
Sonidos huecos, sin razón,
maldito y cruel diapasón;
locura infame y persistente
que ocupa mi mente.
Me llena el cerebro de lodo,
lo contamina todo;
me empuja poco a poco
hasta volverme loco.
No me deja descansar,
ni siquiera respirar;
y cuando intento dormir,
vuelve siempre a surgir.
Es un zumbido constante,
feroz y apabullante;
un látigo de sonido
clavado dentro del oído.
Suena y suena sin cesar,
sin dejarme escapar;
es una maldita condena
que me encadena.
Como una oscura venganza
destruye toda esperanza;
y roba con frialdad
cualquier instante de paz.
Cuando logro soportarlo
y casi puedo olvidarlo,
crece con fuerza salvaje
como un furioso oleaje.
Sube el volumen y destroza,
ninguna defensa reposa;
se instala dentro de la cabeza
y gobierna con fiereza.
Es la única presencia,
es ruido y es sentencia;
la dueña de cada día,
de toda mi compañía.
Y cuando quiero dormir,
parece reírse de mí;
lanza su voz desvaída
sobre la noche vencida.
Quiero gritar de locura,
pero su fuerza perdura;
y en la cama permanecer
no significa dormir ni ceder.
Solo queda su latido,
persistente y repetido;
ningún calmante consigue
que abandone y se retire.
Y cuando llega la oscuridad,
sin mostrar piedad,
se ríe con crueldad
de mi necesidad de paz.
Así transcurre el vivir,
entre velar y resistir;
mientras el ruido insistente
permanece eternamente.
Y quizás, por compasión,
afloje alguna ocasión;
pero jamás desaparecerá
la sombra que en mí sonará.