
Playas que no ves, montañas escondidas,
en un mundo lejano, de sendas ya perdidas.
He caminado en sitios imposibles,
he transitado sueños inasibles.
Pero desde mi orilla no hallo el mar,
ni la sal que se eleva, ni su cantar,
ni la arena que danza en su vaivén,
nada me queda, nada más se ven.
Mi desdicha me invade sin cesar,
pues recorro lo que nadie ha de andar.
Y ahora, sin alturas ni grandeza,
me falta el mar y sobra la tristeza.
Con pena suspiro en mi pecho herido,
tras largo trecho que ya he recorrido;
y al fin el desierto me habrá de abrazar,
ese destino al que debo llegar.
Quizás sea el sino de los más viejos,
tras tanto errar, guardar mudos reflejos;
quedarse quietos, sin rumbo que tomar,
sin poder nunca más al mar mirar.