
El miedo, amo y señor de nuestro todo,
nacido del abismo más profundo y lodo.
De actos mal hechos, de lo no enfrentado,
se cuela y crece en lo no perdonado.
Poco a poco nos muerde, nos delata,
nos devora en silencio, como una rata.
Se instala en los rincones de la vida,
y hace imposible el gozo y la partida.
Es un lastre que arrastra y que nos tara,
doblega el alma y hace agachar la cara.
Nos hace andar contando cada paso,
temiendo lo que hay en cada abrazo.
Poco a poco te quiebra, te desgasta,
la rata del temor jamás se aplasta.
Te come el alma rota, carcomida,
se roba tu existencia ya rendida.
Y al final, cuando ya no queda nada,
te vas con ella, sin fe, sin madrugada.
Con la pistola tibia entre los labios,
o con pastillas como fiel agravios.
Saltando desde aquellos altos lares,
a los que nunca osaste por los mares.
Y el golpe final, el más temido,
el que quiebra el cuerpo y el sentido.
¿Estás seguro de que ya no vives?
¿O solo te ocultaste donde no escribes?