
Mi cabeza ya no canta,
la noche llega y me espanta,
no sé el modo de enfrentarla,
ni la fuerza de afrontarla.
Lo que era fuego, impetuoso,
se volvió lento, perezoso;
doblego el cuello, la frente pesa,
y solo el ruido callado cesa.
La vida se queda apagada,
como una llama deshabitada;
es todo silencio, soledad,
como un adiós sin piedad.
Solo imploro que no sea eterno,
ni me condene a un frío invierno;
ya no hay junco, ni queda mimbre,
el tiempo quebró todo timbre.
Así contemplo el vacío techo,
mientras respiro tirado en mi lecho,
y entre las sombras que todo nublan,
las horas marchitas solo se acumulan.