
El olor de la tormenta
trae humedad en su movimiento,
y en su vaivén se sustenta
un extraño sentimiento.
Provoca en el cuerpo herido
un soplo de aire encendido,
que en los viejos corazones
reaviva sus pulsaciones.
Del sur profundo procede,
del Atlántico que arremete,
y nos golpea con decoro
en pleno rostro sonoro.
Será el agua del pantano
quien purifique tu mano,
y en la dura sequedad
lleve un hilo de bondad.
Luego el fuerte aguacero,
nos calará por entero,
y huirá la aridez violenta
que en la garganta revienta.
Y al final, nos refrescará,
quizás el invierno no vendrá,
pero agosto, con su afán,
se marchará, se marchará.