
Todo es confuso y difuso,
incierto, extraño e incluso obtuso;
el mundo cambia a tal velocidad
que cuesta hallar la realidad.
Nada permanece en su lugar,
todo comienza a mutar;
y el hombre, lento al comprender,
ya no consigue responder.
Si todo sigue esta carrera,
ciega, feroz y pendenciera,
quizá nos lleve sin piedad
a nuestra propia oscuridad.
No será la destrucción
de la vieja imaginación;
ni el relámpago final
de una guerra nuclear.
Será una lenta agonía,
repetida día tras día;
un desgaste persistente
sobre el espíritu y la mente.
Y cuando llegue el agotamiento,
ya no quedará movimiento;
al menos no en la humanidad
que conocimos de verdad.
Todo estará transformado,
vacío, frío y desolado;
y aquello que fue construido
habrá sido sustituido.
Sobre las ruinas quedará
lo que el hombre liberó ya;
la creación que alimentó
y a la que poder entregó.
Entonces ocupará el lugar
que jamás debió alcanzar;
y reinará sin rival
la inteligencia artificial.
Mientras el eco de la historia
se disuelve de la memoria,
quedará la vieja señal
de nuestra soberbia fatal.