
El cuerpo grita su cansancio,
sin concederse ni un descanso;
la loma apenas pronunciada
parece empresa condenada.
Aquello que otros hacen ligero,
para ti es un duro sendero;
quien marcha siempre a tu lado
ignora cuánto has soportado.
No entiende que tu cuerpo estalle,
ni el peso oculto de la calle;
porque, aunque igual pareces ser,
ya no es tan fácil proceder.
Los años dieron experiencia,
mas no trajeron indulgencia;
la vida forjó tu sendero,
con el destino del obrero.
No eres hombre de academia,
ni de prestigio o de bohemia;
eres tan solo un jornalero,
con el sudor por compañero.
Tus brazos, duros y agotados,
ya pesan desde los primeros trazados;
apenas empieza la jornada,
y el alma ya se siente quebrada.
No te maltratan con desprecio,
conocen bien cuál es tu esfuerzo;
saben que entregas cuanto puedes,
aunque las fuerzas ya no queden.
¿Pero será bastante un día,
para vencer tanta porfía?
Son tiempos duros de penuria,
donde gobierna la usura.
Al diablo no le importa nada
que tu espalda esté quebrada;
ni los años que has dejado
sobre el camino trabajado.
Solo reclama producción,
sin escuchar tu corazón;
para poder llevar el pan,
te exigen siempre un poco más.
Dime ahora, ¿ya lo ves?,
agacha la espalda otra vez;
la faena nunca termina,
siempre otra carga se aproxima.
Miras tus manos desgastadas,
por los inviernos castigadas;
callosas, viejas y huesudas,
curtidas bajo el sol que abruma.
Y poco importa tu dolor,
ni cuánto entregas con sudor;
el mundo sigue su carrera,
sin detener su marcha fiera.
Cuando el infierno haya pasado,
y el horizonte esté dorado;
si el camino vuelve a brillar,
podrás al fin descansar.
Llevas el jornal a tu morada,
tras otra lucha ya ganada;
y aunque el precio sea tan alto,
verlos comer… lo vale tanto.