
Caminar por la campiña,
entre juncos y entre viñas,
siguiendo al borde del río,
bajo un cielo limpio y frío.
Subir montes desafiantes,
montañas altas, gigantes,
serpentear entre los riscos,
pasar cerca de los apriscos.
Desde lo alto de la montaña,
hasta el límite de tu hazaña,
ver al milano pequeño,
dueño del mundo en su sueño.
Contemplar lo infinito y claro,
donde el aire es puro y raro,
respirar sin condición,
sin temor ni convicción.
Y saber que lo más duro
no es el monte, sino el muro:
volver a la población,
porque el campo, ya perdido,
se borró de tu visión.