
Sonidos huecos y extraños,
que regresan año tras año;
nacidos de un silencio lleno,
oscuro, profundo y ajeno.
Destellos de esquizofrenia,
sombras que la mente incendian;
ecos que al surgir de pronto
todo lo vuelven más hondo.
Golpes dentro del oído,
como un hierro retorcido;
que va dejando su herida
en los rincones de la vida.
Y la locura te invade,
pesada como una tarde;
te deja inmóvil y grave,
como un barco sin anclaje.
Ya no consigues pensar,
ni descansar ni razonar;
sientes la cabeza estallar
y el tormento regresar.
Todo vuelve a comenzar,
como la marea en el mar;
es el ciclo despiadado
que te deja derrotado.
Te rompe poco a poco la vida,
te derriba y te lastima;
te impide incluso pensar,
casi también caminar.
Y nunca llega a detenerse,
ni siquiera a disolverse;
se marcha apenas un instante,
para volver más dominante.
Y otra vez la misma pieza,
retumbando en la cabeza;
como un martillo insistente
que golpea eternamente.
No puedes más, lo confiesas,
ni soportar su presencia;
pero sigues adelante
porque no existe variante.
Quizá llegues a aceptarlo,
o al menos a tolerarlo;
quizá aprendas a vivir
con aquello que está en ti.
Con ese sonido herido
que jamás has escogido;
compañero no buscado,
siempre cerca, siempre al lado.
Y aunque nunca lo quisieras,
ni en tus peores quimeras,
te acompaña en el camino
como si fuera destino.