sonido,
como un clamor al polvo dirigido.
Ya no recuerdo el pulso ni el latido,
respiro apenas, grave y contenido.
Todo se pliega en sí, queda vencido,
se tuerce y se comprime en lo perdido.
Mil almas sienten súbito vahído
por lo que fue y ya nunca ha regresado al nido.
Y en un pequeño hueco inadvertido,
me escondo del rumor ya consumido.
Contemplo las palabras que he vertido,
las letras que yo mismo me he escrito.
Y me descubro frágil, dividido,
inútil, sin propósito ni sentido.
Me pregunto por qué aún respiro,
qué fuerza sostiene mi retiro.
Por qué, si todo parece ya extinguido,
permanezco en la sombra todavía vivo.