
Noches de viento cargadas,
de sombras desesperadas,
espíritus que en la noche rondan,
con risas que al vacío responden.
Seres muertos, ya perdidos,
eco triste de sus ruidos;
eso atenaza a las almas,
el estallar entre llamas.
Hijos del tedio y del miedo,
de la derrota y del credo,
apátridas sin perdón,
muertos sin ejecución.
Ríe su faz desdentada,
antes que asome la alborada;
retumba su voz oscura,
rompiendo toda cordura.
Hijos de huesos desnudos,
de cuerpos ya corrompidos,
hijos del fin y del daño,
del olvido más extraño.
Al final nada acontece,
ni el tiempo lo desvanece;
solo queda la parada
de la noche condenada.
Y entre trasgos y villanos,
ríen monstruos inhumanos;
los pobres lloran su suerte…
pues nada cambia, ni la muerte.