
Me gustaba escribir,
cosas que hagan latir,
maravillas imposibles,
historias increíbles,
pero no las he vivido,
y lo que he compartido
es solo una concha dura,
una máscara que asegura,
como galápago escondido,
creyendo ir protegido
por lo que cree tener,
cuando no hay nada que defender,
pura ilusión del desgraciado,
solo, triste y derrotado,
creyendo poder mejorar,
cuando ya no hay qué lograr.
Nada de eso es verdad,
solo queda la soledad,
la certeza del perdedor,
la amenaza del terror
que atenaza a la conciencia,
y ante esa existencia,
¿cómo puedo hoy cantar
algo que pueda tocar
el más triste corazón,
si me falta hasta razón?
Solo algo me contiene,
cuando el alma no sostiene:
el miedo de que al morir,
dios me pueda recibir.
¿Y si el creador me espera,
y su voz me desespera?
Si me pregunta, ¿por qué?,
¿qué diablos le diré?
Ni yo creo en lo que digo,
ni en el destino que persigo.
Así que tú, lector amable,
si esta lectura fue indeseable,
mejor que cierres el telón:
aquí reina la confusión,
pues en mi propia cordura
vive ya la desventura,
y en medio de mi prisión
escribo mi maldición.
Y si todo esto te irrita,
casi pienso, con dolor,
que quizá lo mejor
sería quitarme la vida…
aunque exista el Creador.