
La soledad, el eterno compañero,
Cansino, molesto,
Triste solo de verlo,
Cansado, aburrido,
Perdido en los vericuetos,
De tu ánimo destruido,
Camino hacia ningún sitio,
Perdido de la perdición de uno mismo,
Y el camino se bifurca hacia ningún sitio,
Con mil hijos aun no nacidos,
Y todo se pierde en el conjunto,
Que nunca existe,
Soledad de alma triste,
La que siempre me seguiste,
Por donde quiera que fuera,
¿es ahora el momento, de que me marchara,
Y lo pregunto con rabia,
Pues no sé el camino a tomar,
El de la vida afuera,
O el de la muerte tomar,
No lo sé,
¿Quién lo sabrá?
¿Quizás el sabio,
Que me susurraba,
Las palabras que no podía escuchar?
Son los sonidos de las palabras,
Que nunca se pueden escuchar,
El ritmo silente de lo que no se quiere hablar,
La soledad, ese hermano que queremos odiar,
Y que muchas veces,
Tenemos que amar,
Es el acontecer de la vida,
El que nos manda a mandar,
Y a que en casa se quede la soledad,
Que nos mata, que nos salva,
Que nos vuelve locos,
Con su callado callar,
Silencios de eternidad,
Silencios de solemnidad,
Miras al espejo, y nada verás,
Es la triste cara de la soledad,
La que te hunde, la que te sacará,
Amiga, enemiga, maldita soledad,
Que abandonado estás,
Cuando te deja la soledad,
Cargada de sonidos,
Que nunca entenderás,
Es el precio de la sociedad,
De esos congéneres vacíos, sin nada ya,
Que solo saben gritar,
Hacen sus gracias y poco más,
Humanidad vacía, nada me das.
Y gritas, buscando la soledad.