
El día aún no es día,
y yo, en vela, siento la agonía.
Que venga al fin la blanca aurora,
que a este rincón mi memoria devora.
Metido en mis alcantarillas me hundo,
donde no alcanza la luz del mundo.
Hasta que el cansancio por fin me tire,
mi cuerpo cambia; y yo me miro y me asombre.
Mientras las horas pasan, fiel condena,
viene el cansancio y a mi puerta suena.
Quiere hacerme volver al antiguo hastío,
al sitio del que partí sin alivio.
Es la vida sin fin que al fin me reclama,
y yo la miro venir con lenta llama.
Mis ojos cansados observan la noche,
que me envuelve con su vana reproche.
Con la promesa mendaz del amanecer,
que promete luz y vuelve a desaparecer.
Y sólo me queda mirar, pasmarote,
cómo todo en mí es ruido, es descompote.
La vida se trastoca, se retuerce y se disloca,
esperando la alborada que a nada convoca.
Aunque sé que al final traerá la luz al confín,
yo sigo aquí, aguardando —y así tiene fin—.