
Todo se pierde y se mueve,
como una huella en la nieve;
como un esquivo duende
que aparece y se desprende.
Ahora está, luego no está,
y jamás regresará;
se hunde igual que una nave
en las aguas de la tarde.
Todo se marcha callado,
sin dejar ningún recado;
se hace sombra y se deshace,
como la niebla que nace.
En la orilla queda varado
lo que un día fue amado;
pero el mar, sin compasión,
lo arrastra a su condición.
Nada queda, nada habrá,
todo se consumirá;
el tiempo todo lo quema
y de ceniza lo llena.
Lo que creíste eterno
se vuelve polvo de invierno;
y aquello que fue presente
se transforma en ausente.
Sin saber por qué razón,
llega la desposesión;
todo se pierde al caer
sin nada poder hacer.
Y ya no puedes moverte,
ni discutir con la suerte;
cuando parece que ayer
acababas de nacer.
Entonces llega el desvelo,
la locura y el anhelo;
quieres hacerlo volver,
pero no puede suceder.
Nada retorna al camino,
nada desafía al destino;
solo queda contemplar
cómo se aleja al pasar.
Y aguardas en la espera,
larga, silenciosa y fiera;
deseando que el dolor
no traiga un golpe peor.
Mas al final todo tiembla
entre sombras y tinieblas;
que no permiten mirar
lo que viene más allá.
Quédate quieto y espera,
como quien nada altera;
pues ya no queda poder
para imponer el querer.
Y comprendes, finalmente,
lo que sabe toda gente:
que nada escapa al ocaso,
y todo concluye su paso.
Porque la última verdad,
desnuda de vanidad,
es sencilla y descarnada:
todo termina en la nada.