La Soledad, el Eterno Compañero (Rima)

La soledad, eterno compañero,
cansino, gris, siempre primero;
molesto incluso al contemplarlo,
triste tan solo de mirarlo.
Cansado y torpe en el camino,
perdido en tu ánimo cansino,
entre vericuetos del sentido
y del espíritu abatido.
Camino siempre hacia ningún sitio,
perdido en uno mismo, sin juicio;
y el sendero luego se bifurca
hacia un destino que se turba.
Mil hijos aún sin haber nacido
se pierden ya en lo no vivido;
todo se pierde en el conjunto
de lo que nunca existe junto.
Soledad de alma tan triste,
la que siempre me seguiste;
por dondequiera que yo fuera
ibas detrás, fiel compañera.
¿Será ahora el tiempo de marcharme?,
pregunto con rabia al mirarme;
pues ignoro qué senda tomar:
la vida fuera… o la muerte abrazar.
No lo sé… ¿quién lo sabrá?
¿Tal vez el sabio que solía hablar
con sus palabras susurradas
que nunca pude escuchar?
Son los ecos de las palabras
que jamás se dejan oír,
el ritmo mudo de lo callado
que nadie quiere decir.
La soledad, hermano odiado
que a veces debemos amar,
compañera del acontecer
que nos obliga a continuar.
Que manda y vuelve a mandar
que en casa quede a morar
la soledad que mata y salva,
la que nos roba o nos da calma.
Que nos vuelve locos a ratos
con su callado callar,
con silencios de eternidad,
con silencios de solemnidad.
Miras al espejo… nada verás,
solo la cara de la soledad;
la que te hunde y te levanta,
la que te pierde y te levanta.
Amiga, enemiga, amarga verdad,
maldita y dulce soledad;
pues más abandonado estás
cuando ella te deja atrás.
Entonces oyes mil sonidos
que jamás comprenderás:
es el precio de esta sociedad
de congéneres sin nada ya.
Humanidad vacía que grita,
que hace su mueca y nada más;
y mientras todo ruido habita…
tú gritas buscando soledad.

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